“Tenemos un gran compromiso a nivel mundial, porque Costa Rica resguarda un 5% de la biodiversidad mundial”, dice Angie Sánchez, coordinadora del programa de vida silvestre del Sistema Nacional de Áreas Protegidas.

Ese ha sido, por muchos años, el discurso del país: somos guardianes de un tesoro natural. Pero si no logramos cambiar los patrones de consumo que tenemos, cada vez será más difícil conservar ese tesoro, porque los impactos asociados al cambio climático alterarán todos los ecosistemas del país.

El reciente informe de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) es la primera alerta sistemática sobre el riesgo que corren las especies con quienes compartimos el planeta. No hay un documento más englobador.

Junto con otros impactos negativos como la agricultura intensiva, la deforestación y la contaminación química, el informe detalla que el cambio climático será uno de los principales elementos de riesgo para la vida en la Tierra.

En Ojo al Clima tomamos un camino diferente para explicar el impacto del cambio climático sobre la biodiversidad del país: más que un informe englobador, elegimos hablar de diez especies que sirvieran para contar la historia de cómo este fenómeno nos impacta.

Estas diez especies no son las más afectadas por el cambio climático, ni todas son especies particularmente vulnerables a los cambios que veremos en lluvias y precipitaciones. Tal vez un ránquin de diez insectos y anfibios hubiese sido más apropiado en ese caso.

Sin embargo, estas especies ilustran el complicado impacto que tendrá la transformación de los ecosistemas marinos y terrestres del país. Los tiburones martillo no viven permanentemente en la isla del Coco, por ejemplo, pero dependen de la población que reside cerca de su arrecife para parte de su migración. Si mueren los corales, habrán efectos a lo largo de esa cadena.

El cambio climático llega a alterar un sistema hiperconectado. En el páramo o el manglar, una especie depende de la otra y cuando se mueve algo, se siente en todo el ecosistema.

“Esto es como un reloj suizo y cada una de las piezas está sincronizada. Cuando una pieza no encaja con el resto, ocurre lo que los ecólogos llamamos ‘ecológicos mismatches’. No hay un clic entre todo”, dice Víctor Montalvo, investigador del Instituto Internacional de Conservación y Manejo de Vida Silvestre de la Universidad Nacional (Icomvis-UNA).

Por eso, algunos de los impactos son directos, como el hongo quítrido que ataca a ranas y a otros anfibios, y otros son más indirectos, como la alimentación de grandes animales como dantas o tiburones martillo.

Ahí, los impactos serán cambios en comportamientos reproductivos o alteraciones en la disponibilidad de alimentos: esos impactos no nos dejarán cientos de animales muertos en una semana, pero podría alterar la especie para siempre.

“Cuando hablamos de mamíferos en el Trópico, son muy pocos los que se van a ver afectados de un modo directo”, explica el biólogo Esteban Brenes, de la organización Naï Conservation, especializada en dantas.

Para entender los impactos del cambio climático en la biodiversidad tica, hablamos con diez especialistas, cada uno con años de experiencia en su campo, para ilustrar mejor el destino de una especie. Algunas, como el sapo dorado, ya desaparecieron. Otras están en altísimo riesgo y las demás tienen un futuro algo más incierto, pero todas ejemplifican la complejidad de nuestros ecosistemas.

En algo sí fueron enfáticos todos los especialistas: el cambio climático no actúa solo. Cuando hablamos de ecosistemas marinos, lo complica los residuos agrícolas que llegan hasta la costa y la pesca desmedida; cuando hablamos de ecosistemas en tierra, la deforestación, la urbanización y la caza ilegal. El cambio climático viene a amplificar estos impactos.

1. Tiburón martillo (Sphyrna mokarran)

Una de las escenas más icónicas del Parque Nacional Isla del Coco son los bancos de tiburones martillo nadando en sus aguas. Estas especies migran por el Pacífico y utiliza la isla como una “estación de limpieza”, dice la bióloga marina Ilena Zanella, especialista en tiburones. Los martillo son vitales para el ecosistema y además proveen ingresos por turismo.

Pero si las aguas se calientan, como está estimado, los tiburones martillo podrían dejar de llegar. En 2015 hubo una baja en la abundancia de esta especie en la isla, que los expertos asocian al calentamiento de las aguas producto del fenómeno El Niño.

Además, la vida que alberga la Isla del Coco depende de los arrecifes coralinos, uno de los ecosistemas más vulnerables al cambio climático. Esto incluye tanto a especies que van “de paso”, como a residentes como el tiburón de arrecife de punta blanca (Triaenodon obesus)

En otras partes del mundo la relación está bien documentada: los tiburones tienen mayores problemas para identificar presas en aguas con acidez más alta y, por ejemplo, en Carolina del Norte, los tiburones toro (Carcharhinus leucas) dejaron de migrar a Florida para tener crías.

Un grupo de investigadores que modeló el hábitat de los tiburones bajo escenarios de calentamiento de las aguas descubrió que el rango ideal para estos animales se movería cerca de 40 millas hacia los polos cada década.

2. Soterrey de Páramo (Thryorchilus browni)

En la cumbre de las montañas de Talamanca y parte de la Cordillera Volcánica Central hay un ecosistema muy particular: el páramo. Ubicados a más de 3,300 metros sobre el nivel del mar, estas zonas son caracterizadas por su clima frío, su vegetación baja y el alto grado de especialización de sus especies, como el soterrey de páramo.

Pero también es un ecosistema muy vulnerable al calentamiento global. Conforme el planeta se haga más caliente, los ecosistemas en zonas de montaña irán “ladera arriba”, buscando zonas más frías. Pero el párano en ocasiones no tiene para dónde subir.

El soterrey de páramo es una especie que solo existe en Costa Rica y Panamá. Vive en la vegetación baja del páramo, justo al borde de los bosques de roble, principalmente en el Cerro de la Muerte y en el macizo Chirripó. Pero si los robledales se acerca, su hábitat se reducirá.

“Al aumentar la temperatura, los bosques de robles llegarán más alto. Si ahora llegan a 3.000 metros, llegarán tal vez a 3.100, reduciendo el área de páramo donde viven estas especies”, dice el ornitólogo Luis Sandoval, de la Escuela de Biología de la Universidad de Costa Rica.

En una situación similar están otras plantas y animales como el junco de los volcanes (Junco vulcani), otra especie endémica de las montañas de Costa Rica y Panamá. Si su hábitat se ve reducido, sus poblaciones sufrirán.

3. Danta (Tapirus bairdii)

Hace unas semanas, nueve dantas murieron por falta de agua en el estado de Campeche, en el sur de México, producto de la profunda sequía que afecta a esta zona desde inicios de año. Este es un caso extremo, dice el biólogo Esteban Brenes, pero es una señal de que hasta los grandes mamíferos como la danta pueden sufrir por causa del cambio climático.

Brenes enfatiza que hay otras amenazas más directas para las dantas, como la cacería ilegal, la pérdida de hábitat por deforestación o cultivos o los atropellos en carretera. Pero conforme avance el siglo y cambien los patrones de lluvia y temperatura, el clima podrá pasar factura.

Como muchos animales, las dantas tienen patrones de alimentación que dependen de la floración y el crecimiento oportuno de ciertas plantas. “El problema es cuando se atrasan las lluvias, o llegan mucho antes”, dice Mora, director de la organización Naï, que trabaja con dantas en Mesoamérica.

Si falta el alimento en sus zonas usuales, las dantas tendrán que desplazarse más para buscar comida. En estos movimientos, podrían salir de áreas protegidas o pasar por carreteras donde un carro las podría atropellar.

4. Sapo dorado (Incilius periglenes)

Entre todos los animales, pocos son tan vulnerables a cambios en temperatura y lluvias como los anfibios, un grupo que incluye sapos, ranas y salamandras. Más del 40% de las especies conocidas de anfibios están actualmente en peligro de extinción.

Uno de los casos más icónicos es el del sapo dorado (Incilius periglenes), que vivía en Monteverde hasta hace tres décadas. Una población estable colapsó en tres años y el último ejemplar fue visto el 15 de mayo de 1989. “El sapo dorado es la especie más buscada del mundo y fue la primera especie que dio la alerta de que algo estaba pasando”, explica el herpetólogo Víctor Acosta.

Aunque no estamos seguros por qué se extinguió el sapo dorado, sí hay más información sobre otros anfibios actualmente en riesgo. Una de las principales amenazas es la expansión del hongo Batrachochytrium dendrobatidis, que coloniza las piel de ranas y les provoca la muerte. Los anfibios utilizan la piel para respirar y el hongo termina ahogándolas. “Antes este hongo solo atacaba plantas y por cambios leves de temperatura logró parasitar a los anfibios”, explica Acosta.

Cada año, científicos como él siguen documentando el declive de poblaciones de anfibios. Acosta señala que muchos anfibios dependen de ríos o montañas específicas y tendrán problemas en adaptarse a un mundo más caliente.

5. Abeja

Si usted toma 10 especies de insectos diferentes de cualquier parte del mundo al azar, al menos una estará en peligro de extinguirse.

Las abejas –superfamilia Apoidea, compuesta por varias especies– son uno de los ejemplos más delicados de esta crisis, ya que juegan un rol “vital” para la producción de alimentos. Según Naciones Unidas, un 75% de la agricultura mundial depende -en alguna forma- de la polinización.

Actualmente, los pesticidas y la pérdida de bosque son las principales causas que están arrasando con las poblaciones de abejas en todo el mundo. Sin embargo, el cambio climático, según la ONU, será la principal causa para el 2050.

“En Guanacaste, por ejemplo, vamos a ver un periodo de sequía más prolongada y época de lluvia más corta. Para abejas eso significa que por déficit de agua, las plantas van a producir muy poco néctar. La competencia va a ser más fuerte”, explicó Johan Von Veen del Centro de Investigaciones Apícolas Tropicales (Cinat).

Sin abejas, el ciclo de reproducción de las plantas se rompería, ya que estos insectos juegan un rol fundamental en él.

6 Lapa ropa (ara macao)

Aunque las lapas rojas fueron un ave común en toda Mesoamérica hasta hace unos siglos, la población en Costa Rica se reduce a dos grupos: uno cerca de Carara y otro en Corcovado. Luego de años de esfuerzos de conservación, sus números se están recuperando.

Pero como otras especies, las lapas podrían verse afectadas en un clima más caliente. El principal riesgo es la fenología de las 43 especies de plantas que estas aves consumen en el Pacífico Central.

“Con cambios de clima (regímenes de lluvia, cambios de temperatura), semanas o meses cuando normalmente X especie da frutas y/o semillas cambia por otras semanas o meses y no hay comida disponible”, explica el biólogo Chris Vaughan, uno de los principales expertos en lapas del país.

Vaughan además reporta que han observado cambios en los ciclos de reproducción y anidamiento de las lapas rojas en el Pacífico Central, acercándose más a la etapa lluviosa. “Puede afectar el éxito de reproducción de la pareja por inundar nidos con agua de lluvia y matar los pichones”, explica Vaughan.

El biólogo reconoce que si bien todavía no hay estudios puntuales sobre la afectación del cambio climático a las lapas, es un problema potencial que ya empieza a asomarse en los nidos que estudia.

7. Orquídea Telipogon costaricensis

Las orquídeas necesitan un balance delicado entre temperatura y lluvia para poder sobrevivir. Una especie en riesgo es la telipogon costaricensis, una especie originaria de Costa Rica y que aparece en los bosques nublados a una altitud de 2.500 a 3.300 metros. Justamente este hábitat de altura es lo que hace vulnerables a estas plantas, explica Franco Pupulin, director de Investigación del Jardín Botánico Lankaster. La mayoría de las orquídeas todavía podrían migrar hacia zonas más altas si la temperatura en su hábitat sube, pero las que viven en la parte alta de las montañas tendrán problemas.

“Esas orquídeas de altura se verán afectadas pronto si el planeta sigue calentándose, porque no podrán subir más”, explica Pupulin. Otras, dice el experto, tendrán tal vez mejor suerte, pero para que logren adaptarse a nuevas condiciones, necesitan contar con la genética adecuada. Es posible que una mutación específica les permita vivir mejor con más o menos lluvia, por ejemplo. En poblaciones con números muy grandes, por ejemplo, hay mayor probabilidad de que un individuo genere una de esas mutaciones. Ahí otra vez el ser humanos les hace una zancadilla, porque hemos diezmado sus números.

“La reducción de sus poblaciones hace que las especies de orquídeas sean vulnerables, porque las hemos recolectado demasiado y reducido su vulnerabilidad”, apunta Pupulin.

8. Tortuga baula (Dermochelys coriacea)

En las tortugas marinas, hay un factor determinante para definir el sexo de un individuo: la temperatura de la playa donde está el nido. Pequeños cambios pueden alterar la estructura del nido, explica la bióloga marina Maike Heidemeyer, investigadora del Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología (CIMAR) de la UCR.

El umbral es fino y varía por especie y por playa, pero se encuentra entre los 26 y 28 grados. En temperaturas más altas, hay más hembras y en temperaturas más bajas, hay más machos. Con un aumento esperado de temperatura de entre 2° y 4°C hacia finales de siglo, hay una alta probabilidad de que las poblaciones serán altamente femeninas o que mueran si el nido supera los 30°C.

Un estudio en Australia ya documentó altísimas proporciones de hembras en nidos de tortuga verde (Chelonia mydas) y advirtió que, de no tomar medidas de conservación, las tasas de fertilidad podrían bajar. También hay otros riesgos asociados al cambio climático, como la erosión costera que acorta las playas de anidación.

Pero Heidemeyer señala que el cambio climático es solo uno de los factores que impactan negativamente a especies como la tortuga baula, cuyos números se estiman en 400 hembras en etapa reproductiva en el Pacífico Oriental. También la pesca incidental, el saqueo de nidos y la pérdida de hábitat afectan su desarrollo.

“Las tortugas marinas son de las especies más viejas que tenemos y han logrado resistir a las dos últimas extinciones masivas. Se pueden adaptar, pero ahora el factor antropológico les está complicando la vida”, dice la experta.

9. Quetzal (Pharomachrus mocinno)

Hace unos años empezó a aparecer un forastero en el bosque nuboso de Monteverde: el tucán pico iris (Ramphastos sulfuratus), una especie que hasta hace poco no se veía en esa zona. Hasta unos años atrás, este tucán solo aparecía en tierras más bajas. Los científicos empezaron a observar su comportamiento y notaron con preocupación que empezó a competir por alimento y hábitat con el quetzal, el ave más icónica de la zona.

Los científicos que trabajan en el Centro Científico Tropical (CCT) sospechan que ese movimiento altitudinal se da por cambios en la distribución de alimentación y clima para reproducción.

Al igual que otras especies, los cambios en sus fuentes de alimentación podrían afectar al quetzal. Es posible que los aguacatillos que consumen se vean afectados por los cambios en temperatura y precipitaciones y los científicos ya están viendo que algunas lagartijas están cambiando sus patrones, moviéndose a tierras más alta.

“Si estos animales forman una parte importante de la dieta de los quetzales para alimentar a sus crías y ya no los encuentran, podrían tener problemas”, dice el experto en aves Ernesto Carman.

10. Coral (Género Pocillopora)

Hay dos grandes riesgos para los corales: la acidificación del océano y el calentamiento de las aguas.

En el caso de la acidificación, a los corales les cuesta más construir sus esqueletos, porque la composición química del agua cambia al absorber el dióxido de carbono (CO2) que liberamos al talar bosque y al quemar gasolina y otros combustibles fósiles. Por otro lado, si el agua se calienta, el coral se “estresa” y expulsa una minúscula alga, que al mismo tiempo le da color y le provee energía. Sin esta alga, el coral pierde una importante fuente de energía.

Los científicos han descubierto que luego de calentamiento como los de El Niño, las zonas más alejadas como la Isla del Coco y la Isla del Caño se recuperan más rápido que los arrecifes de zonas más cercanas, como Bahía Culebra en Guanacaste.

Aunque el calentamiento de las aguas es sumamente dañino, es peor cuando hay otros impactos negativos como pesca intensiva o residuos agrícolas, explica la bióloga marina Celeste Sánchez, investigadora del Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología (CIMAR) de la UCR:

Sánchez dice que en las últimas décadas los arrecifes ticos han sufrido mucho. En Bahía Culebra, por ejemplo, visitas en la década de 1990 hallaron que cerca del 90% del arrecife tenía corales vivos. Ahora, esa cifra es de menos del 1%.