Condiciones más calientes y secas están incrementando no solo el número de incendios forestales sino también su escala, intensidad y frecuencia. Solo este año se lidió con mega incendios en Australia, Siberia, América del Sur y la costa oeste de Estados Unidos, los cuales heredaron la estela de humo de los siniestros sufridos en el 2019 en Amazonía, Congo e Indonesia.

La atención de los incendios incluso requirió apoyo internacional. Bomberos de Nueva Zelanda, Estados Unidos y Canadá apoyaron a sus contrapartes australianas a la hora de combatir el fuego en Nueva Gales del Sur. Más tarde, australianos y mexicanos acudieron al llamado de California y Oregon, en Estados Unidos, cuyo agosto estaba reduciendo los bosques a cenizas.

Según Copernicus Atmosphere Monitoring Service (CAMS), entre el 1 de enero hasta el 7 de diciembre de 2020, se liberaron unas 1.690 megatoneladas de carbono como resultado de los incendios forestales. En el 2019 fueron 1.870 megatoneladas.

“Si bien 2020 ha sido ciertamente un año devastador para los incendios forestales en los lugares más afectados, las emisiones en todo el mundo han sido menores gracias a una mejor gestión de los incendios y a las medidas de mitigación. Desde que comenzamos a vigilar los incendios forestales en 2003, hemos visto una disminución gradual de las tasas de emisión. Sin embargo, no es el momento de ser complacientes, ya que los incendios forestales en las zonas más afectadas fueron de una intensidad récord como resultado de condiciones más cálidas y secas. Esto dio lugar a un aumento de los contaminantes transportados a miles de kilómetros, afectando la calidad del aire para millones de personas”, declaró Mark Parrington, científico experto en incendios forestales de CAMS.

Los incendios en Nueva Gales del Sur (Australia), vividos en enero, devastaron casi un millón de hectáreas y liberaron más de 400 megatoneladas de carbono a la atmósfera. También tuvieron impacto en la calidad del aire, ya que el humo cubrió una superficie de 20 millones de kilómetros cuadrados.

Las columnas de humo generadas por los incendios forestales ocurridos en la costa oeste de Estados Unidos se extendieron hasta alcanzar algunas partes al norte de Europa. CAMS calculó la emisión de carbono en más de 30,3 megatoneladas.

Aunque el fuego experimentado en Centroamérica no llegó a los titulares internacionales, a finales de mayo, los científicos de CAMS informaron de que las emisiones de la región -que incluye a Belice, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá y la península de Yucatán en México- estaban muy por encima del promedio de 2003 a 2019. Solo los incendios ocurridos en Honduras liberaron 2,5 megatoneladas de carbono, rompiendo un récord en el istmo desde 2003.

El humo de los incendios forestales, ocurridos en noviembre de 2018, se desborda sobre California, Estados Unidos. (Foto: NASA worldview).

(Créditos: NASA worldview)

Cambio climático

Si bien las causas antropogénicas -como quemas agrícolas y vandalismo- suelen ser la chispa que inicia el fuego, lo cierto es que el cambio climático sirve de combustible.

En el mundo, la duración de las temporadas de incendios se incrementó 18,7% entre 1979 y 2013. Un estudio, publicado en Atmospheric Environment en 2015, proyectaba 27% más de incendios a escala global en comparación con el año 2000.

“El cambio climático ha contribuido con alrededor de nueve días adicionales por año de peligro de incendio extremo y esos días extremos llevan la carga en términos de los grandes días en que vemos el crecimiento del fuego”, comentó John Abatzoglou, profesor asociado de la Universidad de Idaho (Estados Unidos), quien agregó: “en los últimos 40 años, hemos visto un aumento significativo en la actividad de los incendios. Solo en California, hemos visto un aumento de cinco veces la extensión de la superficie quemada en los bosques desde 1972, coincidiendo con este período de condiciones mucho más cálidas y secas que se superponen a un siglo de supresión de incendios”.

Los incendios no solo están empeorando en las regiones que suelen quemarse, sino que están siendo más frecuentes en lugares donde eran raros. En 2018, por ejemplo, Suecia experimentó su temporada más arrasadora de incendios.

Matthew Jones, investigador del Centro Tyndall para la Investigación del Cambio Climático de la Universidad de East Anglia (Reino Unido), realizó una revisión de 116 artículos científicos publicados desde 2013, cuyos hallazgos refuerzan la evidencia de que el cambio climático aumenta la frecuencia y la intensidad de los incendios debido a una combinación de altas temperaturas, baja humedad, bajas precipitaciones y a menudo fuertes vientos.

“La gestión de la tierra puede mejorar o agravar los factores impulsados por el clima en el riesgo de incendios forestales, ya sea mediante la reducción o la acumulación de combustible como subproducto no intencionado de la supresión del fuego, pero lo cierto es que los esfuerzos de supresión de incendios se ven dificultados por el cambio climático”, se lee en las conclusiones del análisis.

“Existe un papel inequívoco y generalizado del cambio climático en el aumento de la intensidad y la duración de los incendios; es probable que el manejo de la tierra también haya contribuido, pero no es el único factor que explica el reciente aumento en la extensión y la gravedad de los incendios forestales en el oeste de los Estados Unidos y en el sudeste de Australia”, continúa.

A esto se suma que los períodos secos y calurosos, que aumentan la probabilidad de incendios forestales, se están volviendo más grandes geográficamente, más intensos y más frecuentes debido al cambio climático, según los hallazgos reflejados en un estudio publicado este año en Science Advances.

Los eventos de calor y sequía pueden causar grandes incendios. Añada el viento y una fuente de ignición, y esto resulta en mega incendios como los de 2020 en la costa oeste de los Estados Unidos. La sequía y las olas de calor que baten récords, junto con una tormenta que trajo fuertes vientos y 12.000 relámpagos en un lapso de 72 horas, causaron más de 500 incendios forestales”, dijo Mohammad Reza Alizadeh, investigador de la Universidad McGill y autor principal del estudio.

En las últimas décadas, los eventos de calor-seco son impulsados más por el exceso de calor que por la falta de lluvias. Estos eventos no solo se intensifican -más calor causa más sequía y viceversa- sino que también se autopropagan, lo que significa que son capaces de desplazarse de una región a otra. “A medida que el aumento de las temperaturas impulsa y expande la aridez, las sequías y las olas de calor se desplazan de una región a otra a favor del viento”, explicó Alizadeh.

“Hay varias formas en las que el cambio climático afecta a los incendios. Por un lado, a medida que aumentan las temperaturas, la atmósfera se vuelve más desecante (aumenta el déficit de presión de vapor), eso hace que la hojarasca (combustible) se vuelva más seca y, por tanto, más disponible al incendio”, explicó Víctor Resco de Dios, investigador de la Universidad de Ciencia y Tecnología del Suroeste (China).

“Otro efecto del cambio climático es que la estación de los incendios se amplía en muchas zonas del mundo. Por ejemplo, a mediados de junio del 2017, hubo una ola de calor que resultó en un incendio en Portugal que acabó con la vida de más de 60 personas, de nuevo, debido a que una ola de calor aumentó el déficit de presión de vapor y desecó el combustible. A medida que se incrementa el cambio climático cabe esperar que estas olas de calor sean cada vez más frecuentes, por lo que podemos esperar incendios graves en una parte del año que, tradicionalmente, estaba fuera de la estación de incendios”, continuó Resco.

“También se está viendo como aumenta la frecuencia de incendios con pirocúmulo: una nube creada por el incendio que aumenta el viento y crea comportamientos muy erráticos y peligrosos en el incendio. No se entienden muy bien sus causas todavía, ni su posible relación con el cambio climático, pero vimos varios incendios así en Bolivia el año pasado”, agregó.

Sumado a esto, los rayos aumentan alrededor de 12% por cada grado centígrado que sube la temperatura y los rayos funcionan como un encendedor. Al ritmo con que se liberan gases de efecto invernadero (GEI), se espera que la cantidad de rayos crezca a medida que las temperaturas se eleven otros 2 o 3 grados durante este siglo.

Los incendios forestales pueden desempeñar un papel en la aceleración de los cambios de especies impulsados por el clima en los bosques de montaña, al agravar las tendencias regionales de calentamiento. (Foto: Dr. Carlson).

(Créditos: Dr. Carlson)

Impactos

Los incendios ocurridos este año en Australia, aunque estos estuvieran a kilómetros de distancia, llegaron a afectar la calidad del aire y el microclima urbano, esto según un estudio realizado por la Universidad de Sidney y la Universidad de Nueva Gales del Sur.

Del 20 de diciembre de 2019 hasta el 13 de enero de 2020, los investigadores registraron de forma simultánea la contaminación del aire, la ola de calor y la sequía. La concentración de partículas PM10 alcanzó un máximo de 160 microgramos por metro cúbico (μg/m3), la temperatura alcanzó un máximo de 46,2°C, mientras que la lluvia acumulada fue de 13,6 milímetros.

“Encontramos que combinaciones específicas de temperatura del aire y humedad relativa conducían a niveles más altos o más bajos de acumulación de contaminantes, reflejando los hallazgos de estudios previos. En general, se registró una mayor concentración de PM en la noche y en las primeras horas de la mañana, especialmente después de los episodios de sobrecalentamiento diurno (con temperaturas superiores a 35°C). También encontramos que los mecanismos de transporte a largo plazo y las complejas interacciones entre los vientos predominantes y los locales podrían haber desempeñado un papel importante”, explicó Giulia Ulpiani, investigadora de la Universidad de Sidney y autora principal del estudio.

“Las intensas salpicaduras de lluvia también se asociaron con la concentración más intensa de polvo. Nuestros datos confirman que, a pesar de sus reconocidas propiedades de limpieza del aire, las fuertes gotas de lluvia también desencadenan un mecanismo que produce partículas sólidas del suelo, lo que puede elevar sustancialmente los niveles de contaminación local”, agregó.

“También comparamos la intensidad de la isla de calor urbano durante el incendio forestal con la registrada durante el mismo período en los 20 años anteriores. Los datos de varias estaciones meteorológicas indicaban un efecto adicional de la perturbación microclimática causada por los incendios forestales: la desaparición de los fenómenos de islas de calor y la exacerbación de estos sobre la mediana”, destacó Mat Santamouris, profesor de la Universidad de Nueva Gales del Sur y coautor.

Otro estudio, publicado en Environmental Health Perspectives, evidenció que la exposición al humo afecta el sistema respiratorio y cardiovascular casi de inmediato. Los investigadores observaron un incremento en los envíos de ambulancias a tan solo una hora tras la exposición.

Asimismo, los investigadores observaron que, entre las personas con diabetes, las probabilidades de sufrir complicaciones de salud aumentaron dentro de las 48 horas posteriores a la exposición al humo.

“Hace mucho tiempo que conocemos los efectos nocivos para la salud del humo de los incendios forestales, pero es alarmante ver lo rápido que la materia fina parece afectar al sistema respiratorio y cardiovascular. Y los efectos agudos para las personas con diabetes son relativamente nuevos para nosotros”, manifestó Jiayun Angela Yao, investigadora de la Universidad de Columbia Británica y autora principal del estudio.

En cuanto a los ecosistemas, un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Colorado Boulder concluyó que los bosques afectados por el fuego se recuperaron lentamente o no se recuperaron en absoluto, incluso 15 años después del incendio.

De hecho, lo más probable es que muchos bosques no vuelvan a crecer y, en su lugar, se conviertan en pastizales y matorrales, perdiendo así sus funciones ecológicas. El fuego modifica las condiciones que hacen viable a ciertas especies.

“Proyectamos que la recuperación después del incendio será menos probable en el futuro, ya que grandes porcentajes de las Montañas Rocosas del Sur, por ejemplo, no son aptas para dos especies de árboles importantes: el pino ponderosa y el abeto Douglas”, dijo Kyle Rodman, autor principal del estudio.

Lo otro que observaron los investigadores fue que, comparado con las regiones que se quemaron en el siglo XIX y principios del XX, las áreas quemadas recientemente no lograron recuperarse. “Este estudio y otros muestran claramente que la resiliencia de nuestros bosques al fuego ha disminuido significativamente en condiciones más cálidas y secas”, dijo Tom Veblen, profesor de geografía en UCU Boulder y coautor del estudio.

“Este fue un estudio difícil de escribir y puede ser un poco deprimente de leer, pero hay algunas cosas positivas. Si podemos controlar algunas de estas tendencias y reducir nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, los resultados pueden no parecer tan nefastos. El futuro no está escrito en piedra”, dijo Rodman.

 

Mega incendios del 2020

  • AUSTRALIA:

El año despuntó con fuego en Australia, país que batió récords de temperatura en esos primeros meses. Por ejemplo: la ciudad de Penrith, ubicada al oeste de Sidney, alcanzó los 48,9 °C el 4 de enero de 2020.

Australia ardió casi un año completo, desde junio de 2019 hasta mayo de 2020, devastando más de 10.000.000 de hectáreas y se calcula que más de 1.250 millones de animales se vieron afectados directa o indirectamente por el fuego.

  • AMÉRICA DEL SUR:

En América del Sur, una fuerte sequía afectó el norte de Argentina, Paraguay y Brasil, lo que conllevó a fuego. Los bomberos argentinos, por ejemplo, demoraron meses en controlar las llamas que afectaban el Delta del Paraná, propiciadas por condiciones inusualmente cálidas y secas que llevaron a que el río alcanzara sus niveles más bajos en verano.

“Anteriormente, los caudales mínimos se daban fundamentalmente a finales del invierno y principios de la primavera. Era muy difícil encontrar una bajante de estas características sobre finales del verano y el otoño, que normalmente es la época de mayores caudales. Esta bajante lo que tiene en particular es la época en la que se produjo. Esto está demostrando que hay algo funcionando distinto”, explicó Carlos Ubaldo Paoli, investigador asociado del Instituto Nacional del Agua y profesor honorario de la Universidad Nacional del Litoral en Argentina.

“Hay un déficit de lluvia muy grande que se viene acumulando desde la primavera de 2019. Cuando uno ve los escenarios de los climatólogos encuentra que, hasta fines de octubre, no se esperaba una recuperación importante del régimen de precipitaciones. Esto no solo coincidió con lluvias menores a las normales en toda la parte baja de la cuenca, significa que han quedado muchas tierras al descubierto en el valle del río Paraná y, al quedar al descubierto y con bajas lluvias, hay una gran cantidad de masa seca que queda en superficie y está altamente expuesta a la situaciones de incendio”, añadió Paoli.

Por su parte, los humedales del Pantanal, en el oeste de Brasil, batieron récord de incendios en julio y agosto, amenazando la biodiversidad de la región. La falta de lluvia y las altas temperaturas durante la primera mitad del año probablemente contribuyeron al fuego.

  • COSTA OESTE DE ESTADOS UNIDOS

Antes de 2003, los mega incendios eran raros en California. Sin embargo, 17 de los 20 incendios más grandes en la historia californiana ocurrieron desde entonces. De hecho, los siniestros en la costa oeste se han hecho más frecuentes desde 1970.

Entre 1973 y 2012, hubo un aumento del 140% en los grandes incendios en la región, un promedio de 20 eventos adicionales por década, según un estudio publicado en 2016. Los investigadores observaron que las temporadas de incendios de 2003 a 2012 fueron, en promedio, 84 días más largas que las temporadas de 1973 a 1982.

En cuanto a California, la temperatura ha aumentado continuamente durante el último siglo, y los cinco días más calurosos de los que se tiene constancia se produjeron todos en el último decenio. De hecho, el Valle de la Muerte en California alcanzó los 54,4 °C el pasado 16 de agosto, convirtiéndose así la temperatura más alta conocida en el mundo en, al menos, los últimos 80 años.

Más de 300 incendios continuos destruyeron más de 200.000 hectáreas este verano en el estado de California.