Cultivo de piña quiebra los escudos contra cambio climático

¿Podrá la contaminación piñera en Zona Norte y Caño Negro afectar la lucha contra el cambio climático?

Reportaje por Valeria Navas

Pavón, Los Chiles. Hace más de cinco años, Gerardo Barba sacrificó su puesto como empleado en una finca piñera para pasarse a la acera de enfrente. Como activista ambiental, este vecino de Pavón de Los Chiles saca mañanas y tardes para denunciar los peligros de los monocultivos agrícolas en el norte de Costa Rica.

¿Qué desvela a un líder comunal en esta tierra de piñeras? Justamente este cultivo, responde Barba mientras recorre los caminos mal asfaltados que borden las fincas. Donde otros ven un fruto dorado, él ve la contaminación y las repercusiones socioambientales que afectan a diario a la Zona Norte y a sus áreas protegidas.

Tras varios minutos sobre la calle, el líder llega a Pavón, el pueblo al borde del Refugio Nacional de Vida Silvestre Caño Negro. Este es uno de los humedales más importantes de América Latina y que funciona como hábitat y corredor biológico para más de 300 especies marinas y aves.

“Este sitio es el pulmón de la Zona Norte”, apunta Barba mientras camina por el Refugio. El futuro se escribe aquí.

A pesar de su importancia, los grandes monocultivos han cercado a Caño Negro, provocando alertas de vecinos por desabastecimiento de agua, la reducción de cobertura boscosa, la pérdida de especies marinas y el drenaje de humedales.

Ante un futuro que se espera más caliente, con menor acceso a agua y con recursos más escasos, cada hectárea de bosque menos y cada río o acuífero contaminado con productos agrícolas es un disparo en el pie.

¿Qué impacto negativo tendrá este cultivo de piña en los esfuerzos locales y regionales contra el cambio climático? Como muchas preguntas en este campo, nadie tiene una respuesta certera. Lo que hay son otras certezas: por ejemplo, que para hacerle frente al clima del futuro, necesitaremos ecosistemas sanos y fuentes de agua estables y limpias.

“Esta situación (la expansión piñera) nos genera una gran preocupación porque la calidad de vida de nuestras futuras generaciones está en riesgo”, comenta Barba ex empacador piñero.

Junto a Barba y de la mano de expertos en agua, biodiversidad, ecosistemas y contaminación agrícola, Ojo al Clima puso en contexto el riesgo potencial que enfrenta los bosques y los ríos que inundan al Refugio Caño Negro, tanto para las familias que ahora habitan la región como para los esfuerzos que hacen las comunidades y autoridades para planificar ante el cambio climático.

La “fiebre” de la piña

La Zona Norte es el área que más se ha visto afectada por la expansión piñera en el país.

(Créditos: )

La producción piñera comenzó su auge en las últimas décadas del siglo pasado, en el marco de nuevas políticas económicas como los Programas de Ajuste Estructural y los tratados de libre comercio, explica un informe especial preparado para el Programa del Estado de la Nación (PEN) 2015.

Estos cambios provocaron el aumento en la compra de terrenos para dedicarlos  a este cultivo, principalmente en la Zona Norte del país, y potenciaron un giro en el uso de tierras agrícolas en Costa Rica: el país pasó de un modelo dominado por la producción de granos básicos como el café y maíz a uno donde toman fuerza frutas de exportación como la piña y la naranja.

Con amargura, Barba recuerda cómo la Zona Norte pasó estar poblada por bosques de camíbar y se convirtió en una “maquila” para  producir piña.

“Fue en un abrir y cerrar de ojos. Los dueños de las tierras vendieron a las grandes empresas tradicionales y a partir de ese momento las amplias zonas verde pasaron a cultivar  piña”, mencionó Barba de 63 años.

Las estadísticas oficiales dan fe del salto. En 1984 se registraron apenas 2.476 hectáreas piñeras en el país, mientras que 30 años después este cultivo superó las 35.000 según la última Encuesta Agropecuaria de 2014, del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC).

Para lograr dimensionar los datos anteriores, esta nueva área cultivada equivale a 488 veces la extensión del Parque Metropolitano La Sabana. De las hectáreas sembradas de piña, el 61% están en la zona norte del país.

“Las tierras no han logrado adaptarse a los cambios debido al crecimiento no gradual y a la debilidad de la cobertura producto de la expansión piñera presenta”, explica Karina Valverde, investigadora de Kioscos Ambientales de la Universidad de Costa Rica y una de las autoras del reporte especial sobre piña para el PEN.

El crecimiento, por sí mismo, no es malo. Pero aquí ha desencadenado una serie de problemáticas socioambientales como pérdida de cobertura boscosa y de especies de aves, contaminación por agroquímicos de los ríos, erosión y deforestación.

El monocultivo piñero se caracteriza además, por ocupar grandes extensiones de terreno en pocas manos, por lo que la mayoría de las ganancias se concentran en pocas manos.

Según datos del PEN, la mayoría de las fincas de piña tienen más de 100 hectáreas de extensión: de 37.000 hectáreas cultivadas alrededor del país, cerca de 34.000 superan este umbral.

¿Quiere ver el especial?
Puede hacerlo aquí

El propio Estado de la Nación explica que “mucha de esta industria se encuentra ligada a grandes corporaciones como Del Monte y Dole,quienes son los que comercializan las frutas en los mercados extranjeros”.

Los datos sobre cultivo de piña reflejan la importancia que tiene su producción  en la geografía agraria del país y su relación con el desarrollo del tejido social.

Peligro en el humedal

El humedal de Caño Negro alberga a más de 300 especies en peligro de extinción.

(Créditos: Eyleen Vargas)

Durante la época lluviosa, Caño Negro funciona como una cisterna natural. Su cuencia almacena el agua que servirá en la temporada seca para abastecer a las actividades ganaderas, agrícolas o para consumo,  explica Pascal Girot, coordinador sectorial de cambio climático del Ministerio de Ambiente y Energía (Minae).

“El humedal es la fuente más efectiva y barata para almacenar agua”, mencionó Girot.

Esta función está en peligro por la expansión piñera que rodea el humedal y ante el  uso excesivo de plaguicidas e insecticidas tóxicos como el Bromacil, un químico utilizado para evitar la propagación de plagas.

Un estudio realizado en el 2016 por el Instituto Regional de Estudios en Sustancias Tóxicas (IRET) de la Universidad Nacional reveló que este agroquímico está presente en los tres afluentes que alimentan Caño Negro.

Los restos de Bromacil aparecen en las partes más bajas de sus cuencas de los ríos Frío, Sabogal y Mónico –este último en mayores cantidades–, que desembocan en el humedal. Según el IRET, los residuos excedían los límites establecidos por la ley.

Este estudio también comprobó la presencia de dosis considerables de otros químicos utilizados para combatir plagas en piña, como el Ametryn y el Diuron, en las cercanías de Caño Negro.

Aunque las concentraciones encontradas en 2011 fueron bajas, los expertos del IRET advierten que su presencia las cuencas de los ríos en Zona Norte ya produce estragos.

Entre las consecuencias que el estudio ha arrojado se encuentra la afectación de moluscos, plancton y crustáceos especies de gran importancia para mantener el equilibrio ecológico de la zona.

Este desequilibrio ambiental ha causado una alerta entre los científicos e investigadores por la afectación indirecta que está teniendo en el llamado pez Gaspar, una especie marina nativa del lugar.

“Es importante tomar medidas para reducir el uso de agroquímicos en los cultivos; si la contaminación continúa, los daños y la afectación podrán tener consecuencias mayores”, reiteró María Luisa Fournier, investigadora del estudio.

A raíz de estudios y recomendaciones internacionales, el Ejecutivo publicó en mayo un decreto para prohibir su uso en el país a partir de noviembre.

Agua en alerta

Gerardo Barba consume agua de la fuente del agua del AYA. Eyleen Vargas

(Créditos: Eyleen Vargas)

Tras varios kilómetros recorridos en Los Chiles, Barba  –quien se rehúsa a subir hasta lo más alto por su temor a las alturas – llega a la fuente de suministro que tiene el Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados (AyA) en San Antonio del Amparo.

Desde la torre de agua se pueden distinguir casi una por una las matas de piña. Aquí, las piñeras se encuentran a 50 metros de distancia del tanque a pesar de que la ley forestal establece el perímetro debe superar los 200 metros de radio.

Según los vecinos, la cercanía de las piñeras ha generado problemas de contaminación del agua, desabastecimiento y enfermedades.

Un problema más amplio es que la mayoría de fuentes de agua de la Zona Norte no están inscritas a nombre de los acueductos comunales (conocidos como Asadas) o del AyA, sino que se encuentran como propiedades privadas, explica la entidad estatal.

Esta situación genera que la regulación para corroborar la calidad del agua y el trámite de denuncias sea más difícil.

“Estamos con las manos atadas”, expresa Rodolfo Ramírez director de gestión de Asadas (Asociación Administrativa de Acueductos y Servicios Sanitarios) del AYA.

A pesar de que su entidad cuenta con un protocolo de atención especializado para cada caso denunciado –que involucra la participación de otros organismos como el Ministerio de Salud y el Minae– alega que la falta de propiedades dificulta su labor.

Según Ramírez, los dueños de las propiedades acceden a prestar los terrenos para instalar las fuentes de agua, sin embargo muchas veces este se da de forma verbal, por lo que no existe una garantía legal que establezca una relación entre las fuentes y las Asadas.

Para paliar esta situación, el AYA está en un proceso de compra de más terrenos a nombre de las Asadas para poder garantizar la calidad y la potabilidad del agua en la zona.

Estos esfuerzos generarán una mayor resiliencia y adaptación al cambio climático y sus efectos en el agua para consumo humano y la producción agrícola, los dos grandes usos que recibe el recurso hídrico en la zona.

Los bosques en riesgo

La deforestación y la erosión de la tierra son algunas de las consecuencias de la expansión piñera. Eyleen Vargas

(Créditos: )

Entre los vecinos de los pueblos de la Zona Norte, la expansión piñera –con frecuencia a costa de cobertura boscosa– lleva años siendo es una certeza. A partir del 2016, también las estadísticas científicas los respaldan.

Ese año, el país lanzó el Monitoreo de Uso en Paisajes Productivos (Moccup), una herramienta científica para analizar el uso del suelo y medir la afectación en términos de deforestación.

Mediante satélites, la herramienta permite identificar las hectáreas dedicadas al cultivo piña –poco más de 35.000, según sus datos– y los posibles cambios de uso del suelo.

Según este informe, más de 3 mil hectáreas de bosque se deforestaron en los cantones de Los Chiles, Guatuso y Upala para ubicar fincas piñera entre los años 2000 y 2015. Aunque el estudio no muestra pérdida boscosa en Caño Negro, sí en sus alrededores.

“Muy cerca del lugar se ha demostrado una importante afectación la cual afecta de manera indirecta a su ecosistema”, expresó Kifah Sasa investigador del Moccup.

Más allá de la cobertura forestal en el propio humedal, las áreas boscosas de la Zona Norte del país contribuyen al equilibrio ecológico de la región y apuntalan la lucha climática al capturar y retener dióxido de carbono, un gas que provoca el calentamiento del planeta.

“De la condición de los bosques de esta zona dependerá mucho cómo le haremos frente a los efectos ocasionados por el cambio climático; si la cobertura vegetal es abundante y fuerte, las consecuencias serán menores”, afirmó Ana Lucía Orozco, investigadora del PNUD y el Moccup.

En una primera línea, los árboles sirven como “sostén” de la tierra y amplifican la capacidad para reducir el impacto de desastres naturales.

Orozco reiteró que mucha de la vida silvestre y la adaptación ante el cambio climático del territorio norte va a depender de áreas protegidas y los corredores biológicos, por lo que es importante tomar medidas para su protección.

Proyecciones climáticas ante la expansión

Los vecinos de la Zona Norte sienten con el paso de los años veranos más intensos y largos. Eyleen Vargas

(Créditos: Eyleen Vargas)

“Para esta época de junio, las lluvias no acababan. Ahora la historia es otra: nos estamos ahogando de calor, ya no hay lluvia que nos refresca ni a los vecinos ni a los cultivos, cada vez sentimos más eso del cambio climático”, afirma Barba.

Como en otras partes del país, las proyecciones climáticas para la Zona Norte indican un aumento en la temperatura durante las próximas décadas y cambios –más que una disminución– en los patrones de precipitaciones.

Lenin Corrales, coordinador del Laboratorio de Modelado Ambiental del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE), estos cambios ya dejan marca en el aumento en incendios forestales en la zona, un indicador que está monitoreando de manera sistemática.

Ante un escenario de climas más secos con cambios de lluvias y la presión de actividades agrícolas, hay una relación directa y una importante contribución de las piñeras sobre la afectación en cambio climático, explica.

“La Zona Norte es un gran humedal que se ha venido drenando por acción humana si esto continúa, va a generar un cambio en el régimen hidrológico (ciclo del agua de los ecosistemas)”, concluyó Corrales.

El agua ya es un punto de discusión en la región, pero será uno de los elementos claves en un futuro más caliente y con patrones más inestables de lluvias. Si sobre esta capa climática colocamos la capa social, el panorama es más gris.

“El índice de desarrollo humano tiene una gran influencia en determinar el nivel de vulnerabilidad del sector recursos hídricos al cambio climático”, señala la Evaluación de la Vulnerabilidad Futura del Sistema Hídrico al Cambio Climático, un reporte publicado en 2011 por Minae, PNUD y el Instituto Meteorológica Nacional (IMN).

De este estudio se desprende que los cantones de Guatuso, Los Chiles y Upala  se encuentran entre los 15 municipios más vulnerables a sequías en el país. Estos mismos nombres también se ubican entre los últimos puestos del ránking cantonal de desarrollo humano.

Esta problemática plantea una de las preguntas que deben responder los municipios, representantes de institucionales nacionales y las comunidades de la Zona Norte: ¿cuánto bosque y agua pueden hipotecar ahora, a costa de monocultivos como la piña, si quieren hacerle frente al cambio climático en el futuro?

Articulación de esfuerzos como solución

Los vecinos de Los Chiles son actores de la lucha contra el cambio climático y la expansión piñera.

(Créditos: Eyleen Vargas)

La respuesta a esa pregunta debe construirse de manera colectiva, pues la responsabilidad también es repartida, coinciden varios de los expertos. La primera línea de defensa es clara: ordenar la tierra.

En jerga institucional, esto se conoce como ordenamiento territorial e involucra coordinar entre ciudadanos, empresas e instituciones para decidir cómo y para qué se usa el suelo.

El mecanismo icónico son los planes reguladores cantonales, que permiten hacerle frente a los problemas ambientales generados por las piñeras en la lucha contra el cambio climático.

Sin embargo, solo en 29 de los 81 cantones tenía un plan regulador vigente en 2015 y, de estos, 6 contaban con aprobación de la Setena, según el PEN.

El problema no es solo que la piña se metió, el problema es que las municipalidades y autoridades así se lo permitieron”, expresó Corrales al intentar explicar la situación ambiental de la Zona Norte.

Para Ana Lucía Orozco del PNUD, Costa Rica debe sincronizar sus metas económicas y su legislación para hacerle frente a la lucha contra el cambio climático en todos los campos, incluyendo qué tipo de cultivo puede hacerse en cada zona y bajo qué condiciones.

“Es importante además, que las comunidades sean actores y protagonistas del desarrollo de medidas de adaptación para el cambio climático en conjunto con las acciones de los Ministerios ”, concluyó Orozco.

Ante la preocupación por las consecuencias generadas por la expansión piñera y su afectación en la lucha contra el cambio climático, diversas instituciones del país han creado mecanismos para lograr atacar y contrarrestar sus efectos.

La articulación de esfuerzos también ha involucrado al sector piñero. Un ejemplo de ello es la Finca Upala Agrícola, ubicada en Zona Norte, que ha involucrado en sus planes de trabajo políticas ambientales para disminuir los efectos de la contaminación.

El trabajo de esta piñera la ha hecho acreedora del reconocimiento Bandera Azul otorgado por el Ministerio de Ambiente y Energía (Minae) por sus buenas prácticas agrícolas.

Una de estas propuestas las plantea el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo  (PNUD), con el Proyecto Humedales que pretende crear mecanismos de adaptación para el cambio climático a raíz, de los daños ambientales que sufre actualmente Caño Negro y su humedal.

Por su parte, Setena propone involucrar dentro de los planes reguladores un apartado que involucre recomendaciones a nivel cantonal para la lucha contra el cambio climático.

En tanto se articulen los esfuerzos entre las comunidades, las piñeras y el Estado,  Gerardo Barba seguirá con la lucha que acogió desde hace más de cinco años, con la esperanza de que el fruto dorado que las compañías piñeras no afecte la estabilidad ecológica y social en la Zona Norte.

“Nosotros no queremos que las piñeras se vayan, lo que deseamos es que respeten la naturaleza que nuestro pueblo tiene”, asegura Barba.