• Aunque El Niño es un ciclo natural del planeta, el cambio climático está actuando como un amplificador térmico. El resultado: sequías más graves, lluvias extremas e inseguridad alimentaria.

En julio, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) anunció la instauración de las condiciones para el desarrollo de un evento de El Niño en 2026, advirtiendo a su vez sobre una rápida evolución e intensificación durante el segundo semestre del año.

Dos meses más tarde, la OMM emitió un nuevo informe indicando una probabilidad cercana al 100% de que el evento persista de manera ininterrumpida hasta al menos febrero de 2027, con un pronóstico de intensidad dentro de la categoría “muy fuerte” hacia finales de 2026.

Celeste Saulo, secretaria general de la OMM, advirtió que podríamos estar ante el episodio más potente desde que se inició el monitoreo moderno hace cuatro décadas.

“Este Niño excepcional (...) tiene el potencial de asestar un golpe devastador a las comunidades y economías de todo el mundo”, señaló Saulo. “Ya estamos viendo perturbaciones y devastación causadas por sequías e inundaciones, y esperamos que estos impactos aumenten a medida que El Niño se intensifique”.

Aunque El Niño se desarrolla en el océano Pacífico, sus repercusiones son globales. Según OMM, se prevén cambios en los patrones de precipitación y temperatura, así como riesgos asociados a inundaciones, sequías y calor extremo.

Si bien el actual evento de El Niño alcanzará su punto máximo a finales de año, el intercambio de calor entre el océano y la atmósfera presenta un desfase temporal, proyectando su máximo impacto en la temperatura media global durante el año siguiente a su desarrollo. Esto posiciona al año 2027 como un candidato crítico para romper récords de temperatura a nivel global, ya que el impacto de El Niño se siente principalmente el año posterior a su aparición.

Los climatólogos Zeke Hausfather y Andrew Dessler ―fundadores del portal de análisis The Climate Brink― señalaron que la contribución térmica directa de este evento podría añadir aproximadamente 0,3 °C a la media global en 2027.

“Es como un adelanto del futuro”, explicó Dessler, quien también es profesor en la Universidad Texas A&M, a la AFP. Esto en referencia a las condiciones esperadas bajo el calentamiento global acelerado, aclarando que la anomalía térmica más marcada continuará concentrándose en la franja ecuatorial del Pacífico.

“No es inconcebible que 2027 pueda situarse 1,7 °C por encima de los niveles preindustriales”, aseguró por su parte Mike McPhaden, investigador en el Laboratorio Ambiental Marino del Pacífico de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de EE .UU. (NOAA), en declaraciones recopiladas por AFP.

Si la humanidad ha experimentado el fenómeno de El Niño durante milenios, ¿por qué este evento activa las alarmas de las agencias meteorológicas? La razón no yace en la fuerza del fenómeno en sí, sino en el escenario donde se desarrolla: océanos a nivel global que rompen récords históricos de calor de forma consecutiva desde 2023.

Eso quiere decir que la línea base sobre la cual parte El Niño es significativamente más alta. Al elevarse la temperatura del mar, tanto a nivel superficial como en profundidad, el impulso térmico que inyecta El Niño al sistema atmosférico es mucho más drástico.

De acuerdo con Daniel Swain, climatólogo e investigador de la Universidad de California, hasta ahora nunca hemos vivido un evento de El Niño fuerte bajo un calentamiento basal tan alto. En su declaración, Swain explicó que un incremento por encima de 1,5°C en la media, amplificará considerablemente los riesgos de inundaciones, sequías e incendios.

Algunos científicos sugieren que el cambio climático inducido por el hombre podría estar aumentando la frecuencia de los eventos de El Niño, una tendencia observada por oceanógrafos desde la década de 1990. (Foto: NOAA)

“El Niño está adquiriendo dimensiones críticas. La superposición de un ciclo natural como el ENOS con el calentamiento global antropogénico conduce al planeta hacia condiciones oceánicas y atmosféricas sin precedentes históricos”, dijo el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, durante una de sus intervenciones en la Asamblea General de Naciones Unidas.

Lo que revela el océano

El Niño no es un evento meteorológico aislado, sino una de las fases que integran un sistema climático mucho más amplio y complejo conocido como ENOS. El acrónimo ENOS se refiere a El Niño-Oscilación del Sur y lejos de ser una anomalía estática, se define como una alteración natural, recurrente y cíclica del sistema acoplado océano-atmósfera en el océano Pacífico ecuatorial. Es, por definición, el principal modulador de la variabilidad climática interanual del planeta.

El Niño es la fase cálida del ENOS. Se origina por un debilitamiento de los vientos alisios a lo largo de toda la franja ecuatorial y el colapso de la piscina cálida del Pacífico occidental hacia el centro y este.

En el océano, el calentamiento producido por El Niño se extiende desde el Pacífico oriental (frente a las costas de Sudamérica) hasta el Pacífico occidental (cerca de la línea internacional de cambio de fecha). A la mitad se encuentra la región Niño 3.4, que es una zona utilizada por la comunidad científica como indicador para declarar formalmente el desarrollo, la intensidad y la duración del ENOS.

En mayo-julio de 2026, el promedio del calentamiento de la superficie marina en la región Niño 3.4 ascendió a +1,5°C sobre la media. Para julio, la anomalía mensual alcanzó +2°C, y durante las mediciones realizadas por NOAA entre finales de julio y mediados de agosto, los valores se registraron entre +2,2°C y +2,6°C.

Hacia mediados de setiembre, las lecturas en la región Niño 3.4 se situaron en +3°C, igualando las anomalías más elevadas registradas en ese mismo periodo durante el evento de 2015 que resultó ser récord.

Las proyecciones de Climate Brink, basadas en modelos dinámicos de la NOAA, sugieren que el valor pico de la anomalía absoluta en el Pacífico central podría bordear los +3,5 °C a +3,9 °C hacia el cierre del año.

Las altas temperaturas también se observan a profundidad. A nivel subsuperficial, la NOAA identificó un almacenamiento térmico masivo: en la capa de 0 a 300 metros de profundidad, las anomalías locales en la profundidad de la termoclina superaron los +8 °C en el Pacífico central-oriental.

Esta reserva de calor subsuperficial fue el “combustible” que garantizó un acoplamiento temprano con la atmósfera y propició que El Niño se intensificara.

Un Niño muy fuerte

Para conocer la magnitud del evento 2026–2027 en comparación con episodios históricos como los de 1982–1983, 1997–1998 y 2015–2016, la comunidad científica ha recurrido tanto al Índice Oceánico de El Niño convencional (ONI) como al Índice Oceánico Relativo de El Niño (RONI).

El ONI calcula la media móvil trimestral de las anomalías de las temperatura superficial en la región Niño 3.4 con respecto a un promedio climatológico fijo de 30 años (actualmente fijado en 1991–2020).

Sin embargo, en el contexto del calentamiento global, las temperaturas de fondo de todos los océanos tropicales han aumentado significativamente. En consecuencia, una anomalía absoluta de +2,5°C, por ejemplo, medida mediante el ONI, en la actualidad no representa exactamente lo mismo que esa misma cifra representaba hace cuatro décadas.

Por esta razón, la NOAA, el Servicio Meteorológico del Reino Unido (Met Office) y el Instituto Nacional de Investigación del Agua y la Atmósfera de Nueva Zelanda (NIWA) incorporaron un nuevo método de medición conocido como el Índice Relativo Oceánico de El Niño (RONI, por sus siglas en inglés). El RONI calcula la anomalía en la región Niño 3.4 restando el calentamiento promedio de todo el cinturón tropical.

Los datos consolidados de NOAA revelan que, mientras el evento 2015–2016 ostentaba el récord histórico según el índice ONI absoluto (+2,59°C), su valor pico en el índice RONI relativo fue de +2,3°C, igualado con el de 1997–1998 y superado por el de 1982–1983 (+2,4°C). El evento 2026–2027 muestra una probabilidad superior al 90% de superar el umbral de +2°C en el ONI y hasta un 75% de probabilidad de romper la marca de +2,5°C en el RONI.

El blanqueamiento de corales es una de las consecuencias más claras del aumento de la temperatura en el mar. En la foto, un coral blanqueado en Indonesia.(Créditos: AFP)

Para NOAA, El Niño de este año podría  ser el más intenso desde 1950. Por su parte, la Met Office advirtió que probablemente será “el más intenso en más de un siglo”.

¿Cuál es la relación con el cambio climático?

Es fundamental remarcar que ENOS y cambio climático son distintos. El ENOS es un modo de variabilidad natural del sistema climático y no es causado por el aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero (GEI). Tampoco existe evidencia científica de un incremento estadísticamente significativo en la frecuencia de los ciclos de El Niño atribuible al calentamiento global.

Sin embargo, el calentamiento global ―potenciado por la quema de combustibles fósiles y otras actividades humanas― actúa como un potente modulador termodinámico de los impactos generados por el ENOS.

En otras palabras, al desarrollarse la oscilación natural de El Niño sobre una temperatura base, tanto en el océano como en la atmósfera, significativamente más cálida, la respuesta del sistema hidrológico y térmico se amplifica. Los científicos coinciden en que el cambio climático amplifica los efectos de El Niño.

La atmósfera terrestre, calentada por los GEI, contiene más humedad, lo que puede hacer que las lluvias asociadas al fenómeno sean más extremas. A la inversa, allí donde ya provoca sequía, puede resecar aún más los suelos.

Un ejemplo de ello lo vimos a nivel regional en agosto. Cuando las temperaturas superficiales de los océanos no polares alcanzaron un récord absoluto de 21,10°C, según el Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S), la atmósfera dispuso de un reservorio de humedad y energía sin precedentes.

Esto derivó en precipitaciones torrenciales e inundaciones pluviales en las zonas de convergencia (donde los vientos chocan y se concentra la humedad) que son intensificadas por El Niño (sur de Brasil y el noreste de Argentina), al tiempo que aceleró la evaporación y la desecación de los suelos en las regiones sujetas a supresión de lluvias (Corredor Seco Centroamericano), exacerbando la aridez.

Para Friederike Otto, investigadora del Imperial College de Londres y cofundadora del World Weather Attribution (WWA), la verdadera razón para alarmarse no es El Niño —que va y viene de forma natural—, sino el cambio climático que empeora continuamente en tanto no se detenga la quema de combustibles fósiles.

Lo crítico, según Otto, es que el cambio climático sí está modificando la estructura misma de cómo nace y evoluciona El Niño.

América Latina ya siente los impactos de El Niño

Entre julio y setiembre de 2026, El Niño generó graves afectaciones climáticas, de salud, de infraestructura y socioeconómicas en diversos países de América Latina.

  • Costa Rica: 32 asadas, ubicadas en 11 cantones de Guanacaste, Puntarenas y Alajuela, ya están aplicando racionamientos de agua, debido a la sequía causada por el fenómeno de El Niño.
  • El Salvador: se declaró en “estado de emergencia” debido a una sequía que provocó la pérdida de cultivos y la reducción de fuentes de agua. En agosto, el país registró 14 récords de temperatura. En El Matazano, los vecinos abandonaron la cría de tilapias para priorizar el consumo humano de agua.
  • Honduras: en comunidades como San Lorenzo, la sequía extrema provocó la muerte de al menos un centenar de vacas por falta de alimento, obligando a los ganaderos a vender animales raquíticos a precios muy bajos. 
  • Panamá: el déficit de lluvias redujo drásticamente los lagos artificiales que abastecen al canal de Panamá, obligando a la Autoridad del Canal a restringir el calado de los buques y a reducir el tránsito diario.
  • Colombia: grave riesgo de desabastecimiento en su sistema eléctrico debido a que la generación depende mayoritariamente de hidroeléctricas. Se advirtió sobre el riesgo de apagones y racionamientos a partir de diciembre.
  • Ecuador: el país experimentó condiciones contrastantes: lluvias intensas e inundaciones en las zonas bajas del litoral, mientras que el interior andino sufrió sequías y déficits hídricos que afectaron la generación eléctrica.
  • Perú: el Gobierno declaró estado de emergencia a casi 800 municipios ante el “peligro inminente” de lluvias intensas. En el ámbito pesquero, el calentamiento del agua provocó una drástica disminución y dispersión de la anchoveta. 
  • Brasil: en setiembre, Río de Janeiro registró el mayor volumen de precipitaciones para ese mes desde 1997. En contraste con las lluvias del sur, el interior del país y la cuenca amazónica registraron sequías y déficits pluviométricos.
  • Chile: las lluvias del invierno austral provocaron un temporal en julio que dejó un saldo de 13 muertos y 4.000 viviendas destruidas o dañadas en el norte del país. No obstante, esas mismas precipitaciones penetraron en la arena del desierto de Atacama, activando la germinación de semillas y preparando el fenómeno del “desierto florido” para alcanzar su máximo esplendor en octubre.


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