En Tierra Blanca de Cartago, detrás de un gran portón, se encuentra la finca La Sanita, administrada por Sonia Gómez durante los últimos 16 años. Este terreno fue dado a ella como una herencia por parte de sus padres, pero no se quedó con los brazos cruzados y decidió hacer un cambio hacia la sostenibilidad.

El tipo de agricultura desarrollado en La Sanita es orgánico, por lo que Gómez debe recurrir a una serie de métodos para cumplir con los requisitos. Para el desarrollo de esta, la agricultora realiza todos y cada uno de los procesos, al igual que los insumos necesarios. “Yo hago todo lo que necesito, si compro es lo mínimo”, dijo.

Gracias a las medidas que ha aplicado en su finca, esta es certificada como orgánica a nivel nacional y, en algún momento, también lo estuvo a nivel internacional, pero por dificultades económicas no pudo continuar. De igual manera, finca La Sanita cuenta con Bandera Azul Ecológica, en categoría agrícola.

Según el Registro en Agricultura Orgánica (ARAO), a junio de 2020, se contabilizan 98 operadores orgánicos certificados. De estos, 58 son propiamente productores, los cuales trabajan 10.064,41 hectáreas. En los últimos 20 años, y según el Programa Estado de la Nación (PEN), la extensión cultivada de productos orgánicos se ha mantenido similar (1,9% del área total agrícola a nivel nacional).

De allí que esfuerzos como los que hace Gómez sean relevantes para demostrar a otros que la sostenibilidad en la agricultura sí es posible.

El uso de insecticidas químicos tiene efectos negativos en la salud humana, los sistemas agrícolas y el medio ambiente. Por esa razón, Sonia Gómez los evita completamente. (Foto: Miriet Abrego).

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Cambio de paradigma

El terreno de aproximadamente siete hectáreas, antes de ser heredado por Gómez, era un potrero donde se desarrollaba ganadería. Este se manejaba tradicionalmente, sin tomar en cuenta los impactos ambientales de la actividad. Al pasar a manos de Gómez, todo el panorama cambió y decidió iniciar con sus prácticas de agricultura orgánica, porque quería ver un cambio en la agricultura de la zona y buscaba darle un valor agregado a sus productos.

En la zona donde se ubica finca La Sanita, los agricultores trabajan convencionalmente la tierra, es decir, usan agroquímicos que se adquieren en casas comerciales. Así lo hicieron sus padres y abuelos, por lo que esas prácticas fueron legadas a sus hijos.

Según el informe Estado de la Nación 2020, en los últimos cinco años la importación de agroquímicos aumentó en 37%. En otras palabras, el país pasó de importar 13,1 millones de kilogramos de ingredientes activos en 2015 a 18 millones de kilogramos en  2019. Es más, entre 2017 y 2019, la importación de ingredientes “altamente tóxicos” aumentó 5,5%.

Asimismo, y según se explica en el reporte Impactos del cambio climático en la agricultura de Centroamérica (2017), los fertilizantes nitrogenados liberan gases como el óxido nitroso (gas de efecto invernadero que contribuye al cambio climático) y el amoníaco, e incluso se tienen fugas de nitrato.

El uso de pesticidas convencionales —como herbicidas, insecticidas y fungicidas— también emite gases de efecto invernadero (principalmente dióxido de carbono) durante los procesos de producción, empaque y transporte.

“La agricultura que hago yo es igual a la convencional en sus procesos (siembra, cosecha y cultivos), solo que yo no uso agroquímicos y tengo otras prácticas que me diferencian”, destacó Gómez y agregó: “yo siembro papa y cebolla como la sembraría un agricultor normal, solo que no le aplico los químicos y todo es natural”.

Durante 16 años, Sonia Gómez ha trabajado la agricultura orgánica y ha estado certificada por los últimos ocho años. (Foto: Miriet Abrego).

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Desde el suelo hasta la cosecha

Con el paso de los años, Gómez ha implementado diferentes prácticas con el fin de minimizar el impacto de sus procesos productivos. Desde la preparación de la tierra hasta la cosecha se observan los esfuerzos por adaptar la actividad agrícola al cambio climático.

Al caminar por los surcos, donde se siembra cebollín y zanahoria, se nota el carbón mezclado con la tierra. Según Gómez, el abono, creado por ella, “facilita el drenaje, ayuda a carbonizar la tierra y captura dióxido de carbono”.

El abono se llama Bocashi, y de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) es capaz de fertilizar a las plantas y, al mismo tiempo, nutrir la tierra. También, los materiales con los que se elabora son muy conocidos por los productores y fáciles de conseguir localmente.

El abono está compuesto por microorganismos descomponedores de materia. “El abono que yo hago lleva un proceso de maduración para poder usarlo. Esto porque yo utilizo estiércol de caballo y de vaca, que se lo compro a otros finqueros de la zona. El estiércol tiene algunos patógenos, entonces aumento temperatura y altitud para que empiece a funcionar. Este es uno de los abonos más básicos en la agricultura orgánica”, dijo.

Gómez destaca que todos los procesos son manuales; por ejemplo, los multiminerales que necesitan sus plantas son fabricados por ella, utilizando microorganismos de montaña. También, para mantener alejados los insectos de sus cultivos, crea insecticidas a base de plantas estimulantes y medicinales. Un ejemplo es el M5, el cual elabora utilizando plantas medicinales como ajo, cebolla, jengibre, alcohol y microorganismos de montaña (capturados y reproducidos en la misma finca).

Para evitar plagas, la agricultora recurre al asocie de cultivos. “Las plagas, al llegar y ver diferentes cultivos con distinto olor y color, se confunden y se retiran”. Con el fin de usar la menor cantidad de insecticidas, también siembra plantas medicinales alrededor de los cultivos porque algunas son repelentes y otras atrayentes. En el caso de las atrayentes, estas logran que los insectos se queden ahí y no se trasladen a los cultivos. “Así evito plagas y contaminación”, añadió.

En uno de los recintos de la finca yace un tipo de cocina artesanal. Es una estufa estilo mexicano que no produce humo, lo cual evita emisiones innecesarias. Esta la utiliza para reproducir algunos insumos; allí crea el caldo sulfocálcico a partir de azufre y cal viva, el cual, después de un proceso de cocción, funciona como insecticida, fungicida y nematicida.

Con el fin de no dañar el suelo, Gómez practica la rotación de cultivos. Otra medida es la creación de huecos al final de los surcos para aprovechar la tierra. “Cuando llueve duro y hay corriente de agua, se lava la parte superior de la tierra, y es la que tiene más nutrientes. Yo la recolecto en los huecos y así no dejo que se vaya con el agua, la vuelvo a echar donde siembro”, explicó.

Una vez al año, el suelo La Sanita es analizado a nivel químico para ver cómo está de nutrientes, cuánto nitrógeno se aporta con el abono y si cumple con el ph (acidez) necesario para efectuar agricultura orgánica. Como este suelo se ha utilizado durante 16 años para hacer agricultura orgánica, ya se ha adaptado.

Para el riego de los cultivos se usan dos métodos que tienen un gran impacto en el ahorro de agua. Primeramente, se hace uso de la cosecha de lluvia (porque durante el verano se complicaba el acceso al agua) y, por otra parte, se usa el riego por goteo. “Este sistema de riego por goteo, da la gota necesaria que necesita la planta, economizando agua. Actualmente lo utilizo una vez por semana porque estamos en cosecha, pero si estuviera en una etapa inicial se usaría todos los días”, comentó Gómez.

Caminando por la finca se ven lechugas sembradas de una manera diferente, no directamente en el suelo, sino en cajas de madera. Con respecto a este método, la agricultora explicó que se denomina “camas de doble excavación” y consiste en una práctica que se usa en la agricultura orgánica donde se excava aproximadamente a 60 centímetros y se crea una serie de capas. Se echa estiércol, una capa de rastrojos, abono y tierra. Esto se hace con el fin de que no haya necesidad de aplicarles nada a estos cultivos, ya que todos los nutrientes agregados empiezan a hacer su trabajo.

En la finca no se observan las típicas cercas, confeccionadas con madera y alambres, sino que se ven árboles y plantas de maíz. Esto se debe al uso de barreras vivas, las cuales son un requisito para que el lugar mantenga su certificación.

En una sección de la finca se sembraron plantas medicinales que están alternadas con árboles de aguacate con el fin de evitar la erosión del suelo. (Foto: Miriet Abrego).

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Compartir lo aprendido

La finca La Sanita cuenta con invernadero, el cual fue donado por Fundecooperación para el Desarrollo Sostenible. “Yo necesitaba adaptarlo al cambio climático, entonces accedí a un crédito y pude comprar el sistema de riego, la bomba y un tanque de 2.500 litros para poder abastecer el invernadero de cosecha de agua”, comentó Gómez.

Según su directora, Marianela Feoli, la organización cuenta con distintos sistemas de financiamiento, con el fin de que el sector agro tenga acceso a transformaciones como las que ha implementado Gómez en su finca. “Nos aseguramos de que el crédito va a generar un valor financiero en acciones climáticas y de sostenibilidad”, dijo Feoli.

Gómez se ha convertido en un caso de éxito para Fundecooperación y, por esto, La Sanita es una finca demostrativa. Asimismo, la agricultora dio una capacitación durante tres meses a otros finqueros, con la cual se muestra muy motivada porque considera que “fue muy provechoso para las dos partes, ya hay agricultores interesados en hacer el paso y adaptar las prácticas al cambio climático”.

Para  Feoli, Gómez se ha convertido en un agente de cambio porque comparte activamente lo que hace. Para ello recurre a los “días de campo”, espacios donde los productores hablan entre sí para poder hacer el cambio hacia la sostenibilidad. Cada caso es diferente y, por eso, se trabaja de la mano del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), para así conocer más a fondo prácticas y tecnologías disponibles.

Además, Gómez promueve los créditos de Fundecooperación entre los agricultores y agricultoras de la zona, para que ellos también puedan invertir en prácticas de cosecha de lluvia, banco de semillas y cultivos orgánicos.

En este lugar, bajo la modalidad de agricultura orgánica, se siembra cebolla, ajo, tomate, papa, brócoli, tomate, chile panameño, lechuga y plantas medicinales. (Foto: Miriet Abrego).

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Saliendo de Tierra Blanca

Gómez no quiere que su impacto quede solo en Tierra Blanca, sino que ideó la manera de llevar sus prácticas a la ciudad. Por medio de un proyecto de huertas urbanas, busca brindarle asesoría e insumos a personas que quieren tener una huerta en su casa y no cuentan con mucho espacio.

“Este es uno de los proyectos de finca La Sanita. Si alguien quiere una huerta urbana y busca cultivar algunos productos fáciles, entonces le asesoramos y le damos los insumos. En caso de que sea una grande, se la hacemos y le asesoramos para que logre cultivar”, comentó.

Además, como la finca cuenta con su propio banco de semillas, le ha sido posible venderlas después de reproducirlas y tenerlas en envases sellados. Actualmente, está reproduciendo plantas medicinales y las vende de tres maneras distintas: seca, verde y la planta.

Con gran entusiasmo y orgullo, Gómez no duda en mostrar el terreno que, con mucho esfuerzo, ha trabajado y, eventualmente, heredará a sus hijas.

Este artículo contó con financiamiento de Clima en Foco, iniciativa de Punto y Aparte.

 

Para pedidos:

En finca La Sanita hay productos orgánicos como orégano, mora, perejil, rabano, escarola, romano, acelga, ajo, cebolla, zanahoria, repollo, cebollín, vainica y maíz. Estos se pueden comprar vía su página de Facebook (buscar como Finca La Sanita).