- Un voto verdaderamente estratégico es aquel que reconoce que muchos de los problemas que más nos preocupan —el empleo, la salud, el costo de la vida— están interconectados con el cambio climático, con el ambiente en el que vivimos y nos desarrollamos.
Por María Fernanda Salas, investigadora de Lancet Countdown Latinoamérica
Este domingo Costa Rica elige presidente. Enfrentamos tantas preocupaciones inmediatas que el cambio climático ha quedado relegado a un segundo plano. Con uno de los costos de vida más altos de la región, el aumento sostenido de los homicidios y el debilitamiento del sistema de salud, la crisis climática no parece ser el factor decisivo a la hora de marcar la X en la papeleta este domingo, el primero de febrero. Sin embargo, la evidencia científica es clara: no existe un escenario en el que la economía y la salud pública mejoren si no se atiende de manera seria y sostenida la crisis climática.
Los efectos del cambio climático no son un problema del futuro; son una realidad que ya estamos viviendo. Solo en 2024, los desastres climáticos le costaron a América Latina aproximadamente 19,2 mil millones de dólares, el equivalente al 0,3% del PIB regional.
Esta crisis no se limita a escenarios apocalípticos. Sus consecuencias se han ido filtrando insidiosamente en nuestra vida cotidiana. Un ejemplo claro es el aumento del calor extremo. Más calor significa menos horas seguras para trabajar al aire libre, lo que afecta de manera directa sectores clave como la agricultura y la construcción. En Costa Rica, solo en 2024, las pérdidas laborales asociadas al calor extremo se estimaron en 347 millones de dólares, equivalentes al 0,4 % del PIB. Enfermedades conocidas en Centroamérica como la nefropatía mesoamericana -una alteración funcional de los riñones- adquieren mayor relevancia en este contexto, requiriendo atención para proteger a los trabajadores.
El calor extremo enferma, pero también mata. La exposición prolongada a altas temperaturas reduce la capacidad del cuerpo para regularse, lo que puede provocar golpes de calor, fallos cardiovasculares y el agravamiento de enfermedades crónicas. En América Latina, entre 2012 y 2021, la mortalidad relacionada con el calor alcanzó un promedio estimado de 2,2 muertes por cada 100.000 habitantes, lo que representa un aumento del 103% en comparación con el período 1990–1999.
Estas muertes no solo representan tragedias evitables, sino que también tienen consecuencias económicas profundas. Menos personas pueden trabajar, producir y sostener a sus familias. En el caso específico de Costa Rica, el costo económico anual promedio asociado a la mortalidad por calor durante el período 2015–2024 se estimó en 33,5 millones de dólares, un aumento del 302,9% en comparación con el período 2000–2009, cuando estas pérdidas rondaban los 8,3 millones.
Un voto verdaderamente estratégico es aquel que reconoce que muchos de los problemas que más nos preocupan —el empleo, la salud, el costo de la vida— están interconectados con el cambio climático, con el ambiente en el que vivimos y nos desarrollamos. Hacer este cálculo electoral implica considerar adaptarnos a lo inevitable y también reducir nuestra propia contribución al problema. Adaptarnos ya no es una opción: es una condición mínima para proteger la salud y la estabilidad económica de las próximas décadas. Pero la adaptación, por sí sola, se queda corta para enfrentar los escenarios más graves.
Por eso, es fundamental que, independientemente de cuál sea el próximo gobierno, exista un compromiso claro y verificable con la reducción de los gases de efecto invernadero (provenientes principalmente del petróleo y el gas) que son la principal causa del cambio climático. Ignorar esta realidad no es neutral: es una decisión que compromete nuestro bienestar presente y futuro.





