El concepto de adaptación, según el  Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), abraza todas aquellas acciones que ayudan a reducir la vulnerabilidad al cambio climático al incrementar la habilidad de los países y las comunidades de absorber los impactos y permanecer resilientes.

En la actualidad, los costos anuales de adaptación ascienden a los $70.000 millones en los países en desarrollo. Sin embargo, se espera que esta cifra alcance $140.000-300.000 millones en 2030 y $280.000-500.000 millones en 2050.

En este sentido, las Soluciones Basadas en Naturaleza (SBN) “pueden ser opciones de bajo costo y potencialmente eficaces para reducir los riesgos del cambio climático y, al mismo tiempo, pueden brindar otros importantes beneficios a la economía, medio ambiente, medios de subsistencia y aportar otras ventajas a una gran variedad de partes interesadas, en particular a las mujeres y a los grupos pobres y marginados”.

Este es uno de los mensajes principales del informe sobre la Brecha de Adaptación 2020 del PNUMA, dado a conocer la semana pasada.

El concepto de SBN consiste en apoyarse en los ecosistemas y los servicios que estos proveen para así responder a los desafíos que plantea el cambio climático como seguridad alimentaria y riesgo de desastres, entre otros.

Los arrecifes de coral, las praderas submarinas, los manglares y los humedales costeros, por ejemplo, ayudan a disminuir la fuerza del oleaje derivado de las tormentas y, de esta manera, el impacto en la costa es menos catastrófico. Lo mismo pasa en las ciudades: las inundaciones urbanas y las olas de calor pueden mitigarse gracias a los espacios verdes. 

Si bien las SBN han demostrado ser costo-efectivas en el largo plazo y el respaldo monetario a estas se ha incrementado en los últimos años, lo cierto es que el financiamiento sigue siendo bajo.

En el marco del informe de PNUMA, los autores analizaron las inversiones de cuatro fondos dedicados a desarrollo y cambio climático: el Fondo para el Medio Ambiente Mundial, el Fondo Verde para el Clima, el Fondo de Adaptación y la Iniciativa Internacional sobre el Clima.

El análisis demostró que la inversión acumulada para proyectos de mitigación y adaptación al cambio climático de estos cuatro fondos fue de $94.000 millones. Sin embargo, solo $12.000 millones se gastaron en SBN. “Es una fracción muy pequeña del total de la financiación para la adaptación y la conservación”, destacaron.

Lo siguiente que observaron es que las inversiones en SBN no suelen ser tan atractivas para el sector privado. “Aunque han surgido varios mecanismos innovadores de financiación  (por ejemplo, los pagos por los servicios de ecosistemas, los instrumentos de deudas, los productos de seguros y los pagos basados en el rendimiento), las SBN continúan dependiendo en gran medida de las fuentes tradicionales gubernamentales y filantrópicas”, señalaron los autores.

En este sentido, el informe advierte sobre la necesidad urgente de crear condiciones e incentivos para estimular y facilitar mejores flujos de financiamiento e inversión.

Los árboles en los cafetales no solo brindan sombra a los cafetos sino que también aportan nutrientes al suelo y lo protegen, lo cual evita la escorrentía. (Foto: Miriet Ábrego).

(Créditos: Miriet Ábrego)

Una tarea pendiente

Las iniciativas de SBN para la gestión de riesgo vinieron a incrementarse a partir del año 2000. Actualmente, y según PNUMA, se cuenta con alrededor de 70 proyecto al año, la mayoría de ellos enfocados en zonas rurales de países en desarrollo con el objetivo de afrontar inundaciones y erosión en zonas costeras, sequías, incendios forestales y olas de calor en ciudades periféricas y urbanas.

“Los datos existentes sugieren que la aplicación exitosa de las SBN puede producir una gran variedad de beneficios relacionados con la gobernanza, la sociedad, el medio ambiente y la economía, además de reducir los peligros climáticos, principalmente para los pueblos indígenas, las comunidades locales y las mujeres. Para poder proporcionar estos servicios (en particular, los servicios de los ecosistemas), las SBN necesitan contar con una gobernanza inclusiva y con instituciones que gestionen los bienes públicos, a menudo relacionados con la garantía de la tenencia de la tierra y los derechos de acceso, así como con inversiones suficientemente a largo plazo y estabilidad de planificación”, se lee en el informe.

Sin embargo, aún se requiere que estas SBN se apliquen a gran escala para así tener un mayor impacto. De hecho, los autores recomiendan incluir enfoques a escala de ecosistema para que estos “puedan proporcionar de manera eficaz sus servicios culturales y de abastecimiento, restauración y apoyo”.

Asimismo, las iniciativas de SBN centradas en adaptación a cambio climático deben “cruzarse con estrategias y planes de acción nacionales en materia de diversidad biológica” como los presentados por los países ante el Convenio sobre la Diversidad Biológica de Naciones Unidas.

“En muchos casos, esto requiere una planificación y coordinación que sobrepasan las fronteras nacionales o jurisdiccionales, creándose de esta forma tanto un desafío como una oportunidad para realizar negociaciones transfronterizas y crear marcos de políticas ambientales”, se destaca en el informe.

Si bien más de la mitad de los países reconocen que la protección de la naturaleza es importante para la adaptación al cambio climático e incluso han sumado algunos elementos de SBN en sus Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC, por sus siglas en inglés), la mayoría terminan siendo metas generales y menos de un tercio de los países incluyeron compromisos que fueran realmente medibles.

“La mayoría analiza la vulnerabilidad de los ecosistemas y la biodiversidad ante el cambio climático: algunas destacan las SBN para reducir los riesgos climáticos, pero muy pocos proporcionan planes concretos de aplicación de estos enfoques con miras a dar respuesta a los peligros climáticos específicos, que suelen estar relacionados con el control de las inundaciones y la disminución del calentamiento urbano”, se subraya en el informe.

La sombra de los árboles también ayuda a mitigar el calor durante la faena de recolecta del café. (Foto: Miriet Ábrego).

(Créditos: Miriet Ábrego)