En “Volver al Futuro”, Marty McFly viaja al 2015 y encuentra un mundo muy diferente al 1985 que él conoce: los autos vuelan, las zapatillas se amarran solas y las patinetas se deslizan sin tocar el suelo.

Cuando finalmente llegó el año 2015, la profecía no se cumplió. Aunque esos inventos no llegaron, el 2015 sí nos trajo una porción de futuro: el Acuerdo de París, un documento internacional a través del cual 195 países acordaron que limitarían en calentamiento del planeta en máximo 2 grados centígrados (y ojalá solo 1.5 grados), en un esfuerzo para hacerle frente al cambio climático.

Así como los creadores de Volver al Futuro, ahora nos toca imaginar (y calcular) cómo será el año 2050 o 2100 para poder mantener nuestra promesa de no calentar demasiado el planeta. Solo que si esta vez la meta no se cumple, será algo más serio que si hay o no patinetas voladoras (imaginen el grado de seriedad, entonces).

Sabemos que no debemos pasar los 2 grados; es decir, ya tenemos una meta clara, plasmada en un acuerdo internacional. Surge entonces otro problema: ¿cuál es el camino para llegar ahí? Imaginen lo mismo en cualquier otro escenario. Una familia, por ejemplo, decide que quiere ahorrar dinero para pagar todas sus deudas y además tener $100.000 de ahorro en 30 años.

Es normal que los miembros de la familia se pregunten: ¿qué debemos hacer? ¿Cuánto dinero deberíamos reducir de nuestros gastos cada mes, cada año o cada década? ¿Deberíamos invertir ahora en una huerta o en animales de granja para ahorrarnos gastos en compras en unos años?

En términos de calentamiento global, la meta de los 2°C es muy abstracta y tanto para el ciudadano común como para los gobernantes, es algo confuso. Suponga que usted quiere tener una vida lo más apegada posible a la ruta que define el Acuerdo de París. ¿Cómo lo hace? ¿Qué debería estarle exigiendo a sus diputados?

Hay mucha matemática involucrada pero, como cualquier problema realmente grave, puede explicarse en palabras más o menos sencillas. Un grupo de científicos europeos notó que faltaba una ruta clara y ellos mismos hicieron los cálculos, para luego explicar el camino en palabras que todos entendamos.

Sus resultados fueron publicados en la revista académica Science. ¿Qué hallaron? Que en dos o tres décadas el mundo deberá ser muy diferente a como lo conocemos, si queremos evitar cambios extremos.

“Necesitamos identificar pasos concretos para lograr una descarbonización completa hacia el 2050. Los negocios que eviten estos pasos y las medidas necesarias, se perderán la próxima revolución industrial y su mejor oportunidad para un futuro rentable”, dijo en un comunicado Hans Joachim Schellnhuber, director del Instituto de Estudios de Impacto Climático de Potsdam, uno de los autores.

El gran panorama.

Los científicos plantean tres grandes requisitos para el crecimiento económico en las próximas décadas:

  1. Cada década, las emisiones de dióxido de carbono (CO2) de la energía, la industria y el transporte deben reducirse en un 50%. Eso significa que al 2030, nuestras economías deben cortar sus emisiones de CO2 a solo la mitad de inicios de décadas; luego hacer lo mismo en 2040 y hacer lo mismo en 2050. A esto le llaman la “Ley del Carbono”, con base en la llamada Ley de Moore, de la industria computacional.
  2. Las emisiones netas de uso del suelo deben reducirse lentamente hasta llegar a cero en 2050. Esto incluye tanto mejorar prácticas agrícolas como reducir y eliminar la deforestación.
  3. Nuevas tecnologías que permitan “chupar” CO2 de la atmósfera deben acelerar su paso, al punto que logren extraer 5 Gigatoneladas hacia el 2050. Eso es casi el doble que lo que pueden extraer cada año los árboles y el suelo en la actualidad.

Más que solo empezar a poner paneles en cada techo y dejar de aceptar bolsas plásticas en los supermercados, este camino exige un cambio drástico de muchas de nuestras prácticas y muchos sectores de la economía. Graficado y simplificado, el camino se ve así:

Las emisiones deberán cortarse a la mitad cada década (en rojo), las emisiones de cambio de uso de suelo deben llegar a cero al 2050 (en amarillo) y la captura de carbono debe crecer (en azul).

(Créditos: (Rockstrom et al, 2017))

Ok. ¿Qué debemos hacer en cada década de aquí a mitad de siglo? ¿Cómo será ese futuro que debemos imaginarnos?

2017-2020.

Los primeros años sientan las bases para las siguientes tres décadas. En este período se eliminan los subsidios directos e indirectos a los combustibles fósiles (que suman entre $500.000 y $600.000 millones anuales) y se negocia un impuesto global a la contaminación. Todas las grandes ciudades y empresas del mundo industrializado diseñan sus propios planes de descarbonización (esto es el proceso para hacer más limpia, o con menos uso de carbono, las economías) y los tienen listos para el 2020.

2020-2030.

A partir de aquí se hace más compleja la ruta, porque la humanidad debe la presión en muchos frentes a la vez. Las emisiones de gases de efecto invernadero necesitan dejar de aumentar en 2020 y empezar a bajar ese año.

En primer lugar, se aplica una rigurosa política de eficiencia energética para todos los aparatos domésticos, comerciales e industriales. Al mismo tiempo, el mundo crear un impuesto al carbono cercano a $50 por tonelada y en crecimiento (es decir, los procesos que emitan CO2 deben pagar $50 por cada tonelada que contaminan; actualmente en muchos países no pagan).

Los países industrializados dejan de usar carbón cerca el 2030 y su uso va en fuerte picada en el resto del mundo. Algunas ciudades desarrolladas como Hamburgo y Copenhagen ya están libres de combustibles fósiles para el 2030 y la mayoría de los países prohíben la importación de vehículos de gasolina para finales de década. El transporte empieza una rápida tendencia hacia la electrificación.

La inversión en investigación aumenta drásticamente (los científicos dicen que debe incrementar por “un orden de magnitud”) para avanzar en vida útil de las baterías, dar más opciones de almacenamiento de energía, alternativas de combustibles para aviones y barcos, innovaciones en producción industrial y urbanización sostenible. En otras palabras: el mundo invierte dinero para entender cómo mejorarlo todo.

Al mismo tiempo, empieza una cruzada por remover CO2 de la atmósfera. Esto es básicamente replicar el proceso natural de captura de CO2 por parte de los árboles, pero con algún avance de la ingeniería. Todas las opciones están todavía muy incipientes, pero los científicos esperan que extraigamos entre 0,1 y 0,5 gigatoneladas de CO2 anual a partir del 2030.

2030-2040

Cuesta pensar qué deberíamos estar haciendo en 20 años, ¿verdad? Bueno, toca. Ahora imagine esto: para el 2040, los carros de gasolina ya son una cosa inusual y la gasolina es un producto en extinción. La mayoría de los aviones están usando alternativas sin emisiones de gases de efecto invernadero, como combustibles sintéticos, biocombustibles o hidrógeno.

Para el final de esta década, todo nuevo edificio es carbono neutral. Para lograrlo, las constructoras cambian el acero y el concreto actual (cuya producción es altamente contaminante) y los producen sin emisiones o los reemplazan con alternativas que tengan emisiones cero o negativas, como madera, piedra o fibra de carbono.

Para esta década hay nuevos mecanismos financieros, como cambios en impuestos corporativos internacionales y reformas a las leyes de herencia para poder cobrar, retroactivamente, a las fortunas que se hicieron a costa del ambiente y sin pagar externalidades.

2040-2050

Para inicios de esta década, la mayoría de los países europeos ya tienen emisiones netas cercanas a cero y países de América y la mayoría de Asia y África se acercan mucho hacia el 2050.

La cooperativa Coopesantos instaló en 2011 un parque eólico en las montañas de La Paz y Casamata, a unos 50 kilómetros al sureste de San José. Con una capacidad instalada de 12,7 megavatios y 15 torres eólicas, la granja abastece a 120 comunidades vinculadas con la cooperativa.

(Créditos: Diego Arguedas Ortiz / IPS)

De todos los combustibles fósiles, solo el gas natural se utiliza pero únicamente como reserva y siempre acompañado por unidades de captura de carbono (el carbón habría muerto entre 2030 y 2035 y la gasolina cerca entre 2040 y 2045).

Cuando termine esta década, el mundo emite solo una pequeña fracción (cerca de un octavo) de los gases de efecto invernadero que libera en 2017 y el impuesto al carbono llega a costar $400 por tonelada.

Esas emisiones serán compensadas. Para el 2050, el mundo es capaz de capturar hasta 5 Gigatoneladas de CO2 cada año; esta es la misma cantidad anual que estaría emitiendo ese año (solo que las emisiones seguirán disminuyendo y la captura aumentando).

La dimensión del reto.

El desafío en materia de desarrollo es enorme. ¿Se imagina desaparecer los carros de gasolina en poco más de dos décadas? ¿O lograr llevar a cero la deforestación hacia el 2050? Algunas de las medidas todavía no tienen una solución clara (por ejemplo, los combustibles limpios para aviones o los mecanismos de captura de carbono) y necesitan enormes sumas en investigación y desarrollo.

Es comprensible poner este camino en duda, pero no tenemos el lujo de hacerlo. ¿Por qué no? Porque pasar el umbral de 2 grados de calentamiento global trastornaría todavía más nuestras fuentes de comida y agua, complicaría la salud de miles de millones de personas y tendría impactos directos en vivienda, obras de vialidad y comunidades.

El Parque Nacional Cahuita, en la oriental costa caribeña de Costa Rica, sufre un proceso de erosión costera que está recortando sus playas, pero también bajo el agua hay un impacto del cambio climático sobre los corales.

(Créditos: Diego Arguedas Ortiz)

La ruta que plantean los científicos implica duplicar la cantidad de renovables en períodos de 5 a 7 años. ¿Suena complicado? No tanto, dicen los expertos, pues este ha sido el ritmo últimamente.

“Ya estamos en esta trayectoria. En la última década, la participación de los renovables en el sector energético se ha duplicado cada 5.5 años. Si continúa esta tendencia, veremos los últimos combustibles fósiles en el 2030”, dijo en un comunicado de prensa Johan Rockström, director del Centro de Resiliencia de Estocolmo de la Universidad de Estocolmo.

Rockström dijo a Vox que la Convención Climática de Naciones Unidas debería intentar diseñar escenarios similares a este, que permitan a gobernantes y ciudadanos entender de manera más clara los pasos necesarios y las consecuencias de cada acción.

Es posible que el ritmo de mejora no sea lo suficientemente rápido como para llegar al objetivo de eliminar los combustibles fósiles para el 2050 (después de todo, hay países e industrias completas muy reacias a dar el paso).

De hecho, cada vez hay más investigación de que no llegaremos a la meta de 1.5 grados, otro de los elementos del Acuerdo de París.

Pero los autores plantean que la conversación debe ir más allá de los objetivos directos en términos de cambio climático y evidenciar otras ventajas económicas y sociales. Aunque no se alcancen los objetivos, el calentamiento global se puede contener y hay muchos beneficios paralelos.

“Por años hemos visto la reducción del uso de combustibles fósiles como una carga, pero ya es visible el otro lado de la moneda: menores costos, más trabajos y aire más limpio”, dijo en un comunicado Malte Meinshausen, de la Universidad de Melbourne.