Hace cinco años Costa Rica tuvo varios futuros.

En uno de estos futuros, los gobiernos del país negaban el cambio climático y el agua escaseaba. En otro, los políticos actuaban y el cambio climático golpeaba menos. Otros futuros tuvieron diferentes  condiciones. Para reportar a Naciones Unidas cómo iba a disminuir sus emisiones, el país usó una metodología en donde eligió los primeros dos y tuvo que imaginarse una combinación de ellos.

Ya Costa Rica había tenido que imaginarse el futuro antes y se había quedado corta. La administración Arias Sánchez se propuso en 2007 ser carbono neutral para el 2021; una meta con poco sustento técnico. Pero esta vez no se podía fallar: el Acuerdo de París nos exigía tener metas claras.

“Los datos disponibles (en el 2014) eran datos flojos, era ciencia con debilidades”, recuerda Franklin Paniagua, uno de los consultores que lideró la creación de estos compromisos.

Para complementar los datos pobres, el equipo técnico recurrió a la imaginación.

“Juntamos a un grupo de expertos y, en lugar de ponerlos a jugar con números, se les puso a imaginar escenarios futuros. (…) Al final uno veía cuáles eran las ideas más robustas (para reducir emisiones) porque las podíamos pasar a través de los diferentes escenarios y se mantenían”, explicó.

Este proceso fue clave para luego construir los compromisos que Costa Rica planteó ante el acuerdo de París (conocidos como NDC) y el Plan Nacional de Descarbonización, la ruta de largo plazo que Costa Rica se planteó para reducir su contribución al calentamiento global y prepararse ante los impactos del cambio climático.

Aunque necesitamos tecnología y financiamiento para limpiar nuestros sistemas de transporte, electricidad y comida y así cumplir las metas del Acuerdo de París y el Plan Nacional de Descarbonización, diversos grupos de científicos sociales advierten que también hará falta otra cosa: ampliar nuestra capacidad de imaginar un mundo mejor.

Esto porque muchos de los cambios necesarios exigen hacer cambios dramáticos, lo que los expertos llaman transformacionales, en vez de pequeños arreglos, que los expertos llaman cambios incrementales. Por ejemplo, en vez de hacer pequeñas modificaciones con biocombustibles, un cambio transformacional sería prohibir la venta de vehículos de petróleo a partir de cierto año.

Estos cambios transformacionales son, en su mayoría, técnicamente posibles. Pero nos según dicen diversos campos como la sociología, la psicología y la economía del comportamiento, también necesitamos imaginar que son social y políticamente posibles.

“Hay una cantidad enorme, casi ilimitada, de acciones que podemos tomar con respecto al cambio climático. Pero como no podemos imaginarnos estas acciones, no las estamos viendo”, explica la socióloga Kari Norgaard, investigadora de la Universidad de Oregon.

Nuestra capacidad para lograr contener el cambio climático puede depender de esta habilidad, en resumidas cuentas, para creérnosla.

Esto incluye acciones de consumo individual –imaginarnos una parrillada sin carne o viajar sin necesidad de tomar aviones– pero principalmente acciones colectivas que ataquen problemas estructurales, como implementar un impuesto nacional al carbono o prohibir el uso del petróleo a partir de cierto año.

“Nos está fallando nuestra habilidad de imaginarnos grandes estructuras sociales. Como consecuencias, la mayoría de las personas solo puede imaginar su impacto en el planeta en la forma de acciones individuales de consumo”, escribió Norgaard en un reciente artículo.

Norgaard hace un llamado para abrir espacio a la “imaginación sociológica”.

Es decir, la capacidad de ver cómo nuestras acciones están enlazadas a procesos colectivos y que existe un poder político y social en la ciudadanía.

Ella pone como ejemplo las marchas climáticas que grupos de colegiales han hecho este año en todo el mundo. Es más complicado ver este proceso más lento y estructural, dice, pero es también un aspecto necesario.

Según científicos sociales, es necesario reimaginar el futuro de las generaciones más jóvenes para poder revertir los impactos del cambio climático. (Crédito: Miriet Ábrego).

(Créditos: (Crédito: Miriet Ábrego).)

Actuar por el planeta

La psicología y la economía del comportamiento saben que las acciones individuales son complicadas por sí mismas.

En primer lugar, porque nuestro propio cerebro nos juega trampas, según aseguró a Ojo al Clima Kris de Meyer, neurocientífico de la universidad inglesa King’s College London e investigador en el tema.

“Nuestros cerebros han evolucionado para operar en las escalas de tiempo del aquí y ahora. Para escalas de tiempo largas y conceptos abstractos -como cien años en el futuro-, las partes del cerebro que lidian con pensamiento automático no están equipadas para entender esos conceptos”, explicó el neurocientífico.

Según explicó de Meyer, este es un problema importante, ya que “más del 90% de lo que sucede en nuestro cerebro no es pensamiento racional, sino pensamiento automático”.

Para la acción climática esto sería problemático. Por ejemplo, la principal meta del Acuerdo de París -el principal documento sobre cambio climático en el mundo- es mantener la temperatura mundial promedio “bien por debajo” de los 2°C.

Pero, según explica de Meyer, la “temperatura mundial promedio” no existe. Es un concepto abstracto. Más bien, en la práctica, la temperatura es muy diferente dependiendo del lugar.

“La forma en que los políticos, los activistas y los científicos hablan del cambio climático es en una forma muy abstracta”, aseguró el investigador.

Esta sería una de las principales razones por las que es tan difícil involucrar a los individuos a actuar contra el cambio climático, de acuerdo con de Meyer. Para lograr entender mejor el cambio climático, explica, es necesario hablar sobre la realidad local y en lapsos de tiempo más cortos.

Del individuo al grupo

Entre 2000 y 2004, un grupo de investigadores británicos condujo un masivo experimento con centenares de ciudadanos para entender por qué costaba hacerle frente al cambio climático. El equipo liderado por Irene Lorenzoni quería saber qué estaba deteniendo a la gente para actuar sobre este tema.

Entre las respuestas, aparecen mucho de los hallazgos clásicos que apunta a la acción individual: falta de conocimiento sobre las causas, consecuencias y soluciones; incertidumbre y escepticismo; la sensación de que el cambio climático es una amenaza todavía distante y falta de ganas de cambiar nuestros estilos de vida.

Pero el estudio también identificó obstáculos sociales, que no tienen nada que ver con la acción de cada individuo. Aquí hay barreras como normas y expectativas sociales; falta de acción a nivel nacional o la influencia de empresas o lobbies de combustibles fósiles.

“Todas nuestras decisiones personales están tremendamente limitadas por las estructuras sociales en las cuales vivimos”, dice Norgaard.

Ella menciona el caso de los usuarios de transporte en las ciudades. Aunque alguien quiera bajar su huella individual, puede que el diseño urbano o la disponibilidad de transporte público no le permita eso.

Si nos enfocamos demasiado en lo individual, dice, corremos un riesgo de frustrar a las personas.

“Al colocar demasiada importancia en los actos individuales, es posible que más bien creemos una sensación de culpa que paralice”, dice la socióloga.

El diagnóstico

Pero también puede que nos falte hacer una revisión más a profundidad, que supere la lectura rápida de la acción individual.

Si usted le pregunta a una física atmosférica qué provoca el cambio climático, ella le dirá que son los gases de efecto invernadero –por ejemplo, el dióxido de carbono (CO2)– que sale de nuestros carros y buses.

En esto tiene razón: nuestro consumo de energía todavía está basado en combustibles  fósiles, que al quemar liberan este tipo de gases. Luego estos gases suben a la atmósfera, atrapan calor y crean el calentamiento global. Como respuesta, físicos e ingenieras buscan cómo lidiar con los gases de efecto invernadero.

La sociología tendría una respuesta diferente a la pregunta “¿Qué causa el cambio climatico?”, dice la socióloga estadounidense Kari Norgaard, quien lleva más de una década trabajando en el tema.

“Desde nuestro punto de vista, el cambio climático tiene que ver con el capitalismo, la mentalidad colonialista y la manera en que estos sistemas reorganizan las personas y la relación entre las personas y la Tierra”, apunta Norgaard.

Es imposible hablar de cambio climático sin hablar sobre concentración de poder o de recursos naturales, dice la socióloga.

Norgaard señala que es probable que tanto un físico como ella estén viendo el mismo fenómeno –la liberación de gases que calientan el planeta– pero cada profesional lo asume con diferentes matices.

Sin embargo, al ver causas diferentes, las respuestas cambian entre un diagnóstico y otro. Como las ciencias naturales han dominado la discusión académica sobre cambio climático, su visión ha prevalecido.

Como resultado, más allá de buscar el problema de raíz que causa el cambio climático, los humanos hemos enfocado todos nuestros esfuerzos en los gases. El politólogo belga Erik Swyngedouw dice que tenemos un “fetiche con el dióxido de carbono”: le asignamos un poder sobrenatural al gas, olvidándonos que todos responden a alguna acción individual o colectiva.

La acción colectiva.

Una manera de salir adelante es hacerlo entre todos. En su libro “This Changes Everything”, la autora Naomi Klein documenta una serie de acciones colectivas de comunidades, pueblos indígenas y grupos activistas que exigen acción climática. El camino fuera de esta crisis climática es este, en conjunto.

En el 2019, la manifestación más clara de esta acción colectiva son las marchas climáticas de colegiales y escolares, lideradas por la adolescente sueca Greta Thunberg.

“Cuando vemos a otras personas movilizarse, nos da ideas y tenemos un sentido de esperanza”, Norgaard.

Pero la acción no necesariamente tiene que tomar esa escala. ¿Qué pasa si siento que no puedo aportar nada? Siempre hay algo que uno puede aportar. El psicólogo clínico Dan Rubin escribió recientemente que hay una fórmula infalible: “Lo que uno hace + cambio climático = activismo climático”.

Así, un abogado puede empezar a trabajar en demandas climáticas (como las que están presentadas en media docena de países), una ingeniera puede liderar la nueva tecnología limpia o un barrendero puede ir a una marcha.

Pero si todo eso falla, solo hablar del tema puede hacer la diferencia. Según la encuesta de Yale y George Mason University, solo el 36% de los estadounidenses habla sobre cambio climático de manera regular.

“Tenemos un enorme silencio cultural cuando se trata de hablar sobre cambio climático”, dice la socióloga.

Para crear algo, hay que imaginarlo antes; pero para contagiar a alguien más y empezar a soñar en conjunto, primero hay que esparcir la voz.