Los manglares, en términos generales, pueden almacenar más de 1.000 toneladas de carbono por hectárea. En Costa Rica, solamente el ecosistema ubicado en el Humedal Nacional Térraba-Sierpe resguarda 8 millones de toneladas.

Esa es tan solo una muestra del potencial de secuestro y almacenamiento con que cuenta el país, gracias a sus ecosistemas de carbono azul: manglares, pastos marinos y marismas (un tipo de humedal costero dependiente de las mareas).

Desde el 2011, se vienen desarrollando una serie de estudios en la región centroamericana para explorar el potencial del carbono azul como una herramienta para dar respuesta a los desafíos del cambio climático.

“Contamos con suficiente evidencia científica para decir que los manglares y otros ecosistemas marino costeros son instrumentos críticos para atender las necesidades de mitigación y adaptación en nuestros países, los cuales son sumamente vulnerables al cambio climático”, dijo Miguel Cifuentes, ecólogo y experto en carbono azul del Centro Agronómico Tropical de Investigación de Enseñanza (CATIE).

Visualizarlos como una herramienta de mitigación y adaptación llevó al país a incluir el carbono azul en la Contribución Nacionalmente Determinada (NDC, por sus siglas en inglés), que  fue presentada ante Naciones Unidas en diciembre de 2020, la cual reúne las metas climáticas para los próximos 10 años.

“Como ambición general de su meta de carbono azul, Costa Rica seguirá liderando la conservación, el uso responsable y la restauración de humedales costeros, a través de la profundización del conocimiento científico de los servicios ecosistémicos que estos hábitats proveen, y tomará acciones para proteger y restaurar estos espacios en el futuro”, se lee en el texto de la NDC.

El secuestro y almacenamiento de carbono es uno de los muchos servicios ambientales que los manglares brindan a las personas. Estos ecosistemas también funcionan como barreras ante tormentas, filtran el agua, mitigan los efectos de la erosión del suelo y sirven de refugio a diversidad de especies de aves, peces y mamíferos. (Foto: Nina Cordero).

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Las metas ticas

En el primer ejercicio de diseño de las NDC, que data del año 2015, algunos países incluyeron a los manglares, las marismas y los pastos marinos en sus metas climáticas.

De todos los países firmantes del Acuerdo de París, 151 mencionan al menos un ecosistema de carbono azul en sus NDC y 71 países nombran a los tres, según el informe Coastal blue carbon ecosystems Opportunities for Nationally Determined Contributions, publicado por la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN), Conservación Internacional (CI), The Nature Conservancy (TNC), World Wildlife Fund (WWF), Blue Climate Solutions y GRID-Arendal.

De los NDC revisados para dicho informe, 28 países incluyeron una referencia a los humedales costeros en términos de mitigación, mientras que 59 países incorporaron los ecosistemas y las zonas costeras en sus estrategias de adaptación.

“Se evidencia una brecha. Los países están visualizando el carbono azul como adaptación, pero no necesariamente como mitigación”, dijo Rosa Román-Cuesta, investigadora del Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR), durante un taller sobre carbono azul, el cual reunió a expertos convocados por esta organización en la ciudad de Mérida (México) en 2019.

“Lo positivo es que todo lo que favorece la mitigación ayuda a la adaptación, y viceversa”, agregó Román-Cuesta.

En su NDC anterior, Costa Rica no había sido tan explícita en cuanto a carbono azul. En esta actualización, le dedica un extenso espacio en el capítulo asignado a océanos y recurso hídrico.

En ese sentido, para el 2025, el país protegerá y conservará el 100% de los humedales costeros incluidos y reportados en el Inventario Nacional de Humedales (2016-2018), y aumentará el área de humedales estuarinos registrados en, al menos, 10% para el 2030.

No solo se trata de la declaratoria de protección, el país se “asegurará que las áreas de humedales costeros estén manejadas y monitoreadas de manera efectiva, y continuará desarrollando mecanismos para continuar el aprovechamiento comunitario sostenible de áreas de manglares claves para el sustento y sostenimiento local”.

En la última década se ha trabajado en protocolos y guías de medición de carbono azul que puedan servir a los técnicos de los países centroamericanos a cuantificar las existencias que resguardan sus ecosistemas. (Foto: Nina Cordero).

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De hecho, y con meta a 2025, el compromiso es restaurar las áreas de humedales costeros, priorizadas en el plan de implementación de la Estrategia Nacional de Restauración del Paisaje, “con un porcentaje adicional de área establecido por la estrategia para el 2030”.

Precisamente para ese año, el 2030, el país aspira a “detener o revertir la pérdida neta de humedales costeros”, atendiendo las principales causas de la deforestación y degradación de los mismos.

Ese trabajo se hará en paralelo a la exploración de “mecanismos innovadores de financiamiento de la conservación, incluida la expansión potencial de los modelos terrestres de Pago por Servicios de los Ecosistemas, sujeto a mejoras, para apoyar la implementación de los objetivos de carbono azul”.

También se explorará el potencial de las inversiones público-privadas para apoyar la protección y restauración de los manglares.

“El carbono azul debe pensarse también como una estrategia de desarrollo sostenible para las comunidades costeras”, comentó Román-Cuesta.

Por esa razón, Costa Rica se “compromete a promover actividades de pesca sostenible, incluidos esquemas de maricultura, de valor agregado de la pesca artesanal y tradicional y de ordenamiento espacial marino para impulsar el desarrollo de una economía azul”.

El carbono aéreo es aquel que yace en los árboles de mangle que están en pie, la madera caída y las plantas en regeneración. (Foto: Nina Cordero).

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¿Qué es el carbono azul?

Los manglares, las marismas y los pastos marinos se encuentran en todos los continentes, excepto en la Antártida. Cubren alrededor de 49 millones de hectáreas, en las cuales se secuestra y almacena grandes cantidades de carbono, tanto en su biomasa (hojas, ramas, tallos y raíces) como en la hojarasca (hojas caídas), madera seca y sedimentos.

Según la Iniciativa de Carbono Azul -plataforma integrada por UNESCO, CI y UICN-, los hábitats costeros representan la mitad del total de carbono secuestrado en los sedimentos oceánicos y, ciertamente, los océanos son los campeones de la captura de carbono al librar al planeta del 30% de los Gases de Efecto Invernadero (GEI) que se acumulan en la atmósfera.

En cuanto a los manglares, estos son ecosistemas altamente productivos, capaces de absorber carbono mediante la fotosíntesis e incorporarlo en su biomasa, pero -aún más importante-  también son capaces de acumularlo bajo tierra.

“Si combinamos el carbono azul aéreo y subterráneo, estos ecosistemas contribuyen entre tres y cuatro veces más que los otros ecosistemas terrestres”, dijo Román-Cuesta.

Si estos ecosistemas no son perturbados, el carbono fijado en el suelo puede permanecer allí durante siglos, incluso milenios. Lamentablemente, los ecosistemas de carbono azul están altamente amenazados por la deforestación, el cambio de uso del suelo, la contaminación, entre otros.

Según datos de la Iniciativa de Carbono Azul, se calcula que anualmente se liberan hasta 1.020 millones de toneladas de carbono, debido a ecosistemas costeros degradados, lo que equivale al 19% de las emisiones provenientes de la deforestación tropical en todo el mundo.

“Cuando se elimina la vegetación y la tierra se drena o se draga con fines de desarrollo económico (por ejemplo, la remoción de bosques de manglares para la cría de camarones, el drenaje de marismas para la agricultura y el dragado en lechos de pastos marinos), los sedimentos quedan expuestos a la atmósfera o a la columna de agua, lo que causa que el carbono almacenado en el sedimento se combine con el oxígeno del aire para formar dióxido de carbono y otros GEI que se liberan hacia la atmósfera y el océano”, explica la Iniciativa de Carbono Azul.

Se calcula que, en el mundo, se destruyen entre 340.000 y 980.000 hectáreas de manglares, marismas y pastos marinos al año. Los científicos estiman que se han perdido hasta el 67% de la distribución histórica global de los manglares, el 35% de las marismas y el 29% de los pastos marinos.

El carbono subterráneo es aquel que se acumula en el suelo a diferentes profundidades desde 0-15 cm hasta 100-200 cm. (Foto: Nina Cordero).

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“Si estas tendencias continúan al ritmo actual, durante los próximos 100 años podrían desaparecer entre el 30% y el 40% de las marismas y los pastos marinos, y prácticamente todos los manglares sin protección”, advirtieron las organizaciones que conforman la Iniciativa de Carbono Azul.

En Costa Rica, entre 1990 y 2012, se perdieron casi 4.000 hectáreas de manglares, lo que vendría a significar una emisión histórica de 1,6 millones de toneladas de carbono, que a su vez equivale a 1,3 veces la cantidad de emisiones generadas por todo el sector de uso de la tierra en la década de 1990.

En este sentido, la incorporación del carbono azul dentro de las NDC no solo representan una oportunidad de incrementar la ambición de las metas climáticas, sino que esta acción podría favorecer la conservación y restauración de estos ecosistemas y, con ello, no sólo se evitaría una potencial fuente de emisión, sino que también se estaría invirtiendo en otros servicios ambientales, ya que estos ecosistemas protegen de las inundaciones derivadas del incremento del nivel del mar, y también del impacto de los huracanes.

De hecho, científicos de la Universidad de Cantabria (España) y la Universidad de California (EE.UU.) calcularon que los manglares proporcionan beneficios de protección ante inundaciones que superan los $65.000 millones al año.


Otras metas en océano y recurso hídrico

  • Al 2022, el 30% de nuestro océano se encontrará bajo algún esquema oficial de protección.
  • Al 2030, se habrá fomentado la seguridad y sostenibilidad hídrica ante el cambio climático, así como el adecuado e integrado manejo de cuencas hidrográficas, por medio de la protección y el monitoreo de fuentes, considerando tanto aguas superficiales como subterráneas.