Rosa Cubero dice que nunca reforestó por dinero. Vecinos y hasta familiares dirán que fue una ocurrencia o una terquedad, pero ella insiste en que lo hizo por amor. Para ella, su bosque “es como un hijo más”.

Esta empresaria, de poco más de 50 años, gestó por un tiempo la idea de sembrar su propio bosque desde cero. En 1997, plantó los primeros árboles, especies nativas a lo largo del río. Hoy, el bosque (de unas cinco hectáreas) ya la acompaña al lado de su casa y adorna su complejo ecoturístico.

Es difícil imaginar que el hogar para ranas, mapaches, armadillos y —según sospecha Rosa— hasta para un puma fuera un potrero hace unos años. Transformar su finca en El Alto de Guadalupe ha sido “la experiencia más bonita”, dice Cubero.

Ella es una de las empresarias que recibieron financiamiento del programa Pagos por Servicios Ambientales (PSA), que busca regenerar el bosque en tierras privadas. Como ella, más de 31.000 beneficiarios han participado de este programa estatal desde 1997.

Gracias al PSA, Costa Rica recuperó la cobertura forestal que había perdido durante los años 80. Esto fue un logro inédito: es el único país del continente que, en lugar de deforestar, ganó bosque entre el 2000 y el 2015.

Ojo al Clima habló con dueños de pequeñas fincas, empresas grandes, asociaciones indígenas y representantes gubernamentales sobre su experiencia en el programa. Todos ellos ayudaron a sanar los bosques de Costa Rica.

La plata no alcanza

El programa, en sí, aún debe mejorar. Tanto pequeños dueños como empresas grandes señalan que el incentivo económico no es mucho. Generalmente, su ingreso principal viene de otras vías.

Según la normativa, un contrato de reforestación con especies nativas en cinco hectáreas puede recibir ¢1.147.816 por año. Eso significa alrededor de ¢95 mil al mes. Cuando la reforestación es con otras especies o cuando el área es menor, el pago también es mucho menor.

El monto máximo que se puede recibir por proteger el bosque es alrededor de ¢3 millones al mes, ya que son contratos que alcanzan el tope de mil hectáreas protegidas.

Esta cantidad de terreno es difícil de mantener, por lo que ese tipo de contratos solo se otorgan a asociaciones de desarrollo indígena. Este, frecuentemente, es el ingreso más fuerte de la asociación y se utiliza para obras de desarrollo como escuelas y caminos.

El programa “no es perfecto, pero es lo mejor que hay” a nivel mundial, dijo Jorge Mario Rodríguez, director del Fondo Nacional de Financiamiento Forestal (Fonafifo), entidad encargada de administrar los pagos.

El sector forestal es fundamental para reducir las emisiones de Costa Rica. En el 2012, todo el sector (incluyendo áreas protegidas) capturó 2,5 megatoneladas de CO2. Esto es un peso parecido al de seis rascacielos como el Empire State.

Para Rodríguez, el éxito del programa es que, por ley, un máximo de 23% del presupuesto se va a gastos administrativos. El 77% restante va directo a los productores. Según el presupuesto oficial del 2019, el monto total para transferirles este año será de ¢16.205 millones.

El bosque en la finca de Rosa Cubero, en el Alto de Guadalupe, ya está completamente formado.

(Créditos: Fundecor)

Esa plata, sin embargo, se queda corta. En este momento, el PSA no tiene suficiente dinero para financiar a todos los propietarios que quieren sumarse. En el 2016, por ejemplo, Fonafifo recibió solicitudes para cubrir más de 124.000 hectáreas, según datos oficiales. Al final solo pudo colocar alrededor de 43.000.

Como resultado, la entidad debe discriminar entre las solicitudes, dando prioridad a fincas en corredores biológicos, terrenos cerca de áreas protegidas o a territorios indígenas, por ejemplo.

A pesar de las limitaciones del PSA, Rosa Cubero mantiene que el financiamiento la ayudó a dar el empujón de arranque de su bosque.

“Es una mano que te da el financiamiento para que podás arrancar. El costo del bosque es carísimo porque tenés que meter cercas, chapear, abonar, etc. Una vez que ya los árboles toman su forma, la naturaleza hace su parte”, dijo la empresaria.

Los costos lo valen, según dice, porque “la naturaleza paga con más que dinero”. “Conservar el bosque es recuperar la vida. Estás dándole vida al bosque pero te estás dando vida a vos mismo”, culminó.

Conservar por amor: pequeños propietarios

Cada mañana, Annette Jirik y Harry McCormick despiertan con el volcán Turrialba al frente, la costa del Caribe a lo lejos y un bosque regenerado alrededor. Su finca, en San Rafael de Pavones en Turrialba, la compraron hace 29 años cuando estaba cubierta por sembradíos de café.

Según relató Harry, esas tierras habían sido “saqueadas” y el gran bosque terminó en carbón. Quienes la trabajaban cortaron madera, la quemaron y sacaron el carbón en sacos para luego sembrar café o meter vacas.

“Pero nada de eso resulta”, comentó Harry. La tierra no se presta ni siquiera para la ganadería, y al adquirirla entendieron que su potencial era volverse a reforestar con especies nativas.

Hoy, el bosque que los rodea es hogar para muchas especies de animales, algunos que constantemente se dejan ver, como los coyotes, saínos y aves como el guaco; mientras que otros solo se dejan escuchar a lo lejos, como el puma.

Pero el monto recibido a cambio sigue siendo poco. “Es muy simbólico. Con los pagos no hacemos nada, es muy poco. Nosotros tenemos dos personas que nos ayudan, y con eso pagamos parte del aguinaldo y del seguro de ellos. Con esto no te hacés de dinero”, dijo McCormick.

Según dicen, su principal motivación no es el dinero, sino proteger el bosque, “sobre todo ahora que se está viendo un gran problema en el medioambiente a nivel mundial”.

Desde su finca, en San Jerónimo de Moravia, Manuel Jiménez dice algo parecido. “Solo el hecho de mantener la conservación de la finca es una recompensa. Está produciendo para el ambiente porque está protegiendo”, dice el agricultor de 80 años.

A él no le molestó quitarle espacio a sus vacas. Su prioridad era proteger una quebrada que pasa por su finca. Por esto, plantó a lo largo de unas cinco hectáreas especies nativas de la zona con el financiamiento de Fonafifo.

“Costó irlo levantando”, confiesa. Su principal dificultad fue el clima frío de las montañas de Moravia, donde los árboles no crecían tan fácil. Con insistencia, logró que el bosque fuera tomando forma. “Me dediqué a conservar lo que tengo”, dice.

A diferencia de ellos, Rosa Cubero aprovecha su bosque para turismo. Su complejo turístico en Guadalupe lo conforman un restaurante (llamado Agnus), una pequeña finca didáctica con ovejas, vacas y cerdos, y un sendero por el bosque.

Con este proyecto crecieron sus hijos, quienes ya son profesionales. “Ellos se han formado acá. Es impresionante ver lo que este bosque hace en las personas. Nos hizo más cercanos como familia”, señala Cubero.

Rosa Cubero comenzó a plantar su propio bosque hace 20 años. Hoy, este la acompaña al lado de su casa completamente formado.

(Créditos: Fundecor)

El negocio del bosque: grandes empresas

Pero empresas más grandes como haciendas turísticas, inmobiliarias, bancos y madereras también mantienen contratos de PSA.

Una de ellas es la empresa productora y comercializadora de maderas tropicales Novelteak, la cual recibe pagos desde 2010 por la protección de bosques y reforestación.

Solo en los últimos cinco años esta empresa ha inscrito más de 2.500 hectáreas de bosque al PSA, principalmente de árboles de Teca, cuyo valor comercial en el extranjero es importante.

La empresa inscribe sus plantaciones al PSA cuando estas cumplen un año, y el dinero que reciben les ayuda en la alta inversión que deben hacer durante los tres primeros años. “Si bien no la paga completamente, sí ayuda bastante”, comentó Víctor Arce, regente forestal de Novelteak.

En realidad, para la empresa su negocio principal es la madera que vende, y la cifra por el servicio ambiental la consideran “simbólica”.

Según dijo Arce, su actividad se reinvierte en la sociedad por el empleo y por los servicios ambientales del bosque, como la captura de carbono de las plantaciones y la recarga de mantos acuíferos.

“Hemos recibido denuncias y críticas por cortar las plantaciones, pero al final es un producto más y lo volvemos a establecer una vez que cosechamos plantaciones y volvemos a sembrar”, dijo el empresario.

Pero también señalan que el PSA “no es tan amigable con las empresas grandes”. La inscripción ya no es tan rápida como al inicio y la cantidad de hectáreas para personas jurídicas ahora tiene un tope ––lo cual consideran injusto.

A pesar de eso, Novelteak insiste en inscribir sus plantaciones, ya que la existencia del PSA forma parte de su modelo de negocio.

El bosque para sobrevivir: territorios indígenas

Para José Francisco Morales, tumbar el bosque simplemente no es una opción. “No es cultura de nosotros agarrar una montaña y derribarla o hacer potrero en cantidades”, dice.

Él es el presidente de la Asociación de Desarrollo Indígena del Territorio Indígena Cabécar (Aditica), desde la cual maneja hasta 5.000 hectáreas inscritas en el PSA bajo diferentes contratos.

Cada contrato de Aditica es para proteger mil hectáreas. Eso no sería tarea fácil para nadie, pero la asociación —al ser comunitaria— recibe apoyo de vecinos y así logra mantener el bosque protegido.

“Por cultura hemos crecido con la naturaleza. Para nosotros deforestar no es algo cultural de nosotros. Tenemos una línea de guardas. Pero además, por la cultura, los vecinos nos ayudan”, dijo Morales.

Milton Hernández (amarillo) guía el camino hacia la comunidad indígena de Yorkín, ubicada cerca de la frontera con Panamá. (Foto: Sebastián Rodríguez).

(Créditos: (Foto: Sebastián Rodríguez).)

Antes de tener acceso al financiamiento, la asociación era muy débil, según recuerda Morales. “No había una institucionalidad. (…) Si no había (apoyo social) a través de la asociación, no había del todo”, cuenta.

La asociación de desarrollo se financia, en su mayoría, del PSA, dice. Con los fondos, según cuenta Morales, lograron construir viviendas, escuelas y caminos. “Abrimos una trocha de 7 km que nadie creía que se iba a abrir”, señaló.

Los contratos más grandes, tanto en hectáreas como en monto, son justamente para estos territorios, ya que tienen grandes cantidades de bosque y dependen de ese financiamiento para su desarrollo.

No obstante, ellos también señalan que los montos no reflejan todos los servicios que da el bosque, como la regeneración de acuíferos y la biodiversidad. “No es un verdadero pago, sino que es un aporte o un incentivo. (…) No podemos decir que sea malo, pero no es suficiente”, concluyó.

¿De dónde viene el dinero para el bosque?

Uno de los mayores logros del programa de Pagos por Servicios Ambientales es que la mayoría de los recursos que se utilizan son domésticos y casi nada proviene de apoyo extranjero.

La principal fuente de financiación del PSA proviene del impuesto a los combustibles. Alrededor de un 76% de los recursos de Fonafifo, en el 2019, provinieron de este impuesto.

En mucha menor medida, el programa también obtiene recursos del canon que se paga por el aprovechamiento de aguas (alrededor de un 6% del presupuesto) y de la venta de “créditos de carbono” (menos de un 1%), entre otras actividades.

Esto es un problema a futuro, según confiesa Jorge Mario Rodríguez, director de Fonafifo, ya que el Plan Nacional de Descarbonización y el comportamiento del mercado internacional irán reduciendo el consumo de gasolina.

“No deja de ser una gran preocupación. (…) Ahorita apostamos por varias cosas: una es el mercado de carbono”, dijo Rodríguez.

Los “créditos de carbono” son bonos que las personas y empresas pueden comprar para compensar el impacto ambiental de sus actividades. Es decir, las empresas pueden comprar a Fonafifo árboles para que absorban la cantidad de CO2 que ellas están emitiendo.

Pero colocar estos créditos a nivel internacional todavía no es rentable para la institución porque el precio mundial del carbono es demasiado bajo. “Hay precios de hasta menos de un dólar. Eso no refleja los costos de producción”, dijo.

Este tema es uno de los que se discute en las negociaciones mundiales de cambio climático de la ONU (COP). Si los países logran establecer un precio más justo por el carbono, esta sería una posible fuente de financiamiento para Fonafifo.

Otra opción para Rodríguez es que se incorpore el costo del bosque en los servicios que este provee, como la recarga de mantos acuíferos o la captura de carbono.

“El mayor valor que tienen los bosques son los servicios ambientales que estos proveen. Pero no hay una retribución. ¿Cuánto paga usted por el servicio de los bosques por la protección del agua?”, aseguró.

Esto, sin embargo, tendría que ser a través de la creación de un nuevo impuesto. “Ya hemos hecho los estudios. La gente dice que está dispuesta a pagar para proteger el bosque pero a la hora de la verdad no les gusta”, dijo.

De momento, ningún proyecto está siendo financiado con fondos de cooperación internacional. Sin embargo, Rodríguez aseguró que existe la posibilidad de ingresos del Fondo Verde del Clima o el Fondo Cooperativo de Carbono de los Bosques.

En total, el programa ha asignado más de ¢80.000 millones desde su nacimiento en 1997 y, desde el 2014, cubre alrededor de 40.000 hectáreas, según datos de Fonafifo.