Los abundantes datos sobre el estado mundial de nuestros amigos emplumados presentan muchas malas noticias, pero también algunos puntos positivos. Los investigadores saben mejor que nunca cómo ayudar a las aves amenazadas, y hay éxitos notables en su conservación.

Por Emily Sohn / Traducido al español por Debbie Ponchner

En todas partes hay aves. Los pingüinos viven en la Antártida, las perdices en el Círculo Polar Ártico. Los buitres de Rüppell vuelan más alto que el Everest. Los pingüinos emperador se sumergen a más de 1.800 pies de profundidad. Hay pájaros en las montañas, en las ciudades, en los desiertos, en los océanos, en los campos de cultivo y en los aparcamientos.

Dada su ubicuidad —y el placer que para muchos supone verlas y catalogarlas—, las aves ofrecen algo que las diferencia de otras criaturas: abundancia de datos. Las aves están activas todo el año, tienen muchas formas y colores, y son relativamente fáciles de identificar y atractivas de observar. Cada año, en todo el mundo, los observadores aficionados de aves registran millones de avistamientos en bases de datos que están disponibles para su análisis.

Todo ese seguimiento ha revelado algunas tendencias aleccionadoras. En los últimos 50 años, Norteamérica ha perdido un tercio de sus aves, según sugieren los estudios, y la mayoría de las especies de aves están en declive. Dado que las aves son indicadores de la integridad del medio ambiente y de la situación de otras especies menos vigiladas, estos datos deberían ser una llamada a la acción, afirma Peter Marra, biólogo conservacionista y decano del Earth Commons Institute de la Universidad de Georgetown. “Si nuestras aves están desapareciendo, es que nos estamos inhabilitando a nosotros mismos”, afirma. “Estamos destruyendo el medio ambiente del que dependemos”.

No todo son malas noticias para las aves: algunas especies están aumentando en número, según los datos, y docenas se han salvado de la extinción. Los expertos afirman que conocer tanto los descensos pronunciados como los casos de éxito podría ayudar a orientar los esfuerzos para proteger a las aves y otras especies.

Un pingüino emperador retoza en la nieve en Gould Bay, Antártida. El número de ejemplares de esta carismática especie está disminuyendo; figura como casi amenazada en la Lista Roja de la UICN.

(Créditos: CHRISTOPHER MICHEL / FLICKR)

Las malas noticias

En sus paseos diarios al amanecer por un sendero que serpentea junto a varios embalses cerca de su casa en el centro de Inglaterra, Alexander Lees suele ver una gran variedad de aves acuáticas comunes: gansos canadienses, ánades reales, una ocasional serreta grande, un tipo de pato buceador. De vez en cuando ve alguna rareza: un alcatraz atlántico, una gaviota tridáctila o un gaviotín negro. Lees, biólogo conservacionista de la Universidad Metropolitana de Manchester, en el Reino Unido, registra cada avistamiento en eBird, una lista de control en línea y creciente base de datos mundial de aves.

Lees se gana la vida estudiando aves, pero la inmensa mayoría de quienes siguen la pista de las cerca de 11.000 especies de aves del mundo, por su cuenta o como parte de eventos organizados, no lo hacen. Cientos de miles de ellos participan cada año en el Gran Recuento de Aves en el patio trasero, puesto en marcha por el Laboratorio de Ornitología de Cornell y la Sociedad Nacional Audubon en 1998: durante cuatro días de febrero, la gente cuenta sus avistamientos y los datos se introducen en eBird o en una aplicación de identificación para principiantes llamada Merlin.

El North American Breeding Bird Survey (estudio sobre las aves en reproducción en Norteamérica), organizado por el Servicio Geológico de EE.UU. y el Ministerio de Medio Ambiente de Canadá, ha reunido a miles de participantes para observar aves a lo largo de las carreteras cada mes de junio desde 1966. El Recuento Navideño de Aves de Audubon, que comenzó en 1900, anima a la gente a participar en un recuento de aves de un día de duración programado en un periodo de tres semanas durante las fiestas navideñas. Hay censos de aves costeras y de aves acuáticas, todos impulsados por ciencia ciudadana.

Según Marra, esta abundancia de registros longitudinales empezó a revelar signos de angustia ya en 1989, cuando los investigadores analizaron los datos del North American Breeding Bird Survey y concluyeron que se estaba produciendo un declive en la mayoría de las especies que se reproducen en los bosques del este de Estados Unidos y Canadá, y luego emigran a los trópicos.

Treinta años después, Marra y sus colegas volvieron a evaluar la situación utilizando múltiples conjuntos de datos de seguimiento de aves de Norteamérica junto con datos sobre migraciones nocturnas de aves procedentes de radares meteorológicos. Encontraron sorprendentes pérdidas. Desde 1970, informó el equipo en Science en 2019, el número de aves en América del Norte ha disminuido en casi 3.000 millones: una pérdida de abundancia del 29 %. El trabajo utilizó varios métodos para estimar los cambios en el tamaño de las poblaciones, dice Marra, y “todos nos dijeron lo mismo, que estábamos viendo cómo se producía el proceso de extinción”.

Más de la mitad de las 529 especies de aves evaluadas en el estudio han disminuido, según el equipo, y los descensos más pronunciados corresponden a las aves de pastizales, que han sufrido por la pérdida de hábitat y el uso de pesticidas. Las disminuciones son generalizadas entre muchas especies comunes y abundantes que desempeñan papeles importantes en las redes alimentarias, añade Marra.

Y no solo ocurre en Norteamérica. En la Unión Europea, un estudio de 2021 sobre 378 especies estimó que el número de aves disminuyó hasta un 19 % entre 1980 y 2017. Los datos son más escasos en otros continentes, pero los informes empiezan a ser preocupantes también en otros lugares. Al menos la mitad de las aves que dependen de los bosques sudafricanos han experimentado una reducción de sus áreas de distribución (con tendencias poblacionales aún por evaluar).

En las zonas agrícolas de Costa Rica, una evaluación de 112 poblaciones de aves reveló que son más las que disminuyen que las que aumentan o permanecen estables, según un estudio de 12 años sobre plantaciones de café y fragmentos de bosque publicado en 2019. Mientras tanto, en 55 sitios en el Amazonas, el 11 % de las aves insectívoras evaluadas han experimentado rangos decrecientes, algunas de ellas dramáticamente, durante más de 35 años de seguimiento. De las 79 especies sobre las que había datos suficientes para comparar las cifras históricas y recientes en los bosques primarios, ocho han disminuido al menos un 50%.

Y en la India, gracias a los datos de ciencia ciudadana de eBird, un informe de 2020 estimó la disminución en el 80 % del número de ejemplares de las 146 especies examinadas, casi la mitad con descensos superiores al 50 %. Según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, una completa fuente de información sobre el riesgo de extinción de las especies de plantas, animales y hongos del mundo, el 13 % de las aves del planeta están amenazadas de extinción.

Recientemente, Lees y sus colegas reunieron todos los datos que pudieron encontrar sobre el estado de las aves del mundo, publicándolos en el Annual Review of Environment and Resources de 2022. Fue un intento de, por primera vez, sintetizar la investigación de todo el mundo para crear una imagen completa de los cambios globales en la abundancia de aves. “Observando todos los taxones, hay grandes señales de declive en todas partes”, afirma Lees. “Hay algunas especies que aumentan, pero son más las que disminuyen que las que aumentan. En nuestros intentos por detener la pérdida de biodiversidad mundial de aves, actualmente no estamos siendo exitosos”.

El número de aves está disminuyendo en una amplia gama de hábitats, como muestran estos gráficos de Europa y Norteamérica. Las aves que viven en pastizales, tierras de cultivo y zonas áridas se ven especialmente afectadas.

(Créditos: )

Señales de esperanza

Aunque revelan una caída en picada, los estudios sobre aves ofrecen algunas señales esperanzadoras. Según el estudio de Science de 2019, las especies de humedales de Norteamérica han aumentado un 13 % desde 1970, encabezadas por un incremento del 56 % en el número de aves acuáticas. El artículo da crédito a los miles de millones de dólares destinados a la protección y restauración de los humedales, a menudo por el bien de la caza. En la India, el 14 % de las especies de aves evaluadas han aumentado en abundancia. Según los científicos, estos éxitos demuestran que es posible revertir el declive de las poblaciones.

Hay muchos ejemplos de aves que han sido salvadas de la extinción por personas, añade Philip McGowan, científico conservacionista de la Universidad de Newcastle, en el Reino Unido. Para evaluar el impacto de las medidas de conservación, McGowan y sus colegas elaboraron una lista de especies de aves y mamíferos que figuraban como amenazadas o extinguidas en la Lista Roja de la UICN desde 1993.

Para cada especie, recopilaron toda la información que pudieron sobre tendencias poblacionales, presiones que la llevaban a la extinción y decisiones o acciones clave adoptadas para protegerla. A lo largo de reuniones en Zoom de todo un día de duración, pequeños grupos de investigadores analizaron los detalles antes de asignar a cada especie una puntuación que indicaba su grado de confianza en que las acciones de conservación habían influido en el estado de la especie.

En el caso de algunas aves, los investigadores pudieron vincular definitivamente los esfuerzos de conservación con la supervivencia de la especie. El guacamayo de Spix, por ejemplo, ha seguido existiendo solo porque se ha mantenido en cautividad. Y el cóndor de California se benefició claramente de la prohibición de la munición de plomo, así como de programas de cría en cautividad y reintroducciones, entre otras medidas.

Pero en el caso de otras especies, la certeza era menor. El paujil piquirrojo del este de Brasil, por ejemplo, está amenazado por la fragmentación de su hábitat y la caza. Las zonas protegidas destinadas a salvaguardarlo no siempre son respetadas, por lo que es probable, aunque menos claro, que la conservación haya ayudado a la especie.

En total, según informaron los investigadores en 2020, hasta 48 especies de aves y mamíferos se salvaron de la extinción entre 1993 y 2020 (McGowan afirma que es probable que se trate de una subestimación). El número de extinciones, según los cálculos, habría sido tres o cuatro veces mayor o más sin la intervención humana.

Según McGowan, estos hallazgos deberían ofrecer esperanza y motivación para ayudar a más especies. “Si nos fijamos en lo que ha funcionado, sabemos que podemos evitar las extinciones”, afirma. “Solo tenemos que ampliarlo”.

Este cóndor de California nació en 2004 como parte de un programa de cría y fue liberado en Arizona en 2006. En la década de 1980, solo quedaban 27 ejemplares. Gracias a un programa de recuperación, el número de ejemplares ha aumentado a más de 500 y varios centenares viven de nuevo en libertad.

(Créditos: GLENN SIMMONS / FLICKR)

Seguir avanzando

En 2020, el año después de que Marra y sus colegas informaran de la pérdida de casi un tercio de las aves norteamericanas, se asociaron con varios grupos conservacionistas para poner en marcha la Iniciativa Camino a la Recuperación. El proyecto ha identificado 104 especies de aves en Estados Unidos y Canadá que necesitan ayuda inmediata y, de ellas, 30 que son altamente vulnerables a la extinción debido a tamaños de población extremadamente pequeños o a descensos precipitados.

Para cada especie, dice Marra, será importante saber a qué se debe la disminución de sus poblaciones. En la actualidad, afirma, “no abordamos la conservación desde la perspectiva de la especie. Y a la gente le pone nerviosa hacerlo… lo consideran demasiado difícil. Pero yo creo que podemos resolverlo, como hemos hecho con todas las especies que casi desaparecieron a causa del DDT. Gracias a los nuevos conocimientos científicos y cuantitativos, podemos identificar las causas del declive y averiguar cómo eliminarlas”.

Hará falta voluntad política para asignar recursos y aplicar cambios a gran escala, como reducir el uso de productos químicos en las granjas, afirma Lees. Para salvar más aves, añade, lo ideal sería dedicar a los bosques y las zonas agrícolas tanta energía como los gobiernos han destinado a los humedales, así como aplicar medidas de conservación mucho antes de que una especie esté a punto de desaparecer. “Lo que no estamos consiguiendo”, dice, “es impedir que muchas especies se vuelvan poco comunes”.

Las políticas deben reconocer los intereses de las comunidades locales, añade McGowan. Este es uno de los puntos clave de un nuevo acuerdo internacional que se forjó a finales de 2022, cuando representantes de 188 gobiernos se reunieron en Montreal en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad (COP15) y adoptaron una serie de medidas para detener la pérdida de biodiversidad, restaurar los ecosistemas y proteger los derechos de los indígenas.

Según McGowan, implicar a la población local puede beneficiar a la biodiversidad y, al mismo tiempo, respetar a las comunidades. En Sudamérica, por ejemplo, el loro orejiamarillo estuvo a punto de extinguirse, en parte porque la gente diezmó los palmerales, que son hábitats privilegiados de anidación de estas aves, para utilizar las frondas en las procesiones del Domingo de Ramos. Entre las medidas de conservación que han tenido éxito figura una campaña de divulgación comunitaria que animó a la gente a dejar de talar las palmas de cera y de cazar loros. En 2003, el jefe de la Iglesia católica colombiana puso fin a una tradición de 200 años de antigüedad del Domingo de Ramos con palmas de cera, y desde entonces el número de loros ha aumentado. “Trabajar con la población local permitió reducir la amenaza”, afirma McGowan. En su opinión, la conservación debe centrarse en las especies que necesitan medidas más urgentes, sin privar de sus derechos a la población local.

Mejores estimaciones de población ayudarían a orientar los esfuerzos de conservación, señala Corey Callaghan, ecólogo global de la Universidad de Florida en Davie. En la actualidad, los amplios márgenes de error son un problema, en parte porque estimar la abundancia es difícil y los datos de muestreo están llenos de sesgos. Las aves grandes están sobrerrepresentadas en algunos tipos de datos de ciencia ciudadana, según descubrió Callaghan en un estudio de 2021. Y como los colaboradores del North American Breeding Bird Survey se sitúan a los lados de las carreteras durante el día, dice Marra, se pierden las aves nocturnas, las de los pantanos y las que viven en paisajes vírgenes.

Entender y tener en cuenta estos sesgos podría conducir a mejores estimaciones, dice Callaghan. En un ejemplo de lo alejados que pueden estar los recuentos, las estimaciones totales de aves playeras llamadas agujetas asiáticas oscilaban entre 14.000 y 23.000 —hasta que un estudio realizado en 2019 contabilizó más de 22.000 de estas aves en un único humedal del este de China—. Los investigadores no pueden evaluar los cambios si no tienen estimaciones de referencia precisas, dice Callaghan. Para ello, aboga por un intercambio más abierto de bases de datos y una mayor integración de las observaciones recogidas por investigadores y científicos ciudadanos. “Si queremos preservar lo que tenemos a nuestro alrededor”, dice, “tenemos que entender cuánto hay y cuánto estamos perdiendo”.

A medida que surgen más datos, los investigadores instan al optimismo. “Es muy importante no adoptar una postura catastrofista”, afirma Lees. La conservación ha salvado de la extinción a especies muy raras y ha revertido el declive de especies antes comunes.

“La conservación funciona”, concluye.

Este artículo apareció originalmente en Knowable en español, una publicación sin ánimo de lucro dedicada a poner el conocimiento científico al alcance de todos. Suscríbase al boletín de Knowable en español

En medio de las malas noticias para las aves, algunas historias de éxito

A pesar de los signos generalizados de problemas, algunas aves están muy bien.

Por ejemplo, el albatros de ceja negra, un ave marina que habita en los océanos australes y que abarca Chile, la Antártida y Australia. A los albatros les gusta estar cerca de los barcos pesqueros y a menudo mueren enredados en anzuelos. Pero medidas sencillas —como cubrir los anzuelos o poner cuerdas de colores en los sedales para ahuyentar a las aves— han reducido drásticamente el enganche accidental de estas aves en algunos lugares, incluso en más de un 90 % en Sudáfrica. En la actualidad, solo en las islas Malvinas se reproducen medio millón de parejas de albatros de ceja negra, según BirdLife International. En todo el mundo hay 1,4 millones de adultos maduros, y su número va en aumento.

El petrel de Cook, residente en Nueva Zelanda, es otra ave marina que se ha beneficiado de las medidas de conservación: en este caso, la erradicación de ratas, gatos y otros depredadores invasores de las pequeñas islas de cría del ave. Sigue estando clasificada como vulnerable porque su área de distribución es pequeña, pero el éxito de los polluelos de aves ha aumentado del 5 % al 70 %, y la población se está recuperando.

En la India, las actividades de divulgación comunitaria pusieron fin a la caza insostenible de más de 100.000 cernícalo del Amur al año, estabilizando lo que se considera una población en rápido declive. Y el número de reinitas de Kirtland aumentó de 200 a 2.300 parejas reproductoras después de que se promulgaran protecciones tanto en sus zonas de cría en Michigan. como en sus zonas de invernada en las Bahamas. En 2019, las aves fueron retiradas de la lista de especies en peligro de extinción del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos.

Estas y otras historias de recuperación y crecimiento demuestran que las medidas que tomamos pueden marcar la diferencia entre una especie en apuros y una próspera, afirma Alexander Lees, biólogo conservacionista de la Universidad Metropolitana de Manchester, Reino Unido. “Hay muchísimos ejemplos emocionantes de éxito”.

Ojo al Clima