- A través de una miel de perfil salobre y proyectos de turismo rural, los miembros de Apimangle aceleran la regeneración del bosque, abren alternativas económicas frente al desempleo y se transforman en guardianes de un ecosistema que resulta clave ante el cambio climático.
Cuando es temporada de cosecha, los domingos empiezan bien temprano en la comunidad de El Establo, en Pitahaya de Puntarenas. El sol lleva apenas un par de horas de haberse levantado cuando los miembros de Apimangle ingresan al manglar ataviados con trajes protectores.
El apiario se encuentra a unos 100 metros del centro del pueblo. Llegado al punto de ingreso, se caminan otros 50 metros en medio de la vegetación y allí, en medio de los mangles, yacen las colmenas. Reposan sobre una estructura metálica que las eleva a poco menos de un metro del suelo, procurando que no se mojen cuando ingresa la marea.
Allí se revisan las colmenas para retirar los panales con miel, los cuales se colocan en cajas que serán trasladadas a la sala de extracción, ubicada a la par de la plaza del pueblo. En esa sala, las cinco mujeres y tres hombres sustituyen el traje de apicultor por guantes, cubrebocas y mallas para el cabello.
Las labores de extracción inician con el retiro de la cera del panal. Luego, el panal se introduce en una centrífuga que opera manualmente, la cual facilita el retiro de la miel. El panal sin miel se devuelve a la caja porque regresará al manglar y la miel se filtra para luego envasarla y etiquetarla. Todo el proceso termina a eso de las tres de la tarde.
Más que un emprendimiento, Apimangle encarna la convergencia entre la restauración ecológica de los ecosistemas costeros y la adaptación socioeconómica frente al cambio climático. Proyectos como este demuestran que la salud del ecosistema y el bienestar económico de las comunidades van de la mano.
Un dulce emprendimiento
Apimangle es un innovador proyecto de apicultura comunitaria que integra la producción de miel con la conservación de los manglares. Iniciaron unas 20 personas en 2022, pero poco a poco se fueron desvinculando de la iniciativa. Actualmente son siete personas y un voluntario quienes se encargan del cuidado de las colmenas, la extracción y envasado de la miel.
En una zona rural donde las oportunidades laborales son escasas y se depende mayoritariamente de la zafra, Apimangle ofrece una alternativa económica a las familias.
“Es importante entender la dinámica de esta población. Durante seis meses tienen trabajo por la zafra y los otros meses no hay absolutamente nada. Por eso, mucha de la población joven, sobre todo hombres jóvenes, migran a buscar otros trabajos. La apicultura viene a darles un ingreso ‘extra’, sobre todo a las mujeres”, dijo Gabriela Mora, coordinadora de desarrollo costero en Fundación Marviva.
Ese es el caso de Melissa Obregón, ama de casa y madre de una niña de tres años. Ese domingo se esforzaba en quitarle la cera al panal y podía hacerlo porque, al ser fin de semana, su esposo podía hacerse cargo de la niña. “Toda esta experiencia es muy bonita, casi que es un pasatiempo, se relaja uno y se distrae bastante”, mencionó.

Junto a ella estaba su suegra, Vivian López. “Es bonito porque uno aprende mucho. A pesar de que llevamos poco tiempo, ya le hemos ido agarrando el ritmo y uno llega a conocer bastante”, añadió.
Los miembros de Apimangle han adquirido conocimientos técnicos para el manejo de las abejas, el cuido de las colmenas y la extracción de la miel. Cuentan con certificado de manipulación de alimentos y también se certificaron en primeros auxilios.
Para ello contaron primero con ayuda de Fundación Corcovado (2022) y luego de Marviva (2023-2026). Esta última también les apoyó en temas de asociatividad, contabilidad, diseño de planes de negocio y comercialización. Incluso financió la construcción de la sala de extracción, la cual cumple con los requisitos del Ministerio de Salud, y adquirió el equipo necesario —trajes, centrífuga y demás instrumentos— para operar. Solo falta el Certificado Veterinario de Operación (CVO), requisito para comercializar a mayor escala, que sale este año.
No obstante, el apoyo de Marviva llega hasta finales de 2026, cuando se acaban los fondos del proyecto que permitió la colaboración.
“Nuestro objetivo es dejar a la comunidad ‘super lista’, asegurándonos de que cuenten con una red de contactos sólida y las herramientas necesarias para operar de forma independiente”, destacó Mora.
Tras cuatro años, Apimangle ya es capaz de comercializar miel pura (con o sin panal) y también produce mezclas con chiles, jengibre y eucalipto. La primera cosecha data de marzo de 2023.
No obstante, Andrea Sánchez —fundadora y presidenta de Apimangle— sueña en grande. Sánchez es barista e ideó el servicio de “café gourmet” que se ofrece durante los tours educativos. Este servicio incluye una degustación de café con miel y repostería casera.
El turismo es una de las alternativas de diversificación en que está incursionando la asociación. Las visitas guiadas se dan a estudiantes y turistas para que conozcan las colmenas, aprendan sobre la restauración del manglar, los servicios ecosistémicos que este brinda y degusten la miel con intención de compra.
“La verdad es que el turismo se convirtió en una sorpresa positiva que genera ingresos adicionales para los miembros de la organización en meses donde no hay cosecha de miel”, comentó Mora.
María Borges es madre, trabaja de lunes a viernes en una empresa en Aranjuez (un poblado cercano a El Establo), también estudia y se desempeña como secretaria de Apimangle. Su mente siempre está llena de ideas y una de ellas fue probar a hacer artículos promocionales, así que ahora también ofrecen llaveros con forma de abeja.

Las mujeres de la asociación han sido enfáticas en no limitarse solo a la venta de miel. Sueñan con diversificar el negocio hacia la cosmética natural, elaborando productos con valor agregado como cremas, bálsamos y jabones a partir de los subproductos de la colmena.
Sánchez es aún más ambiciosa: sueña con 100 colmenas para así superar la escala actual de producción que está entre 230 y 280 kilos de miel al año.
Sabor a marea
La miel producida en los manglares posee características únicas que la diferencian de cualquier otra. Su perfil de sabor combina notas dulces y ácidas con un matiz salobre que la vuelve menos empalagosa al paladar.
Este toque salino viene del néctar de las flores de mangle, que son árboles que evolucionaron para filtrar el agua salada en estos ecosistemas costeros. En algunos casos, la concentración salina es tal que deja cristales visibles en la miel madura.
Análisis realizados por el Centro de Investigaciones Apícolas Tropicales (Cinat) de la Universidad Nacional confirman que esta miel de manglar contiene aproximadamente un 30% de polen de distintas especies de mangle como rojo, negro y botoncillo.
“Al tratarse de una miel multifloral, moldeada por el manglar, la abundancia de minerales y micronutrientes del suelo costero se traslada directamente al producto final”, comentó Luis Sánchez, coordinador del programa de ecología y polinización del Cinat.
De hecho, Sánchez sugirió que esta composición podría potenciar ciertas capacidades terapéuticas dado el contenido de polifenoles y antioxidantes, aunque todavía se requieren análisis más profundos para precisarlas con exactitud.
Para Steven Calderón, vicepresidente de Apimangle, lo cierto es que, en gastronomía, estas características hacen que esta miel se considere gourmet. Por su perfil agridulce y salino, la miel de manglar despierta un especial atractivo para la alta cocina y la elaboración de hidromieles artesanales.

El renacer del bosque salado
Las abejas vuelan entre tres y cinco kilómetros en busca de néctar. En el caso de las colmenas de Apimangle, los insectos encuentran las flores en los sitios restaurados del Humedal Estero de Puntarenas.
Este humedal es un área silvestre protegida ubicada en el distrito de Pitahaya, donde se ubica El Establo. Con una extensión actual de 5.241,16 hectáreas (el equivalente a 7.340 canchas de fútbol con medidas FIFA), el 61% de su superficie está cubierta por especies como mangle rojo (Rhizophora mangle), mangle blanco (Laguncularia racemosa), botoncillo (Conocarpus erectus) y piñuela (Pelliciera rhizophorae), entre otras.
En estos manglares, la cicatriz de la expansión agrícola comenzó a cerrarse cuando el agua volvió a fluir. Lo que durante décadas fueron parches áridos y vastas extensiones dominadas por cultivos ilegales, hoy experimenta un proceso de regeneración.
Esta transformación es el resultado de una apuesta que combinó la ingeniería ecológica, el trabajo de las comunidades costeras y una visión estratégica centrada en los servicios ecosistémicos.
La idea de intervenir el manglar surgió en 2018, durante la elaboración del plan de manejo y al constatarse la pérdida de cobertura forestal. No era para menos. Durante 80 años, este ecosistema estuvo sujeto a la sedimentación, la deforestación, la contaminación y las quemas, resultando en una pérdida histórica de 865,7 hectáreas que representa aproximadamente el 76% de la cobertura original en dicho sector.
Fue así como el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac), el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (Catie) y Conservación Internacional (CI), con el respaldo de Fundación Tierra Pura, unieron fuerzas para rehabilitar al menos 300 hectáreas en el golfo de Nicoya, priorizando el estero de Puntarenas.
Los esfuerzos se concentraron en dos puntos críticos: río Seco, una franja de 30 hectáreas golpeada por los cultivos ilegales, y el sector del río Aranjuez, un complejo parche de 125 hectáreas gravemente afectado por la sedimentación y el bloqueo de su desembocadura.
A diferencia de las reforestaciones tradicionales, centradas en sembrar plántulas que crecieron en vivero, se apostó por la rehabilitación hidrológica: devolverle al humedal su pulso de marea para que la naturaleza hiciera el resto.
Maquinaria pesada abrió los cauces principales de cinco metros de ancho, pero dentro del bosque la faena requirió de fuerza humana para abrir canales secundarios de tres metros de ancho. “En otras palabras, necesitábamos gente volando pala”, dijo José Quirós, coordinador del Programa Marino de CI.
Fue así como, en 2021 y 2022, una cuadrilla de 20 personas excavó kilómetros de zanjas a “pura pala” para interconectar el mar con las zonas secas. En total, se trazaron 23,7 kilómetros de canales en todo el humedal.
“En nuestro sector hicimos más de 940 metros. La tarea que se le daba a cada persona era trabajar 3 metros por vez”, comentó Jesús López, entonces capataz de la cuadrilla y hoy uno de los fundadores de Apimangle.
Quirós admitió que la experiencia de trabajar con los comunitarios fue enriquecedora, ya que aportaron técnicas valiosas y un profundo conocimiento empírico para controlar la entrada de agua durante la excavación.
“Muchos de ellos trabajan en fincas de caña en la parte de riego”, mencionó Quirós y agregó: “Fueron muy buenos sugiriendo cómo manejar la dirección del agua. Ellos hacían bloques: abrían un canal, pero dejaban un pedazo sin tocar para asegurarse de que el agua no se filtrara y bloqueara el flujo que venía. Una vez que terminaban ese sector, abrían el paso y esa parte se llenaba de agua. Fueron muy oportunos con todas sus sugerencias”.

La respuesta del ecosistema fue inmediata. Apenas un mes después de la apertura de los canales en río Seco, miles de plántulas de mangle blanco, negro y rojo comenzaron a brotar de manera natural, alcanzando densidades de hasta 20 plantas por metro cuadrado y alturas de tres metros en poco más de un año.
Con la vegetación regresó la fauna: peces, cangrejos, aves marinas y hasta cocodrilos recolonizaron los nuevos cauces.
“El manglar es sumamente agradecido. Le devolvés las condiciones idóneas e inmediatamente se restablece”, expresó Quirós.
El manglar es tan agradecido que pagó con miel su restauración. Durante la apertura de los canales, los trabajadores se encontraron con un enjambre de abejas. Uno de los biólogos del Sinac se acercó a López con una pregunta que sonaba más a propuesta: ¿Por qué no aprovechan ustedes que hay abejas aquí?
Hoy, las mismas familias que abrieron los canales para restaurar el ecosistema son las que cuidan de las colmenas de Apimangle y actúan como guardianes del manglar. Su presencia es vital frente a amenazas persistentes como las quemas ilegales, reconfirmando que la supervivencia del humedal depende del lazo indisociable entre la comunidad y su entorno.
Zumbidos de resiliencia
Lejos de operar como un mero proyecto productivo, la apicultura en los manglares del golfo de Nicoya saca a la luz la simbiosis que existe entre la cosecha de miel, la conservación ambiental y los servicios que aporta la biodiversidad.
Para Silvia Camacho, fundadora de la Asociación de Mujeres Entre Manglares, esta práctica se consolida como una Solución Basada en la Naturaleza (SbN), capaz de articular una verdadera resiliencia socioambiental desde los territorios.
Las SbN son acciones que aprovechan el poder de los propios ecosistemas para resolver problemas generados por el cambio climático u otras perturbaciones. En lugar de construir infraestructura artificial o recurrir a soluciones dañinas, las SbN proponen proteger, cuidar o restaurar la naturaleza —como sembrar árboles, cuidar manglares o criar abejas— para que sea el propio entorno el que proporcione bienestar a las comunidades mientras se fortalece la biodiversidad.
El mecanismo de regeneración empieza con el zumbido mismo de las abejas. Al salir en busca de néctar entre los canales del manglar, estos insectos facilitan la polinización de la flora costera, convirtiendo a cada colmena en un motor biológico que acelera la restauración natural del bosque y ayuda a que el ecosistema sane de manera más eficiente.

En este engranaje, la miel trasciende su valor nutricional o comercial para transformarse en un incentivo directo para la conservación. Cuando el sustento familiar depende de la floración del mangle, la comunidad se convierte en la primera interesada en salvaguardar la salud del ecosistema. A su vez, el hecho de que la miel provenga del néctar que yace en una área silvestre protegida le otorga un valor diferenciado.
Frente al avance del cambio climático, los servicios de regulación que ofrecen estos humedales —en especial su extraordinaria capacidad para fijar y almacenar carbono en sus lodos, raíces, troncos y hojas— adquieren un valor estratégico.
La presencia de la apicultura refuerza este frente de contención en varios niveles: las abejas dinamizan la cobertura vegetal del ecosistema, mientras que los apiarios brindan presencia en el territorio y desalientan las quemas ilegales. Al mismo tiempo, el turismo rural y educativo diversifica los ingresos de las familias y concientizan a los visitantes sobre la importancia de los ecosistemas costeros.
Cuando las comunidades encuentran su sustento en la naturaleza, cada habitante se convierte en un guardián activo del territorio, tejiendo una red de protección comunitaria que asegura la resiliencia del ecosistema y la de su propia historia.
Este especial sobre apicultura de manglar contó con financiamiento de Historias Sin Fronteras, un proyecto de la organización periodística sin fines de lucro InquireFirst, domiciliada en San Diego, California (EE. UU.).















