• De la explosión económica de Guyana a las nuevas ambiciones en Surinam, Jamaica y Centroamérica, la cuenca del Caribe vive un auge petrolero que pone en jaque sus metas climáticas y la supervivencia de sus ecosistemas más sensibles. 

Mientras el mundo debate la urgencia de abandonar los combustibles fósiles para frenar el colapso climático, las aguas del Caribe se han convertido en el nuevo epicentro de una “fiebre del petróleo” sin precedentes.

Liderada por el vertiginoso ascenso de Guyana —que en apenas seis años multiplicó por siete su producción de crudo—, la región vive una transformación profunda que promete infraestructura y riqueza, pero que ya muestra sus primeras grietas: inflación asfixiante, comunidades desplazadas y una amenaza ambiental que no conoce fronteras.

De la bonanza de Georgetown a las ruinas económicas de Kingston tras el huracán Melissa (octubre de 2025), la región se debate entre el espejismo del oro negro y la necesidad vital de proteger su identidad azul.

El caso de Guyana

En 1999, el Gobierno de Guyana firmó un contrato con Esso (una subsidiaria de ExxonMobil) y Shell para la exploración y explotación del bloque Stabroek, un área de 26.800 kilómetros cuadrados frente a su costa.

Shell decidió retirarse de la operación en 2014, tras años de exploraciones y varios pozos secos (se calcula que se perforaron unos 40 pozos sin éxito en la zona antes del gran hallazgo). Quedando como único operador, ExxonMobil invitó a Hess Corporation (ahora parte de Chevron) y a China National Offshore Oil Corporation (CNOOC) a conformar un consorcio. 

Fue este consorcio el que descubrió, en mayo de 2015, el pozo Liza-1 que vino a confirmar que Guyana poseía reservas de crudo con potencial comercial. Desde entonces se han realizado más de 30 descubrimientos significativos en el bloque Stabroek, con reservas estimadas en más de 11.000 millones de barriles.

La fase productiva arrancó en diciembre de 2019 y se exportó el primer cargamento en enero de 2020. Se trató de crudo ligero (bajo en azufre), que desde entonces se comercializa internacionalmente bajo el nombre de Liza Crude.

Así, Guyana pasó de producir 120.000 barriles diarios en 2019 a 900.000 en 2025. Se proyecta que se superen los 1,5 millones de barriles diarios en 2029. Esto, por supuesto, disparó su producto interno bruto (PIB), con tasas de crecimiento que han promediado el 40% anual en los últimos años.

La Guyana pre-petrolera era un país de ingresos medios-bajos cuya economía era altamente vulnerable. Si el precio del oro caía, si una sequía golpeaba los arrozales o si el mercado del azúcar colapsaba, el país entero sentía el impacto. (Foto: Dinesh Chandrapal / Unsplash).

El Gobierno utiliza la renta petrolera para transformar su infraestructura: reduciendo el costo de la electricidad en un 50%, construyendo nuevas carreteras, puentes y dos aeropuertos internacionales, también hospitales.

Sin embargo, esa bonanza no llega a todos por igual. Guyana está en riesgo de que su economía dependa del crudo, descuidando otros sectores como el agro o el turismo. También está la inflación: el costo de vida en Georgetown (su capital) se ha disparado.

“Lo que parecía una promesa de riqueza se ha convertido, para las comunidades guyanesas, en una realidad mucho más compleja. Georgetown, por ejemplo, se gentrifica, el precio del pescado se dispara y los pescadores artesanales viven lo que ellos mismos llaman ‘cementerios de botes’ — embarcaciones abandonadas porque ya no pueden competir con una economía petrolera que los desplaza”, comentó Carolina Sánchez, vocera de la Red del Gran Caribe Libre de Fósiles.

Siendo un país con una rica biodiversidad, el riesgo de derrames es real y podría extenderse al resto del Caribe debido a las corrientes marinas.

Red Threat, organización guyanesa que forma parte de la Red, y la abogada Melinda Janki presentaron un caso para que ExxonMobil diera garantía financiera ilimitada para cubrir cualquier costo de limpieza o compensación en caso de un derrame petrolero. En 2023, la Corte Suprema falló a favor de los ciudadanos, ordenando a Exxon presentar una garantía ilimitada o enfrentar la suspensión de su permiso ambiental.

La historia dio un giro en mayo de 2026 cuando la Corte de Apelaciones revocó la decisión. El tribunal dictaminó unánimemente que Exxon no está obligada a una garantía ilimitada, argumentando que la responsabilidad y la garantía financiera son conceptos distintos. Actualmente, se mantiene una garantía de $2.000 millones, la cual es considerada por Janki y otros activistas como insuficiente ante un desastre.

También hay críticas sobre si los beneficios están llegando realmente a la población más pobre o si se están quedando en las multinacionales y élites políticas. 

“Lo que nos dicen las colegas de Guayana es que la mayoría de las personas no sabían lo suficiente sobre lo que estaba pasando con el petróleo y el gas. Como es algo que está sucediendo afuera en el mar, lejos de donde pueden ver, pues la mayoría no preguntó y tampoco se les informó sobre los impactos que podría tener hasta ahora que los están viendo”, dijo Sánchez.

El “efecto Guyana”

La expansión petrolera en Guyana no pasó desapercibida por los países vecinos. Su éxito ha generado un “efecto dominó” de ambiciones energéticas.

Crédito: Red del Gran Caribe Libre de Fósiles

Surinam, por ejemplo, es la nueva “gran promesa”. Todas las fichas están puestas en el proyecto Gran Morgu (Bloque 58), liderado por TotalEnergies en sociedad con APA Corporation (antes Apache). Se espera que Surinam exporte su primer barril en 2028 y tenga una capacidad de explotación de 200.000 a 220.000 barriles diarios.

Este país también está apostando al gas fósil. Petronas (la estatal de Malasia) realizó un hallazgo significativo de gas en el pozo Sloanea-1. En este 2026 concluyen los estudios para ver si el país puede convertirse en un centro de exportación de Gas Natural Licuado (GNL).

Ante este boom petrolero y gasístico, Guyana, Surinam y Brasil hablan de crear un “Escudo de energía del Caribe”. De hecho, ya existe una cooperación creciente entre estos países para crear una infraestructura logística compartida (puertos, carreteras y ductos) que reduzca los costos operativos para todos en la cuenca.

Otro que explora alianzas con Guyana es República Dominicana, esto mientras avanza en proyectos internos de gas y carbón. Manzanillo Gas & Power es un proyecto que incluye una terminal de GNL y dos plantas de ciclo combinado en Montecristi. Actualmente enfrenta una fuerte oposición de las comunidades pesqueras locales que denuncian que el gas no es una energía de transición, sino que prolonga la crisis climática y pone en riesgo ecosistemas críticos de manglares cerca de la frontera con Haití.

Jamaica es otro país con ambiciones petroleras, pero su realidad choca de frente con la crisis climática. En abril de 2026, la empresa United Oil & Gas anunció que los análisis en el área Walton-Morant identificaron un sistema petrolero de gran escala. Las estimaciones preliminares sugieren la existencia de hasta 7.000 millones de barriles de recursos prospectivos en aguas jamaiquinas.

Este anuncio se produce pocos meses después de que el huracán Melissa se convirtiera en el más costoso de la historia del país. El impacto económico fue devastador: el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) estimaron daños por $8.800 millones, lo que equivale al 41% del PIB de la isla.

“Acabamos de vivir el huracán Melissa en octubre del año pasado. Cuando hablamos de exploración petrolera, se siente un poco atrevido y desconectado de todo eso”, señaló Theresa Rodríguez-Moodie, directora del Jamaica Environment Trust, organización que forma parte de la Red del Gran Caribe Libre de Fósiles.

Según PNUD, unas 32.500 personas podrían haber sido desplazadas internamente debido al impacto del huracán Melissa en Jamaica. (PNUD / Gillian Scott).

Un dato que sirve para dimensionar las palabras de Rodríguez-Moodie: los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas), a nivel global, son responsables de aproximadamente el 75% de las emisiones de gases de efecto invernadero.

“Para un pequeño Estado insular en desarrollo, que ya enfrenta impactos climáticos significativos, la inversión continua en la exploración de combustibles fósiles corre el riesgo de empujar al país a una senda que está cada vez más desfasada con las transiciones energéticas mundiales”, dijo la experta.

Rodríguez-Moodie continuó: “Creemos que la eliminación progresiva de los combustibles fósiles ya no es una opción; la desfosilización es el camino a seguir, tanto en el derecho internacional como en nuestra experiencia vivida”.

Además, el bloque de exploración Walton-Morant se encuentra cerca de Pedro Bank, uno de los ecosistemas marinos y zonas de pesca más importantes de Jamaica, el cual ya se encuentra bajo estrés por el cambio climático.

De allí que la sociedad civil jamaiquina argumente que la riqueza petrolera no garantiza bienestar ni estabilidad y que el país corre el riesgo de repetir patrones de industrias extractivas donde las ganancias a corto plazo se priorizan sobre los costos sociales y ambientales a largo plazo.

“Todo el ejercicio debe consistir en construir un futuro más allá del petróleo”, recalcó Rodríguez-Moodie.

Panamá recientemente participó en la Conferencia de Santa Marta, que reunió a gobiernos —entre otros actores— para empezar a perfilar la salida progresiva de los combustibles fósiles. Sin embargo, este país está evaluando proyectos de exploración de hidrocarburos en su costa del Caribe. Para este proceso cuenta con la asesoría de Ecopetrol (Colombia).

Este giro hacia lo fósil es visto con alarma por las organizaciones de la Red, ya que contradice directamente las metas climáticas del país: Panamá es uno de los únicos tres países en el mundo que actualmente tiene un balance carbono-negativo y su Contribución Nacionalmente Determinada (NDC) es considerada la más ambiciosa de la región, ya que incluye la eliminación del carbón para el año 2026 y alcanzar emisiones netas negativas para 2050.

En la Red del Gran Caribe Libre de Fósiles participan organizaciones tanto del Caribe insular como del Caribe continental. (Foto: Red del Gran Caribe Libre de Fósiles).

En Honduras, la situación se caracteriza por una prolongada presión de la industria de hidrocarburos y una creciente preocupación por los impactos en los ecosistemas marinos y por los derechos de sus pueblos originarios.

En Moskitia se han mantenido contratos de exploración offshore durante más de 12 años, principalmente con la empresa británica CaribX. En 2023, el país firmó un memorando de entendimiento con Pemex (México) para favorecer la cooperación técnica.

En 2025, Honduras avanzó hacia la fase de perforación exploratoria. Las comunidades Miskitu y Garífuna han denunciado públicamente la falta de consulta previa.

La principal alarma radica en que estas actividades amenazan directamente al Sistema Arrecifal Mesoamericano, que es el más grande del Caribe y el segundo más largo del mundo. Este ecosistema es crítico para la región, ya que alberga el 90% de la diversidad coralina del Caribe.

Otros países con “fiebre petrolera” son Trinidad y Tobago, Aruba y Granada. En el caso de Trinidad y Tobago, se le considera el principal productor de gas del Caribe y justamente está duplicando su apuesta fósil. En 2025 lanzó una ronda de licitaciones para 26 bloques marinos en aguas profundas y mantiene proyectos activos con empresas como BP y Shell.

En Aruba, empresas estadounidenses están explorando en aguas profundas, lo cual representa un riesgo alto dada su extrema dependencia del turismo. En cuanto a Granada, este país está en conversaciones con Trinidad y Tobago para reactivar la exploración conjunta en el mar.

Arte y resistencia: Cielo Azul

Frente a esta expansión, en el Caribe ha surgido un movimiento de “artivismo” (arte + activismo). La canción “Cielo Azul”, producida por el hondureño Trooko y con la participación de artistas como Bomba Estéreo (Colombia), J Noa (República Dominicana), Baha Men (Bahamas) y Walshy Fire (Jamaica), busca que la música sea un motor de transformación.

Su advertencia es clara: “que no solo nos quede la foto de lo lindo que era el Caribe”. El objetivo de la canción es conectar a la gente con las causas ambientales, movilizar comunidades y proponer una visión regional basada en el sentido de pertenencia y la identidad caribeña.

“Cuando empecé a crear ‘Cielo Azul’, quería un sonido que reflejara la vida en Centroamérica y el Caribe; cómo es nacer allí y lo que eso significa para mí”, comentó Jeff Peñalva (cuyo seudónimo es Trooko).

Quería poner de relieve lo especiales que son estos lugares y por qué es tan importante preservarlos y protegerlos”, continuó el productor ganador de premios Grammy y Latin Grammy, reconocido por su trabajo con artistas como Residente y Bad Bunny.

Trooko, productor hondureño de gran trayectoria, fue el “genio musical” detrás de la canción “Cielo Azul”. (Foto: Red del Gran Caribe Libre de Fósiles).

Musicalmente, la canción es una mezcla de géneros, incluyendo champeta, cumbia, reggaetón, junkanoo, soca y hip hop. “Para mí lo más importante era que sonara como cuando yo iba al mar de la Bahía en Honduras... lo que quiero es que siga ahí para muchas más generaciones”, dijo Trooko.

En el Caribe, la música siempre ha sido un vehículo para la memoria, la identidad y la resistencia, imitando el pulso del entorno (las olas, el viento, el canto de las aves). Trooko explicó que “bastantes de los géneros musicales salen de la opresión y de algún tipo de resistencia... ritmos que nacen por la necesidad de expresarse, de poder salir de la situación en la que se está o para hacer cambios”.

Mia Paz Cambronero, fundadora y directora de We Could Be Music, el sello discográfico costarricense que está detrás de “Cielo Azul”, afirmó que no se trata solo de una canción, sino de una “forma distinta de entender el rol de la música en este momento”.

“Estamos viendo un cambio claro: una nueva generación de artistas que no se conforma con hacer hits, sino que quiere que su música signifique algo. ‘Cielo Azul’ es parte de ese movimiento”, declaró Cambronero en el programa Interferencia de Radios UCR.

La difusión de la canción vino acompañada de una petición, que cualquier persona puede firmar, para que los gobiernos de la región se adhieran a un Tratado sobre Combustibles Fósiles, buscando un compromiso internacional vinculante para abandonar el petróleo y el gas.

Asimismo, representantes de las organizaciones de la Red del Gran Caribe Libre de Fósiles asistieron a la Conferencia de Santa Marta para abogar por que esta región se declare Zona Libre de Fósiles y, con ello, preservar su identidad y paz.

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