Actualmente, solo el 2,7% del océano está altamente protegido. Si se aumenta ese porcentaje, al menos hasta llegar al 30%, las áreas marinas protegidas (AMP) brindarán una solución integral para el clima, la biodiversidad y la pesca.

“Las AMP son una herramienta eficaz para restaurar la biodiversidad de los océanos y los servicios de los ecosistemas”, señalaron 26 investigadores en un estudio publicado recientemente en Nature.

De hecho, los autores identificaron áreas específicas que, si son altamente protegidas, salvaguardarían más del 82% de los hábitats de las especies marinas en peligro de extinción (hoy ese porcentaje es apenas 1,5%). En el caso de las especies críticamente amenazadas se pasaría de 1,1% a 87%.

Además se aumentarían las capturas de mariscos en más de ocho millones de toneladas métricas. “Es muy sencillo: cuando la sobrepesca y otras actividades perjudiciales cesan, la vida marina se recupera. Una vez establecidas las protecciones, la diversidad y la abundancia de la vida marina aumentan con el tiempo y la recuperación se produce en tan sólo tres años. Las especies objetivo y los grandes depredadores regresan, y ecosistemas enteros se restauran dentro de las AMP. Con el tiempo, el océano puede curarse a sí mismo y volver a prestar servicios a la humanidad”, destacó Reniel Cabral, coautor del estudio e investigador de la Universidad de California en Santa Bárbara.

En cuanto al cambio climático, este ya está modificando la distribución de las especies marinas y continuará haciéndolo. Para evaluar esos posibles cambios, los investigadores revisaron las distribuciones de especies proyectadas al 2050 en un escenario de altas emisiones de gases de efecto invernadero.

Concluyeron que alrededor del 80% de las zonas prioritarias para la biodiversidad en la actualidad seguirán siendo esenciales en el 2050. “Algunas regiones templadas y partes del Ártico tendrán mayor prioridad para la conservación de la biodiversidad en 2050, mientras que grandes zonas de alta mar entre los trópicos y zonas del hemisferio sur perderían prioridad”, se lee en el estudio. 

Cordillera Volcánica del Coco se extiende desde la Fosa Mesoamericana frente a Costa Rica hasta el archipiélago de Galápagos en Ecuador. (Foto: Enric Sala / National Geographic Pristine Seas / www.NatGeo.org/PristineSeas).

(Créditos: Enric Sala / National Geographic Pristine Seas / www.NatGeo.org/PristineSeas)

Cordillera submarina

Para identificar las áreas prioritarias, los investigadores analizaron las aguas oceánicas sin protección en función de datos biológicos, carbono y el grado de amenaza que suponen las actividades humanas -como sobrepesca y destrucción de hábitat- que pueden mitigarse con la creación de AMP. 

Gracias al algoritmo utilizado en el proceso de modelado, se pudieron calcular los beneficios de esas áreas en relación con tres objetivos: protección de la biodiversidad, producción pesquera y mitigación del cambio climático.

De esta forma, los autores observaron que para alcanzar los mayores beneficios se deben establecer AMP en alta mar, pero principalmente en las Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) de los países.

“Hay muchísima más biodiversidad en las zonas costeras que en las aguas pelágicas, esto debido a los nutrientes y la conexión entre ecosistemas terrestres y marinos, también son aguas más cálidas y someras, además hay estructuras para la formación de corales. Hay excepciones, claro, como los montes submarinos, fuentes hidrotermales y las praderas de pastos que existen en alta mar”, explicó Juan Mayorga, coautor del estudio e investigador de la Universidad de California en Santa Bárbara. 

“Hay mucha más biodiversidad en las ZEE, pero no solo es eso. Esas áreas son también donde nosotros -como humanos- estamos impactando más. Por eso es que allí son más necesarias las AMP. Nuestro análisis no solo prioriza áreas en cuanto a biodiversidad y carbono sino también tiene en cuenta las amenazas”, continuó.

Según Mayorga, el análisis evidenció dos áreas prioritarias en la ZEE de Costa Rica: la península de Osa y los montes submarinos cercanos a Isla del Coco. Esto no es casualidad: sumergida en las aguas del océano Pacífico yace una cadena de montes y volcanes submarinos que se extiende a lo largo de 1.200 kilómetros (km). Una parte de esta cordillera, unos 780 km, se encuentra en aguas costarricenses.

La Cordillera Volcánica del Coco se extiende desde la Fosa Mesoamericana, en el punto entre Punta Burica y Quepos, hasta el archipiélago de Galápagos en Ecuador. Isla del Coco es su único punto emergido y se ubica justo en la parte central. 

Debido a la distancia del continente, estos montes submarinos tienen un alto grado de endemismo, es decir, poseen especies que son únicas en el mundo. Dada la dinámica de corrientes y la interacción de las mismas con los montes, estos son altamente productivos, mostrando así una gran riqueza de organismos. Además, estos son cruciales para la diseminación y mantenimiento de la biodiversidad de los océanos.

Parte de esa cordillera está bajo protección gracias al Parque Nacional Isla del Coco (desde 1978) y el Área Marina de Manejo Montes Submarinos (desde 2011), pero otros puntos de la cordillera no corren la misma suerte. 

“Lo importante de este estudio es que deja ver la relevancia que tiene cada país para contribuir a la conservación de los océanos, ya que no es un problema que podamos solucionar entre tres, cinco o diez países, es realmente algo con lo que todos tenemos que contribuir”, comentó Mayorga.

 

Vida marina en el archipiélago Juan Fernandez en Chile. (Foto: Enric Sala / National Geographic Pristine Seas / www.NatGeo.org/PristineSeas).

(Créditos: Enric Sala / National Geographic Pristine Seas / www.NatGeo.org/PristineSeas)

Nacional con mirada global

El estudio identifica grandes regiones por países, pero no proporciona un mapa único para la conservación. Simplemente ofrece un marco para que los países decidan qué áreas proteger en función de sus prioridades nacionales. 

En este sentido, el modelo se puede trabajar a una escala nacional. “Se puede jugar con los pesos y tener soluciones diferentes según sean las necesidades”, destacó Mayorga.

Por ejemplo, si se valora por igual la biodiversidad marina y la pesca, y se estableciera una AMP en función de estas dos prioridades, entonces la mejor estrategia de conservación sería proteger el 45% del océano, aportando el 71% de los posibles beneficios de la biodiversidad, el 92% de los beneficios del suministro de alimentos y el 29% de los beneficios del carbono. 

Si, por el contrario, no se asignara ningún valor a la biodiversidad, la protección del 29% del océano garantizaría 8,3 millones de toneladas de alimentos marinos adicionales y el 27% de los beneficios del carbono. También se obtendría el 35% de los beneficios de la biodiversidad.

Si bien las medidas de protección se establecen a nivel nacional, la priorización a escala mundial ayuda a centrar la atención y los recursos en las áreas que producen los mayores beneficios posibles.

“Una expansión coordinada a nivel mundial de las AMP podría alcanzar el 90% del máximo beneficio posible para la biodiversidad con menos de la mitad de superficie que una estrategia de protección basada únicamente en las prioridades nacionales”, señalaron los autores.

El análisis sólo abarcó tres servicios ecosistémicos. Sin embargo, la metodología permite incluir más capas de información para así agregar tanto servicios como impactos.

“Este análisis lo que crea es un marco donde se puede incorporar cualquier servicio ecosistémico en que se esté interesado. Nosotros usamos biodiversidad, carbono y pesca en este primer análisis, pero en el siguiente paso estamos creando un nuevo módulo para modelar el efecto de las AMP en el turismo y también estamos modelando los beneficios de las AMP en cuanto a protección costera frente a tsunamis, marejadas y tormentas. Asimismo se puede modelar diferentes herramientas, no sólo AMP sino también otro tipo de acciones”, explicó Mayorga.

La meta 30 x 30

Los autores del estudio abogan por proteger al menos el 30% del océano al año 2030. Por ello esperan que este estudio sirva de insumo a los representantes de 190 países en la próxima Conferencia de las Partes (COP15) del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica, que se reunirá en octubre en Kunming (China).

“Hace tres años, cuando empezamos con esta investigación, sabíamos que se venía la conferencia y no queríamos que se llegara a ese punto en que los países se comprometieran a proteger muy poco o se comprometieran a proteger sin tener realmente una herramienta que les dijera en qué lugares, porque no cualquier 30% sirve y eso es lo que nos dice este estudio. El dónde queda ese 30% es muy importante”, subrayó Mayorga.