El cambio climático supone una amenaza global: sus impactos no discriminan fronteras y sus efectos ya los sentimos todos. Sin embargo, existen regiones donde la vulnerabilidad es especialmente alta e identificar estrategias de adaptación, todavía más urgente.

Debido a su interacción directa con el océano, las islas se exponen a desastres más extremos, más frecuentes y más peligrosos para su existencia.

Como oceanógrafa, he tenido la oportunidad de realizar expediciones científicas para ser testigo y vocera de esos efectos sobre dos islas únicas, la más grande de Costa Rica y la más grande del planeta.

Dos islas amenazadas

Separadas por más de 65 grados de latitud, los ecosistemas de la Isla del Coco y de Groenlandia no podrían ser más opuestos. La primera cultivada por la rica productividad del cálido Pacífico Oriental Tropical, la otra regulando el nacimiento de las heladas masas de agua en el Atlántico Norte.

En una me empapé (literalmente) de su bosque tropical lluvioso y buceé entre arrecifes coralinos rodeada de 5 especies de tiburones. En la otra, presencié cómo colapsa un glaciar en un torrente de icebergs y me congelé de la emoción viendo las auroras boreales bailando sobre el techo del mundo.

A pesar de las muchas diferencias, la belleza de ambas islas es cautivante, pero sus futuros son similarmente inciertos. Por esto, el estilo de vida de todos los seres vivos que dependen de ellas es razón de preocupación.

Lea aquí nuestro especial sobre el impacto del cambio climático en la Isla del Coco.

Ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo, cada hombre es un fragmento del continente, una parte del conjunto.” Esta frase del poeta inglés John Donne fue escrita justamente un siglo antes del inicio (también en Inglaterra) de aquella Revolución Industrial que ahorita nos pone en aprietos.

No hay islas

La ciencia que explica el vínculo entre los impactos climáticos en Groenlandia y en la Isla del Coco es compleja.

Las mentes más brillantes y las computadoras más avanzadas todavía no logran descifrar completamente cómo funcionan los mecanismos que las conectan entre ellas y también al resto del planeta, pero en su nivel más básico, la verdad esencial permanece: no somos una isla.

Ni siquiera nuestra “isla”, la Tierra, es una isla.