En los últimos años Costa Rica ha sufrido un proceso de urbanización en el cuál el porcentaje de población urbana pasó de representar un 59,0% en el año 2000, a un 72,8% en el 2011. En otras palabras, actualmente  residen en zonas urbanas 7 de cada 10 habitantes del país. Si a esto le añadimos que, en promedio, la temperatura en la ciudad de San José se ha incrementado en 1.60 °C desde 1960 estamos frente a  ciudades candidatas a sufrir el efecto de islas de calor por el calentamiento.

El denominado «efecto de la isla de calor urbano» consiste en aumentos locales de temperatura que se presentan en las ciudades. Estos aumentos  consisten en la dificultad de que el calor se disipe en horas nocturnas producto de la acumulación del calor por la inmensa mole de cemento y del asfalto.

El efecto provoca que los edificios y las carreteras desprendan por la noche el calor acumulado durante el día generando, entre otras cosas, una elevación de las temperaturas nocturnas y un cambio en los vientos locales que, además,  puede terminar en una mayor demanda de energía por ser cada vez la ciudad más calurosa.

A lo anterior debemos agregarle las advertencias del último informe del IPCC que dice, sobre una base de confianza alta, que en la región centroamericana el fenómeno Niño-Oscilación del Sur (ENOS) seguirá siendo el modo dominante de la variabilidad climática natural en el siglo XXI y que es probable que aparezcan episodios de ondas de calor sin antecedentes históricos hasta ahora en la región, además  de una señal con alta certidumbre en reducción fuerte en la disponibilidad de agua, frecuencia de sequías y episodios de precipitaciones extremas, lo que comprometería más el bienestar humano en las ciudades.

Debido a la alteración de las superficies donde se ha reemplazado a la vegetación natural, las áreas urbanas enfrentan mayores tasas y volumen de escorrentía superficial, e impactos de islas de calor urbano.

Fuera de Costa Rica

En el Reino Unido se  ha demostrado que la adición de cobertura verde en los ambientes urbanos  tiene el potencial de reducir la escorrentía durante los eventos de lluvia extremos. Por ejemplo, mientras la temperatura superficial máxima de los bosques urbanos fue de 18.4°C, los centros urbanos con la menor cobertura arbórea llegaron a reportar temperaturas superficiales máximas de  31.2°C.

En Nueva Jersey, Estados Unidos, se mostró que los árboles urbanos reducen los impactos en la salud provenientes de las islas de calor (resultantes del estrés térmico y la contaminación del aire) y también reducen el consumo de energía por el menor uso del aire acondicionado. Los árboles grandes y maduros tienden a ser particularmente eficaces, ya que poseen mayor cobertura de copa y área de sombra. Eso  ha reducido las temperaturas en rangos de 2,7-3,3 °C con relación a las que no tienen árboles. En el verano en la ciudad de New York la diferencia entre la zona rural y el centro de la ciudad puede ser de 2 a 3 °C. En la Ciudad de Tokio y en Moscú se ha registrado diferenciales de hasta 12 °C.

En Tahoua y Zinder, Níger, los bosques y los árboles han demostrado minimizar el clima adverso en áreas urbanas a través de la regulación del microclima y las aguas pluviales. En otro estudio, se observaron temperaturas más altas en las áreas comerciales e industriales de Enugu, Nigeria, que en las áreas con bosques. En Latinoamérica en la ciudad de Sao Paulo, la diferencia de las temperaturas ambientales en la ciudad pueden variar  hasta en  10 °C, en la ciudad de Caracas se han documentado anomalías de temperatura ambiental también en el rango de los 10 °C y en Mexicali, México la diferencia máxima entre la ciudad y  sus alrededores ocurre en invierno con un valor de 5.7 °C.

Qué podemos hacer

Árboles en la sede Rodrigo Facio de la Universidad de Costa Rica

(Créditos: Laura Rodríguez | ODI - UCR)

Requerimos tener visiones muy amplias, más allá de lo que llamamos corredores biológicos interurbanos para pasar a pensar en términos de sistemas de paisaje rural-urbano más amplios

Los pocos estudios sobre el papel de los bosques y los árboles en la adaptación urbana a la variabilidad y el cambio climático se han realizado principalmente en los países desarrollados mientras que en los países en desarrollo se hace necesario tomar en  consideración la adaptación al cambio climático en la planificación del uso de la tierra urbana y la evaluación de los beneficios de los ecosistemas. Esto debería además tomar en cuenta los desafíos particulares de adaptación relacionados con la falta de infraestructura “gris” (por ejemplo, los drenajes), la destrucción en gran escala de la infraestructura “verde” (por ejemplo, los bosques y humedales) y las cuestiones de capacidad vinculadas con la pobreza y la alta concentración de personas en zonas de alto riesgo como los barrios marginales.

La introducción de medidas de adaptación al cambio climático dentro de las ciudades plantea preocupaciones adicionales ya que los espacios verdes urbanos pueden desviar los recursos naturales de otros usos: por ejemplo, el agua puede ser necesaria para mantener los árboles en detrimento de otros usuarios durante el racionamiento del agua en tiempos de sequía. Otras preocupaciones importantes están relacionadas con los costos de oportunidad, de la expansión urbana. En general, los costos asociados con los bosques urbanos han sido descuidados tanto en la ciencia como en la planificación urbana. Muchas de las plantaciones de árboles proyectadas en escenarios óptimos de planificación del uso urbano son propiedad privada, incurriendo en costos para los propietarios, los barrios afluentes del centro urbano tienen poco espacio disponible y fondos limitados para la plantación de árboles.

Requerimos en nuestras zonas urbanas tener visiones muy amplias, más allá de lo que hoy llamamos corredores biológicos interurbanos para pasar a pensar en términos de sistemas de paisaje rural-urbano más amplios creando lo que llamamos redes naturales que podrían mejorar los beneficios generales de la adaptación al cambio climático en las ciudades donde se trabaje en sistemas verdes a tres niveles: regional (a través de zonas forestales naturales y seminaturales, y cinturones de amortiguación), ciudad (por medio de corredores ribereños, parques y corredores verdes) y vecindarios (a partir de extensiones verdes, vías verdes y verticales).

Aún con los desafíos que se plantean los bosques y árboles urbanos deben de introducirse con mayor intensidad en las áreas urbanas ya que pueden proporcionar sombreado, enfriamiento por evaporación,  servicios de interceptación, almacenamiento e infiltración de aguas pluviales en las ciudades, de esta manera pueden desempeñar un papel importante en la adaptación urbana a la variabilidad climática y al cambio climático y hacer nuestras vidas más agradables en las ciudades.