Alejandro Castro necesitaba diferenciar a Costa Rica en la principal feria de turismo de convenciones del mundo. El entonces gerente de mercadeo del Instituto Costarricense de Turismo (ICT) buscaba que el país destacara en la feria IMEX 2017, en la ciudad alemana de Frankfurt.

Su solución fue plantearle un acuerdo a los organizadores de la feria: Costa Rica pagaría por una determinada cantidad de proyectos forestal que ‘compensarían’ la contaminación generada por los vuelos internacionales de un grupo selecto de compradores designados.

“No era un tema que conocieran mucho (el de las emisiones), pero les gustó la idea”, dice Castro, quien dejó el ICT en 2018.

El plan sirvió. La feria anunció que Costa Rica estaba detrás de un programa para compensar todos los vuelos de los ‘compradores invitados’ y del transporte aéreo, que en total suman poco más de 5,300 toneladas de dióxido de carbono (CO2). Tras el éxito del primer año, la operación se repitió en 2018.

Castro explica que su beneficio fue doble: no solo lograron posicionar la marca del país, sino que además minimizaron el impacto que estos vuelos tuvieron en el calentamiento global.

Esto porque al igual que la mayoría de nuestros medios de transporte, los aviones consumen derivados del petróleo para moverse y, al quemarlos, cada vuelo libera gases de efecto invernadero que contribuyen al cambio climático.

Su impacto colectivo es sustancial. Si la industria aérea del mundo fuera un país, sería la quinta nación que más produce dióxido de carbono del planeta, por encima de países como Alemania, Canadá, Reino Unido o Canadá (vea gráfico en página opuesta).

Esta es una situación global, pero supone nuevos retos para un país como Costa Rica, que se promociona como un destino verde y un laboratorio de descarbonización. ¿Cómo podemos empatar la posición como líder en cambio climático, el apetito por más turistas y la certeza de que cada avión que llega al país contribuye al calentamiento global?

El conjunto de las emisiones son complicadas de cuantificar, porque los datos tienen limitaciones, pero todos los vuelos que salieron y regresaron del país en 2012 emitieron cerca de 1,100 gigatoneladas (millones de toneladas) de dióxido de carbono (CO2).

Eso equivale a las emisiones de todos los buses y camiones de carga del país o cerca del 10% de las emisiones del país en ese año. (lea el subtítulo: Contar los vuelos).

Reducir o compensar

Cualquier esfuerzo para mitigar las emisiones de cambio climático puede seguir dos caminos: reducir la contaminación –por ejemplo dejando de volar o haciéndolo con motores más eficientes– o compensar por la cantidad de contaminación relacionada con estos vuelos.

Para poner las emisiones de un vuelo en contexto, las relacionadas a un solo pasajero que viaje desde Europa duplican la contaminación que hace un tico promedio cada año.

Pero Costa Rica no tiene planeado reducir la cantidad de vuelos que llegan al país. Según el Plan Nacional de Turismo 2017-2021, el ICT busca aumentar la cantidad de turistas de casi 2,6 millones en 2015 a 3,9 millones en 2021 y para hacerlo una de sus prioridades es atraer líneas aéreas para incrementar el número de asientos disponibles.

Por vía aérea llegaron al país casi 2,2 millones de turistas en 2017, según datos del ICT, la mayoría desde Estados Unidos y Canadá. Los datos parciales del 2018 sugieren que el año pasado se superó esa marca (casi 1,9 millones habían llegado entre enero y octubre).

Dado que el país busca aumentar los vuelos, el camino pasa por la compensación, un mecanismo muy parecido al viejo refrán de pecar y empatar.

El país no tiene una política nacional para compensar las emisiones de los turistas, pero sí existen esfuerzos de diferentes espacios para lidiar con el problema.

“Nosotros hemos tenido conversaciones con agencias de viaje y aerolíneas para tratar de establecer un mecanismo que permita fijar esta huella de carbón (asociadas a los vuelos) en Costa Rica de manera voluntaria”, explica el ministro de Ambiente y Energía, Carlos Manuel Rodríguez.

Sin embargo, todavía no han logrado entablar negociaciones con las empresas internacionales.

Pero para los turistas internacionales hay pocos esfuerzos sistematizados. Entre ellos un programa de la Cámara Nacional de Ecoturismo y Turismo Sostenible (Canaeco) y otro del Fondo Nacional de Financiamiento Forestal (Fonafifo).

Fonafifo tiene un proyecto llamado Vuelos Limpios y desde el 2012 logró compensar poco más de 32.000 toneladas. El proyecto Viajeros con Conciencia Climática (VCC) de Canaeco ha compensado poco más de 4,300 toneladas de dióxido de carbono desde el 2010.

En el caso de Canaeco, esa cantidad corresponde a 1.100 turistas, mientras que Fonafifo no tiene certeza de cuántas personas compensaron, porque incluso algunos viajes fueron de empresas locales. De todas formas, resulta un número muy reducido contra los millones de turistas que llegaron al país en estos años.

“Lo vemos desde un punto muy específico: si no lo estuviéramos haciendo, ese pequeño gran impacto no minimizaría los efectos del turismo en cuanto a las emisiones”, explica Dayana Hernández, encargada del programa en Canaeco.

Hernández dice a su cámara le preocuparía si los turistas volaran menos al país, pero quieren ofrecer opciones a quienes deseen compensar su huella de carbono.

Por su parte, el ICT cuenta con un Certificado de Sostenibilidad Turística –uno de los primeros del mundo– que incluye componentes de cambio climático pero que no cubre necesariamente los vuelos internacionales.

El certificado invita de manera independiente y voluntaria a que los turistas se certifiquen, dice José Fallas, gestor del Departamento de Certificaciones y Responsabilidad en Sostenibilidad Turística del ICT.

“Muchos hoteles lo hacen a través de Fonafifo y en algunos hoteles tienen incluso cartelitos o información para que los turistas puedan compensar ahí mismo”, explica Fallas.

El ICT no cuenta con datos de cuántas emisiones se han reducido mediante este mecanismo.

Contar los vuelos

Asignarle un número a todas las emisiones de gases de efecto invernadero de los vuelos que llegan al país es complicado.

Costa Rica está obligado a llevar un registro de todos sus gases de efecto invernadero, incluyendo agricultura, transporte terrestre y residuos, pero no está obligado a registrar como emisiones propias los vuelos internacionales.

De hecho, los vuelos internacionales quedaron fuera del Acuerdo de París y necesitaron un tratado propio (lea el subtítulo: En el mundo).

El IMN solo contabiliza, por convención internacional, los vuelos que salen de Costa Rica al primer aeropuerto donde aterriza el avión, que podría ser apenas una parada. Aparte de que es imposible saber cuáles son turistas, tampoco se puede saber cuántas emisiones están relacionadas a los viajes que no incluyen vuelos directos.

Las negociaciones de la industria aérea terminaron con un acuerdo internacional en 2016.

(Créditos: Sean MacEntee)

“Un turista europeo que regrese de Costa Rica a través de Estados Unidos no aparece acá”, explica Kendal Blanco, ingeniero químico del Instituto Meteorológico Nacional (IMN).

Según los datos del país, si se toman en cuenta los vuelos que salen de Costa Rica (y se duplicaran, para además contar los que entran), la aviación internacional representó 1,100 gigatoneladas de CO2 en el año 2012.

Eso equivaldría al 10% de las emisiones de todos los gases de efecto invernadero que el país liberó ese año, que fueron de de 11,250 gigatoneladas de CO2. Por convención internacional no se contabilizan dentro de las emisiones ticas.

En el mundo

A nivel global, el turismo representa el 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Por su parte, la aviación internacional representa cerca de 3% y es de los sectores que más crece en el mundo.

Como el Acuerdo de París no incluyó las emisiones de la aviación y el transporte marítimo internacional, estos sectores necesitaron un tratado aparte.

La Organización de Aviación Civil Internacional (ICAO, en inglés) acordó en 2016 un mecanismo para reducir sus emisiones, que entrará en vigencia en una fase piloto que empieza en 2021 y una fase que incluye a todos los países en 2027.

Pero un reciente análisis de investigadores suecos, publicado en la revista académica Climate Policy, determinó que este mecanismo tendrá una reducción casi insignificante en las emisiones del sector aviación.

Los investigadores concluyeron que existen posibles mecanismos legales para hacer frente a las emisiones del sector aviación, pero que necesitan establecerse de manera obligatoria y de manera urgente.

Aquí en Costa Rica, una de las personas que lleva más tiempo trabajando en compensar las emisiones de los vuelos internacionales concuerda con esta conclusión. Laura Lang creó en 2007 la Fundación Aliados contra el Cambio Climático para fomentar acciones para enfrentar el calentamiento global en el país.

“Usted puede decirle a un turista que su vuelo desde Miami o Europa son tantas toneladas, pero si tiene que pagar 20 o 40 dólares, la gente lo piensa”, dice Lang, quien está enfocada en proyectos de reforestación del corredor Biológico Tenorio-Miravalles.

Ella explica que una vez que el turista, sea local o extranjero, debe pagar un poco más por sus vuelos, se acaba el romanticismo. Lo mejor es hacerlo de manera obligatoria, como un impuesto más.

“Si no hay una estrategia desde arriba donde se pongan de acuerdo las aerolíneas o los aeropuertos, no funciona”.