“La granja está ardiendo” dijo mi madre, con la piel enrojecida por el miedo. “Fiona está atrapada en la casa. No puede salir”.

De repente, una historia que había visto en las noticias durante meses, golpeó de lleno a mi familia, acorraló nuestra granja en la provincia de Nueva Gales del Sur y amenazó la vida de mi tía. Yo, que estaba en una sala de estar a 250 kilómetros, no sabía qué hacer.

El frente del incendio había quemado los campos que rodeaban la casa, y las llamaradas habían acabado con un puente de madera que era el único acceso a la granja.

A distancia, el resto de mi familia y yo empezamos a llamar de manera frenética a todas las personas que conocíamos en el sitio, preguntándoles si podían hacer algo para ayudar. Muchas personas contestaron, pero no sabían qué hacer.

Los incendios de la costa sur de Australia eran tan severos en ese momento que el Servicio de Bomberos Forestales había tenido que cerrar el tráfico en cientos de kilómetros de autopistas.

Nuestros amigos y nuestra familia, que seguían en el pueblo, no podían salir, y los camiones de bomberos no llegaban. En ese momento, las líneas telefónicas dejaron de funcionar y no tuvimos noticias durante horas.

El Primer Ministro (de Australia), Scott Morrison, subió un vídeo a Facebook y nos dijo que mantuviéramos “la paciencia y la calma”. Yo quería gritar.

Brasas cubren el suelo quemado mientras bomberos esperan al fondo para atacar un incendio en Nueva Gales del Sur.

(Créditos: AFP)

“Estoy bien”

Dos horas después, nos llegó un mensaje de texto diciendo, simplemente, “estoy bien”. Sin más información. No sabíamos cómo interpretarlo, o cuándo fue enviado. Finalmente, una hora y media más tarde, conseguimos contactar con mi tía. Estaba bien.

Después de horas esperando una respuesta, nos enteramos de que fue un vecino quien, enfrentándose a un humo impenetrable y llamaradas impredecibles, condujo por campos carbonizados y ayudó a mi tía y un amigo de la familia a escapar del fuego que les rodeaba.

No estoy seguro de qué hubiera ocurrido de no ser por su valentía.

“Hacía tanto calor que no podíamos mantenernos en pie. No quiero ni acordarme…” explicaba mi tía Fiona por teléfono, mientras empezaba a describir lo que había pasado.

Después pasó a enumerar las pérdidas: “Los cobertizos se han quemado. El camión también. Los pollos han muerto. La mitad de las vacas también. La granja se ha perdido, y no sé si la casa va a sobrevivir…”, decía.

“Nunca ardería”

Hasta entonces empezábamos a hacernos una idea del impacto del incendio en la granja de mi abuelo, quien, al haber trabajado en el sector de la silvicultura, decía que esta “nunca ardería”.

Tan solo tres días antes habíamos pasado la navidad juntos en esa misma granja. Cada día, durante toda esa semana, observamos cómo nuevas columnas de humo sobre las colinas al oeste se volvían rojas por la noche. En la playa, sobre la arena blanca, líneas de ceniza marcaban la altura de las mareas.

Pero no importaba el tamaño de las columnas de humo. Las historias de cómo la casa llevaba allí más de cien años nos reconfortaban. Nunca había sufrido un incendio forestal. Muchos se nos habían acercado, pero incluso cuando se declaraban órdenes de evacuación de la zona nos sentíamos seguros.

Incluso esa mañana, con temperaturas por encima de 40 ºC y vientos de más de 60 kilómetros por hora en Nueva Gales del Sur, no sabíamos lo mal que se iban a poner las cosas. Entonces, justo después de las diez de la mañana, recibimos la llamada: “La granja está en llamas. No puedo salir”.

Finalmente, el incendio de Currawon arrasó la granja de mi abuelo el último día de 2019, carbonizando lo que fue el paisaje verde y lleno de canguros de mi infancia. Murieron 26 vacas Angus. 14 gallinas. Se han perdido incontables especies endémicas.

La casa, de manera increíble, sobrevivió, pero dos vecinos no tuvieron tanta suerte con las suyas. Tres días después, los fuegos volvieron a pasar, pero la mayor parte del daño ya estaba hecho.

El único acceso a la finca de Wright se quemó tras el paso de los incendios.

(Créditos: Chris Wright)

“Árboles quemados”

Las autopistas volvieron a abrir poco después y hemos pasado la mayor parte del tiempo desde entonces en familia, tratando de entender cómo limpiar todo aquello y reconstruir. El paisaje está lleno de árboles quemados y ennegrecidos, troncos humeantes y hojas muertas y arrugadas.

Todavía no tenemos electricidad en el granja, así que estamos en casa de mis primos. Todo el mundo comparte lo que tiene. Mi familia es grande, y tenemos mucho apoyo. Somos afortunados. Más afortunados que la mayoría de gente por aquí.

La comunidad de Conjola está a cinco minutos en coche de la granja de nuestra familia. Han perdido 89 casas. Tres personas murieron en el incendio. Fallecieron en sus coches, tratando de escapar.

Todos los habitantes de la Costa Sur nos hemos visto afectados. Muchas personas temen que los incendios todavía no hayan terminado. Muchos han perdido sus hogares, o pueden perderlos pronto. Esta última semana se han convertido en algo normal saludar a la gente diciendo “¿te han afectado los incendios?” o “¿tu casa está bien?”.

Los relatos de cómo nos ayudamos unos a otros también se están volviendo algo normal. El día después de los incendios, amigos de toda la región vinieron a la granja en todoterrenos para ayudar a sofocar pequeños focos y ver cómo podían ayudarnos.

“Se habían previsto”

Los incendios todavía arden en Australia, y seguirán haciéndolo los próximos dos meses.

Esperamos algo de lluvia a finales de semana, pero hay 100.000 toneladas de madera triturada en llamas en Eden, y solo lluvias torrenciales podrían detener los incendios de Gippsland y la Isla de los Canguros.

Muchas familias tendrán que enfrentarse a días más terroríficos que los nuestros, y sospecho que la cifra de más 1.000 millones de animales muertos podría verse revisada al alza este mismo verano. Los australianos llevamos meses respirando humo, y los expertos ni siquiera están seguros de los impactos que supondrá para nuestra salud.

Lo que sí sé es que estos incendios se habían previsto.

No sabíamos cuándo o dónde ocurrirían con exactitud, pero en 2008, algunos de nuestros mejores científicos dijeron que, para 2020, mi región sufriría peores incendios de los que habíamos visto hasta ese momento.

El gobierno solo ignoró esas advertencias y el primer ministro las ridiculizó yéndose de vacaciones a Hawái en plena crisis.

También se les sacó beneficio económico. Se han entregado miles de millones de dólares en subvenciones y exenciones fiscales a los combustibles fósiles para proteger una industria que, como todos sabían, agravaba el calentamiento global

Por ahora, esto es lo que la peor crisis del clima en Australia ha supuesto para la granja de mi familia.

El autor es periodista de origen australiano. El artículo fue publicado en alianza con Climatetracker.org y fue originalmente publicado en español en La Marea.