• A 20 años de su creación, los 55 corredores biológicos de Costa Rica demandan dejar atrás los mapas estáticos para adaptarse a los impactos del cambio climático, la expansión urbana y la pérdida de conectividad ecológica.

Por Luis Diego Alfaro Alvarado, coordinador del proyecto Enfoques Innovadores para la Conservación y el Manejo de la Biodiversidad, Escuela de Ciencias Ambientales, Universidad Nacional.

Recientemente se conmemoraron los 20 años del Programa Nacional de Corredores Biológicos, un espacio que reunió a especialistas del ámbito técnico-científico, personas gestoras de corredores biológicos y representantes de instituciones gubernamentales para reflexionar sobre los avances y desafíos de esta estrategia de conservación.

Desde su creación, los corredores biológicos se han concebido como territorios donde convergen ecosistemas naturales y paisajes transformados por las actividades humanas. En ellos coexisten usos productivos, recreativos, residenciales y comerciales con procesos ecológicos fundamentales, como la polinización, la dispersión de semillas, el movimiento de fauna silvestre y el mantenimiento de hábitats.

Costa Rica cuenta actualmente con 55 corredores biológicos distribuidos en todo el territorio nacional. Estas iniciativas presentan una gran diversidad en cuanto a extensión, configuración espacial y modelos de gobernanza, los cuales dependen de las características ecológicas, sociales e institucionales de cada región. En todos los casos, el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC) ejerce la coordinación del programa, a pesar de las conocidas limitaciones de recursos humanos y financieros que enfrenta desde hace varios años.

La evolución del programa y los nuevos retos de la conservación obligan a replantear la estructura y el funcionamiento de los corredores biológicos bajo un enfoque más dinámico. Uno de los principales desafíos corresponde a su delimitación espacial. A diferencia de las áreas silvestres protegidas, cuya administración y regulación recaen directamente sobre el Estado, los corredores biológicos son territorios de gestión integrada donde predominan propiedades privadas, actividades productivas y múltiples actores sociales.

Desde una perspectiva ecológica, los límites cartográficos de un corredor biológico no representan barreras para los procesos naturales. Las especies silvestres se desplazan más allá de esos límites administrativos, las semillas son dispersadas entre diferentes tipos de cobertura y los flujos ecológicos ocurren independientemente de la delimitación oficial. De igual forma, una finca agrícola o ganadera puede desempeñar un papel importante en la conectividad ecológica, independientemente de si se encuentra dentro o fuera del polígono del corredor.

A estos desafíos se suman los efectos del cambio climático. Las modificaciones en los patrones de precipitación, el incremento de la temperatura y el ascenso del nivel del mar están alterando la distribución de ecosistemas y especies, especialmente en zonas costeras, manglares, humedales y playas de anidación de tortugas marinas. En consecuencia, la delimitación de un corredor biológico no debería entenderse como una representación estática del territorio, sino como un instrumento de planificación adaptativa capaz de responder a las transformaciones del paisaje.

Bajo esta perspectiva, los corredores biológicos deberían evolucionar desde una figura cartográfica relativamente fija hacia un sistema dinámico de gestión territorial, sustentado en información científica actualizada y articulado con instrumentos de planificación como el Índice de Fragilidad Ambiental (IFA). En la actualidad, el Decreto Ejecutivo 44710-MINAE incorpora la existencia de corredores biológicos como un criterio dentro de la evaluación del IFA. Sin embargo, resulta pertinente valorar un enfoque inverso, donde la fragilidad ecológica y la importancia funcional de los ecosistemas constituyan criterios prioritarios para definir, ajustar y fortalecer la delimitación de los corredores biológicos.

Desde una perspectiva biogeográfica, Costa Rica ha desempeñado históricamente un papel estratégico como puente terrestre entre América del Norte y América del Sur, facilitando el intercambio de especies durante millones de años. No obstante, la transformación del paisaje derivada del crecimiento urbano, la expansión agrícola y el desarrollo de infraestructura ha reducido significativamente la conectividad ecológica.

Por ello, resulta necesario que la planificación de los corredores biológicos incorpore procesos de zonificación adaptativa, revisados periódicamente con base en indicadores ecológicos, climáticos, productivos y demográficos. El monitoreo continuo permitiría evaluar la efectividad de las acciones de conservación y ajustar la zonificación conforme evolucionan las condiciones del paisaje.

Asimismo, será indispensable incorporar estrategias de adaptación al cambio climático, entre ellas, la creación y mantenimiento de refugios climáticos temporales. Medidas como la cosecha de agua para el establecimiento de humedales artificiales durante la estación seca podrían contribuir a mantener poblaciones de especies con limitada capacidad de desplazamiento, incrementando la resiliencia de los ecosistemas frente a escenarios climáticos futuros.

Los desafíos actuales exigen que el programa evolucione hacia un modelo más flexible, basado en evidencia científica, planificación adaptativa y monitoreo continuo, de manera que los corredores biológicos respondan de forma efectiva a la dinámica ecológica del territorio y a las condiciones ambientales cambiantes del siglo XXI.

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