• El 30% del comercio global de fertilizantes nitrogenados depende del Estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico. La actual crisis en Oriente Medio expone la fragilidad de los sistemas agrícolas “encadenados” al gas.

El Estrecho de Ormuz se encuentra entre las costas de Irán (al norte) y una sección del territorio de Omán y Emiratos Árabes Unidos (al sur). Es la única salida por mar para gran parte del crudo proveniente de Arabia Saudita, Irán, Iraq, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos.

El petróleo no es lo único que transita por este canal de navegación de 33 kilómetros de ancho. Por allí pasa el 30% del comercio global de nutrientes nitrogenados, utilizados en los procesos de fertilización de los cultivos, y el 20% del gas natural licuado (GNL) necesario para fabricarlos.

Debido al conflicto bélico entre Estados Unidos, Israel e Irán, el tráfico de embarcaciones por el estrecho se desplomó un 97% en las primeras semanas de marzo; esto ha creado un “cuello de botella” en el comercio de materias primas y, con ello, un impacto en la agricultura mundial con efecto dominó en la seguridad alimentaria de muchos países.

A diferencia del petróleo, que se puede almacenar, los mercados de fertilizantes carecen de existencias reguladoras que amortigüen perturbaciones prolongadas y, por tanto, dependen de la producción y el comercio continuos.

Un reciente informe de Zero Carbon Analytics (ZCA) muestra que las perturbaciones en el suministro de fertilizantes se traducen rápidamente en precios de alimentos más altos, ya que los productores agrícolas trasladan los mayores costos de insumos a los consumidores. 

Para Belén Citoler, directora del Foro Rural Mundial, lo que se está viendo no es solo una crisis de fertilizantes y materias primas, sino una prueba de resistencia para un sistema alimentario frágil que no está diseñado para ser resiliente.

“La buena noticia es que otro modelo es posible y existe en manos de los agricultores familiares que practican enfoques agroecológicos que reducen la necesidad de fertilizantes provenientes de combustibles fósiles y son voces líderes en la transición justa”, aseguró Citoler.

Ya en la segunda semana de marzo, los precios del aceite de palma, aceite de soja, soja, maíz y trigo se dispararon a medida que las interrupciones en el suministro de petróleo acrecentaron el interés en los biocombustibles de origen vegetal, mientras que el pánico ante la seguridad alimentaria en tiempos de guerra puede haber impulsado a algunos países a acumular reservas de productos básicos como el trigo.

La dieta del costarricense promedio depende casi en su totalidad de la producción de zonas como Zarcero, Cartago y la Zona Norte, según datos del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG). (Foto: Mark Thomas / Pixabay).

Fertilizantes: alta dependencia al GNL

En 2024, el 34% del comercio mundial de urea y el 23% del comercio mundial de amoníaco transitaron por el Estrecho de Ormuz desde cinco países exportadores de fertilizantes: Irán, Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Baréin, según la Asociación Internacional de Fertilizantes (IFA). Si se suman las exportaciones de los países vecinos Egipto, Omán y Jordania, el total del comercio mundial de urea originado en Oriente Medio asciende a casi el 50%.

Para producir amoníaco (la base de casi todos los fertilizantes nitrogenados), se extrae hidrógeno del GNL. Por esta razón, si el gas sube de precio o se bloquea su comercio, el fertilizante también sube. Alrededor del 95% de la producción mundial de amoníaco depende directamente de los combustibles fósiles; esto significa que el precio del alimento es, en realidad, un precio derivado del gas.

Los precios de la urea, el fertilizante más utilizado en el mundo, ya subieron un 20% en el norte de África y hasta un 40% en el sudeste asiático en solo 48 horas tras los ataques. Según ZCA, la crisis en el Estrecho de Ormuz podría ser más devastadora para la agricultura mundial que la invasión rusa a Ucrania.

Esta vulnerabilidad, sin embargo, tiene una raíz económica profunda. Raj Patel, economista y experto en alimentación sostenible de la Universidad de Texas, señaló que “esta vulnerabilidad es una elección, y una que todos pagamos. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima los subsidios mundiales a los combustibles fósiles en 7 billones de dólares. Los sistemas alimentarios consumen el 15% de esos combustibles fósiles. Y casi el 90% de los 540.000 millones de dólares en apoyo agrícola anual va destinado a la misma producción química intensiva que depende de ellos. No caímos en esta dependencia por accidente. La financiamos”.

El informe destaca que esta dependencia al GNL asfixia económicamente a los países que no producen su propio fertilizante, ya que deberán gastar sus reservas de dólares para importar un insumo cuyo precio está disparado por el conflicto internacional. A esto se suma que, a diferencia de países grandes que pueden subsidiar el costo para que no suba el precio del pan o el arroz (como lo hace India), los países más pequeños o con menos presupuesto ven cómo el costo se traslada íntegramente al consumidor, generando inflación alimentaria inmediata. Ese es el caso de América Latina, la región con mayor dependencia de fertilizantes importados.

ZCA apunta que esta dependencia es aún más grave si se considera el desperdicio. El informe estima que el 50% del nitrógeno que se aplica en los campos nunca llega a la planta; se evapora o se filtra al agua. Esto además genera daños por 600.000 millones de dólares anuales por concepto de contaminación del agua y emisiones de gases de efecto invernadero (como el óxido nitroso).

“El sistema actual es fundamentalmente ineficiente: más del 50% del nitrógeno aplicado a los cultivos se pierde en el medio ambiente, lo que representa un desperdicio masivo de recursos y un costo económico y ambiental”, señala el informe. “Reducir la dependencia de estos insumos fósiles no es solo una meta ambiental, sino una necesidad de seguridad nacional para proteger los sistemas alimentarios de la volatilidad extrema de los precios y los choques de suministro”, agrega.

Costa Rica consume aproximadamente 337 a 391 kg de nutrientes por hectárea de tierra cultivable. (Foto: Peggy und Marco Lachmann-Anke / Pixabay).

Volver la mirada a la agroecología

Para ZCA, la agroecología no es solo como una alternativa sostenible sino una estrategia fundamental de resiliencia económica y soberanía alimentaria frente a crisis globales. Se entiende por agroecología al conjunto de prácticas agrícolas que busca sistemas alimentarios sostenibles y justos. A diferencia de la agricultura convencional, que se basa en insumos químicos y monocultivos, la agroecología imita los procesos de la naturaleza para producir alimentos.

Miguel Romero Sánchez, líder de investigación en la Alianza Bioversity-CIAT, explicó que “los actuales riesgos en el suministro de fertilizantes evidencian la necesidad de transitar hacia sistemas agrícolas más resilientes. En este contexto, la agroecología no solo representa una alternativa ambientalmente favorable, sino también una inversión estratégica para reducir la vulnerabilidad frente a crisis externas”.

ZCA menciona tres técnicas agroecológicas que ayudan a sustituir los insumos importados: el uso de leguminosas y cultivos de cobertura (que capturan nitrógeno del aire para fijarlo en el suelo), el reciclaje de nutrientes locales y la agricultura de precisión. El informe señala que esto permite romper con la dependencia al gas.

Al respecto, Romero añadió que, en América Latina, donde aún existe una amplia brecha en eficiencia de uso de nutrientes, “estas estrategias permiten aumentar la productividad y hacer un aprovechamiento de residuos, permitiendo construir sistemas productivos más estables y sostenibles en el tiempo”.

De hecho, la transición a prácticas agroecológicas puede reducir el uso de fertilizantes sintéticos en un 21% a nivel global y las prácticas regenerativas pueden aumentar los rendimientos entre un 10% y un 30% en comparación con la agricultura convencional. Esto se logra mediante la restauración de la biología del suelo, lo que permite que las plantas sean más resistentes a plagas y sequías.

Organizaciones como el Movimiento de Agricultura Orgánica Costarricense (MAOCO) y la Red de Mujeres Rurales estiman que existen al menos otras 5.000 a 7.000 familias costarricenses que practican la agroecología para el autoconsumo y mercados locales (como las ferias del agricultor). (Foto: Steven Weeks / Unsplash).

Cuestión de seguridad

ZCA redefine la “seguridad nacional” no como la capacidad de defensa militar, sino como la capacidad de un país para alimentar a su población sin depender de “hilos invisibles” manejados por potencias extranjeras o mercados volátiles.

William Solano, especialista en recursos fitogenéticos del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE), coincidió en este enfoque: "La actual disrupción en el suministro global de fertilizantes pone en evidencia la alta vulnerabilidad de los sistemas agrícolas dependientes de insumos externos. La agroecología es una estrategia clave para fortalecer la resiliencia productiva y la seguridad alimentaria frente a crisis geopolíticas y económicas".

En este sentido, el informe es claro en decir que la agroecología es una herramienta de seguridad nacional porque, al utilizar la fijación biológica de nitrógeno (mediante leguminosas y rotación de cultivos), la agroecología permite que el agricultor produzca su propio “fertilizante” en el sitio. Esto desconecta la producción de alimentos de las crisis geopolíticas como la que tiene lugar en este momento en Medio Oriente o Ucrania.

Para Oliver Oliveros, coordinador de la Coalición de Agroecología, el conflicto en Irán pone de manifiesto la vulnerabilidad de un sistema excesivamente dependiente de los combustibles fósiles.

“Para acelerar la transición, necesitamos redirigir miles de millones en subsidios agrícolas que se destinan a sostener los sistemas agrícolas intensivos e invertir en enfoques que protejan a los agricultores y consumidores de la volatilidad futura de los precios de la energía y los choques climáticos”, señala Oliveros.

Desde una perspectiva de seguridad económica, importar fertilizantes sintéticos es un drenaje constante de dólares. La agroecología permite que ese capital se quede en la economía local. En lugar de enviar dinero a empresas transnacionales de agroquímicos, el valor se invierte en mano de obra local y regeneración de activos nacionales (el suelo).

Un sistema basado en la agroecología es inherentemente más diverso. Mientras que el modelo industrial colapsa si falta un solo insumo (como la urea), el sistema agroecológico es multivariado y resiliente. Si el precio de un insumo externo sube, el sistema tiene mecanismos internos de sustitución, garantizando que el flujo de alimentos a las ciudades no se detenga.

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