Lavarse las manos con agua y jabón es la primera medida sanitaria para hacerle frente a la pandemia por COVID-19. Sin embargo, la realidad es que 3.000 millones de personas en el mundo carecen de instalaciones básicas para hacerlo.

De hecho, el 75% de la población en países menos desarrollados no cuentan con las facilidades para lavarse las manos. Estas personas no solo están expuestas a COVID-19 sino también a otras enfermedades como cólera, disentería, hepatitis A y tifoidea.

“La mitad de la población mundial no tiene una cobertura completa de los servicios de salud esenciales y alrededor de 100 millones de personas siguen siendo empujadas a la pobreza extrema porque tienen que pagar por la atención médica”, escribió Josh Karliner, director internacional de Programa y Estrategia de la organización Salud sin Daño.

“Esta falta de acceso a los servicios sanitarios esenciales se ejemplifica con la falta de acceso al agua, el saneamiento y la higiene básicos, conocidos como WASH, en miles de instalaciones sanitarias de todo el mundo”, continuó Karliner.

Las desigualdades sociales acrecientan el riesgo de las personas a enfermarse, haciendo a los vulnerables aún más vulnerables y el cambio climático podría exacerbar esa brecha, ya que la disponibilidad del recurso hídrico será cada vez menor conforme siga aumentando la temperatura media del planeta.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su nota técnica “Cuánta agua se necesita en emergencias”, una persona requiere entre 7,5 y 17 litros diarios para cubrir sus necesidades básicas. Lamentablemente, y según un informe de OMS y Unicef, 785 millones de personas carecen de acceso a agua potable.

Comunidades en Brasil, India, Filipinas, Sudáfrica y Kenia, por ejemplo, actualmente luchan por acceder a agua para lavarse las manos y así hacerle frente al nuevo coronavirus, especialmente en asentamiento informales. Médicos sin Fronteras mostró especial preocupación por cómo se está abordando la pandemia por COVID-19 en los campamentos de refugiados.

La emergencia sanitaria se agrava cuando, en los países menos desarrollados, el 22% de los centros de salud no cuentan con servicio de agua (cuando 2.000 millones de personas dependen de ello) y el 21% de las instalaciones sanitarias no tienen tampoco saneamiento (con 1.500 millones de personas dependientes).

De hecho, y según el informe de OMS y Unicef, el 15% de los pacientes en el mundo desarrollan una infección durante una estancia hospitalaria, y la proporción es mucho mayor en los países de bajos ingresos.

Estrés hídrico por cambio climático

El 80% de la población mundial ya está experimentando cierto nivel de escasez de agua, lo que la hace vulnerable a COVID-19 y Costa Rica no es la excepción.

En marzo, con el inicio de la emergencia sanitaria, se reportaron problemas de abastecimiento de agua debido a que en los últimos cinco años se presentó una variación negativa en el promedio de lluvias con faltantes que van desde un 12% a un 23%, por lo que el Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados (AyA) optó por racionar el líquido, medida que afectó a más de 331.750 personas. Las protestas sociales no se hicieron esperar y cesaron cuando se restableció el servicio, pero el problema de escasez persiste.

Más de 2.000 millones de personas viven en países que sufren estrés hídrico. De hecho, unos 4.000 millones padecen de escasez de líquido, al menos, un mes al año. Al 2025, según OMS y Unicef, la mitad de la población mundial vivirá en zonas con estrés hídrico y para el 2050 se espera que la demanda mundial de agua dulce aumente entre un 20 y 30% respecto a la demanda actual, según datos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

“El cambio climático está afectando la cubierta de nieve y las ‘torres de agua’ del mundo, es decir, la nieve y el hielo de las montañas que alimentan las fuentes de agua dulce. El derretimiento de importantes glaciares se viene produciendo durante más de tres decenios, lo que está llevando a una disminución a largo plazo de la seguridad hídrica para las generaciones futuras”, apuntó OMM.

A esto se suma que la distribución de las precipitaciones estacionales se está volviendo más errática, por lo que no solo el suministro de agua para consumo humano está amenazado sino que también se afecta a la agricultura, la seguridad alimentaria y los medios de vida de millones de personas.

“Necesitamos gestionar las cuestiones relativas al clima y el agua de forma más coordinada y sostenible para responder a la necesidad urgente de contar con una mejor predicción, monitoreo y gestión del suministro de agua y de abordar el problema del exceso, la escasez o la excesiva contaminación del agua. No podemos gestionar lo que no medimos. Es vital disponer de un mejor monitoreo y predicción hidrológicos para respaldar la elaboración de políticas efectivas de gestión del agua y la prestación de servicios de alerta temprana de crecidas y sequía efectivos”, dijo  el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, a propósito del Día Meteorológico Mundial (23 marzo).

Al día, una persona requiere entre 2,5 y 3 litros de agua diarios para sobrevivir (beber), 2 a 6 litros para higiene básica y 3 a 6 litros para cocinar.

En promedio, el ser humano no puede vivir más de tres días sin agua.


Urge saneamiento

Tan importante es la disponibilidad y acceso al agua como su saneamiento. Cada año, según OMS, mueren 827.000 personas en países de ingresos bajos y medios como consecuencia de la falta de agua, saneamiento e higiene.

Según OMS, el saneamiento inadecuado causa 432.000 muertes por diarrea cada año y es un factor de riesgo en varias enfermedades tropicales desatendidas como los parásitos intestinales, la esquistosomiasis y el tracoma. También está relacionado a enfermedades como el cólera, la disentería, la hepatitis A, la fiebre tifoidea y la poliomielitis.

Asimismo, el saneamiento deficiente también contribuye a la malnutrición. El 10% de la población mundial consume alimentos que fueron regados por aguas residuales y se calcula que 36 millones de hectáreas de tierras de cultivo en zonas periurbanas son regadas por aguas residuales urbanas no tratadas en su mayoría.