- El repunte de la inflación energética regional al 1,42% en marzo coincide con las alertas del FMI y la OCDE sobre un menor crecimiento global.
La vulnerabilidad económica de América Latina y el Caribe frente a los choques geopolíticos globales ha vuelto a quedar al descubierto. A pesar de los esfuerzos gubernamentales por contener los precios internos, las disrupciones en el Estrecho de Ormuz debido al conflicto armado en Medio Oriente provocaron un incremento drástico en la inflación energética regional durante el mes de marzo, alcanzando su punto más alto en el último año.
Según el Reporte de Inflación Energética de la Organización Latinoamericana de Energía (OLACDE), publicado este junio, la inflación energética mensual de la región experimentó un salto abrupto, pasando del 0,19% en febrero al 1,42% en marzo de 2026. Este repunte estuvo directamente impulsado por la escalada de los precios del crudo a nivel internacional, que llegaron a cotizarse en 116 dólares por barril tras verse afectada una ruta por donde transita el 20% del petróleo mundial.
Aunque las tensiones armadas en Medio Oriente hayan dado paso a la diplomacia, los análisis económicos advierten que América Latina seguirá pagando la factura diferida del shock petrolero durante todo el primer semestre del año. Esto se debe al fenómeno del rezago temporal o efecto arrastre en las cadenas de suministro globales.
Los combustibles y fertilizantes que se distribuyen y aplican en los campos de la región durante mayo y junio fueron adquiridos bajo los precios de pánico de marzo. Al no contar el mercado de fertilizantes con reservas estratégicas reguladoras, la parálisis en el Estrecho de Ormuz interrumpió el flujo continuo de nutrientes, encareciendo los ciclos de siembra actuales cuyos costos se reflejarán obligatoriamente en las cosechas de mediados de año.
Esta inercia económica coincide con las proyecciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en su informe de junio, donde subraya que los efectos económicos de este conflicto se sentirán durante bastante tiempo, incluso después de que este haya concluido, debido a las profundas interconexiones de los mercados energéticos. De hecho, OCDE proyectó el crecimiento mundial en un 2,8% para 2026, con el riesgo de caer al 2,1% si el conflicto se prolonga o reactiva.
Para los países emergentes de América Latina, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ya anticipaba que el impacto inflacionario sería el doble de grave en comparación con las economías avanzadas. De este modo, la inflación energética de marzo se transforma en una rigidez de precios a la baja para junio, demostrando que apagar el conflicto geopolítico no desactiva de inmediato la onda expansiva que golpea el bolsillo del consumidor. En este sentido, el FMI advirtió que la guerra en Medio Oriente recortó la previsión de crecimiento global al 3,1%.
La paradoja regional: Matriz eléctrica limpia, transporte dependiente
El análisis de OLACDE señala una contradicción estructural en América Latina: contar con una de las matrices de generación eléctrica más renovables del planeta no blinda a la región si la movilidad y la logística siguen amarradas al petróleo.
Esta dependencia se tradujo en marzo en un encarecimiento promedio regional del 21% en el diésel y del 15% en la gasolina. Las bandas de precios internos oscilaron entre los 0,70 y 2,07 dólares por litro de gasolina, y entre los 0,80 y 1,65 por litro de diésel, dependiendo del país.
Para expertos como Aleida Azamar Alonso, investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) México, quien participó en una rueda de presan organizada por Periodistas por el Planeta (PxP) en marzo, esto evidencia una “geopolítica más cruda” donde el control de recursos estratégicos y rutas comerciales dicta las reglas, dejando a América Latina como un territorio en disputa.
Azamar explicó que la región sufre una vulnerabilidad estructural: aunque es rica en materias primas, no controla la cadena de valor (refinación o almacenamiento), provocando que cualquier alza internacional se traslade de inmediato al costo de vida local.
Efecto cascada
Al encarecerse el diésel y la gasolina, también subieron los costos logísticos y el transporte público. Ese aumento impactó a toda la cadena: al elevarse los costos logísticos, también sube el precio de los alimentos y otras mercancías. En América Latina, el aumento de los costos logísticos duplicó la inflación total mensual desde el 0,38% en febrero hasta el 0,75% en marzo.
Sin embargo, el peligro mayor se traslada a la seguridad alimentaria a mediano plazo debido a los fertilizantes. Aida Caldera, del departamento de Economía de la OCDE, señaló a AFP que en América Latina los efectos de la crisis ya se sienten en el aumento de los precios de los insumos agrícolas cuyos costos sostenidos terminarán encareciendo los alimentos.
La raíz de este problema es geográfica y logística. Casi la mitad de la población mundial depende de alimentos cultivados con fertilizantes nitrogenados sintéticos y aproximadamente un tercio de las exportaciones mundiales de fertilizantes transita por el Estrecho de Ormuz.
Tras los ataques a Irán a finales de febrero, el tráfico de embarcaciones en este paso casi se detuvo, reduciéndose en un 97% durante la primera semana de marzo. A diferencia del petróleo, del cual los países mantienen reservas estratégicas, los mercados de fertilizantes carecen de existencias reguladoras, dependiendo exclusivamente del comercio continuo.
Según datos de la Asociación Internacional de Fertilizantes (IFA), la región de Oriente Medio en sentido amplio representa casi el 30% de las exportaciones mundiales de fertilizantes (incluyendo fosfatos y potasa), y origina casi el 50% del comercio mundial de urea a través de exportadores clave como Irán, Qatar, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Baréin.
Un informe de Zero Carbon Analytics demuestra que este desabastecimiento se traduce con velocidad en precios de alimentos más altos. De hecho, en la segunda semana de marzo, los precios de materias primas como el maíz, trigo, soja y aceite de palma se dispararon, impulsados tanto por el pánico alimentario de la guerra como por el desvío de cultivos hacia biocombustibles ante el alza del crudo.
Esta situación golpeó con fuerza a países como Brasil. Helder Queiroz, coordinador del Grupo de Economía de la Energía de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), quien también participó de la rueda de prensa de PxP, explicó que este país suramericano importa el 80% de sus fertilizantes, una vulnerabilidad acentuada luego de que Petrobras redujera su enfoque en la industria petroquímica para priorizar la exploración de crudo.
Estos choques energéticos provocan un efecto dominó que golpea la producción agrícola e intensifica las presiones de deuda sobre los gobiernos importadores.
La trampa del corto plazo y los subsidios
El reporte de OLACDE detalla que los gobiernos latinoamericanos respondieron de forma heterogénea: mientras algunos permitieron la transferencia de precios al consumidor, otros recurrieron a subsidios, rebajas impositivas o fondos de estabilización.
Sin embargo, OLACDE advierte que cuando el golpe geopolítico es tan fuerte, los subsidios no dan abasto y el aumento termina filtrándose tarde o temprano al bolsillo de la gente. En sintonía, la OCDE recomendó limitar en el tiempo estas medidas de apoyo a los hogares para evitar un grave desequilibrio en los presupuestos nacionales.
Para los especialistas, la respuesta política ante la crisis de 2026 demuestra un retroceso. Queiroz advirtió que las decisiones motivadas por la seguridad de corto plazo corren el riesgo de consolidar la dependencia de los combustibles fósiles por décadas, precisamente cuando se requiere inversión sostenida en la transición.
Leonardo Stanley, investigador asociado del Centro de Estudios sobre Estado y Sociedad (CEDES) en Argentina, añadió que el auge de posturas negacionistas del clima en la política regional debilita la agenda de descarbonización.
La lección de este shock de marzo es clara para la agenda climática: la verdadera soberanía energética no se alcanzará financiando subsidios para amortiguar combustibles fósiles importados y volátiles, sino diversificando las fuentes y acelerando de forma definitiva la descarbonización tanto de la matriz eléctrica como del transporte.





