El modelo de desarrollo seguido por las principales economías del mundo ha implicado una correlación entre las mejoras de calidad de vida de los habitantes y los impactos ambientales que esto produce. Al cruzar el índice de desarrollo humano (IDH, indicador social que contempla los parámetros de vida larga, saludable, digna y educación) y la huella ecológica (HE, indicador ambiental que mide la demanda humana que se hace de los recursos existentes en los ecosistemas del planeta), se evidencia este fenómeno.

Fuente: Marcelesi, 2012.

La fuerte tendencia hacia un incremento de la huella ecológica conforme aumenta el Índice de Desarrollo Humano se debe al erróneo paradigma de que un mayor bienestar socioeconómico debe estar acompañado por mayores externalidades ambientales. La figura también presenta líneas punteadas que demarcan límites óptimos en cada indicador: un IDH de 0,8 o superior, y una HE de 1,8 hectáreas globales por habitante o inferior. Un país que logre un IDH superior a 0,8 y una HE inferior a 1,8 caería dentro del denominado “cajón de sostenibilidad” (extremo superior izquierdo).

Nuestra meta es clara: debemos llevar los círculos naranja hacia el cajón de sostenibilidad. Para lograrlo, es necesario desacoplar el desarrollo socioeconómico de sus consecuencias negativas ambientales, meta que será posible solo si todos los actores de la sociedad ponen de su parte.

Debemos seguir trabajando para escalar los logros y sumar más actores, pero los resultados son contundentes: ser sostenibles es un buen negocio.

 

El rol del sector empresarial

Desde el punto de vista empresarial y productivo, es fundamental mejorar la eficiencia en el uso de los recursos y disminuir la generación de residuos sólidos, aguas residuales y emisiones al aire. Se ha comprobado reiteradamente que ser ecoeficiente no solo disminuye los impactos negativos al ambiente, sino que le otorga mayor competitividad y rentabilidad a las empresas, mejora la comprensión de sus procesos, optimiza su gestión de riesgos y aumenta la motivación de los colaboradores.

Ser ecoeficiente no solo disminuye los impactos negativos al ambiente, sino que le otorga mayor competitividad y rentabilidad a las empresas

El sector empresarial costarricense se caracteriza por contar con numerosos climate champions. Desde luego, no se puede generalizar y podemos encontrarnos actores de toda característica. Sin embargo, mientras en la mayoría de países del mundo los gobiernos deben imponer restricciones obligatorias ante actores que en muchos casos se dedican únicamente a oponer resistencia, iniciativas voluntarias como el Programa País de Carbono Neutralidad (PPCN) y el Programa de Bandera Azul Ecológica (PBAE) demuestran exitosamente que cada vez son más empresas las que están dispuestas a sumarse al cambio y mejorar su desempeño.

En futuras entradas de este blog podremos discutir la evolución del PPCN y el PBAE, así como sus contribuciones al desarrollo sostenible del país. En lo personal, he tenido la oportunidad de contribuir de cerca con ambas iniciativas. En los dos casos persisten retos y se encuentran oportunidades de mejora. Al final, son programas sujetos a una mejora continua.

La semana pasada la Dirección de Cambio Climático del MINAE, con el apoyo del proyecto PMR y otros actores clave, lanzaron el PPCN 2.0. Año con año, el Equipo Técnico de la categoría de Cambio Climático del PBAE realiza una revisión de los documentos y se realizan las mejoras y aclaraciones que se consideran más oportunas.

Dicho esto, puedo afirmar con toda seguridad que siempre sobresalen más los casos de éxito de organizaciones modelo y comprometidas con un desarrollo más sostenible y bajo en emisiones, y son estas historias las que hay que rescatar.

Debemos seguir trabajando para escalar estos logros y sumar más actores, pero los resultados son contundentes: ser sostenibles es un buen negocio. El blog “Clima empresarial” nace precisamente como un espacio para llevar discusiones y reflexiones en el marco de lo descrito.