Durante la mayor parte del año, las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) permanecen en sus áreas de alimentación ubicadas cerca de Antártida. Sin embargo, en época reproductiva, se desplazan unos 8.300  kilómetros, desde el sur del continente hasta Centroamérica, en busca de aguas más cálidas.

En el área comprendida desde el sur de Colombia hasta Costa Rica, se registra una temperatura superficial del agua de 24 °C, en promedio. Por esa razón es el sitio predilecto por esta especie de cetáceo para dar a luz a sus crías, ya que esa temperatura favorece el éxito reproductivo, el crecimiento rápido del ballenato y el ahorro de energía, ya que esta no debe invertir lo que extrae de la leche materna en regular la temperatura de su cuerpo, porque el agua ya le provee esa termoregulación.

En su trayecto migratorio, las ballenas benefician a comunidades costeras a través del turismo. En el distrito de Bahía Ballena, en Osa, viven 3.306 personas. El 90% de la economía del lugar depende del turismo, principalmente el relacionado a la observación de delfines y ballenas.

En este sentido, las medidas que tomen los países con respecto a la protección de las ballenas en sus áreas de alimentación y en su trayecto migratorio tienen un impacto directo no solo en la economía local sino en los ingresos nacionales percibidos por el encadenamiento entre hoteles, transporte y restaurantes, entre otros.

Esos estrechos vínculos entre regiones distantes, que surgen a partir de los servicios ecosistémicos, se conocen como teleconexiones y pueden darse tanto por condiciones geográficas y biológicas como por las relaciones comerciales que establecen los países.

En cambio climático, las teleconexiones son más evidentes. La Amazonía, por ejemplo, provee un servicio de regulación climática e hídrica gracias a su extensa área cubierta de bosques. Sin embargo, los incendios forestales ocurridos recientemente traerán consigo consecuencias dada la pérdida de bosque como la gran cantidad de emisiones de carbono liberadas a la atmósfera.

Servicios interconectados

Las teleconexiones son el campo de estudio de científicos del Centro Helmholtz de Investigación Ambiental (UFZ) y el Centro Alemán para la Investigación de la Biodiversidad (iDiv), quienes intentan identificar y cuantificar esos flujos de servicios ecosistémicos a nivel interregional.

Comprender esas teleconexiones puede ayudar a reconocer el valor de la naturaleza en su forma intacta así como identificar los impulsores de la pérdida de biodiversidad o la erosión del suelo en regiones distantes, esto con el objetivo de diseñar medidas que permitan una gestión más sostenible de los bienes y servicios que brinda la naturaleza.

“Esta información puede utilizarse luego en decisiones políticas como el establecimiento de normas de comercio justo, procesos de certificación ambiental y social, y medidas de compensación financiera”, señaló Aletta Bonn, investigadora de UFZ y iDiv, en un comunicado.

De hecho, y a partir de estudios de casos analizados en Alemania, los investigadores identificaron cuatro tipos de flujos: los comerciales, los biológicos relacionados a especies migratorias, los biofísico pasivos y los informativos.

Los comerciales se asientan en los productos que se importan y se exportan. Por ejemplo, los investigadores analizaron el comercio de cacao y hallaron impactos significativos a la biodiversidad derivados del intercambio comercial de Camerún y Ecuador con Alemania.

En la categoría de especies migratorias, los investigadores estudiaron la importancia de las aves para la agricultura alemana. “Nuestros resultados indican que las zonas climáticas tropicales y subtropicales de África proporcionan un hábitat para la mayoría de las especies de aves migratorias que contribuyen de manera importante a la lucha contra las plagas en los paisajes agrícolas alemanes”, indicó la investigadora Janina Kleemann en un boletín de prensa.

En cuanto a servicios ecosistémicos asociados a la protección ante inundaciones, incluidos en la categoría de flujo biofísico pasivo, se concluyó que Alemania se beneficia de la regulación proporcionada por las llanuras de inundación ubicadas en otros países y, a cambio, también exporta alrededor del 40% de la regulación a países vecinos situados río abajo.

“Cuando sabemos cómo y en qué medida influimos en la biodiversidad mundial con nuestras pautas de consumo y el comercio internacional, podemos tomar mejores decisiones con respecto al consumo individual y nacional de recursos y desarrollar medidas adecuadas para la gestión sostenible”, destacó Bonn y agregó: “nuestro estudio demuestra claramente que países como Alemania tienen la responsabilidad mundial de proteger y conservar la diversidad biológica en todo el mundo”.

Gobernanza

Al ser compartidos, los bienes y servicios ecosistémicos requieren de una gestión y una gobernanza que empiece por reconocer su valor para luego sentar responsabilidades comunes así como el derecho al acceso y uso de esos recursos.

“Eso, en muchos casos, requiere cooperación entre países y sectores”, destacó José Vicente Troya, representante residente del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Costa Rica.

“Por ejemplo, la gobernanza de los océanos pasa por reconocer a los múltiples usuarios y por establecer, a través de un ejercicio de ordenamiento espacial marino, los usos que son factibles. A partir de eso, entonces podemos determinar prioridades, cuotas, conservación, etc. Esta es una conversación que no solo pasa por los sectores económicos sino que también se debe reconocer las necesidades culturales, científicas y las propias necesidades del mar en cuanto a su protección y conservación”, continuó Troya.

Asimismo, el representante de PNUD añadió: “existen paisajes marinos que constituyen espacios que requieren ser cuidados, conservados y ser objeto de un tratamiento especial, cuyas experiencias de uso y conservación pueden servir de modelo para otros países”.

En este sentido, la valoración económica de ecosistemas constituye una herramienta útil no solo para conocer cuál es el capital natural contenido en un espacio dentro de las fronteras de un país y cuánto dinero provee este capital natural en términos del flujo anual de servicios ambientales, sino también para conocer y cuantificar los beneficios de esas teleconexiones entre regiones distantes.

“De esa valoración económica de ecosistemas se pueden establecer prioridades y constituye la base para formular un plan de uso. Entonces, la valoración es esencial para conocer lo que tenemos, aunque a veces se corre el riesgo dejar por fuera otras dimensiones como las culturales, las estéticas y las identitarias”, destacó Troya.