La coalición conservadora que gobierna Australia logró un “milagro” este sábado y se impuso contra todo pronóstico en las elecciones legislativas, manteniendo así el poder.

“¡Siempre creí en los milagros!”, dijo el primer ministro Scott Morrisson ante sus simpatizantes en Sídney, saludando a los “australianos silenciosos” que volvieron a confiar en su proyecto.

El líder laborista australiano y gran favorito Bill Shorten reconoció su derrota electoral y anunció su renuncia. “Es obvio que los laboristas no podremos formar el próximo gobierno. Por el interés nacional, hace un momento llamé a Scott Morrison para felicitarlo”, dijo ante sus seguidores en Melbourne.

La televisión nacional ABC otorgó la victoria a la coalición del primer ministro del Partido Liberal, quien niega la ciencia del cambio climático, aunque no avanzó si gobernará con mayoría absoluta o en minoría.

El resultado contradijo a los sondeos, incluyendo los de a pie de urna, que daban la victoria a los laboristas. El cambio climático fue un factor determinante para las elecciones.

Los primeros resultados muestran un electorado fracturado, lo que se traducirá en que partidos menores populistas y de derecha se encuentren con un rol importante.

Alrededor de 17 millones de australianos estaban llamados a las urnas para estos comicios, que se anunciaban parejos. El conservador Partido Liberal de Morrison, había conseguido reducir la distancia con Shorten en los últimos sondeos, pero las diferencias en las cuestiones del clima entre ambos parecían decisivas a favor del segundo.

Depositando su voto en Melbourne, Shorten se había mostrado optimista después de que el sondeo final antes de las elecciones mostrara que había incrementado su ventaja.

“En caso de que el pueblo australiano vote a favor de frenar el caos y vote a favor de la lucha contra el cambio climático, estaremos listos para ponernos manos a la obra a partir de mañana”, había dicho.

“Soy un votante climático

Algunos votantes más madrugadores acudieron a depositar su voto a un club de surf playero de la periferia de Sídney, donde voluntarios con camisetas naranjas y la leyenda “Soy un votante climático” entregaban panfletos.

“Me preocupa el clima y el hecho de que Australia no esté haciendo lo suficiente”, dijo a la AFP Catherine Willis, una de las voluntarias.

Las inundaciones, las altas temperaturas y los numerosos incendios forestales registrados en el país en el último año colocaron el tema del cambio climático en el centro de la campaña.

En Sídney, el exprimer ministro Tony Abbot, que  había en el pasado calificado de “absoluta estupidez” al cambio climático, perdió la banca que ocupada desde hace un cuarto de siglo.

El Partido Laborista prometió objetivos ambiciosos para las energía renovables, mientras que los liberales aseguraron que no arriesgarían el buen estado de la economía alimentada por el carbón para que el aire sea más limpio.

Una campaña agresiva.

La campaña fue una batalla a menudo vergonzosa, en la que Morrison –que se beneficia del apoyo mediático del magnate de medios de comunicación Rupert Murdoch– armó un discurso negativo, advirtiendo que un gobierno laborista arruinaría una economía que ya está desacelerándose.

Hubo también mucha violencia, con candidatos agredidos y otros que tiraron la toalla debido a los ataques racistas y sexistas en las redes sociales.

Morrison tomó el poder en agosto tras un “golpe” en el Partido Liberal que marcó la salida del entonces líder Malcolm Turnbull, moderado y proclima, en la última de una serie de luchas fraticidas que convirtieron la política en Canberra en una mezcla de “Juego de Tronos” y “Los Juegos del Hambre”.

Gran parte del gabinete de Morrison renunció o se volvió invisible debido a su impopularidad.

Ahora, Morrison tendrá que lidiar con la desaceleración económica y determinar cuál será el lugar de Australia en el mundo.