Lima, Perú. En las altiplanicies andinas de Perú, Bolivia y Ecuador algo está ocurriendo. Las comunidades indígenas que por milenios han cultivado papas blancas, amarillas y moradas en las laderas de sus montañas ahora están teniendo cada vez más problemas para sacar una buena cosecha.

“Hasta hace 30 años la papa se podía cultivar de forma tradicional por los campesinos a 3.820 metros de altura. Ahora, es imposible cultivar en esas condiciones”, dice René Gómez, experto en papas nativas del Centro Internacional de la Papa (CIP), desde las instalaciones del centro en Lima.

Hace poco, bastaba con abrir camino con arados tradicionales y nutrir la tierra con guano, el excremento de murciélagos y ciertos pájaros. Pero con los cambios de temperatura y precipitaciones causados por la crisis climática, las condiciones están cambiando en los Andes.

“Las plagas tradicionales que estaban más abajo ahora llegaron allá arriba”, dice Gómez, quien es curador de papas nativas en el Banco de Germoplasma en el CIP, la “biblioteca” genética de las variedades de papa.

La historia que cuenta Gómez desde el CIP es la misma que se repite por todo el mundo: los productores de papa tienen que lidiar con mayores temperaturas en las zonas altas, cambios en patrones de lluvias, enfermedades y plagas, y peores rendimientos en sus cultivos.

El problema tiene implicaciones globales. La papa es el tercer cultivo más importante de mundo luego del trigo y el arroz, y es fundamental en la alimentación de 1.300 millones de personas. Sin embargo, las comunidades agrícolas que las cosechan, en particular las de pequeña escala, llevan décadas y siglos acostumbrados a ciertas condiciones. Estas ahora están cambiando.

En un escenario optimista, el rendimiento global de la papa podría bajar cerca de 2% hacia finales de siglo y podría bajar hasta 26% en uno pesimista donde no logramos contener la crisis climática, según un estudio publicado en 2018 por expertos de Estados Unidos, Perú y Holanda.

Ante esto, científicos y productores de todo el mundo –incluyendo en Costa Rica– están explorando opciones para proteger este cultivo mediante variedades resistententes a enfermedades, cambios en fechas de siembra, modelos climáticos y los genes que puedan tener especies nativas.

En Costa Rica

En Costa Rica y en otros países montañosos donde ahora se cultiva papa, un problema será que las zonas paperas “van a moverse” hacia regiones más altas.

Comparada con otros cultivos como el café, palma aceitera o caña de azúcar, la papa tiene una importancia relativamente menor en la producción agrícola nacional. El país tiene 3.747 hectáreas de papa, comparada con más de 84.000 de café y más de 60.000 hectáreas en palma aceitera y caña.

Sin embargo, en ciertas partes del país cobra una enorme importancia. Cuatro cantones tienen el 85% de las fincas de papa del país, según el VI Censo Nacional Agropecuario 2014. Oreamuno y Alvarado lideran la lista con 1.075 hectáreas y 972 hectáreas, mientras que Zarcero tiene 594 hectáreas y el cantón central de Cartago 553.

Ahí, este cultivo tiene una protagonismo enorme en la economía local: en Oreamuno y en Zarcero la papa representa la mitad de las tierras cultivadas, 49% y 50% respectivamente, mientras que en Alvarado es un 43%.

En esas zonas ya se sienten los cambios. Los paperos de las zonas altas de Cartago han visto un incremento en el tizón tardío (Phytophthora infestans), una de las enfermedades que más afecta la papa a nivel mundial, dice Arturo Brenes, experto en papa del Centro de Investigaciones Agronómicas (CIA) de la Universidad de Costa Rica.

Este parásito –el mismo que causó la gran hambruna de Irlanda en los 1840está beneficiándose con las lluvias más concentradas y los cambios de temperatura en el país. Si la humedad relativa lo favorece y hay temperaturas bajas de noche, explica Brenes, el tizón tardío puede dañar los cultivos.

Pero también hay impactos negativos si las temporadas sin lluvia se prolongan, como ocurrió entre finales de 2018 e inicios de 2019. La falta de agua complica el cultivo de papa y beneficia a plagas como la polilla, que afecta los campos.

“Ahora tuvimos una época seca donde los papales se quedaron a la mitad de la cosecha porque no cayó una gota de agua desde mediados de octubre”, dice Brenes, quien viene de una familia de paperos y todavía vive en Tierra Blanca de Cartago.

Los cambios a nivel estadístico parecen pequeños, dice el experto, pero son lo suficientemente fuertes en el campo como para menguar las cosechas. Además, son transformaciones “vertiginosas” y el cultivo no tiene la velocidad para hacerle frente.

Mientras Brenes habla del caso local tico, otros científicos están intentando modelar cómo se comportarían los cultivos de papa a nivel global en dos escenarios: uno donde se logra contener la temperatura cerca de 2°C y otro donde el calentamiento sigue su curso actual y llega hasta 4°C.

Hacia mediados del siglo –cerca del 2055– las proyecciones indican que solo habría una reducción de entre 2% y 6% a escala global. Si bien un escenario pesimista llevaría a reducciones de hasta 26% en 2085, si logramos contener el calentamiento a 2°C entonces solo habría una reducción del 2%.

Sin embargo, esos números globales esconden complejidades locales. El cambio global parece pequeño porque algunas áreas se harían más fértiles y otras menos. Así, se perdería una gran parte de la producción de Nigeria y mucha de la estadounidense y europea, pero habrían mejores rendimientos en India y China.

Esto puede ser más fácil de imaginar con un caso en Costa Rica. Aquí, los paperos cultivan tierras por encima de los 1.500 metros; en las laderas cartaginesas de los volcanes, las fincas de papa pueden llegar hasta los 3.200 metros. Pero en el futuro, podría ser que este rango se “mueva” y, por ejemplo, que las zonas óptimas sean de 1.600 a 3.300 metros.

“Donde hay zonas altas, la papa se iría expandiendo porque la temperatura va a ser óptima para el cultivo. Antes, la temperatura restringía que la papa no se pudiera cultivar ahí”, dice Rubí Raymundo, autora principal del estudio e investigadora de la Universidad Estatal de Kansas.

En el modelo, dice Raymundo, pareciera que las tierras disponibles para cultivar papa se mantienen. Pero eso ocurre porque las tierras de zonas altas compensan la pérdida en zonas bajas. ¿Qué pasa con los productores que tienen sus fincas cerca de los 1.500 metros? Probablemente pierdan muchas cosechas.

Los caminos adelante

¿Qué se puede hacer? Las estrategias para adaptarse van desde buscar plantas mejor adecuadas para las nuevas condiciones hasta abandonar este cultivo y cambiarlo por otro.

En la UCR, el Programa de Mejoramiento de Papa que lidera Brenes desde el CIA lleva más de una década investigando cómo producir mejores variedades de este cultivo. En particular, su equipo está enfocado en crear nuevos “tipos” que puedan hacerle frente al tizón tardío.

En 2018, este Programa estrenó un invernadero que tiene las condiciones ideales para sembrar, evaluar y seleccionar las mejores plantas híbridas de papa. Los tipos híbridos combinan las mejores cualidades de dos “progenitores” para crear una variedad más fuerte.

“Si usted tiene una variedad resistente al tizón tardío, usted puede jugar con el clima o con los agroquímicos y llegar a producir exitosamente. Pero con las variedades que tenemos actualmente, el agricultor sufre mucho”, dice Brenes.

La inversión de $45.000 en el invernadero permitirá al equipo de Brenes probar cuáles variedades lidian mejor con condiciones adversas.

Aparte del tizón tardío, una de las prioridades para los equipos de mejoramiento a nivel mundial es crear papas más tolerantes al calor, para que no solo se siembren en zonas altas, sino también en más calientes.

Desde el CIP, René Gómez tiene un acercamiento diferente: en vez de buscar mejorar con cruces e hibridación, él navega el Banco de Germoplasma del Centro. Ahí, busca genes interesantes en las llamadas “papas nativas”: variedades de papas menos comunes en las grandes plantaciones pero todavía usadas por las comunidades andinas.

En sus instalaciones de Lima, el CIP tiene una colección de miles de diferentes tipos de papas y está estudiando qué propiedades tiene cada una. De ahí podría salir genes propicios para las papas del futuro.

En Lima, el Centro Internacional de la Papa investiga las variedades silvestres del cultivo, en busca de genes que le sean útiles para hacerle frente al cambio climático.
Crédito: Diego Arguedas Ortiz

(Créditos: Crédito: Diego Arguedas Ortiz)

Pero algunas zonas del todo no podrán cultivar papa en el futuro. Según la modelación que lideró Raymundo, una parte importante de las tierras en África Subsahariana dejarán de ser aptas para la papa.

“Un escenario de cambio climático plantea también oportunidades: se puede identificar un sistema de cultivo que reemplace otros”, dice Raymundo.

Una opción es el camote, explica la especialista: es más resistente que la papa, tiene altas concentraciones de vitaminas y tolera bien las temperaturas altas. Estas condiciones lo hacen buen candidato para proteger la seguridad alimentaria de millones de familias.

Sin embargo, la comida no es solo nutrición. En las partes bajas de las zonas paperas de los Andes, donde el calentamiento está complicando el uso de técnicas tradicionales, algunos expertos sugieren que fincas pueden cambiarse por otros cultivos, como maíz o garbanzo.

“¿Pero qué es lo que consumen las comunidades de estas zonas? Papas y otros tubérculos andinos”, dice el experto de CIP.

Cuando la gastronomía se entrecruza con la cultura, las ecuaciones cambian.s del cultivo, en busca de genes que le sean útiles para hacerle frente al cambio climático.