- En un contexto global, donde el procesamiento de residuos se vuelve más complejo e intensivo en emisiones de carbono, las comunidades toman la iniciativa y ese es el caso de Monteverde.
Los rellenos sanitarios reciben diariamente cantidades de residuos que acortan su vida útil. De hecho, se espera que los dos rellenos que corresponden a la Gran Área Metropolitana (Aserrí y Uruca) lleguen a su capacidad máxima y cierren este 2026, según indica el Ministerio de Salud.
Esto supondría un riesgo para los rellenos de otras partes del país, que son considerablemente más pequeños. Por ejemplo, si las 1.000 toneladas diarias que recibe Aserrí se trasladarán al relleno de Montes de Oro, en Puntarenas, su vida útil se disminuiría en un 40%, pasando de una duración prevista de más de ocho años a menos de cinco.
La disposición final que hace el país de sus residuos también impacta en su huella de carbono. Según el Inventario Nacional de Gases de Efecto Invernadero, el sector de residuos representa aproximadamente el 14,8% de las emisiones brutas. La mayor parte de esas emisiones deviene de la generación de gas metano en rellenos sanitarios y vertederos. En segundo lugar, se debe a la falta de tratamiento de aguas domésticas como industriales y, en tercero, a la incineración de basura.
Aunque el transporte es el sector más intensivo en emisiones, el sector residuos ha mostrado un crecimiento sostenido (más del 110% desde 1990), lo que lo convierte en un punto crítico para la descarbonización.
En este contexto, esfuerzos como La Tilichera juegan un papel importante, pues ayudan a procesar residuos que representan un desafío por su complejidad, además alivian la cantidad que llega a los rellenos y evitan las emisiones de carbono que implicaría procesarlos.

Nació en 2020, en plena pandemia de Covid-19, como una respuesta creativa y solidaria ante tiempos difíciles y, si bien hoy representa valores de “sostenibilidad, solidaridad y cuidado mutuo”, en su creación el foco estaba en la comunidad y en el beneficio a las personas.
“Este proyecto ha demostrado que sí se puede. Si hoy no tengo dinero para comprar zapatos nuevos, yo voy a La Tilichera”, señaló Paola Arias, quien forma parte del equipo central.
“Como estudiante de la Escuela de los Amigos, me ayudó a financiar mis estudios”, comentó Jose Pablo Villalobos, cuya madre trabajó durante muchos años en “La Tili” —como le dicen de cariño—, lo que le permitió pagar la educación de su hijo.
Proyecto comunitario sostenible
En el corazón del proyecto hay un equipo de mujeres —muchas de ellas son madres solteras y jefas de hogar— que sostienen el espacio con su tiempo y amor. A cambio, reciben becas educativas para sus hijos e hijas. Para Arias, “reutilizar no es una moda… es un estilo de vida”.
Este espacio de economía circular —modelo de producción y consumo que busca maximizar la vida útil de los materiales— también le otorgó a Villalobos, y otros jóvenes, ropa, útiles, zapatos y otros artículos que les eran fundamentales y también les facilitaron los estudios.
Este modelo, frente a la economía lineal que se enfoca en tomar-hacer-desechar, fomenta la reutilización, la reparación y el reciclaje, manteniendo los recursos técnicos y biológicos en ciclos cerrados, reduciendo así los desechos que puedan llegar a los rellenos sanitarios y las emisiones resultantes.
Larissa Arroyo, coordinadora del inventario de emisiones de Corclima, indicó que, en los últimos 18 meses, unas 4,88 toneladas de materiales no han llegado a los rellenos sanitarios gracias a la labor de La Tilichera.
“Para mis hijos es una lección: entregar algo para poder recibir algo. Eso tiene muchísimo valor”, comentó Fern Perkins, miembro de la comunidad de Monteverde.

“Hemos donado utensilios, blancos (ropa de cama) y ropa en buen estado. Todo pasa por un filtro y luego va a La Tilichera. Incluso nuestros colaboradores pueden cambiar puntos por artículos que necesiten. Es una solución maravillosa para familias con hijos en crecimiento”, mencionó Raquel Castro, del hotel Cala Lodge.
Corclima ha participado en espacios organizados por la Municipalidad de Monteverde, en su centro de acopio, donde han llegado otras municipalidades como Hojancha, Bagaces, Nandayure y la recicladora RECO, a escuchar sobre los proyectos de acción climática de la cooperativa, proyectos llevados a cabo por personas como la mamá de Villalobos.
Jeans y upcycling
La creación de una sola prenda de jeans puede llegar a consumir hasta 10.000 litros de agua —desde la semilla del algodón hasta el prelavado—, y el desecho de este tipo de ropa genera abundantes residuos sólidos que generan gases de efecto invernadero (GEI) durante su procesamiento.
En “La Tili”, además de la tienda de trueque, surgió “Reutilichar”. Este es un emprendimiento social donde mujeres de la comunidad transforman materiales textiles recuperados en bolsos, estuches y piezas únicas hechas a mano. Cada producto demuestra que los residuos no son basura y pueden tener valor. A este proceso de transformación se le llama upcycling y genera empleo, habilidades y economía circular.
Según el informe de Pnuma, la cantidad de prendas producidas en la actualidad se ha duplicado desde el año 2000, y se calcula que los consumidores compran hoy un 60% más de ropa, pero solo la usan la mitad de tiempo.

De acuerdo al Instituto Superior de Educación e Innovación en Responsabilidad Social (Edufors), la industria de la moda rápida genera 12,6 millones de toneladas de residuos textiles anuales que terminan en los vertederos
“Buscamos telas para poder producir nuevos productos a partir de lo que otras personas no utilizan”, comentó Alejandra Carvajal, quien trabaja en la parte de confección de La Tilichera.
Según una investigación, publicada por la Fundación de Estudios Superiores Comfanorte (FESC), en la producción de un jeans se emiten 13 kilogramos (kg) de dióxido de carbono (CO₂), 10 kg de colorantes y químicos con su consiguiente liberación incontrolada al medio ambiente —algunos permanecen en el aire por mucho tiempo como el Reactivo Blue 19, que permanece activo más de 46 años— así como 1/2 kg de otras sustancias químicas, usualmente cloro, para conseguir el efecto desgastado.
Las prendas de algodón se descomponen relativamente rápido —entre una semana a 5 meses—, pero ropa de poliéster —demora más de 200 años—, licra deportiva —de 20 a 200 años— o incluso calcetines de Nylon —30 a 40 años—, representan un riesgo mucho mayor.
Por eso, el upcycling —también conocido como “superreciclaje”— no solo previene el aumento de residuos en rellenos sanitarios, sino que además reduce la compra de productos nuevos que eventualmente serán desechados.
En La Tilichera se fomenta el trueque de productos y artículos, así como la donación para la posterior reventa.
“Fue de alguien, para quien ya era viejo, pero cuando yo lo agarré, es nuevo para mí. Ha cambiado el concepto de lo nuevo y lo viejo”, destacó Hazel Guindon, quien frecuenta el área de trueques de La Tili.

Computadores y electrónicos
Greivin Segura es un técnico en informática con más de 22 años de experiencia. Llegó a Monteverde en 2004 para trabajar en el departamento de informática de la Fábrica de Quesos Monteverde, pero en 2013, cuando la empresa fue vendida, el departamento fue cerrado. Tras casi una década en el área, él, a diferencia de algunos de sus compañeros que también perdieron su empleo, decidió quedarse. “Tuvimos que ver qué hacíamos… Yo decidí quedarme y montar mi propio taller”, dijo.
Su taller se ha convertido en un espacio donde se reparan computadores y otros componentes electrónicos para que puedan ser reutilizados.
“Hay compus que ya no sirven para trabajar, pero sí para que un chiquillo pueda hacer tareas. Lo importante es no botarlas sin pensar antes en alguien más que las puede aprovechar”, explicó Segura.
Se estima que cada persona genera en promedio 7,6 kg de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE) al año, indica el Global E-waste Monitor 2020 de Naciones Unidas. En ese mismo informe se señala que el dato para Costa Rica es de aproximadamente 13,2 kg por persona al año. Si se toma en cuenta que la población costarricense es aproximadamente de 5,1 millones de habitantes, la cifra de RAEE rondaría las 67.000 toneladas anuales. En el cantón de Monteverde, con una población de 5.386 habitantes, estas cifras estarían rondando las 71 toneladas anuales, lo que refleja la importancia de la labor de Segura.
El afán por mitigar el desecho inconsciente, no es reciente. En el año 2000 surgió el concepto de “derecho a la reparación”. Este movimiento comenzó en la industria automotriz en Estados Unidos donde, en 2012, se aprobó la primera ley estatal que obligaba a los fabricantes a proporcionar información necesaria para la reparación de vehículos. En el caso de la industria electrónica, este impulso llegó a Estados Unidos y Europa con el surgimiento de iniciativas como iFixit y Repair.org.
Estos movimientos responden al aumento de la complejidad y coste de reparar electrónicos. No obstante, Segura ha llegado a darle un nuevo propósito a una compu de más de 10 años que aún puede ser útil para un estudiante así como a un servidor que reparó por ₡150.000 cuando otras empresas cotizaban 1,5 millones, señaló Corclima.
La huella de carbono promedio de reciclar una tonelada de residuos electrónicos se estima en aproximadamente 1,5 toneladas de CO₂ equivalente, señala el informe de Naciones Unidas. Esto incluye la recolección, el transporte y el consumo de energía durante el proceso de reciclaje.

Los RAEE contienen componentes tóxicos —como mercurio, plomo, arsénico y otros metales pesados— que, cuando se desechan de manera incorrecta, pueden filtrarse en el suelo y las fuentes de agua, contaminando el ecosistema. Además, estos materiales pueden ser liberados en el aire durante la incineración, aumentando la contaminación del mismo y contribuyendo al cambio climático.
El peligro es tal que ya hay iniciativas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre RAEE y salud infantil, con el propósito de aumentar el acceso a la base de conocimientos y datos probatorios, sensibilizar acerca de las repercusiones de los desechos eléctricos y electrónicos sobre la salud, en particular de los niños y niñas; así como mejorar la capacidad del sector salud.
En junio de 2021, OMS publicó el primer informe donde se detalla el alcance de los efectos de estos desechos sobre la salud infantil. La exposición prenatal e infantil a los tóxicos de los desechos eléctricos y electrónicos se asocia con deterioro del desarrollo neurológico y del comportamiento, problemas pulmonares y respiratorios (incluyendo tos, sibilancias y asma), deterioro de la función tiroidea, cambios en la función del sistema cardiovascular, daños en el ADN, problemas en el sistema inmunitario (incluida una mayor vulnerabilidad a las infecciones, una menor respuesta a la inmunización y mayores tasas de alergias y enfermedades autoinmunes), y mayor riesgo de padecer enfermedades crónicas.
Los residuos electrónicos también tienen metales valiosos —como oro, plata y cobre—, que podrían ser recuperados mediante un reciclaje adecuado. Por esta razón, Segura enfatizó en donar lo que aún puede servir, y en desechar correctamente lo que ya no tiene arreglo.
Un ejemplo a imitar
La Tilichera es más que una iniciativa local. Es un ejemplo vivo de lo que ocurre cuando las personas comparten, se apoyan y construyen sistemas que privilegian la dignidad sobre el consumo.





