Cerro Buenavista, San José. Mientras camina por un sendero del Parque Nacional Los Quetzales, Esteban Brenes se detiene y señala hacia el suelo fangoso. ¿Qué está viendo? “Es una huella de danta”, dice, dibujando con su dedo en el aire. La marca que dejó el animal en el barro es casi invisible al ojo no entrenado, pero su trazo la revela.

Brenes, un biólogo obsesionado con las dantas, asumió como cruzada personal la conservación de estos mamíferos parientes de los caballos y los rinocerontes. ¿Por qué? Porque son “uno de los animales más chivas” del planeta y desde niño les agarró cariño.

Pero a la empatía infantil se suma ahora otra razón: porque juegan un rol fundamental en la lucha contra el cambio climático.

Uno de los mecanismos más efectivos para evitar el calentamiento del planeta es fomentar el crecimiento de árboles, que utilizan dióxido de carbono (CO2) como parte de su proceso de respiración y luego liberan oxígeno a la atmósfera.

En el Cerro de la Muerte hay una población importante de dantas.

(Créditos: Nick Hawkins / Nai Conservation.)

Entre más grande y frondoso el árbol, mayores volúmenes de CO2 puede guardar en sus hojas, troncos y raíces, de modo que es menor la cantidad de este gas que llega a calentar la atmósfera. Pero estas especies más voluminosas tienen semillas muy grandes y no pueden contar con el viento o animales pequeños para esparcir sus semillas por el bosque. Necesitan de las dantas.

“Estamos hablando que ellas se tragan y cagan enteras semillas de hasta tres centímetros de diámetro; esto tiene un efecto importante en árboles que tal vez ninguna especie podría hacer”, explica el biólogo.

Muchas especies de animales juegan un rol en la llamada “dispersión de semillas”, pero las dantas son particularmente buenas en este oficio. Aparte de ser el mamífero más grande del Neotrópico (pueden pesar hasta 300 kilogramos y medir hasta dos metros de largo), su sistema digestivo permite que semillas relativamente grandes entren y salgan completas de su cuerpo.

Por estas y otras funciones ecológicas, uno de los apodos que reciben estos animales es “jardineros del bosque”.

En el Parque Nacional Los Quetzales, entre San José y San Isidro del General, se nota su paso. Mientras camina por el trillo, Brenes va señalando una serie de “pasillos” que se abren a su derecha e izquierda entre la masa vegetal de los robles de altura: son trochas que se han formado con el ir y venir de las dantas. Estos pasillos por el bosque que abren sus pesados cuerpos también los usan otros animales.

Uno de estos dirige hacia lo que solo puede describirse como el servicio sanitario de las dantas. De hecho, el término que usa Brenes es “letrina” y dicen que han visto hasta cinco animales compartir el mismo punto. Los animales “adoptan” un lugar y durante cierto tiempo es allí donde depositan sus excrementos, unas pelotitas cafés del tamaño de una pelota de ping- pong.

Allí llegan restos de las hojas y frutas que comen las dantas y, en algunos casos, las semillas casi intactas. Esto supone una gran ventaja también para los árboles, porque les permite conocer el mundo.

“Las dantas tienen la capacidad de trasladar las semillas largas distancias dentro de su tracto digestivo”, explica Brenes, quien fundó en 2015 la organización Naï Conservation para protegerlas.

Precisamente por este aporte a los bosques tropicales, las dantas tienen una relación con la captura de agua que permite la cobertura boscosa, apunta el investigador.

El bosque vacío.

Pero, ¿qué pasa cuando faltan las dantas u otros mamíferos grandes? El bosque pierde la capacidad de dispersar estas semillas grandes y, como consecuencia, no logra capturar tanto carbono.

Esta ilustración muestra lo que podría pasar con bosques que pierden grandes mamíferos que comen fruta. Los árboles más frondos tendrían problemas para dispersarse.

(Créditos: Bello et al (2015))

Este es uno de los hallazgos de un estudio publicado en diciembre del 2015 por investigadores brasileños y europeos.

Para llegar a esta conclusión, los científicos tomaron información de 2.000 especies de árboles y 800 especies de animales del bosque brasileño y con estos datos desarrollaron modelos computacionales para entender qué podría pasar si quitaban diferentes porcentajes de las poblaciones de grandes mamíferos (con diferentes pruebas entre 10 y 100% menos).

Tras analizar 31 zonas en Brasil, concluyeron que la ausencia de estos animales provocaría efectos en cascada a lo largo del bosque, que eventualmente resultan en menos carbono capturado.

“Si quitamos a estos grandes mamíferos frugívoros del bosque, perderemos un servicio ecosistémico clave de los bosques tropicales”, dijo al medio inglés Carbon Brief el especialista brasileño Mauro Galetti, uno de los coautores del estudio.

Un análisis comparativo que simuló la remoción de dispersadores de semillas en bosques de todo el mundo determinó que habría un impacto negativo en la captura de carbono si se pierden estos animales,que podría llegar hasta 12% en un bosque camerunés si llegara a perder todos sus dispersadores. En Costa Rica, los análisis se hicieron con una parcela en Barva.

Si un bosque perdida la totalidad de sus grandes animales frugíveros, podría perder hasta 12% de su capacidad de captura de carbono.

(Créditos: Osuri et al (2016))

Los árboles tienen diferentes estrategias para garantizar la continuidad de la especie, explica la especialista en biogeoquímica Andrea Vincent: las que apuestan por “cantidad” y las que apuestan por “calidad”.

Ciertas especies producen muchísimas semillas pequeñas que el viento puede dispersar; sus tallos crecen más rápido y compiten entre sí en una frenética carrera contra el tiempo y sus semejantes. Solo algunos del grupo inicial sobreviven.

Otros árboles producen pocas semillas, pero invierten más recursos y tiempo en cada una para intentar asegurar su sobrevivencia. Estos árboles crecen más lento pero tienden a dominar el bosque por su tamaño.

“Esas especies grandes son las que suelen secuestran más carbono en los bosques”, explica Vincent.

¿Quién mueve las semillas de estas especies? Animales grandes, entre ellos las dantas, aunque también son críticos otros frugívoros como los monos y los tucanes. Cuando faltan, las dinámicas del ecosistema cambian. En estos casos, los expertos hablan de los “bosques vacíos”.

“Es como cortar árboles sin que realmente cortemos nada. No necesita haber deforestación para perder carbono (captura)”, dijo al medio Ensia Jorge Ahumada, el Director Ejecutivo de la Red de Ecología Tropical, Monitoreo y Evaluación de Conservación Internacional.

Dantas ticas.

La danta centroamericana –hay otros cuatro primos de esta especie, desde Malasia hasta Brasil– se considera en peligro de extinción según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, en inglés). Se estiman que existen 5.000 individuos de esta especie regados por el continente y, de ellos, cerca de 1.500 están en Costa Rica.

Esteban Brenes coloca una cámara trampa que le permitirá monitorear la presencia de dantas en el bosque del Parque Nacional Los Quetzales.

(Créditos: Nick Hawkins / Nai Conservation.)

Una parte de esta población vive en el Parque Nacional Los Quetzales y otros puntos del cerro de la Muerte y allí enfrentan dos amenazas: la cacería ilegal y el paso de vehículos por la carretera Interamericana que conecta el valle Central con Pérez Zeledón.

Desde el trillo por donde camina, Brenes apunta hacia su izquierda y anuncia que allá, a menos de un kilómetro, está la Interamericana. Esta arteria vial se ha convertido en la peor pesadilla para el biólogo y su equipo.

Al menos 23 animales han sido atropellados por carros que circulan en esa vía desde el año 2010, todos en un trayecto de solo 32 kilómetros, donde la carretera intersecta el hábitat de las dantas. El peor año para estos animales fue el 2015, cuando ocho murieron en esa calle y cada uno es un golpe pesado a la población.

“Cada danta muerta es un retroceso de tres años”, lamenta Brenes.

El biólogo explica que el período de gestación de estos animales dura hasta 400 días y cada hembra solo produce una cría; la madre luego pasa hasta dos años acompañando a la nueva integrante de la familia hasta que esta alcanza la madurez.

El día antes de nuestra visita al sendero del Parque Nacional Los Quetzales, Brenes me escribió por mensaje de texto: “Hubo un atropello de danta anoche”. Cuando llegamos, ya habían destazado el cadáver para tomar muestras y entender mejor la población que habita en la zona, pero quedaba la impresión de una pérdida.

Naï Conservation tiene identificados los puntos donde ocurren más accidentes con dantas y aboga por la instalación de rótulos y señales que alerten a los conductores. Incluso ha realizado talleres con conductores de camiones para sensibilizarlos. De este modo, se puede trabajar fuera del bosque para darle mejores oportunidades a los árboles.

En la vía que comunica San José con Pérez Zeledón hay rótulos que alertan a los conductores sobre la presencia de dantas.

(Créditos: Nick Hawkins / Nai Conservation.)

La propuesta del equipo de Naï y la nueva corriente de investigación a nivel global cambia ciertos paradigmas sobre cómo debe protegerse un bosque. En Costa Rica, la conservación siempre pensó al revés: al proteger los árboles, se generaría un ambiente idóneo para especies vulnerables como la danta.

La reciente línea de investigación sobre grandes animales frugívoros (generada en estudios en Brasil, India y el sureste de Asia) desafía esta idea: también es necesario proteger las dantas para garantizar que el bosque se mantenga sano y mantener el carbono “atrapado”. Perder grandes herbívoros puede ser tan grave como perder un área de bosque.

En Costa Rica todavía no hay estudios locales sobre cuáles semillas acarrean las dantas, pero Brenes confía en que su organización podrá conducir esos experimentos en el futuro, de manera que se pueda cuantificar, con claridad, el aporte de las dantas costarricenses en la captura de carbono.