• De la tributación colonial a los proyectos de bioeconomía liderados por comunidades, la producción de miel en el manglar se consolida como una estrategia de adaptación frente a la crisis climática y la pérdida de biodiversidad.

En el golfo de Nicoya, el zumbido de las abejas vuelve a marcar el ritmo de una historia que comenzó hace siglos como una práctica ancestral y hoy renace impulsada por comunidades que han encontrado en la apicultura de manglar una respuesta concreta a la crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la necesidad de una economía sostenible.

Apimangle es un proyecto que nació en los manglares que circundan a la comunidad de El Establo, en Pitahaya de Puntarenas. Actualmente, el proyecto maneja 20 colmenas y, aparte de vender miel, ofrece tours educativos.

En Caldera, la Asociación de Mujeres Entre Manglares promueve la bioeconomía mediante el aprovechamiento integral de la colmena. Más allá de la miel, desarrollan subproductos como propóleo y polen para su uso en medicina natural y cosmética.

Iniciativas similares se están gestando en isla Chira, Jicaral y Venado. “Consolidando un verdadero corredor de apicultura costera a lo largo del golfo”, dijo con orgullo Silvia Camacho, fundadora de la Asociación de Mujeres Entre Manglares.

La apicultura de manglar no apareció de la nada. Es una actividad que deviene de la relación entre el ser humano y la naturaleza costera, donde el conocimiento del pasado sirve de cimiento para los nuevos proyectos de bioeconomía.

La cobertura de manglares en el golfo de Nicoya alcanza aproximadamente las 19.957 hectáreas. (Foto: Nina Cordero / InquireFirst).

Tributo colonial

La tradición apícola en el golfo de Nicoya se remonta a la época precolombina, cuando pueblos originarios como los chorotegas aprovechaban la miel que producían especies de abejas nativas sin aguijón (meliponas).

Con la colonización, los productos de la colmena se volvieron una forma de tributo exigido por la Corona Española a los pueblos originarios. Los registros de 1548, por ejemplo, muestran que comunidades como la isla Chira debían entregar anualmente hasta 200 cántaros de miel y 600 libras de cera a las autoridades europeas.

“Una obligación similar tenían pueblos como Nandayure, que debían tributar cuatro cántaros de miel y 25 libras de cera”, comentó Pablo Zamora, coordinador de incidencia política de Fundación Marviva, cuya formación combina el derecho y la historia con énfasis en biopatrimonio.  

Para dimensionar el volumen de producción, Zamora precisó que un solo un cántaro equivalía a aproximadamente 16 o 17 litros de miel y las altas exigencias de cera respondían a la permanente demanda de la Corona, ya que la utilizaban para fabricar candelas que empleaban en actividades religiosas y administrativas.

A lo largo del tiempo, la actividad atravesó transformaciones profundas. Con los españoles llegaron las abejas europeas. “Su introducción permitió que los tributos de miel exigidos por la Corona Española crecieran con el tiempo al disponer de una especie con mayor capacidad de producción que las abejas nativas, pero también desencadenó una constante competencia por los recursos de la zona”, señaló Zamora.

En estos proyectos, los apiarios se colocan en un rango de 3-5 kilómetros de los ecosistemas de manglar. Esa es la distancia máxima que se alejan las abejas de la colmena. (Foto: Nina Cordero / InquireFirst).

Hacia las décadas de 1970 y 1980, se introdujo la abeja africanizada. Por su alta productividad y resistencia, esta última se convirtió en la especie predominante para la producción comercial moderna en la región.

Para Zamora, la miel es una prueba de cómo el entorno condiciona el modo de vida de las poblaciones locales y cómo estas, a su vez, generan cultura a partir de los recursos de su ecosistema.

Justamente esto ilustra el concepto de patrimonio biocultural, el cual describe la relación de interdependencia entre las comunidades y sus ecosistemas. En este tejido, la recolección ancestral de la miel constituye el patrimonio inmaterial (el saber hacer, la tradición y las prácticas transmisibles), mientras que las herramientas y recipientes representan el patrimonio material.

De esta manera, la miel es mucho más que un endulzante o un sustento económico para las comunidades del golfo de Nicoya. Es una hebra viva que conecta el presente de las comunidades costeras con siglos de historia y relación con el entorno. Sin embargo, este legado biocultural hoy enfrenta una de sus mayores pruebas de la mano de la crisis climática y la degradación ambiental.

Desafíos

A pesar del impulso que está teniendo en el golfo de Nicoya, la apicultura de manglar enfrenta barreras para su consolidación. Una de ellas viene con el cambio climático: el aumento acelerado de las emisiones y las variaciones de temperatura alteran directamente la fisiología y los hábitats de las abejas, disminuyendo su tasa de natalidad y reduciendo los espacios idóneos para la floración.

“El cambio climático representa uno de los factores más disruptivos para la apicultura, dado que las abejas y los sistemas productivos son altamente sensibles a las variaciones ambientales. La alteración de floraciones (ciclos más cortos, tardíos o irregulares) afecta la disponibilidad de néctar y polen para las abejas”, explicó Camacho.

La apicultora advirtió que el horizonte de la producción apícola para el 2035 está “condicionado por el cambio climático, el cual genera presiones y oportunidades”. Esto obliga a los apicultores a buscar “resiliencia productiva mediante el manejo agroecológico del paisaje y la movilización estacional de las colmenas”.

La otra barrera yace en el impacto de agroquímicos aplicados en cultivos colindantes, los cuales provocan episodios de intoxicación y muerte masiva de colmenas. David Carvajal, coordinador de la Mesa Apícola Nacional, mencionó casos críticos de envenenamiento donde se han perdido hasta 70 colmenas en un solo evento debido al uso de pesticidas en plantaciones cercanas.

Las abejas son altamente sensibles a los pesticidas. Incluso dosis bajas pueden causar malformaciones en tejidos, alteraciones en el comportamiento social y problemas de orientación que comprometen la supervivencia de la colonia a largo plazo.

Al estar las colmenas ubicadas en el manglar, las abejas recolectan néctar de las flores de mangle. El resultado es una miel de sabor agridulce, menos empalagosa. (Foto: Nina Cordero / InquireFirst).

No son solo las abejas, el uso indiscriminado de agroquímicos ha mermado también las poblaciones de otros polinizadores silvestres de las zonas de manglar. En este sentido, Carvajal criticó que, aunque se utilicen químicos para combatir plagas específicas, estos suelen estar mal enfocados o aplicarse de forma incorrecta, impactando directamente la salud de los polinizadores.

Al referirse a la frustración de los apicultores ante las pérdidas masivas de colmenas, Carvajal señaló que “formalmente se pone la denuncia y nada pasa”, ya que el Gobierno “carece del músculo necesario para dar el soporte técnico y legal que las abejas requieren”.

Los trámites para obtener certificaciones sanitarias es otra barrera, así como los traslados desde zonas insulares o costeras de difícil acceso. Todo ello encarece la comercialización.

“La distribución es el gran reto. En el caso de Apimangle, ellos están muy metidos y no puede salir tan fácil. Tienen que salir hasta Miramar y enviar la miel por correo. Eso encarece el producto en casi el doble”, comentó Gabriela Mora, coordinadora de desarrollo costero en Fundación Marviva.

“Ponerla en San José sale en casi 5.000 colones el frasco de 250 gramos. La gente que no conoce lo que implicó producirla, solo ve que ese mismo frasco sale en 1.700 colones en el supermercado. No pueden competir en precio”, añadió Mora.

Camacho identificó la adulteración como un factor de riesgo. “La productividad se ve amenazada por la competencia desleal causada por la miel adulterada”, dijo y explicó: “Normalmente cocinan distintas mieles para llevarlas a un mismo sabor y a un mismo color. El consumidor estándar eso es lo que anda buscando en el supermercado. El cliente está acostumbrado a que si se ve diferente piensa que eso es lo que está adulterado”.

Aún así, el resurgimiento de la apicultura de manglar en el golfo de Nicoya demuestra que el desarrollo comunitario puede avanzar de la mano de la biodiversidad, transformando la memoria ancestral en un escudo frente al cambio climático.

Este especial sobre apicultura de manglar contó con financiamiento de Historias Sin Fronteras, un proyecto de la organización periodística sin fines de lucro InquireFirst, domiciliada en San Diego, California (EE. UU.).

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