En las islas Marshall, prácticamente toda la población vive a una o dos cuadras del océano. A falta de otra opción, los comercios, las casas, las estaciones de policía y el aeropuerto se apiñan en una estrecha franja de tierra. Imagine la ciudad de Puntarenas extendida por kilómetros y kilómetros, pero con el mismo ancho que tiene ahora.

El país tiene poca tierra realmente habitable porque está asentada completamente en atolones, islas oceánicas formadas por arrecifes de coral que crecen sobre volcanes submarinos y que generalmente toman forma de anillo.

Ubicadas en el océano Pacífico entre Australia y Hawaii, las Islas Marshall dan cabida a poco más de 50.000 personas esparcidas en 24 atolones. ¿La elevación promedio del país? Cerca de 2.1 metros sobre el nivel del mar.

El atolón de Majuro es la capital de la Islas Marshall.

El atolón de Majuro es la capital de la Islas Marshall.

(Créditos: Greg Vaugh)

El drama en Islas Marshall se repite en el resto del Pacífico y en otros estados insulares del planeta. En 2014, la vecina nación de Kiribati compró 20 kilómetros cuadrados en Fiji, como “seguro de vida” por si el océano consumía su país. Otros países como las Maldivas, en el océano Índico, han barajado esta posibilidad.

En este panorama, las Marshall destacan por su implacable lucha internacional contra el cambio climático y su embajador Tony de Brum ha sido una voz fuerte en las negociaciones climáticas de Naciones Unidas. Les urge: mientras buscan soluciones en las cumbres anuales, el país sufre.

¿Cómo se lidia con esta incertidumbre? La mejor persona para responder esto es DeBrum, negociador de cambio climático y ex canciller (1979-1987; 2008-2009 y 2014-2015), quien fue una voz determinante en la cumbre climática de París.

DeBrum conversó con Ojo al Clima por vía telefónica desde su casa en Majuro. Ese es un extracto de la entrevista.

 En 2014, una marejada alta afectó un centenar de casas en el atolón de Majuro, donde está ubicada la capital. Fue la tercera inundación en doce meses.

En 2014, una marejada alta afectó un centenar de casas en el atolón de Majuro, donde está ubicada la capital. Fue la tercera inundación en doce meses.

(Créditos: Foto AFP.)

Usted ha mencionado que, a los nueve años, vio la explosión nuclear de Castle Bravo. Eso dejó una marca en las Islas Marshall y estoy seguro que su gente hace con frecuencia la relación entre los retos relacionados a las pruebas nucleares y los del cambio climático. ¿Qué lecciones toma del proceso nuclear para trabajar en la lucha climática?

Creo que el paralelismo más alarmante es que, en ambos casos, estamos lidiando con lo peor de los efectos y no tenemos nada o muy poco que ver con la causa. Además, no tenemos voz ni autoridad para manejar las causas de estas situaciones o al menos no la teníamos antes del sistema de naciones unidas.

Con el cambio climático, hemos apelado a la Convención de Cambio Climático (UNFCCC, en inglés) donde hemos juntado un sólido grupo de aliados y países que piensan similar a nosotros para apoyarnos en esta lucha. No tenemos los medios o los recursos para hacer esta lucha, entonces necesitamos ir a la fuente de estos problemas y encontrar ahí la solución.

Desde que ese niño de nueve años creció para convertirse en Ministro de Relaciones Exteriores y ahora Embajador de Cambio Climático, ¿cómo ha cambiado su isla debido al calentamiento global?

Estoy ahora sentado en mi balcón, viendo por la ventana y puedo distinguir los corales blanqueándose, puedo ver el efecto de la última tormenta del 3 de julio del año pasado, hay un barco que en ese momento entró a la sala de mi casa –todavía estamos intentando removerlo y que esperamos sea posible retirarlo a inicios de julio. Además, hemos experimentado sequías serias, principalmente en los atolones del norte y todavía estamos distribuyendo agua y suministros de emergencia.

Todo esto es únicamente en las Islas Marshall, pero nuestros vecinos Micronesia, Palau, Kiribati o Tuvalu tienen los mismos problemas.

En el plenario de cierre de la Conferencia de París, usted invitó a Selina Leem, una joven marshalesa de 18 años, a hablar ante los delegados. Ella mencionó tenerle miedo al océano. ¿Cómo ha cambiado su relación con el mar en las últimas décadas?

Para todos los países que están a seis pies sobre el nivel del mar, la armonía con el océano es lo más importante; para la supervivencia, la seguridad alimentaria, para la belleza, para socializar, para viajar… Todas estas cosas dependen de nuestra armonía con el océano. Ahora el océano ha tomado un rol más siniestro, ya no como lo que nos conecta y lo que nos une, sino también como algo que nos amenaza. Es como si el océano, al hacer esto, asumiera la voluntad de otras fuerzas sobre las cuales no tenemos control.

Esta nota viene de nuestra edición impresa de junio de Ojo al Clima.

Esta nota viene de nuestra edición impresa de junio de Ojo al Clima.

(Créditos: )

Usted ha jugado un rol importante en las negociaciones climáticas. ¿Cómo se siente negociar en representación de un estado insular en la misma mesa donde están los grandes emisores como China, Estados Unidos o Europa?

Creo que al incluir a nuestro jóvenes y el hecho de que nosotros no llevamos abogados, ni científicos ni político permite que lideremos con el ejemplo. Nosotros llevamos personas que viven el efecto del cambio climático. Es increíble el tipo de contribuciones que los jóvenes pueden hacer.

Lo que hicimos fue ir donde estaban estos países y les dijimos: “Vean, nosotros no les podemos ofrecer nada en materia de finanzas en escala científica o en información. Lo que les podemos ofrecer es rostros humanos para este reto del cambio climático”. Y lo tenemos desde el un extremos hasta el otro. Tenemos gente que ha sido desplazadas, gente que ha estado viviendo cerca del mar por generaciones y que les están diciendo que ahora tienen que moverse lejos de la cosa. El problema es que no hay mucho espacio para moverse. Si vas a trasladarte lejos del mar, llegarás a otra costa.

Ahora que salimos de la cumbre y tenemos el Acuerdo de París, ¿qué tan satisfecho está con el resultado?

Esa es la pregunta más importante. Le he estado diciendo a la gente en mis conferencias el mismo mensaje: ahora que hemos que salir de la arena y necesitamos caer en asuntos prácticos. Necesitamos empezar a movernos, a cambiar las leyes y decirle a la gente que hay apoyo de camino y acción de parte de países desarrollados y en vías de desarrollo tanto en adaptación como en mitigación. Ninguno de estos dos elementos debería esperar al otro. Si un país que necesita trabajar más en mitigación, adelante, pero nosotros estamos más preocupados por las amenazas directas. Si hay una marea alta, tenemos que mover gente. Todo esto tiene que trabajarse en conjunto en la implementación. Las negociaciones y las coaliciones deben seguir, pero debemos seguir hacia la implementación.

Para esto necesitamos ratificar el acuerdo. Hasta ahora hay 18 países y las Islas Marshall fue uno de los primeros. ¿Estamos haciendo esta parte lo suficientemente rápido?

Hay una reunión esta semana en Europa donde irá una delegación nuestra para lidiar justo con esto: ¿qué más podemos hacer para impulsar la ratificación? Hemos hecho nuestra parte,  hemos depositado nuestros instrumentos y buscamos que otros países, como Estados Unidos e India, se sumen lo antes posible.

Ahora Fiji será el presidente del G77. Esto es tan oportuno ahora, porque Fiji ha sido un vocero muy importante para los estados insulares y espero que usen esa plataforma libremente y sin restricciones para convencer a otros que pueden estar demorando el proceso.

Estamos muy preocupado de la división entre el Reino Unido y la Unión Europea, porque son aliados muy importantes para nosotros. Odiariamos ver este proceso descarrilado del proceso constructivo por desavenencias políticas, pero esperamos que puedan solucionarlo en una solución inteligente o insular asuntos de cambio climático en sus acuerdos.

En diciembre del 2008, una marejada inundó un cementerio en Majuro, la capital de las Islas Marshall y donde vive casi la mitad de la población del país.

En diciembre del 2008, una marejada inundó un cementerio en Majuro, la capital de las Islas Marshall y donde vive casi la mitad de la población del país.

(Créditos: Foto AFP)

Un país que sigue sin ratificar es el mío, Costa Rica. ¿Nuestra ratificación serviría como una señal para avanzar este proceso?

Costa Rica es un aliado importante en nuestros esfuerzos climáticos. Entendemos que hay desafíos y no queremos interferir, pero creemos que se podrá ver, no solo Costa Rica, sino también el resto del mundo la importancia de la urgencia. Con frecuencia no queda claro cómo las acciones de los países pequeños pueden inspirar.

He leído que la adaptación toma muchas formas en su país: cambiar prácticas en cementerios, en cosechas y en diques. ¿Cuál es el rango de la adaptación en las Islas Marshall?

Con los pequeños estados insulares, son los mismos problemas siempre. Todos dicen que tenemos el dinero en nuestra mano derecha y la necesidad en la izquierda, pero no logramos consolidarlo porque faltan capacidades. Tenemos un pequeño ministerio de finanzas: si entran $10 o $20 millones adicionales, se convierte en una carga que puede que no logremos manejar.

Necesitamos desarrollar, con nuestros socios, agencias de implementación que puedan lidiar con la planificación, ejecución y reporte necesarios en este tipo de proyectos de adaptación. Usted habla de cementerios: hemos tenido que cambiar prácticas. Usted habla de seguridad alimentaria: es lo mismo. Para un sistema de agua en un pequeño atolón, puede tomar tres días en contaminarse con agua del mar y luego décadas en limpiarse. El sistema de seguridad alimentaria es impactado en una manera que urgen cambios que no podemos abordar ahora.

Los padres de familia usualmente creen que, si todo lo demás falla, a sus hijos le quedará la casa y las tierras. Eso no necesariamente será cierto en las Islas Marshall. ¿Cómo están lidiando las familias con esto?

Primero que todo, para nosotros el concepto de migrar por el cambio climático es repugnante. Nos hemos movido durante años por una variedad de razones, incluyendo motivos militares y esto ha empezado desde antes de la Segunda Guerra Mundial cuando la gente debió moverse para hacer espacio a las bases japonesas. La idea de que las prioridades del mundo tendrán prioridad sobre las nuestras, aún en nuestras propias comunidades, es algo con lo que no hemos aprendido a lidiar.

Preferiríamos morir donde estamos que movernos. ¿Por que aprendimos en el pasado a movernos? Por las guerras de otros. ¿Quién ahora va a hacerse responsable por nuestros recursos? ¿Qué pasará con nuestra cultura? ¿Qué pasa con eso? Estamos tratando de lidiar con todo eso y pensamos que urge adaptación, pero también recursos humanos y financieros.

En un ámbito más personal, ¿qué tan afectados han estado sus familiares por las marejadas y el aumento en nivel del mar?

Están siendo afectados y hacen lo mejor que puede para lidiar con eso. En la capital, Majuro, está ahora con cerca de tres horas semanales de agua potable y no es una situación muy placentera cuando se es capital de un país. Aun con el regreso de la lluvia, el sistema de agua necesita ser revisado porque tenemos problemas con la distribución y estamos tratando de trbajar con Japón y Estados Unidos para encontrar una solución. Lo mismo con el sistema de cañerías.

Una cosa es intentar sostener nuestro propio ambiente seguro y limpio para nuestros hijos y al mismo tiempo promover la idea de la inmediatez del cambio climático para que el mundo lo perciba como algo real. Es una realidad para los estados insulares y las naciones más pequeñas que, me parece, muchos otros países todavía no asimilan. Esa es todavía parte de nuestra misión: que no bajen la guardia por tener un acuerdo.

¿Para usted el camino pasa por la creación de capacidades y el fortalecimiento institucional dentro de cada país?

Así es, pero al mismo tiempo, también se pueden crear apoyos regionales. Si tomamos a Micronesia, Palau, Kiribati y las Islas Marshalls como un conjunto y recibimos un “paquete” de asistencia que cubre un área y una población más grande, los requisitos técnicos cambian con esta escala. La creación de capacidades es un concepto muy manoseado y los grandes países dicen estar listos para ayudar apenas se creen esas capacidades… Sí, claro… ¿Cuándo será eso? Debemos crear las capacidades al tiempo que ejecutamos programas que son urgentes.

Muchos de sus ciudadanos viven fuera del país, muchos en Estados Unidos y casi el 15% en Arkansas. ¿Cómo se conecta con una población tan grande de expatriados?

Tenemos cerca del 30% de la población fuera del país, la mayoría en Estados Unidos incluyendo Guam y Hawaii. La principal manera de conectar es con las remesas y también, políticamente, los pobladores en Arkansas pueden votar en las elecciones de las Islas Marshall. Es una familia extendida. Siempre consideramos estas comunidades solo temporalmente fuera del país y que, con el tiempo, una parte regresará al país. Esto es más fácil decirlo que hacerlo: si yo me gradúo como médico en la Universidad de Stanford y logro obtener trabajo en California, es poco probable que regrese a mi pequeña isla a vivir con un salario miserable. Estos son nuestro desafíos.

Este acceso a los Estados Unidos fue creado como una medida de contingencia: si todo lo demás falla, siempre podemos migrar. Esa es una espada de doble filo. Es una oportunidad pero limita la posibilidad en que nos podemos desarrollar y utilizar nuestros recursos humanos.