• El militarismo y la priorización del mantenimiento del ‘status quo’ desde las grandes potencias obstaculizan la acción climática, profundizan el extractivismo y agravan desigualdades y vulnerabilidades sociales.

Por Fiona Corr*, estudiante de Maestría de Trabajo Social en la Universidad de Chicago.

El papel que juegan las operaciones militares en la escena de la política internacional prioriza la máquina de guerra sobre la sobrevivencia del planeta, dignidad y derechos humanos. Como dijo la representativa del grupo Human Rights and Climate Change Working Group durante una reunión de la Conferencia Climática SB64: no es una coincidencia, es una decisión deliberada que hacen las grandes potencias mundiales.

Los intereses de unos pocos países impiden y niegan la acción climática. Estos países dan fuerza, financiamiento y apoyo a los conflictos armados, la ocupación militar y el genocidio. La priorización de la comunidad internacional del militarismo no ocurre en aislamiento. Las tensiones entre movilidad humana, la crisis climática y la violencia se superponen y configuran un circuito de realimentación; fortalecido por la política internacional y doméstica, los sistemas de gobernanza y las instituciones y estructuras sociales.

El aumento del militarismo a través del mundo promueve la economía extractiva mientras explota, daña y desplaza a las comunidades vulnerables entre violencia directa, las externalidades de la guerra y las consecuencias que surgen del cambio climático. El militarismo no solo refuerza una defensa rígida de las fronteras nacionales y el extractivismo, sino que además intensifica la violencia armada y la opresión.

Desafortunadamente, el mundo se está moviendo en la dirección opuesta de las soluciones adecuadas. Cada año, los gastos militares aumentan en el planeta, empeorando las condiciones climáticas y reforzando la dependencia de los combustibles fósiles. En abril 2026, el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés) reporta que los gastos militares mundiales alcanzaron más de $2,8 mil millones en 2025 siendo los Estados Unidos, Rusia y China los tres países con un mayor gasto militar, gastando un total combinado de $1,48 mil millones o 51%  del total. 

Las guerras de años recientes han mostrado con claridad los problemas que trae el nexo con los combustibles fósiles. La falta de coherencia entre obligaciones y acciones no es solo de los actores involucrados en los conflictos armados, sino también en los otros actores del mundo quienes siguen comprando los recursos energéticos de los agresores. Esta relación últimamente financia y apoya a los países como Rusia, Estados Unidos e Israel, fortaleciendo el rol de la energía como arma. 

Otra parte de este problema son las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) militares y la inseguridad sobre los datos actualizados. Existe una brecha crítica de datos incompletos o completamente inexistentes desde los países que tienen gastos militares más grandes (los Estados Unidos, Rusia y China). La falta de transparencia y responsabilidad de estos países  debe ser rectificada. La inversión militar debe ser redirigida en la dirección de la financiación climática, apoyos sociales y alternativas de energía sostenibles para priorizar los derechos humanos, la paz y la justicia.

La justicia que defienden los tribunales internacionales tiene que considerar las dos ramas de los efectos de las guerras. Por un lado, las consecuencias directas de las guerras y por el otro lado existen las menos obvias– las poblaciones vulnerabilizadas, enfrentando las externalidades de estos conflictos en la forma de daños y pérdidas por el cambio climático.

Centroamérica, por ejemplo, es una zona vulnerable que enfrenta múltiples amenazas ambientales por sus características diversas y únicas. Una publicación de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en 2021 explica los múltiples desastres y peligros causados por el cambio climático que enfrentan los países centroamericanos, entre ellos, sequías, huracanes y variación de lluvias. Con respecto a estos eventos, las poblaciones más vulnerables que sufren las consecuencias son mujeres, niños y niñas, pueblos indígenas, comunidades pesqueras y agricultores pequeños o de subsistencia. 

La presión que pone el cambio climático sobre otros problemas que ya existen es un ‘multiplicador de amenazas’, es decir, las condiciones que ya existen dentro de una sociedad son intensificadas por la crisis climática y coexisten dentro de una relación de mutuo refuerzo. 

La población centroamericana está en una situación precaria, aunque esta zona ha contribuido mínimamente al cambio climático. Países como Costa Rica históricamente han perseguido los afanes de paz y ambientalismo; pero no pueden alcanzar la justicia climática sin la cooperación internacional. El militarismo y sus vínculos con la crisis climática representan un obstáculo enorme para los países de centroamérica, persiguiendo la justicia climática, y para todo el régimen climático internacional en el cumplimento de sus obligaciones.

El nexo entre el cambio climático y el militarismo a veces queda difícil de desenmascarar por la falta de datos o por las complejas relaciones entre ellos. Esta falta de datos es violencia estructural gestada por los intereses de quienes lucran con la guerra y el petróleo. Las grandes potencias del mundo dependen de esto para perseguir sus propios intereses, evitar responsabilidad y negar cooperación internacional. 

El hecho de que muchos daños y pérdidas no sean visibles de forma inmediata permite que los países responsables por los conflictos mantengan el statu quo sin enfrentar ninguna intervención. Como resultado, eluden su responsabilidad, evitan reconocer los daños ocasionados y no cumplen con la obligación de proporcionar las reparaciones climáticas correspondientes. 

Esta es la precisa razón por  la que existe la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC). La lucha tiene que seguir por el camino de la ciencia robusta y una política justa. 

Para lograr un futuro más justo es necesario reconocer el papel del militarismo como barrera hacia la paz climática.

*Fiona Corr realiza una pasantía en la organización  La Ruta del Clima, investigando y escribiendo sobre las complejidades de la política internacional climática. Lo que más inspira su trabajo es la experiencia humana, el rol de la comunidad, la relación entre la naturaleza y los seres humanos y la justicia climática.

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