La evidencia está frente a nosotros: los científicos que trabajan en zonas como Monteverde y la Zona de los Santos están notando especies que antes no encontraban. Hay lagartijas de tierras bajas y pájaros de bosque seco. En todo el país, y en gran parte del mundo, las especies están intentando escapar del calor.

“A plazos más largo, el aumento de la temperatura junto con cambios en precipitación va a requerir ajustes en movimiento de especies”, explica Bryan Finegan, ecólogo del  Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (Catie).

Las especies que ahora viven en zonas más bajas tendrán que empezar a moverse a zonas más altas, donde todavía haya condiciones que les permitan vivir. Los científicos llaman a esto “migración altitudinal”.

Para hacerse una idea más clara, es útil pensar en un cono similar a los sombreros de las fiestas de niños e imaginarse que es una montaña donde vive una especie de árbol. Por sus características, el árbol solo vive a partir de cierta altura, que uno puede marcar con pintura, digamos a la mitad del cono. Más abajo es muy caliente y al árbol no le gusta.

El cambio climático, entre otras cosas, lo que hace es calentar toda la montaña y alterar las temperaturas. Si el árbol estaba cómodo con la temperatura a 1,200 metros sobre el nivel del mar, por ejemplo, ahora se sentirá muy caliente. Va a tener que buscar cómo ir “montaña arriba”, a tierras más frías. Pero en su parte más alta, el cono es más pequeño.

“Como nos estamos moviendo hacia un planeta más cálido, lo que pasará es que las orquídeas se van a moverse altitudinalmente hacia lugares más frescos”, explica Franco Pupulin, director de Investigación del Jardín Botánico Lankester.

Pero no siempre se puede migrar. Hay especies que llegarán a ocupar el territorio que ahora tienen otras, como sucede con el tucán picoiris que está ingresando al territorio del quetzal en Monteverde. Hay otras que no tendrán para dónde ir, como las plantas y animales que habitan el páramo y otras que no podrán desplazarse.

“Los anfibios tienen distribuciones muy limitadas por dependencia al agua y a otros recursos”, explica el herpetólogo Víctor Acosta, de la UNA. Estas tendrán más dificultades para moverse.

Para las que sí puedan moverse, el Sinac está trabajando en un programa de corredores biológicos que pueda facilitarle el camino a las especies.

En el caso de las plantas, dice Finegan, tenemos que considerar qué capacidad tienen las especies de hacer ajustes en sus distribuciones en las áreas protegidas y en el país en general.

“¿Cuáles mecanismos de dispersión de semillas hay? ¿Cuál es la tasa de crecimiento? ¿Cuál es la distancia de dispersión de semillas? Esas son preguntas que necesitamos poder responder”, dice el experto, quien trabaja principalmente en ecología de plantas.

A ritmo loco

El problema es la velocidad de los cambios. En siglo y medio desde inicios de la Revolución Industrial, el planeta se ha calentado un grado Celsius y para finales de siglo se espera que llegue a otros 3,3°C de calentamiento si mantenemos la trayectoria actual de emisiones.

En el escenario más optimista posible, el calentamiento llegaría hasta 1,5°C o 2°C en total, que puede ser completamente destructivo para cientos de miles de especies.

“La naturaleza opera a un ritmo mucho más lento del que tenemos los humanos para destruir”, dice Marco Quesada, director para Costa Rica de Conservación Internacional.

Para él, la solución es adelantarse al cambio, previendo desde ahora cuáles podrían ser escenarios conflictivos y planificar a partir de eso.

Quesada quiere modelar cómo se están moviendo algunas especies, sea adentro o afuera de áreas protegidas para determinar cuáles serían buenos “refugios climáticos”. Estas son zonas que estarían idealmente ubicadas para defender el hábitat de especies clave en el futuro.

Uno de estos refugios podría ser Talamanca, dice Esteban Brenes, especialista en dantas y director de la fundación Naï Conservation. Aquí el país tiene una serie de ecosistemas protegidos y hay diferentes tipos de protección a diferentes alturas.

El bosque de montaña y el bosque tropical de Talamanca serían los más amenazados por el cambio climático, debido a su sensibilidad y alta exposición al fenómeno.

(Créditos: (Crédito: Drainhook/Flickr).)

Para él, la clave pasa por lograr conectar zonas como Talamanca con otros sitios donde ahora hay animales y plantas en riesgo.

“Costa Rica debería estar asegurando que estos refugios climático sean accesibles para las especies del país”, dice Mora.

Proteger el mar

“El cambio climático se suma a una serie de factores que ya afectan los ecosistemas marinos, como la pesca, la contaminación y el uso insostenible que hacemos de los ecosistemas marinos”, dice Gustavo Arias, gerente de ciencia de la organización MarViva.

Al mismo tiempo que hacemos planes para proteger los hábitats que las especies tendrán en el futuro, es necesario hacer cambios en los factores que actualmente generan presión en esos ecosistemas, como el consumo de agroquímicos y el manejo de residuos plásticos y aguas negras.

Un buzo nada junto a un tiburón ballena, el pez más grande del océano y una de las especies migratorias que visitan la isla del Coco.

(Créditos: Undersea Hunter Group (underseahunter.com))

La protección marina es todavía mucho más débil en Costa Rica que la terrestre, pues cuenta con solo 2,42% de su territorio marino bajo alguna categoría de protección.

Las zonas marinas donde hay mayor actividad humana tienen más problemas para recuperarse luego de eventos como las olas de calentamiento producto de El Niño o las mareas rojas. Entre más desprotegidas estén las zonas costeras, más sufrirán en un mundo más caliente.

“Ese es el problema del cambio climático, lo que lo hace tan peligroso: se suma y amplifica otros impactos”, dice la experta en corales Celeste Sánchez, del Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología (Cimar – UCR).