Con la inmersión de 14 arrecifes artificiales tipo campana o reef ball se espera atraer a diversidad de especies al Humedal Marino de Playa Blanca en Garabito (Puntarenas) y, con ello, no solo aumentar el atractivo turístico del sitio, sino también quitarle presión a los arrecifes naturales para que estos mejoren su resiliencia.

El proyecto es liderado por el hotel y club Punta Leona, el cual contó con la asesoría técnica del Núcleo Náutico Pesquero del Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) y los permisos del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC) así como el apoyo de la organización Mareblu y la empresa de buceo Dive Costa Rica.

“Vimos la necesidad de proteger la vida marina que nos rodea, generar mayor biodiversidad, atraer especies que podrían estar en peligro y darle una mano al humedal”, justificó César Vargas de Punta Leona.

“Sabemos que si tenemos una vida marina sana y abundante no solo se beneficia la naturaleza, sino también se beneficiará el turismo al poder practicar actividades como snorkeling o buceo. También podremos colaborar con estudios científicos y, por supuesto, se beneficiarán las comunidades pesqueras vecinas, es decir, es un proyecto integral”, agregó Vargas.

El incremento en la temperatura del mar -debido a la liberación de gases de efecto invernadero provenientes de la quema de combustibles fósiles- está causando que los eventos de blanqueamiento coralino sean cada vez más graves y frecuentes, lo cual amenaza la existencia de estos ecosistemas marinos, los cuales brindan servicios ambientales como fuente de alimento, protección ante tormentas y fuertes oleajes, así como modos de subsistencia para las comunidades vecinas gracias a la pesca y el turismo.

Dependiendo del éxito de los arrecifes artificiales, Punta Leona contempla la posibilidad de incursionar en la práctica de jardinería coralina como una segunda etapa, a un plazo de dos años. (Foto: Punta Leona).

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La amenaza no solo viene del cambio climático. La contaminación, la sobrepesca y las malas prácticas turísticas están mermando la salud de los arrecifes, lo cual dificulta que estos se recuperen rápidamente después de sufrir un evento de blanqueamiento.

En este sentido, y a partir de criterios técnico-científicos, los arrecifes artificiales pueden convertirse en una herramienta de restauración en ciertos lugares, ya que podrían quitar presión a los ecosistemas naturales para que estos puedan recuperarse.

Opción de restauración

Los arrecifes artificiales pueden ser muy atractivos para los buceadores y, gracias a ello, pueden ayudar a mitigar posibles daños al ecosistema natural; esa fue la principal conclusión de un estudio publicado en el Journal of Environmental Management.

El estudio, el cual analizó servicios ecosistémicos de índole recreacional, se enfocó en el arrecife artificial de Tamar, una estructura sumergida frente a la costa de la ciudad de Eliat (Israel). Los resultados del monitoreo mostraron que la densidad media de buzos en el arrecife artificial era mayor que en los dos montículos naturales cercanos y que el arrecife artificial desviaba efectivamente la atención de las personas, quitándole visitas a los montículos naturales.

De hecho, muchos buzos consideraron que el arrecife artificial era más apropiado para principiantes. Algunos daños a los arrecifes devienen de la inexperiencia del buzo para manejarse en el agua, debido a que suele sujetarse de los corales y esto, consecuentemente, los daña.

Los arrecifes artificiales también pueden incrementar la abundancia de peces en estuarios con poca cobertura natural de corales. Así lo demostraron investigadores de la Universidad de Nueva Gales Sur y del Instituto de Ciencias Marinas de Sidney (Australia), quienes instalaron seis arrecifes artificiales por cada uno de los tres estuarios estudiados.

Durante su investigación, cuyos resultados se publicaron en el Journal of Applied Ecology, descubrieron que la abundancia general de peces aumentó hasta 20 veces en cada arrecife a lo largo de un período de dos años.

“Se eligió el lago Macquarie, la bahía Botany y la cuenca de San Jorge para instalar los arrecifes artificiales porque, en 2002, se eliminó la pesca comercial y se les designó específicamente como paraísos para la pesca recreativa. Además, estos estuarios no tienen muchos arrecifes naturales porque se crean a partir de la arena. Por lo tanto, queríamos saber qué pasaría con la abundancia de peces si instalábamos un nuevo hábitat de arrecifes en esa arena”, explicó el coautor del estudio e investigador del Instituto de Ciencias Marinas de Sidney, Hayden Schilling.

Al igual que en el proyecto de Punta Leona, la iniciativa australiana instaló mini reef balls de 0,7 metros de diámetro y 0,5 metros de alto. Tres meses antes de colocar las estructuras, los investigadores monitorearon las poblaciones de peces. Luego volvieron a realizar el monitoreo al año y, posteriormente, a los dos años. También estudiaron tres sitios representativos en cada estuario a manera de referencia o control.

“Los peces encuentran los reef balls atractivos en comparación con la arena desnuda: los agujeros proporcionan protección a los peces y ayudan a que el agua fluya alrededor de los arrecifes”, dijo Iain M. Suthers, coautor del estudio, en un comunicado.

Si bien se monitoreo toda la variedad de especies que utilizaban los arrecifes artificiales, los investigadores pusieron particular atención en aquellas que eran populares para los pescadores recreativos.

“Estas especies aumentaron hasta cinco veces y, en comparación con el hábitat de arena desnuda antes de que se instalaran los arrecifes, encontramos hasta 20 veces más peces en total en esos lugares. Lo que fue realmente emocionante fue ver que en los arrecifes naturales cercanos, la abundancia de peces aumentó de dos a cinco veces en total”, comentó Suthers.

“No había pruebas de disminución de la abundancia en los arrecifes naturales cercanos. Por el contrario, encontramos un aumento de la abundancia en los arrecifes naturales y en los reef balls, lo que sugiere que el número de peces estaba aumentando en el estuario en general”, destacó Schilling y agregó: “los arrecifes artificiales crean un hábitat rocoso ideal para los alevines (crías), de modo que los peces se reproducen en el océano y luego los alevines llegan a los estuarios, donde ahora hay más hábitat del que había antes, lo que permite que sobrevivan más peces”.

Así se veían los reef balls del proyecto australiano a los 4, 12 y 18 meses tras haberse sumergido. (Foto: UNSW Science)

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Si bien los arrecifes artificiales tenían una influencia positiva general en la abundancia de peces en los estuarios con arrecifes naturales limitados, los investigadores anotaron que también podrían haber efectos específicos para cada especie.

Por ello, advirtieron los investigadores, la instalación de arrecifes artificiales no puede hacerse en ausencia de estudios científicos previos que analicen la posibilidad de atraer especies no autóctonas o de eliminar el sustrato blando.

Si bien los arrecifes artificiales se han utilizado como ‘hábitat de sacrificio’ para impulsar el turismo y disuadir la pesca, esta infraestructura también puede afectar a hábitats naturales sensibles como las praderas marinas, las marismas y los pantanos salados, afectando así la calidad del agua”, alertó un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Sidney (Australia) -publicado en Nature– que mapeó la infraestructura desarrollada por el ser humano en los océanos de todo el mundo.

Un área de aproximadamente 30.000 kilómetros cuadrados ha sido modificada por la construcción humana a nivel mundial. De esa extensión, 3.600 kilómetros cuadrados corresponden a arrecifes artificiales.

El simple hecho de aumentar la cantidad de estructura de arrecifes disponible para el crecimiento de los corales no resolverá el problema de la disminución natural de los arrecifes coralinos”, destacaron científicos de la Universidad de Newcastle (Reino Unido) en un artículo publicado en The Conversation.

“Los arrecifes artificiales no garantizan la misma biodiversidad que los arrecifes naturales. El mayor problema con los arrecifes artificiales, sin embargo, es que estos métodos no se pueden llevar a cabo a las extensiones espaciales requeridas para contrarrestar la degradación actual en los arrecifes”, y agregaron que “la única manera de abordar el declive de los arrecifes a largo plazo es lidiar con sus principales causas: el cambio climático, la contaminación y las prácticas destructivas de pesca”.

Proyecto en Punta Leona

En el caso del proyecto impulsado por Punta Leona, se hicieron monitoreos previos a la instalación de las estructuras a lo largo de cinco meses en el 2019.

La metodología consistió en la delimitación de un transecto de 100 metros de longitud donde los biólogos tomaron datos relativos a nivel de nutrientes en el agua, velocidad y dirección de las corrientes, vida marina presente en el sitio, profundidad, temperatura y penetración de la luz solar, entre otros.

Esa información permitió no sólo justificar la instalación de arrecifes sino también detectar el lugar óptimo para hacerlo. Paralelo a esta etapa de investigación, se tramitaron los permisos ante el SINAC y posteriormente se inició con la construcción de los reef balls.

La tecnología de reef balls ha sido empleada con éxito en arrecifes del Caribe, México, Estados Unidos y Oceanía. En el caso del proyecto costarricense, los arrecifes se construyeron a partir de una mezcla de cemento especial, no contaminante del entorno marino, combinado con aditivos que permiten igualar la alcalinidad (pH) del agua de mar.

En total se construyeron 14 estructuras de tres tamaños diferentes: las más grandes pesan 500 kilogramos (kg), las medidas pesan 300 kg y las pequeñas 150 kg. Se sumergieron en diciembre de 2020 y este año iniciarán los monitoreos mensuales para ir midiendo su efectividad.

Para Carlos Pérez, biólogo del INA y asesor científico del proyecto, los arrecifes artificiales representan una herramienta de ordenamiento y protección ecológica en el marco de las medidas de restauración y rehabilitación de ecosistemas marino costeros.

“Hay numerosos ejemplos a nivel mundial donde estas estructuras se han usado para realizar varias funciones, entre ellas, la protección física de ecosistemas sensibles y frágiles, la adición o reposición de la complejidad de hábitat, la creación de nuevos sustratos y la sustitución de un recurso socioeconómico, entre otros”, destacó Pérez.

Humedal Marino de Playa Blanca

Este es el único humedal marino del Área de Conservación del Pacífico Central (ACOPAC). Cuenta con una extensión de 5,5 kilómetros cuadrados, de los cuales 1,3 kilómetros cuadrados están completamente protegidos. 

La zona donde se localiza este humedal posee una riqueza marina que alcanza las 74 especies  de peces. De hecho, el área donde se encuentra resguarda el 32 % de las especies comerciales del Golfo de Nicoya.

Asimismo, esta zona protegida resguarda ecosistemas como arrecifes rocosos, pastos marinos, entre otros.