- En Costa de Pájaros, la organización Mariposas del Golfo demuestra cómo la cría de especies nativas y la pesca responsable son el primer aleteo de una transformación que protege los ecosistemas marinos y la autonomía femenina.
Por Jorge Rodríguez
A finales de año, el sol en el golfo de Nicoya suele empezar a disminuir su intensidad a partir de las 3 de la tarde. Por eso, como en toda región costeña, en Costa de Pájaros la actividad comunitaria comienza a cobrar vida a esa hora y la casa de Esther Ledezma no es la excepción. En ella atiende a viajeros de todas las nacionalidades con hospedaje y alimentación. “Con el tiempo hemos ido añadiendo más espacios”, dice mientras da un paseo por el lugar.
En el centro de su propiedad se erige la estrella del lugar: un mariposario creado para criar a la morfo azul (Morpho helenor narcissus), una mariposa con alas azules y negras, símbolo nacional de Costa Rica, y que inspira el nombre del proyecto de Ledezma: Mariposas del Golfo.
Iniciada hace 26 años, Mariposas del Golfo es una organización de base comunitaria que busca fortalecer la autonomía de las mujeres mediante la sostenibilidad económica y promover la conservación y la buena gestión de los recursos marino-costeros.

“No podemos hacer como hacían nuestros padres y abuelos, que pescaban desde un muro, sobre todo porque hay mucha pesca ilegal”, dijo Denia González, quien se ha dedicado a la pesca desde los 14 años y ahora trabaja junto a Ledezma para adquirir nuevas capacidades que le permitan acceder a oportunidades alternativas a la pesca.
Antes de 1974, los pescadores del golfo de Nicoya solían pescar con una línea y dos anzuelos, según recuerda Ezequiel Álvarez, pescador con más de 60 años de experiencia y esposo de Ledezma. Pero todo cambió cuando la pesca con trasmallo alcanzó sus costas. Los pescadores fueron felices durante un tiempo “porque entonces teníamos tiburón blanco, corvina agria, delfines, ballenas. No pensaron que pescar sin límite hace que hoy todo sea más difícil”, reflexionó Ledezma.
En Costa Rica, si bien existían algunas regulaciones que databan de mediados del siglo pasado, no fue sino hasta 2005 cuando se publicó la actual Ley de Pesca y Acuicultura, que institucionalizó, entre otras, las vedas de pesca, el seguro obligatorio para todas las embarcaciones y el registro de pescadores y su equipamiento.

Todo eso, sin embargo, no detuvo el aumento de la demanda ni su inevitable impacto en el recurso pesquero. Ante ello, Álvarez recuerda que en 2009, en Costa de Pájaros, un grupo de pescadores decidió crear un área de pesca responsable para evitar la desaparición de las especies marinas en la zona. El Estado costarricense, a través del Instituto Costarricense de Pesca y Acuicultura (Incopesca), tomó el testigo y, en agosto de ese año, decretó de interés público estas áreas, así como el reglamento para su creación.
Conocidas legalmente como Áreas Marinas de Pesca Responsable (AMPR), el país cuenta actualmente con más de 1.500 km2 de cobertura. En el golfo de Nicoya, además de la Costa de Pájaros, hay otras seis AMPR. Estas son más que zonas de regulación pesquera, ya que, en sí mismas, representan una solución basada en la naturaleza para así enfrentar la crisis climática actual.
Las AMPR no solo delimitan zonas de pesca, también resguardan manglares, pastos marinos y estuarios, ecosistemas que almacenan grandes cantidades de carbono en sus suelos y raíces. Cuando el fondo marino se altera mediante artes destructivas, ese carbono puede liberarse nuevamente y contribuir al calentamiento global.

Por eso, dentro de estas áreas se prohíben métodos de alto impacto como el arrastre y otras redes que remueven el sedimento. Al evitar esa perturbación, no solo se protege el carbono que permanece enterrado durante décadas, sino que también se mantiene el equilibrio de las cadenas alimenticias y la capacidad de las especies para recuperarse tras El Niño.
Asimismo, al garantizar que el recurso no se agote por sobreexplotación, se protege el sustento de las familias costeras, las más vulnerables a los efectos del cambio climático.
Control y vigilancia
Para disfrutar de todos los beneficios que las AMPR ofrecen, lo más importante es que el Estado garantice que nadie ingrese ilegalmente a ellas. El ente designado para ello es el Servicio Nacional de Guardacostas (SNG), encargado de acciones de control y vigilancia.
En 2024, el presupuesto asignado al SNG fue de cerca de $300.000. “Lamentablemente, aunque se les ve hacer sus rondas, no es suficiente para proteger estas áreas”, comentó Álvarez.
Tanto Álvarez como las mujeres de Costa de Pájaros coinciden en que esa falta de control y vigilancia ha permitido que se realicen actividades ilegales como la encerrona de peces. Esta consiste en extender grandes redes que forman una jaula bajo el mar, capaz de atrapar toneladas de peces en pocas horas.
“Con ese tipo de pesca, ellos pueden atrapar hasta 1.500 kilos de pescado en unas horas, mientras que una familia que está afuera toda la noche podría no atrapar nada”, comentó González.
Pescadores de la Asociación de Pescadores Unidos Bocana Sur de Isla Chira han denunciado amenazas de muerte por enfrentar a quienes practican este tipo de actividades no reguladas. “No podemos poner a los pescadores a pelearse entre sí. Por eso necesitamos una mayor presencia del guardacostas”, añadió Álvarez.
En la costa, la presión no es menor. Ahí, mujeres como Giselle Campos se dedican a la extracción de moluscos, como la piangua (Anadara tuberculosa). Este tipo de pesca se ha visto afectada por el exceso de calor en el agua, lo que deteriora la salud de los manglares.
“Están (los mangles) caídos y en los pocos que quedan, apenas hay pianguas. En otra época, con el ‘bosque’ más poblado, sacábamos entre 300 y 400 diarias. Ahora, con suerte, 50”, se lamentó.

El efecto mariposa
Ledezma es una mujer activa. Además de ser una gran cocinera, lo que mejor se le da es contar sobre las posibles soluciones para adaptarse de manera más eficiente a la realidad pesquera y climática actual. Videos, reuniones presenciales, participación en congresos o, simplemente, en el calor de su mesa.
“Las mujeres no nacimos para estar solamente en nuestras casas”, dice.
En la década de los 2000, a través de Mariposas del Golfo, impulsó la construcción de un mariposario dedicado a la morfo azul. El proyecto obtuvo financiamiento del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y apoyo técnico de la Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional de Costa Rica. Dos décadas después, junto a esos mismos aliados, trabaja en una nueva apuesta: la creación de un vivero de mangle rojo (Rhizophora mangle) manejado con agua dulce en sus primeras etapas de crecimiento.
A lo largo de 26 años, Mariposas del Golfo ha tejido una red que combina conservación y autonomía: la protección de manglares, la promoción de la pesca responsable y el fortalecimiento técnico de las mujeres de la comunidad. Sus proyectos se articulan con organizaciones locales, instituciones estatales y aliados internacionales que han acompañado su crecimiento.

La organización también desarrolla actividades de turismo rural comunitario: recorridos de avistamiento de aves, visitas al ecosistema de manglar y experiencias de pesca responsable. En su sede recibe voluntarios y ofrece hospedaje y alimentación.
“Hay que fortalecer la autonomía económica de las mujeres mediante proyectos productivos. Ya no necesitamos iniciativas que solo nos den visibilidad, sino alternativas que ayuden a recuperar los bosques de mangle, que forman parte de la economía de nuestras familias”, afirmó.
La relación de las mujeres con el manglar es íntima y diaria. Giselle Campos, líder de la Asociación de Pescadores y Molusqueros del Pacífico, lo conoce de rodillas y con las manos en el lodo cuando extrae pianguas, almejas y ostras entre sus raíces. Para ella, el manglar es un jardín en el que se alimentan mutuamente; cuando algo cambia, lo nota enseguida.
En isla Chira, la segunda más grande de Costa Rica, Liliana Martínez lo vive también. No solo la cantidad de conchas que extrae se ha reducido, sino que el impacto del calentamiento del mar ya es visible en este lugar.
“Vemos cómo las semillas de manglar, que caen a la orilla, se cocinan por el calor de las aguas”, afirmó.
Tanto ella como Campos se lamentan: “nadie nos ha dicho por qué ocurre esto”. A pesar de que la presencia de la academia, las ONG y el Estado no es escasa, el flujo bidireccional de información sí lo es.
Eso, sin embargo, no es un obstáculo para ellas. En Chira, las mujeres crearon un vivero que cuidan con ahínco. A diario eligen el barro más seco que deja la marea, por su riqueza en nutrientes. Este lo embolsan para usarlo en el vivero.
“El riego lo hacemos con agua recolectada de la marea alta y que se ha enfriado toda la noche. Lo hacemos así para no quemar a la planta”, comentó Martínez.
De vuelta en Costa de Pájaros, el grupo de Campos planta las semillas mientras limpia la costa de residuos plásticos y redes fantasma de pesca —esas se enredan en las raíces de los manglares, ahogándolos—.
“Es un trabajo que nadie nos paga por hacerlo y lo hacemos porque alguien tiene que hacerlo. Y somos las mujeres quienes lo hacemos”, coinciden ambas.
¿Cuánto es necesario?
En Costa Rica, los fondos destinados a proyectos, como los que impulsan las mujeres en el golfo de Nicoya, provienen de distintas fuentes: el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac), universidades públicas, ONG nacionales y organismos internacionales. Cada una opera según sus propios requisitos, formularios y plazos. Acceder a esos recursos implica navegar por un entramado técnico y administrativo que, en muchos casos, recae sobre las propias comunidades.
Así ocurre con la propuesta de crear un vivero de mangle rojo en el que actualmente trabaja Ledezma. La idea es germinar semillas en agua dulce durante sus primeras etapas, incluso “hasta en la universidad se asombraron de lo que queremos lograr”, cuenta. Además de redactar la propuesta, elaborar presupuestos y postular a la convocatoria, ella produce sus propios videos para dar visibilidad a las mujeres de Costa de Pájaros.

Por el contrario, se lamenta de que la información científica y las soluciones aplicables no les lleguen como necesitan. Y eso que, en más de una ocasión, ellas han sido la fuente de conocimiento para los trabajos de investigación. “Les enseñamos lo que sabemos, les contamos lo que pasa aquí; pero después no sabemos qué ocurre con esa información”.
A diferencia de otros países de la región, donde los pescadores carecen de alternativas productivas durante las temporadas de veda, en Costa Rica quienes están en regla reciben $300 de subsidio. También se trabaja para que la brecha de conocimiento sea cada vez menor.
“Lo que buscamos es transferir conocimiento mediante capacitaciones para el fortalecimiento organizacional y la creación de habilidades administrativas y de mercadeo. Conocimiento para la generación de capacidades”, dijo Gabriela Mora, coordinadora de desarrollo costero de MarViva, una organización que trabaja en fortalecer la gobernanza marina comunitaria y en combatir la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada.
Pero no es suficiente.
El encierro de peces en el golfo de Nicoya continúa ocurriendo a pesar de las rondas programadas por el SNG. Los precios del pescado se encarecen como consecuencia de ello. Los manglares reciben basura a diario y son las mujeres quienes lo limpian, además de trabajar por su reforestación. Tienen la oportunidad de acceder a financiamiento, pero la preparación técnica de las propuestas está a cargo de ellas mismas.

La gobernanza del golfo de Nicoya no es un asunto local. Este territorio busca formar parte del Corredor Marino del Pacífico Este Tropical, una red que conecta Costa Rica con Panamá, Colombia y Ecuador. La salud de miles de especies depende de decisiones que se toman en oficinas lejanas, pero también de manos que limpian raíces de mangle al amanecer.
En Costa de Pájaros, como en el resto de las comunidades costeras del planeta, hay que aprovechar las horas en que el calor no resulta sofocante. Ledezma riega las plantas del mariposario con la conciencia de que cada proyecto, cada semilla y cada visitante forman parte de una apuesta mayor por sostener la vida en el golfo de Nicoya.
“Trabajamos para devolverle al golfo algo de lo que nos ha dado y creemos que el turismo es una gran fuente para todos. Queremos un turismo que sepa que va a venir a ver nuestra lucha, pero también a ver y vivir la vida”, puntualizó.
Este trabajo fue realizado gracias al aporte financiero del Pulitzer Center y a la colaboración de Ojo al Clima, América Futura de El País (España), Connectas y Viatori (Guatemala).











