• Con el 55% del PIB mundial dependiendo de ecosistemas saludables, el informe del IPBES advierte que la omisión de la naturaleza en los balances financieros es un "punto ciego" que amenaza la estabilidad global.

La era en la que las empresas consideraban a la naturaleza como un recurso inagotable y gratuito ha llegado a su fin.

El más reciente informe de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), aprobado por representantes de más de 150 gobiernos, revela que el crecimiento económico global ha ocurrido a expensas de una pérdida masiva de biodiversidad que ahora representa un riesgo sistémico crítico para la economía y el bienestar humano.

“Tenemos los marcos. Tenemos las soluciones. No hay excusa para la inacción. Tomamos este informe como una llamada de atención urgente”, dijo Eva Zabey, directora ejecutiva de Business for Nature.

Según datos de Zero Carbon Analytics (ZCA), la naturaleza proporciona cada año servicios por un valor de 150 billones de dólares a la economía mundial. De hecho, se calcula que el 55% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial —equivalente a unos 58 billones de dólares en 2023— depende en grado moderado o alto de la naturaleza y sus servicios.

Sin embargo, cada año se otorgan hasta 7,3 billones de dólares en subvenciones para actividades que impulsan la pérdida de biodiversidad, desde la agricultura y los combustibles fósiles hasta las infraestructuras y la pesca, mientras que solo el 3% de esa cantidad (tan solo 220.000 millones de dólares) se destina a actividades de restauración, conservación y uso sostenible de la naturaleza.

“La pérdida de biodiversidad es una de las amenazas más graves para las empresas”, afirmó Stephen Polasky, copresidente del informe. “Aun así, la realidad distorsionada es que suele parecer que a las empresas les resulta más rentable degradar la biodiversidad que protegerla”, agregó.

“La forma tradicional de hacer las cosas puede parecer rentable a corto plazo, pero los efectos en múltiples empresas pueden tener efectos acumulativos, que se suman a los efectos globales, los cuales pueden cruzar puntos de inflexión ecológicos”, continuó Polasky.

El sotorrey cucarachero (Troglodytes aedon) es un ave insectívora que se puede ver comúnmente en los cafetales. Es un gran controlador de plagas.(Créditos: Becky Matsubara)

Alta dependencia

Incluso aquellas empresas que parecen alejadas de los ecosistemas dependen, directa o indirectamente, de la regulación ambiental, la polinización, el agua limpia y el control de inundaciones, así como de las contribuciones no materiales, como espacios para el turismo, el ocio, la educación y los valores espirituales, estéticos y culturales.

No obstante, las empresas a menudo no asumen costos financieros por sus impactos negativos y carecen de mecanismos para generar ingresos a partir de sus impactos positivos en la naturaleza. Menos del 1% de las empresas, por ejemplo, rinden cuentas públicas que mencionan los efectos sobre la biodiversidad.

En su informe, el IPBES menciona que el sector privado ha estado operando con un punto ciego contable. Los servicios ecosistémicos no aparecen en los balances financieros porque se consideran gratuitos, pero no lo son. Estos servicios se proveen en la medida en que los ecosistemas se mantengan saludables y, para que esto sea posible, se requiere financiar su conservación.

“En los negocios, la estrategia consiste, en última instancia, en gestionar el riesgo y crear resiliencia a largo plazo. Sin embargo, la naturaleza, el sistema del que depende toda cadena de suministro, apenas ha figurado en esa ecuación. La evaluación del IPBES muestra que este punto ciego se está convirtiendo en uno de los riesgos económicos definitorios de nuestro tiempo”, manifestó Paul Polman, líder empresarial, inversionista y filántropo.

El informe considera la degradación de estos servicios como una pérdida de activos. Si el ecosistema falla, el costo de reemplazar esos servicios es altísimo y, en muchos casos, físicamente imposible. Por poner un ejemplo: si se pierde la polinización natural, las empresas cafetaleras tendrían que recurrir a la polinización manual o robótica. El costo de producir una sola taza de café se dispararía, haciendo que el modelo de negocio colapse.

La tecnología existe, pero no es una solución económicamente viable para sustituir a la naturaleza a gran escala. Por ello, el IPBES alerta de la “trampa de la sustituibilidad”, creencia económica de que, si un recurso natural se agota o un servicio ecosistémico desaparece, el ingenio humano podrá crear una tecnología o un capital artificial que lo reemplace sin pérdida de valor.

La biodiversidad es un capital irremplazable. No existe aún la tecnología, probada por millones de años de evolución que sí tiene la naturaleza, que replique la complejidad de un suelo fértil, la regulación del ciclo del agua a escala continental o el equilibrio de plagas que ofrece un ecosistema sano. Cuando ese capital natural se pierde, la pérdida es irreversible y ninguna inversión en tecnología puede compensar la caída del servicio.

Para los inversores y directivos, confiar en la “sustituibilidad” se está convirtiendo en una negligencia fiduciaria. Tradicionalmente, el “deber fiduciario” de un directivo era actuar exclusivamente en el mejor interés financiero de los accionistas, lo que a menudo se traducía en maximizar ganancias a corto plazo, ignorando el impacto ambiental. Sin embargo, el informe del IPBES y el análisis de ZCA sugieren que esta visión ha quedado obsoleta, ya que ignorar la naturaleza es ahora, en sí mismo, un incumplimiento de ese deber.

En este sentido, el informe del IPBES redefine el éxito empresarial. Ya no se trata solo de cuánto dinero genera una empresa, sino de si su modelo de negocio es ecológicamente solvente.

Incluso las industrias de alta tecnología (como la inteligencia artificial o la computación) dependen de minerales cuya extracción depende de agua y estabilidad geológica, y de energía que a menudo depende de la regulación térmica de los bosques y ríos. No hay tecnología que flote en el vacío; toda tecnología está anclada a la biosfera. (Foto: Bethany Drouin / Pixabay).

Cuestión de sobrevivencia

La pérdida de biodiversidad es una amenaza existencial para el modelo de negocio tradicional. La degradación ambiental puede cruzar “puntos de inflexión” ecológicos que desestabilicen cadenas de suministro completas y la estabilidad financiera global.

Barclays Bank, citado por ZCA, estima que los beneficios podrían caer un 25 % en los próximos cinco años debido a la degradación de la naturaleza en los sectores minero y generación eléctrica. Se calcula que el sector mundial de productos básicos de consumo, que incluye alimentos y bebidas, se enfrentará a un impacto de 200.000 millones de dólares solo por la futura escasez de agua.

ZCA menciona que las empresas están operando bajo una falsa seguridad. Al no incluir la dependencia de la naturaleza en sus modelos de riesgo, están sobrevalorando sus activos y subestimando su vulnerabilidad.

De hecho, el informe de IPBES clasifica el riesgo financiero en tres categorías. La primera categoría de riesgo corresponde a los operativos, es decir, la interrupción directa de la producción. El segundo tipo tiene que ver con los riesgos regulatorios: los gobiernos están empezando a aplicar el principio de “quien contamina, paga” con métricas reales. Lo que antes era gratis, ahora vendrá con impuestos por uso de biodiversidad.

La tercera categoría agrupa los riesgos de mercado y reputación. El consumidor ya no perdona. El informe señala que las empresas que no puedan demostrar trazabilidad total quedarán fuera de los mercados premium.

“Las empresas pueden liderar el cambio transformador o arriesgarse a la extinción... no solo de las especies, sino potencialmente de ellas mismas”, advirtió el copresidente de la evaluación, Niall O'Dea.

En este sentido, el IPBES propone dejar de ver el financiamiento a la biodiversidad como una cuestión de filantropía y empezar a mirarlo como una estrategia de gestión de riesgos. Ante este cambio conceptual, es imperativo una reestructuración.

El reporte Financing Nature, elaborado por The Nature Conservancy (TNC), calcula que se necesita invertir anualmente entre $598.000 y $824.000 millones a nivel mundial para detener y revertir la crisis de biodiversidad. (Foto: Fabián Hernández)

El Estado de las finanzas para la naturaleza 2026 le pone números: por cada dólar que se invierte en proteger la naturaleza, se gasta 30 dólares en destruirla. Para alcanzar los objetivos mundiales en materia de biodiversidad, clima y restauración de la tierra, la inversión en Soluciones basadas en la Naturaleza (SbN) debe multiplicarse por 2,5 hasta alcanzar los 571 000 millones de dólares anuales en 2030, lo que equivale a solo el 0,5 % del PIB mundial. 

En este contexto, una de las prioridades de acción que dicta el informe para los gobiernos es la reforma de los incentivos. El IPBES señala que, bajo las condiciones económicas actuales, a menudo “tiene sentido empresarial provocar la pérdida de naturaleza”, porque destruir el ecosistema es gratuito o incluso está subvencionado, mientras que protegerlo no suele ser rentable a corto plazo. La recomendación es eliminar o redirigir estos subsidios para que el capital fluya hacia prácticas regenerativas.

Esta es una de más de 100 medidas concretas que esboza el informe para que gobiernos y reguladores exijan transparencia real. IPBES además pide controles estrictos contra la desinformación ambiental, marcando el fin de las promesas vacías de “carbono neutralidad” que no protegen la vida silvestre.

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