- El próximo secretario general del CVF-V20 defiende un giro estratégico hacia una política climática basada en la prosperidad. Ante recortes en los presupuestos de cooperación y tensiones geopolíticas, Alvarado apuesta por integrar agendas, desbloquear el financiamiento multilateral y poner las soluciones locales en el centro del desarrollo de los países más vulnerables.
En un escenario global convulso, marcado por tensiones geopolíticas, la reasignación de presupuestos hacia la seguridad militar y la paulatina reducción de la ayuda internacional, los países más expuestos a la crisis climática enfrentan un desafío histórico: ¿cómo financiar la adaptación y la resiliencia sin ahogarse en más deuda?
En este contexto, el expresidente de Costa Rica Carlos Alvarado Quesada asumirá la Secretaría General del Foro de Vulnerabilidad Climática y el Grupo de los 20 Vulnerables (CVF-V20) en enero de 2027.
El CVF es un bloque que agrupa a 77 naciones del Global Sur, desde pequeños Estados insulares hasta economías de ingresos bajos y medios. Por su parte, el V20 agrupa a los 20 países más vulnerables del mundo. Por parte de América Latina, el CVF está integrado por Costa Rica, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Colombia y Paraguay.
Sucediendo al exmandatario de Maldivas, Mohamed Nasheed, Alvarado llega a liderar este foro multilateral en un momento de inflexión: la transición acelerada desde un discurso aislado de mitigación hacia una política climática 2.0 centrada en los Planes de Prosperidad Climática y en la articulación de la agenda climática con el bienestar cotidiano, el empleo y la salud de la ciudadanía.
Los Planes de Prosperidad Climática (CPP, por sus siglas en inglés) son instrumentos que proponen un giro radical frente al abordaje ambientalista tradicional, transicionando hacia una política donde la acción climática deja de verse como una agenda aislada o una carga de descarbonización, para convertirse en un motor directo de crecimiento socioeconómico, generación de empleo y reducción de la pobreza.
En lugar de fragmentar los esfuerzos en ventanillas separadas para biodiversidad, adaptación o desarrollo, los CPP articulan propuestas integrales de inversión que atienden los problemas cotidianos de la ciudadanía —como el costo de la energía, la seguridad alimentaria y la salud pública—, fortaleciendo así la resiliencia económica y el respaldo democrático a la transición.
Actualmente, el foro cuenta con 9 CPP completos y 16 en proceso de elaboración entre sus 77 países miembros, los cuales se articulan con mecanismos como Vulnerabilidad a Viabilidad (V2V) para atraer financiamiento a largo plazo en infraestructura crítica.
A través de esta plataforma, Alvarado busca que el financiamiento internacional comprometido hacia 2035 —estimado en $1.300 millones anuales— trascienda la burocracia multilateral y se concrete en transferencias reales e inversiones directas que impacten positivamente el bienestar y la calidad de vida de las poblaciones más vulnerables del planeta.

En entrevista con Ojo al Clima, Alvarado expone su visión sobre cómo integrar agendas fragmentadas, movilizar recursos directos a las comunidades e impulsar un mensaje de esperanza y acción frente al escepticismo global.
El CVF siempre ha sido muy vocal respecto al financiamiento no condicionado. ¿Cuál va a ser la estrategia para lograr que el financiamiento comprometido hacia 2035 realmente llegue y no se quede solo en compromisos sin transferencias reales?
—Esa es la gran pregunta y agregaría otras dificultades del contexto actual. En primer lugar, la situación de conflicto global: muchos de los principales donantes ya no están invirtiendo únicamente en cambio climático, sino en una carrera armamentista; por ende, los presupuestos para adaptación y mitigación climática están bajo mucha presión. Llanamente hablando, el argumento es que no hay dinero.
En segundo lugar, está el compromiso político: algunos países han reducido sus metas por falta de voluntad política. Sin embargo, veo oportunidades. Creo que estamos en un momento de transición de la agenda de mitigación hacia la agenda de adaptación. La dificultad para alcanzar la meta del 1,5 °C del Acuerdo de París ha visibilizado los problemas climáticos reales que vive la gente día a día: desde los dramáticos hechos recientes en Nepal, pasando por los incendios e inundaciones en países desarrollados, hasta la imposibilidad de aseguramiento que están enfrentando las viviendas en zonas adineradas de la costa de California por la crecida del nivel del mar.
Existe una mayor conciencia de que el financiamiento no es solo una obligación ética intergeneracional, sino que la falta de adaptación está generando disfuncionalidades sistémicas en la economía global. Al igual que aprendimos en la pandemia, vivimos en un mundo interconectado. Fenómenos como los problemas en el estrecho de Ormuz impactan el costo de los fertilizantes y aumentan los riesgos de hambruna. Lo que ocurre en una región impacta al resto del mundo.
Bajo este enfoque, persuadir para hacer inversiones de adaptación abre la cancha: ya no es solo financiamiento por vulnerabilidad climática, sino financiamiento por el bienestar global y la estabilidad del sistema. Por ello, el CVF y el V20 han migrado hacia los llamados Planes de Prosperidad, lo que podríamos definir como una política climática 2.0.
Costa Rica creó su Plan de Descarbonización en la primera ola tras el Acuerdo de París. Aprendimos que, aunque las políticas eran buenas, el enfoque no debe estar solo en descarbonizar, sino en la prosperidad directa de las personas. En las democracias, el incentivo político aumenta cuando se atienden las afectaciones inmediatas de la ciudadanía.
¿Este giro responde a que se pide financiamiento por separado para solventar necesidades de las agendas de cambio climático, biodiversidad, pérdidas y daños, y desarrollo? ¿Es una estrategia para diseñar propuestas integrales y dejar de ver el cambio climático como una agenda aislada?
—Exacto. Conceptualmente debemos pasar de la fragmentación a la integración. Al principio fragmentamos las agendas (clima, biodiversidad, desarrollo, género…) para entenderlas y abordarlas, pero en la vida cotidiana de las familias no se habla de cambio climático o biodiversidad en abstracto; la gente habla de su empleo, su salud, el ambiente y su calidad de vida de forma integrada.
Es como jugar Scrabble: hay que saber colocar las piezas de mayor puntaje en las casillas correctas para hacer coincidir las agendas. Una misma política bien diseñada sobre energías limpias puede llamarse también “energía más barata” o “generación de empleo en el sector energético”. Al fragmentar el discurso, alejamos a mucha gente que sentía que no le hablábamos a su realidad. Integrar las soluciones de forma sencilla es uno de los principales retos y también representa una oportunidad.
Para un foro como el CVF, donde los países reconocen sus limitaciones para articular a sus distintos ministerios (Energía, Ambiente, Finanzas, Salud, etc.) en torno a un abordaje de prosperidad, ¿cómo ayudarlos a mirar hacia adentro y lograr esa articulación institucional?
—Lo que me da esperanza es que, aunque a veces los foros multilaterales dan la sensación de estancamiento, cuando uno visita los países y las comunidades, ve un enorme progreso y soluciones locales extraordinarias. El problema es que esos logros locales no siempre se convierten en una narrativa global.
Uno de los grandes retos es fortalecer la cooperación Sur-Sur y la cooperación local-local. La gente encuentra soluciones no solo para combatir el cambio climático, sino para evitar migrar, generar empleo o adaptarse a la transición energética.
Debemos tener cuidado con la idea de “escalar soluciones”. Si se escala de forma masiva o industrializada, a menudo se destruye la capacidad y la agencia local. Lo local es único y no se puede imponer una solución homogénea para todo el mundo. El rol multilateral no debe imponer, sino facilitar el financiamiento y el conocimiento.
Lo he visto en las islas del Pacífico: ante la subida del mar, están creando soluciones innovadoras para proteger su patrimonio, su agricultura y su soberanía. O en África donde, tras el alza de fertilizantes por la guerra, han sustituido insumos sintéticos por fertilizantes verdes. En Kenia, por ejemplo, utilizan excedentes de energía fotovoltaica para producir amonio verde para los agricultores.
Nuestro rol es facilitar el intercambio para inspirar y acompañar con financiamiento amplio. Debemos retar con firmeza y humildad la burocracia del sistema. Países pequeños no pueden esperar siete años para aprobar un proyecto a través de ministerios reducidos, ni gastar presupuestos excesivos en trámites administrativos. El sistema actual mantiene dinámicas de poder y burocracias que debemos corregir.

Un tema que me preocupa a nivel de narrativa es cómo construir esperanza frente al discurso habitual del apocalipsis que rodea al cambio climático. Escuchándolo, se me ocurre que empoderar las soluciones locales puede ser un motor para imaginar otros futuros. ¿Cómo se aborda esto desde el Foro y su relación con la gente?
—Si uno busca esperanza únicamente en las cumbres globales, las llamadas COP, probablemente no la encuentre. La esperanza hay que buscarla en la gente y en lo local. Además, hay que diferenciar las regiones: mientras en Occidente y en las democracias liberales predomina un tono pesimista, en latitudes como el continente africano se vive un gran optimismo por su bono demográfico y crecimiento económico.
No debemos trasladar todo el pesimismo occidental al resto del mundo. La moraleja no es copiar mecánicamente lo que hace otro país. Por ejemplo, cuando hablo de la abolición del ejército en Costa Rica, la lección no es que todos deban abolir su ejército, sino que cada pueblo tiene la capacidad de tomar decisiones transformadoras e innovadoras sobre su propio futuro.
Como decía Nelson Mandela: “Siempre parece imposible hasta que se hace”. El reto humano es hacer posible lo que parece inalcanzable. La historia no es una línea recta donde un día todo se resuelve mágicamente, sino un proceso constante de mejora. Debemos procurar movernos en la dirección correcta.
Entonces se trata de dejar de buscar la solución perfecta universal y enfocarnos en tejer redes.
—Exacto. Si hubiera una única solución impuesta por una sola persona o entidad, sería una imposición. La verdadera solución surge de la libertad y de la capacidad de transformar desde adentro. Esperar que la solución venga siempre de afuera o de los grandes foros multilaterales nos resta iniciativa. Lo más realista es que cada persona y comunidad actúe en su metro de influencia, convirtiendo esas acciones locales en transformaciones regionales y globales.
Una última pregunta, como costarricense y a nivel personal, ¿cuál quisiera que fuera su legado al dejar el cargo?
—Tengo grandes ambiciones, pero también los pies en la tierra. La meta clara es lograr que el financiamiento llegue de manera directa e impacte positivamente la vida de las personas en los 77 países vulnerables que integran el foro.
Sé que es posible. Lo vi durante el proceso de la declaración sobre el incremento del nivel del mar, que inició en 2022 con las Islas Marshall, Tuvalu y Kiribati: decían que era imposible lograr un consenso en las Naciones Unidas en el contexto actual, y se logró. Lo vivimos también en 2019 durante la PreCOP realizada en Costa Rica, cuando lanzamos la Coalición de Alta Ambición para proteger el 30% de la tierra y el 30% de los océanos para el 2030. Decían que era imposible y en 2022 más de 190 países adoptaron la meta. Lo mismo demostró Christiana Figueres al liderar el camino hacia el Acuerdo de París, cuando nadie creía en un acuerdo global.
A veces somos demasiado escépticos a pesar de la evidencia. Mi meta es poner a prueba esa hipótesis: hoy parece imposible, pero trabajaremos para que dentro de tres años sea una realidad.





