Las olas revientan cada vez con más fuerza en la playa, restándole milímetros a la línea de costa. La vegetación, muchas veces manglares, funciona como una barrera protectora ante los embates de las mareas y las tormentas.

Gracias a ello, las comunidades pueden estar tranquilas sabiendo que las áreas silvestres protegidas amortiguarán parte de los impactos del cambio climático. Ese efecto protector se da en las costas y también tierra adentro, no diferencia entre Caribe o Pacífico.

“Entre más saludables estén los ecosistemas, terrestres y marinos, en mejores condiciones estarán para lidiar con el cambio climático. Los bosques, los arrecifes de coral, los manglares y los humedales son los guardianes que la naturaleza brinda a la humanidad”, dijo Zdenka Piskulich, directora de la Asociación Costa Rica por Siempre (ACRXS).

Con el fin de incrementar su resiliencia, y como parte de la implementación del Programa Costa Rica por Siempre del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC), se han elaborado 10 planes de mitigación y adaptación al cambio climático, mientras que 16 áreas silvestres protegidas ya ejecutan acciones.

En total se han invertido ₡500 millones en proyectos. Los fondos provienen tanto del Fideicomiso Irrevocable Costa Rica por Siempre como del II Canje de Deuda por Naturaleza Estados Unidos – Costa Rica, ambos administrados por ACRXS.

“Desde la organización estamos ayudando a que las áreas silvestres protegidas puedan adaptarse a las nuevas condiciones que va generando el cambio climático, mediante el apoyo a la implementación de mejoras en la captación y almacenamiento de agua, la promoción de acciones de biosensibilización, la ejecución de procesos de reforestación y rehabilitación ecológica y la prevención de incendios forestales, que en conjunto aseguren el mantenimiento de la integridad ecológica de los ecosistemas”, indicó Piskulich.

Para el 2021, la organización prevé invertir ₡240 millones en proyectos ubicados en áreas de conservación del Pacífico Central, Tempisque y Guanacaste.

El manejo de residuos es una de las acciones prioritarias de varios parques nacionales, ya que estos contaminan y restan salud a los ecosistemas, lo que los deja debilitados para enfrentar los impactos del cambio climático. (Foto: Daniela Linares / Fundación Keto)

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Caribe

Una de las regiones donde se ha invertido es en el Caribe Norte, particularmente en el Parque Nacional Tortuguero y en el Refugio de Vida Silvestre Barra del Colorado. 

Estas áreas silvestres protegidas se caracterizan por tener humedales y una línea de costas cuyas playas son utilizadas por las tortugas marinas para anidar.

Allí, el incremento de la temperatura y la disminución de las precipitaciones han impactado a los ecosistemas de agua dulce, los cuales no solo brindan beneficios a las comunidades como vías de navegación y atractivo turístico sino que estos humedales también proveen servicios ambientales de regulación hídrica, los cuales resultan vitales ante desastres como huracanes.

Según el Plan de adaptación al cambio climático del Parque Nacional Tortuguero, publicado por Sinac, el aumento de la temperatura reduce el caudal de los ríos y los canales, disminuye el oxígeno en estos, modifica la vegetación del bosque y desequilibra la proporción de sexos de las tortugas, ya que estos quelonios definen si son hembras o machos según sea la temperatura del entorno.

La zona de costa, por su parte, se ve afectada por el incremento del nivel del mar y la erosión costera, lo cual se evidencia en la pérdida de playa y, por ende, en la reducción de zonas para la anidación de tortugas con su consecuente afectación al turismo. También se provoca la intrusión de agua salada en ambientes de agua dulce.

En este sentido, parte de las acciones se orientan a la reforestación con especies nativas a las orillas de ríos y canales así como en el bosque detrás de las playas, esto con el fin de aumentar la cobertura forestal y, con ello, estabilizar los suelos para evitar la erosión y el acarreo de sedimentos.

Asimismo, se está elaborando una propuesta para regular la velocidad de la flotilla acuática para reducir el impacto de la erosión en las orillas de los canales.

Otra de las medidas se relaciona a la prevención y control de incendios forestales. Para ello, el personal de las áreas silvestres protegidas trabaja en la identificación y monitoreo de zonas frágiles. También, gracias a los fondos aportados por ACRXS, se adquirió equipo de protección y se están conformando brigadas de voluntarios.

“Todas estas acciones buscan que las especies y los ecosistemas prioritarios para la conservación se puedan adaptar a los efectos del cambio climático. A largo plazo, las consecuencias podrían ser muy negativas, ya que los elementos focales de manejo podrían, incluso, desaparecer”, destacó Elena Vargas, directora de áreas silvestres protegidas del Área de Conservación Tortuguero (ACTO), en un comunicado.

Guanacaste

En el Área de Conservación Guanacaste (ACG), la situación del recurso hídrico a causa del cambio climático es crítica. El aumento de la temperatura y la disminución de la precipitación tienen por resultado una baja en los caudales de los ríos y otros cuerpos de agua.

“En Guanacaste hay consecuencias muy duras del cambio climático en los últimos 20 años, como reducción de la cantidad de lluvia, nacientes de agua que han desaparecido, disminución en las poblaciones de anfibios e insectos, así como una alta mortalidad de árboles como consecuencia de las sequías, por lo cual, hay una necesidad urgente de asegurar los recursos; especialmente, el acceso al agua”, manifestó Róger Blanco, coordinador del Programa de Investigación y director técnico del ACG.

Los ecólogos Daniel Janzen y Winnie Hallwachs, quienes realizan su investigación en el ACG, reportaron una disminución en la cantidad de insectos a causa del cambio climático. Por ejemplo, la cantidad de orugas encontradas por los parataxónomos pasó de 50.000 en 2005 a 20.000 en 2019.

Esos impactos observados en la biodiversidad y los ecosistemas motivaron al ACG a elaborar un plan de mitigación y adaptación al cambio climático para el Parque Nacional Santa Rosa, el Parque Nacional Guanacaste, el Parque Nacional Rincón de la Vieja y el Refugio Nacional de Vida Silvestre Bahía Junquillal.

El plan enfoca sus acciones en tres servicios ecosistémicos, a saber: agua, polinización y biodesarrollo. “A través de este enfoque, se capacita a la población para desarrollarse de forma más sostenible con la naturaleza y garantizar la permanencia de los recursos naturales para las generaciones futuras en la región”, se lee en el documento. 

De hecho, en el tema hídrico, una de las medidas es colaborar con las organizaciones comunales en campañas de sensibilización. En este sentido, se está elaborando una guía didáctica escolar que muestre, con ejemplos locales, los impactos y cuáles pueden ser las medidas para lidiar con ellos.

Asimismo, el plan promueve la reforestación con especies nativas alrededor de las nacientes y en zonas de protección. Actualmente se está trabajando en la restauración de la cuenca media del río Cuajiniquil.

También, se contempla invertir en infraestructura. Por ejemplo, en el sector Murciélago del Parque Nacional Santa Rosa se realizaron mejoras en el sistema de abastecimiento de agua y se instaló un tanque de almacenamiento de 10.000 litros que facilitará el líquido a los guardaparques, investigadores y turistas. 

En Bahía Junquillal se cambió la bomba de agua y se colocaron paneles solares para sustituir la planta de combustible. Asimismo, en playa Naranjo se instaló un tanque extra para asegurar el suministro de agua durante las 24 horas del día.

Otra de las prioridades del plan es facilitar el acceso al agua a la vida silvestre durante los períodos de sequía. En este sentido, se rehabilitó la laguna Piñuelita como reservorio.

En cuanto a los polinizadores, el plan busca incentivar la investigación tanto de los efectos del cambio climático en las poblaciones de insectos como su impacto en la economía local, esto con el objetivo de contar con evidencia científica que sustente la toma de decisiones.

La idea, además, es que ese conocimiento científico se comparta con las comunidades para que estas contribuyan a la conservación a través de buenas prácticas agrícolas que, a su vez, mejoren la capacidad de adaptación y competitividad de este sector.

Luis Monge y Catalina Molina de Fundación Keto inspeccionan el manglar en el Parque Nacional Marino Ballena. Esta área protegida ya cuenta con un plan orientado a restaurar este ecosistema. (Foto: Daniela Linares / Fundación Keto)

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Osa

Según el Análisis de vulnerabilidad de las zonas oceánicas y marino-costeras de Costa Rica frente al cambio climático, elaborado en el marco del proyecto BIOMARCC-SINAC-GIZ en 2013, el Parque Nacional Marino Ballena es una de las áreas silvestres protegidas marino costeras más vulnerables debido al incremento de la temperatura y al aumento del nivel del mar, pero también por la baja capacidad adaptativa de los distritos adyacentes.

Los impactos del cambio climático ya son evidentes en este parque nacional. Por ejemplo, los corales -uno de sus atractivos turísticos- han sufrido blanqueamiento debido a las altas temperaturas del agua. Uno de estos episodios de blanqueamiento ocurrió en marzo de 2016, cuando funcionarios del Sinac alertaron de la afectación del 98% de los corales ubicados en Tres Hermanas, el Tómbolo e isla Ballena.

Esta área silvestre protegida también sufre por el incremento en el nivel del mar, cuya consecuencia es la intrusión de agua salada por las desembocaduras de los ríos que provocan la salinización de los esteros y las lagunas costeras.

Quizá el impacto más evidente es la erosión costera. Las seis playas que componen el Parque Nacional Marino Ballena muestran palmeras con las raíces expuestas y otras caídas como consecuencia de que el mar está adentrándose cada vez más en tierra y, con ello, le resta milímetros a la costa.

La erosión costera también afecta al manglar y deteriora los bosques que aún existen en la playa. Además se impacta al turismo, ya que la pérdida de playa limita el espacio para la recreación y dificulta el abordaje a las embarcaciones que se dedican a ofrecer tours de observación de ballenas y delfines como actividad económica. 

Asimismo, la infraestructura -incluida la casa de guardaparques- está cada vez más expuesta a inundaciones y daños causados por las mareas.

Ante este panorama, el Plan de mitigación y adaptación al cambio climático del Parque Nacional Marino Ballena se enfoca en conservar los ecosistemas para que estos continúen brindando servicios ambientales como captura de carbono y protección de la franja de bosque de manglar para el resguardo ante tormentas, entre otros.

Entre las medidas inmediatas, se trabajó en una campaña de información y sensibilización, dirigida a las comunidades y a los turistas. También, se elaboró un plan de gestión de residuos y aguas residuales.

Asimismo, se elaboró un plan de restauración de los ecosistemas de manglar y se prevé trabajar con voluntarios en la reforestación de la línea de costa.

En cuanto a los corales, se monitorea periódicamente las comunidades y arrecifes para identificar eventos de blanqueamiento y otros que pudieran afectarlos. Se evaluará la viabilidad de establecer viveros a futuro como una medida para aumentar la resiliencia de este ecosistema marino.

Otra medida está orientada a aprovechar el agua de lluvia a través de sistemas que faciliten su recolección y almacenamiento. De esta manera, el líquido puede ser utilizado en las instalaciones del parque nacional y se disminuye la demanda de los pozos y acuíferos.