Las nacientes que abastecen a la ASADA de Horquetas, en Sarapiquí, yacen en las faldas del cerro Cacho Negro. Aunque se ubican en la montaña, alrededor de estas se desarrollan actividades agrícolas, por lo que el ingreso de ganado a la propiedad es usual.

Asimismo, el bosque que bordea la propiedad ha ido reduciéndose con tal de abrirle espacio a los potreros y esto trae consigo un precio a pagar: la vegetación protege al suelo para que este pueda absorber el agua de lluvia y, poco a poco, irla liberando a las nacientes con el fin de recargarlas. Si el suelo está desnudo, el agua discurre, mas no se absorbe.

“El problema, a futuro, es que las nacientes van a secarse”, alertó Alejandra Blandón, gestora ambiental de la ASADA de Horquetas.

En Sarapiquí, la media anual de precipitación es de 3.500-4.000 milímetros. Sin embargo, ya no llueve como antes. “Cada vez llueve menos días”, destacó Blandón. Y cuando llueve es intensamente, cayendo grandes cantidades de agua en menos tiempo. Dada la deforestación y la degradación del suelo, el territorio tiene menos posibilidades de absorber el exceso para liberarlo eventualmente en las nacientes. Lo que sucede en época lluviosa, termina pesando en los meses secos.

“Las fuentes se ven reducidas bastante y es algo que nos pone a correr. Al día de hoy, no hemos tenido que establecer horarios de recorte, pero sí uno ve que disminuye la presión”, continuó.

La ASADA de Horquetas abastece a 21.000 personas en 11 comunidades (70% del distrito). Ante la disminución del recurso hídrico, se optó por no otorgar permisos a desarrolladores. “El agua que tenemos en este momento da para lo que tenemos y un poquito más, pero no es suficiente para cubrir un desarrollo. Ya las nacientes no dan para tanto”, justificó Blandón.

Recuperar la cobertura boscosa es una de las prioridades para la ASADA de Horquetas de Sarapiquí.

(Créditos: Nina Cordero)

En busca de soluciones

Ante la situación, y con grandes esfuerzos, la ASADA de Horquetas ha venido comprando tierras para dedicarlas a la conservación y así mantener el bosque en pie.

“Hace unos años, la ASADA compró una propiedad en La Gata, para arribita de Cubujuquí, para construir una toma que abasteciera al sector de Finca 6, en Río Frío. La idea con esa propiedad es irla regenerando, ya la parte de potrero lo ha hecho sola, pero nuestra idea es meterle más árboles para asegurar el recurso hídrico”, dijo Blandón.

Reforestar es la otra medida que han tomado: por cada árbol que se siembra, se garantiza el agua para tres personas. Todas las acciones que prevengan, detengan y reviertan la degradación podrían proporcionar un tercio de la mitigación necesaria para 2030, se lee en un informe de Naciones Unidas.

“La restauración de los ecosistemas es el proceso de detener y revertir la degradación, lo que da lugar a un aire y un agua más limpios, a la mitigación de los fenómenos meteorológicos extremos, a la mejora de la salud humana y a la recuperación de la biodiversidad, incluida la mejora de la polinización de las plantas”, señala el reporte.

Al restaurar ecosistemas degradados y destruidos se está apostando por Soluciones basadas en Naturaleza para lidiar con los impactos del cambio climático, mejorar la seguridad alimentaria, el suministro de agua y los medios de subsistencia. También se invierte en resiliencia, es decir, en la capacidad del territorio (en este caso, Sarapiquí) para lidiar con situaciones adversas derivados de los cambios en el clima.

Acorde a esta labor, y en conjunto con los jóvenes del Grupo Ecolibre y con apoyo de la Fundación para el Desarrollo de la Cordillera Volcánica Central (FUNDECOR), la ASADA de Horquetas está construyendo un invernadero que proveerá -a futuro- los árboles que se plantarán durante estas jornadas.

“Uno de los objetivos del invernadero es enseñarle a las personas de la comunidad las técnicas para producir plantas y así las puedan hacerlo en sus casas. Puede que la casa no tenga mucho espacio, pero se puede optar por una estructura vertical, lo único que se necesita es que pegue sol”, manifestó Carla Solís, ingeniera agrónoma de FUNDECOR.

Otra de las medidas es trabajar en conjunto con otras Asociaciones Administradoras de Sistemas de Acueductos y Alcantarillados Sanitarios (ASADAS). Uno de los temas que ve esta unión es la gestión del recurso con visión de cuenca hidrográfica, ya que los impactos en las partes altas y medias de la cuenca terminarán por afectar a las otras zonas del territorio.

“Arriba de nosotros está la ASADA La Llorona. Si a ellos les están talando árboles, nos comunican para tratar de actuar las dos ASADAS juntas para tener más peso y nos tomen en cuenta”, comentó Blandón.

Las actividades económicas que se desarrollan en Sarapiquí son intensas en recurso hídrico: agricultura, ganadería y turismo. Los principales cultivos de la zona –la piña y el banano- son ejemplo de ello.

“El banano no solamente es que la planta necesita grandes cantidades de agua sino que para aplicar los agroquímicos, en sistemas convencionales que no son orgánicos, también se necesita agua y no puede ser agua de lluvia porque se afecta el pH (acidez)”, explicó Solís.

“La piña, por su parte, casi no requiere nutrientes del suelo; lo que necesita para producir lo absorbe por medio de las hojas. Entonces, los fertilizantes se aplican utilizando tanques que rocían el agua con los agroquímicos. Tras de eso, el agua con el agroquímico se filtra en el suelo –que se deja desnudo para evitar malezas- y eso pues contamina”, continuó la ingeniera agrónoma.

“Hemos tenido que irle explicando a la gente para que tengan un mejor manejo del recurso, para que no pongan a llenar una pileta para el ganado y la dejaron sin supervisión hasta que se llenó, pero dejaron corriendo el agua, desperdiciándose”, dijo Alejandra Blandón, gestora ambiental de la ASADA de Horquetas.

(Créditos: Nina Cordero)

El agro también ha visto el impacto del cambio climático en la disponibilidad de recurso hídrico. Fincas que antes no habían tenido que usar sistemas de riego, ahora se deben emplear porque los cultivos, y tampoco el ganado, producen igual en escenarios de estrés hídrico. “Hace cinco años no era necesario el riego, porque era suficiente con la lluvia que había”, comentó Solís.

De hecho, y según la ingeniera agrónoma, la producción de los cultivos se mide con respecto a la floración y los cambios en los patrones de lluvias están afectando este proceso natural. “Ahora estamos viendo que hay menos floración o es una floración tardía y se nota esa deficiencia hídrica”, dijo.

Blandón lo tiene claro: “las ASADAS tienen la obligación de educar a las personas en la parte de ambiental, porque es una manera de asegurar el agua para todos”.

Las ASADAS tienen un componente comunitario. A fin de cuentas, son vecinos trabajando por el recurso de la comunidad. Por esa razón, Blandón considera primordial empoderar a las personas con respecto al agua.

“Nosotros hacemos mucho énfasis para que las mismas comunidades se integren a la ASADA, participen, conozcan las nacientes, dónde están ubicadas, qué se hizo para captarlas y todo lo que se hace por conservar”, destacó la gestora ambiental.

Y las acciones empiezan desde casa, con medidas de ahorro y cambio de hábitos. La ASADA de Horquetas incluso está apoyando a la comunidad al poner a disposición un centro de acopio para que las personas separen los residuos valorizables y reciclen.

Asimismo, se ejecuta un programa de compostaje que actualmente suma a 25 familias en la generación de abono orgánico. “Y esto es algo que cualquier persona puede hacer desde su casa. Incluso ha permitido el involucramiento de las amas de casa. Ahora contamos con familias que no solo compostan sino también separan el reciclaje”, dijo Blandón.

Dana Espinoza y Brittany Villalobos son dos de las jóvenes que participan del Grupo Ecolibre.

(Créditos: Nina Cordero)

Una nueva generación

Una de esas 25 familias involucradas en el programa de compostaje es la de Dana Espinoza. Ella es una de las fundadoras del Grupo Ecolibre, actualmente integrado por 20 jóvenes con edades entre los 14 y 17 años.

El grupo empezó con apenas tres personas, y estas fueron trayendo a otras a las reuniones quincenales. “Entre ellos mismos han ido jalando a más chicos. Están interesados y ese es el momento de enseñarles lo que estamos haciendo para que ellos vayan creando una cultura verde”, destacó Blandón.

Con sus escasos 14 años, Espinoza siente una urgencia por hacer. “Queremos mejorar el pueblo”, manifestó con seguridad y su amiga, Brittany Villalobos, no duda en secundarla.

Con el grupo, Espinoza y Villalobos han participado en jornadas de limpieza, también de reforestación, fueron a la Estación Biológica La Selva – OET y planean ir al volcán Poás en el 2022. También, el grupo está planeando un intercambio con jóvenes de Parismina, en Limón, para el próximo año.

“Es bonito porque no pasamos aburridos, hacemos actividades y compartimos. Es divertido, la verdad”, dijo Espinoza.

Las acciones de los jóvenes ya se empiezan a notar, provocando curiosidad en los miembros de su familia y compañeros de colegio. Si bien Espinoza y Villalobos están cursando el octavo y el sétimo año de secundaria, respectivamente, ambas consideran que el involucrarse en actividades ambientales les ha despertado el interés por estudiar una carrera universitaria relacionada al tema.

Siento que, trabajando con los jóvenes, es como vamos a asegurar el futuro. Se va creando una consciencia verde de cuidar el ambiente, de cuidar el planeta”, reflexionó Blandón y, por ello, la iniciativa del Grupo Ecolibre forma parte de Sarapiquí Resiliente.

Esa necesidad por hacer algo por el pueblo, y por el planeta, incluso ha llevado a Espinoza a pensar en asumir mayores retos a futuro. “Yo sí me veo como líder comunal”, dijo la muchacha. “Le voy a quitar el campo a Alejandra (Blandón)”, añadió entre risas.

Este reportaje contó con financiamiento de Clima en Foco, iniciativa de Punto y Aparte.