Michelle Soto Méndez

LatinClima

Desde hace algún tiempo, Ronald Guzmán y su familia aprovechan el agua de lluvia para lavar ropa, descargar los servicios sanitarios y limpiar la casa.

“Estamos en una comunidad de crecimiento constante y aquí muchas veces hay faltante de agua, a pesar de que tenemos un buen acueducto. Por eso es importante aprovechar al máximo lo que la naturaleza nos da, en este caso, las lluvias”, comentó el vecino de Bahía Ballena.

Para ello, en la parte trasera de la vivienda, Guzmán instaló un sistema que permite almacenar el líquido tras un aguacero en un tanque con capacidad de almacenar 450 litros.

El sistema aprovecha la posición elevada e inclinada del techo para dirigir el agua de lluvia hacia un tanque. Como no media ninguna otra superficie, como el suelo, el agua que se recolecta se considera de buena calidad y apta para ser utilizada en actividades domésticas e incluso en el riego de jardines, huertas y abrevadero de animales.

Según Guzmán, ni siquiera hubo que hacer cambios en la casa. Lo único que se requirió fue poner una canoa, los bajantes y la estructura del tanque con su tubería. En total, la obra tuvo un importe de ¢215.000.

“El principal beneficio yo lo veo a la hora de pagar el recibo. Anteriormente pagábamos, en promedio, unos ¢15.000 y ahora pagamos ¢9.000. Pero en esta propiedad hay dos casas y se cobra el mínimo de ¢5.000 colones. Entonces, realmente lo que estamos pagando por consumo de agua es apenas ¢4.000”, detalló Guzmán, cuya familia todavía necesita de acueducto comunitario para otros usos.

Más allá del beneficio económico, la recolección de agua de lluvia puede ser una medida clave para que Bahía Ballena haga frente a los impactos negativos del cambio climático. En una zona donde la ciencia espera problemas de acceso al agua, cada gota cuenta.

Alta demanda

Hace unos siete años, cuando Tania Calderón se inició como directiva de la ASADA de Bahía Ballena, la naciente ya no daba abasto y el agua era escasa en la comunidad, por lo que tuvieron que recurrir a los recortes de suministro por horas.

Tenían dos pozos, pero se instaló una urbanización en los alrededores que puso en duda la calidad del agua y su bombeo era costoso.

Ante esta situación y el aumento de la población de Bahía Ballena, la ASADA captó una nueva naciente en 2017 para suplir la demanda y dejó los pozos como respaldo. “Por el momento tenemos agua suficiente para toda la población y calculamos que para los próximos cinco años, pero la comunidad sigue en constante desarrollo”, dijo la directiva.

Bahía Ballena tiene una situación particular. La comunidad colinda con el Parque Nacional Marino Ballena, la cuarta área silvestre protegida más visitada en el país con alrededor de 143.000 visitantes al año.

El turismo en la zona demanda grandes volúmenes de agua para alojamientos, vehículos, piscinas y zonas verdes, necesidades que actualmente se suplen con agua potable pero podrían ser atendidas de otra manera, por ejemplo: agua de lluvia.

Cambio climático

La preocupación de los vecinos es que la problemática de escasez de agua se exacerbe con el cambio climático y ya se están presentando las primeras señales.

Sus preocupaciones son respaldadas por la evidencia científica. Según el “Análisis de vulnerabilidad de las zonas oceánicas y marino-costeras de Costa Rica frente al cambio climático”, serie técnica 06 del proyecto BIOMARCC-SINAC-GIZ (2013), las zonas costeras de Costa Rica tienen una alta probabilidad de disminución de la precipitación anual en al menos el 50% para fin de siglo.

Además, se prevé que la disminución de la precipitación y el aumento de la temperatura del aire generen cambios en los cultivos instalados en suelos agrícolas de las costas debido a que habrá menos agua disponible.

La recomendación de los científicos en este reporte es “reutilizar y reciclar, en especial el agua de lluvia, sobre todo en zonas donde se espera que las precipitaciones vayan a disminuir o ser esporádicas”.

Medidas de adaptación

El cambio climático no se puede evitar, pero sí se pueden tomar acciones para aminorar sus impactos y estar mejor preparados para lidiar con sus efectos. A esto se le llama adaptación.

Una medida de adaptación es promover una cultura del agua enfocada al uso racional del líquido. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), poner en práctica acciones de ahorro de manera regular puede reducir entre un 10% y un 40% el volumen diario de líquido.

Eso quiere decir que una familia acostumbrada a un consumo de 20.000 litros de agua, podría ahorrar de 2.000 a 8.000 litros con solo aplicar medidas de ahorro.

Catalina Molina, presidenta de Fundación Keto (organización que trabaja en la zona desde el 2009), explica que otra medida de adaptación es precisamente recolectar el agua de lluvia para disminuir la presión sobre los acueductos comunales.

De hecho, esa es una de las líneas de acción del proyecto “Bahía Ballena en Osa: construyendo puentes hacia el cambio climático”, que Fundación Keto ejecuta con dinero del Fondo de Adaptación, cuya entidad administradora en Costa Rica es Fundecooperación.

En el marco de este proyecto, Fundación Keto está promoviendo mejoras a la infraestructura de viviendas, hoteles y otros negocios mediante la colocación de sistemas de colecta de lluvia. De hecho, el arquitecto Ariel Hidalgo Solano se encargó de los estudios técnicos que permitieron el diseño de tres modelos diferentes para Bahía Ballena.

Un techo de 36 metros cuadrados en Bahía Ballena puede captar aproximadamente a 135.000 litros de agua y una superficie más grande, de unos 60 metros cuadrados, podría recolectar hasta 225.000 litros.

Según Hidalgo, el consumo promedio de una familia de cuatro personas en la zona es de unos 219.000 litros. Las actividades domésticas con una mayor huella hídrica son: la ducha con 80.640 litros, la descarga de inodoros con 80.640 litros y las labores de lavandería con 57.600 litros.

Fundación Keto, a través del proyecto, financió tres proyectos piloto en la comunidad. Uno de ellos está en la casa de Guzmán y otro en la residencia de los guardaparques. El tercero está en el hotel Bahía Azul, propiedad de la familia de Calderón.

El hotel emplea el agua llovida en el llenado de la piscina, la lavandería, el lavado de aceras y el aseo de las áreas comunes, también en una ducha externa cercana a la alberca.

Según Calderón, un “buen aguacero” llena los dos tanques que poseen y ese líquido rinde de cuatro a cinco días según el uso que se le dé. Los planes a futuro son dotar de un sistema similar a los otros dos edificios que conforman el hotel.

“Sí notamos una disminución del 50% en el recibo de agua. Nuestra mayor huella hídrica está en la lavandería y en la piscina, entonces el sistema ayudó mucho en ese sentido”, destacó Calderón.

Esta nota fue publicada originalmente en LatinClima y aquí aparece como parte de un convenio.