- Un equipo internacional de científicos advirtió sobre el déficit de vegetales en las dietas humanas y la creciente dependencia de los sistemas alimentarios de un reducido número de verduras.
A nivel global, la humanidad vive con una carencia silenciosa en el plato: consumimos casi un 40% menos de hortalizas de lo que recomiendan los organismos de salud. Este déficit se traduce en deficiencias de micronutrientes, problemas de desarrollo infantil y un aumento sostenido de enfermedades ligadas a la malnutrición.
Las repercusiones en la salud no son las únicas. Detrás de esta brecha nutricional se esconde una crisis igualmente grave pero mucho menos visible, que es la acelerada pérdida de la biodiversidad de las plantas que nos alimentan.
Un equipo internacional, cuyo estudio se publicó en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), investigó qué cultivos son más relevantes para distintas regiones del planeta además de los distintos desafíos climáticos que están sufriendo. La idea es que la lista ayude a los tomadores de decisión a identificar prioridades en materia de conservación y uso sostenible.
Lamentablemente, los mismos investigadores advirtieron que muchos de estos recursos ya están desapareciendo. Distintos estudios han documentado que, mientras los modelos climáticos y alimentarios señalan que el mundo necesitará aumentar la producción de verduras en más de un 60% para el año 2050, la base genética para lograr esa meta se está reduciendo a un ritmo alarmante.
Causas de desaparición
Una de las principales causas es la homogeneización de los mercados y de las dietas, como anteriormente explicó un estudio publicado en 2014.
A medida que las dietas y las tradiciones culinarias se estandarizan a nivel global, los sistemas alimentarios modernos se vuelven cada vez más dependientes de un número muy pequeño de cultivos ampliamente producidos. Esto provoca una disminución en la disponibilidad y en el conocimiento de una gran variedad de especies vegetales tradicionales.

De igual manera, las alteraciones y transformaciones en el uso de la tierra representan una amenaza directa que contribuye a la pérdida de biodiversidad.
Muchos bancos de genes tienen colecciones pequeñas y enfrentan retrasos en la regeneración y multiplicación de semillas debido a la limitación de fondos, lo que pone en riesgo de pérdida permanente de las variedades ya recolectadas, a esto se le suma que el estado actual de los recursos genéticos de las variedades silvestres de verduras es insuficiente, según se señala en el estudio de PNAS.
Según demostró la evaluación de 79 especies principales de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cerca del 24% de los parientes silvestres de los cultivos de verduras más importantes se encuentran en peligro de extinción.
La pérdida de la biodiversidad comestible también tiene dimensiones sociales y culturales profundas que afectan directamente a las poblaciones más desfavorecidas, como lo demostró un estudio del 2022. En este se demuestra que más del 90% de las plantas y hongos silvestres comestibles que crecen alrededor de las comunidades tradicionales están disminuyendo en abundancia. Aproximadamente un tercio de estas especies en declive corresponden a vegetales.
Este declive en la biodiversidad acelera la pérdida del conocimiento y del uso práctico de las especies y variedades de vegetales locales en las costumbres alimentarias de estas comunidades.
Las comunidades tradicionales e indígenas que dependen de esta biodiversidad son altamente vulnerables. La desaparición de vegetales tradicionalmente recolectados y de otros alimentos, combinada con la marginación social, restringe gravemente su acceso a dietas variadas y nutritivas.
De igual manera, las políticas nacionales e internacionales actuales suelen limitar el acceso a la biodiversidad vegetal. El Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura (Tratado de las Plantas) facilita el intercambio de semillas solo para una lista limitada de cultivos.
La gran mayoría de las verduras tradicionales y bajo uso quedan fuera de este tratado, lo que obliga a someter su intercambio a las largas negociaciones bilaterales del Protocolo de Nagoya, el cual es un acuerdo que regula el acceso a los recursos genéticos y la distribución justa y equitativa de los beneficios derivados de su utilización, según los investigadores del estudio, creando así un cuello de botella para la investigación y el fitomejoramiento.

Diverso pero desprotegido
A diferencia de los cereales, que provienen en su mayoría de una sola familia botánica, las hortalizas abarcan un gran abanico biológico. Incluyen desde hojas verdes oscuras y raíces anaranjadas ricas en vitamina A, hasta frutos carnosos, flores y tallos. Esta inmensa variedad genética representa la mayor fortaleza de las verduras para adaptarse a climas extremos, sequías y suelos diversos.
De hecho, la agrodiversidad de las hortalizas constituye una de las herramientas para asegurar la producción de alimentos frente al impacto del cambio climático. A medida que las sequías se prolongan, los patrones de lluvia se vuelven impredecibles y las temperaturas globales aumentan, los cultivos comerciales monoclonales sufren de estrés y pérdidas masivas. En contraste, la variabilidad genética conservada en los huertos diversificados y en los parientes silvestres de las hortalizas resguarda rasgos evolutivos clave como genes de tolerancia a la escasez hídrica, mayor resistencia a plagas emergentes y adaptabilidad a suelos empobrecidos.
Fomentar y proteger esta diversidad hortícola no solo fortalece la resiliencia de los ecosistemas agrícolas frente a los eventos climáticos extremos, sino que garantiza el sustento, la nutrición y la estabilidad económica de las comunidades rurales en un planeta en constante transformación.

No obstante, y pese a esta riqueza, el análisis publicado en PNAS revela una paradoja preocupante: las hortalizas representan apenas una fracción mínima de las muestras de semillas conservadas y distribuidas en los bancos de germoplasma globales en comparación con los granos básicos, dejando a la agricultura moderna apoyada sobre una base genética demasiado estrecha y vulnerable.
“La solución no es simplemente cultivar más vegetales sino cultivar más especies distintas de vegetales. Mucha de la biodiversidad vegetal que necesitamos sigue ahí afuera: en variantes tradicionales y sus parientes silvestres. La emergencia es el conservarlas apropiadamente, para así podamos usarlas sabiamente para diversificar dietas en el contexto del cambio climático”, comentó Maarten van Zonneveld, autor principal del estudio de PNAS.
Para lograr ese objetivo, una investigación que data del 2023 enfatiza la necesidad de crear alianzas entre bancos de germoplasma, programas de mejoramiento públicos y privados, y agricultores. Esta cooperación es fundamental para desarrollar variedades mejoradas con una base genética amplia y entregar semillas de calidad que respondan a las necesidades del mercado y del clima.
Cambio de paradigma
Los autores del estudio de PNAS proponen un cambio de paradigma que conecte la conservación biológica con la mesa de los hogares. Esto requiere ir a las zonas donde la biodiversidad y la malnutrición se cruzan para recolectar y resguardar las variedades locales y sus parientes silvestres.
A partir de ese rescate, la investigación debe enfocarse en desarrollar nuevas variedades resilientes mediante el trabajo conjunto con agricultores, al tiempo que se promueve el consumo de estas plantas en comedores escolares y huertos comunitarios para combatir la malnutrición infantil y reeducar el paladar.
Al respecto, el estudio liderado por la investigadora Natalia Estrada Carmona plantea que la clave está en integrar la agrobiodiversidad en los comedores escolares. En su revisión sobre alimentación sostenible, la autora propone diversificar las dietas promoviendo el consumo de hortalizas nutritivas y resistentes al clima tanto en los menús escolares como en huertos familiares, lo que fortalece la nutrición infantil y la educación cultural.
Asimismo, Estrada destaca la necesidad de conectar a los agricultores con los programas escolares y mercados locales mediante plataformas que faciliten la comercialización y garanticen un suministro seguro a mayor escala.
Otro punto señalado por los investigadores consiste en integrar la biodiversidad vegetal en las políticas públicas de salud y agricultura, no reducirla a un tema de conservación del medio ambiente.
Como concluyen los investigadores en PNAS, rescatar la variedad de nuestras verduras es la piedra angular para garantizar que las dietas del futuro sean verdaderamente nutritivas, accesibles y capaces de resistir las presiones de un planeta en transformación.





