Ivet González (Agencia IPS Noticias)

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En el este de Cuba las sequías constituyen un desastre natural sufrido desde tiempos inmemoriales, pero las regiones del oeste y el centro de la isla solían vivir casi ajenas a esta anomalía climatológica… hasta la última que padeció el país entre 2014 y 2017.

“Por primera vez se ve a la sequía como una amenaza importante, debido a la cantidad de recursos y afectaciones económicas que causó”, dijo a la agencia de noticias IPS el agrónomo Loexys Rodríguez, quien en la ciudad oriental de Guantánamo investiga y promueve la resiliencia en el sector productivo ante este fenómeno natural.

Cuba enfrentó en los pasados cuatro años la sequía con efectos más extensos de los últimos 115 años, ya que llegó a afectar 80% del país.

Los racionamientos prolongados en el sector residencial, con la suspensión del suministro de agua de hasta un mes, causaron graves desajustes sociales, mientras que las pérdidas económicas ascendieron a $1.500 millones, según datos oficiales.

Con diferencia por períodos, todas las regiones, en especial la zona central, fueron asoladas por el llamado internacionalmente “desastre silencioso”, porque avanza lento y de forma desapercibida en su paso devastador.

América Latina ha sufrido las peores sequías de su historia en el presente siglo y las pérdidas de ingresos por esa causa representaron cuatro veces más que las provocadas por inundaciones, alerta el Banco Mundial, que hasta insta a pensar en una nueva economía en tiempos de escasez y variabilidad del agua en el planeta.

Brasil, Chile, Guatemala, Honduras y Perú se cuentan entre las naciones de la región que han registrado los períodos secos más severos en lo que va de centuria, los cuales se consideran parte de los efectos del cambio climático.

Ese fenómeno, en términos generales, plantea el organismo financiero multilateral,  impacta con mayor fuerza a las islas caribeñas como Cuba.

“Se ha demostrado que esas sequías son recurrentes, que prácticamente estamos viviendo con ellas”, alertó Rodríguez. Sin embargo, “no todos los elementos de resiliencia están teniendo hoy el mismo nivel de prioridad ni de alcance nacional”, lamentó el especialista.

Por ser el fenómeno más frecuente y temido en el Caribe, en especial en la zona insular, los huracanes acaparan toda la atención de los sistemas nacionales de enfrentamiento a desastres. Justo asociado a los ciclones, comenzó a emplearse desde hace poco el concepto de resiliencia en el sistema cubano contra desastres.

Este término en el ámbito ambiental se refiere a la capacidad de una comunidad, actividad económica o ecosistema, entre otros, de absorber perturbaciones, como embates de eventos meteorológicos, sin alterar significativamente sus características de estructura y funcionalidad, de modo que se facilite el regreso posterior a su estado original.

“En la zona oriental, precisamente por el impacto histórico de la sequía, hemos sido pioneros en desarrollar tecnologías y herramientas para adaptarnos a esas condiciones”, aseguró Rodríguez sobre las cinco provincias orientales: Las Tunas, Holguín, Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo.

Rodríguez conversó con la agencia de noticias IPS luego de presentar una herramienta metodológica que permite a los productores y decisores de la agricultura poder determinar de manera sencilla cuán resiliente es una finca a la sequía. Esta presentación se dio en el marco del X Congreso Internacional sobre Desastres, celebrado en La Habana del 2 al 6 de julio.

La herramienta es un resultado del programa Prácticas agropecuarias sostenibles y adaptadas al cambio climático en la provincia del Guantánamo, Cuba, que fue implementado en 2016 por entidades locales con el apoyo de la organización humanitaria internacional Oxfam y la cooperación belga.

Además de una guía de autoevaluación, el instrumento recogido en el libro Resiliencia a la sequía sobre bases agroecológicas incluye una encuesta de percepción del fenómeno, posibles soluciones y una red de capacidades y servicios agroecológicos locales a los que puede acudir el productor para fortalecerse ante este evento.

El estudio, cuya parte de campo abarcó los municipios guatanameros de Niceto Pérez y Manuel Tames, establece diez funciones que deben lograr las fincas para ser resistentes; propone 64 prácticas agroecológicas para el manejo y diseño de fincas; y caracterizó más de 50 entidades con innovaciones, servicios o fondos a usar.

La geóloga Yusmira Savón, quien también participó en el proyecto, calificó a la  herramienta “de muy flexible para alcanzar la resiliencia a la sequía de forma colectiva, con un nivel organizativo grande, bases agroecológicas y el aprovechamiento de las capacidades locales”.

“Cada vez se alargan más los procesos de sequía y los períodos lluvioso y seco se están distorsionando en los tiempos”, remarcó la experta a IPS. “Sería muy interesante que el país trabajara con más ahínco el concepto de resiliencia, que permite eliminar las fallas de forma proactiva, es decir, antes de que sucedan los desastres”, remarcó.

Autoridades e instituciones científicas cubanas instan a realizar más investigaciones y proyectos de prevención y adaptación a la sequía.

“Vivir en una zona semiárida limita mucho el desarrollo, pero da una potencialidad a Guantánamo que otras provincias no tienen”, dijo a IPS por teléfono Ángel Almarales, director del estatal Centro de Aplicaciones Tecnológicas para el Desarrollo Sostenible (Catedes), con sede en la capital provincial, a 929 kilómetros al este de La Habana.

Esta provincia de 6.167 kilómetros cuadrados acoge una geografía contrastante: en su parte norte reina un clima tropical lluvioso, al punto que el municipio de Baracoa es donde más llueve en Cuba; en el centro domina el tropical de sabana; y en la franja costera sur se ubica el único gran territorio semiárido de esta isla caribeña.

Catedes se destaca por ser una institución científica enfocada en buscar soluciones de desarrollo para el área semidesértica, de ahí que atesore un saber hacer que ahora resulta necesario para otras regiones cubanas.

Su receta, perfeccionada durante más de 10 años, incluye el uso de energías renovables en la lucha contra la desertificación y la sequía.

“Nuestro gran problema (como provincia) es que aún no sabemos gestionar el agua”, observó Almarales sobre la meta clave a vencer en el departamento de 511.093 habitantes en busca de la resiliencia a la sequía y elevar la calidad de vida.

Caimanera, un municipio conocido por colindar con la Base Naval de Guantánamo que Estados Unidos mantiene en su bahía, pertenece a esa zona semiárida, donde las actividades económicas casi se reducen a la producción de sal, la pesca y los servicios públicos.

“La salina sigue siendo la principal fuente de empleo”, indicó Pedro Pupo, director municipal de trabajo y seguridad social, en una visita realizada en junio por medios de prensa internacionales a Caimanera, donde se ubica la mayor industria de sal, que abastece poco más de 60% del consumo nacional.

Pupo citó como ejemplo que la localidad municipal de Hatibonico, “que es la zona más desértica, se dedica al carbón (vegetal) como fuente fundamental en la agricultura por las condiciones climáticas”. También se crearon algunas oportunidades en la producción local de materiales de la construcción, añadió en diálogo con IPS.

No obstante, con el programa de agricultura urbana que promueve la siembra de terrenos urbanos y periurbanos con técnicas agroecológicas, y una producción adaptada a la aridez del clima y salinidad de los suelos, el gobierno local asegura que Caimanera produce 70% de los alimentos que consume.

Con una estación lluviosa que suele abarcar de mayo a noviembre, Cuba ejecuta desde 2012 la Política Nacional del Agua, un programa que depende de las precipitaciones y que se usa en 60% para la agricultura: 20% es de consumo humano, 5% es de uso industrial y el resto se utiliza en otras actividades económicas.