- Un monitoreo de 12 años en el Parque Nacional Tortuguero registró a una hembra de ocelote de 14 años, marcando un récord de longevidad silvestre que evidencia la estabilidad del hábitat. Sin embargo, los investigadores advierten que la conservación a largo plazo del felino exige asegurar la conectividad ecológica fuera de las áreas protegidas.
Cuando Stephanny Arroyo e Ian Thomson colocaron cámaras trampa en 2011 en el Parque Nacional Tortuguero, en el Caribe de Costa Rica, su objetivo era estudiar jaguares. Sin embargo, a lo largo de los años, otra especie empezó a “robar cámara” y aparecía frecuentemente en las fotografías y videos, convirtiéndose en el segundo felino más registrado en esta área silvestre protegida.
El ocelote o manigordo (Leopardus pardalis) se encuentra en la categoría de Preocupación Menor en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN), pero en Costa Rica está en peligro de extinción debido a la pérdida y fragmentación de su hábitat y los atropellos en carretera, con el agravante de que sea sabe muy poco sobre él.
Por ello, los investigadores –Arroyo, Thomson, Kat Cutler y Alexander Oakley– se dieron a la tarea de analizar los datos que fueron recolectando en el transcurso de 12 años para así conocer más sobre la población de ocelotes en este parque nacional y su comportamiento.

La sorpresa la vino a dar una hembra, identificada como F02, cuya edad se calculó en al menos 14 años, marcando un récord de longevidad para ocelotes en estado silvestre, los cuales suelen vivir entre 7 y 10 años.
¿Qué importancia tiene el hecho de encontrar una hembra longeva? “Hay estabilidad en el hábitat”, responde Roberto Salom, director para América Latina de la organización Panthera.
Para jaguares y pumas se ha reportado una supervivencia en vida silvestre entre 15 y 16 años. Con 14 años, F02 anda bastante cerca de los felinos mayores. “Estamos hablando de una hembra bastante mayor”, apuntó Salom, quien no participó en el estudio, pero conoce la investigación de largo plazo que se realiza en Tortuguero.
La ocelote más longeva del país
El programa de monitoreo con cámaras trampa en el Parque Nacional Tortuguero cuenta ya con 15 años, constituyéndose en una importante fuente de información para realizar estudios a largo plazo en el país. Para el análisis de la población de ocelotes se utilizaron los datos recolectados desde enero de 2011 hasta noviembre de 2022.
“Hasta donde sabemos, este es el esfuerzo de monitoreo de ocelotes más prolongado en el país hasta la fecha y uno de los más extensos en todo el rango geográfico de la especie, que se extiende desde el suroeste de los Estados Unidos hasta el norte de Argentina”, destaca Arroyo.

Se colocaron 43 cámaras trampa, las cuales se mantuvieron activas de manera continua durante períodos de tres a 10 meses. Siete se ubicaron en el límite del pueblo de Tortuguero, nueve en el interior del bosque, 10 cerca de los canales (el parque nacional cuenta con un extenso humedal) y 17 en las playas.
Los ocelotes se identificaron mediante su patrón único de manchas. Las fotografías y videos se compararon con una base de datos, creada por la organización Coastal Jaguar Conservation, a partir de investigaciones realizadas en el Refugio Nacional de Vida Silvestre Barra del Colorado (2014) y la Reserva Natural Pacuare (2015-2016), áreas protegidas cercanas a Tortuguero.
Una vez identificados, a cada individuo se le calculó la edad mínima y se le designó como residente o transeúnte, en función del número de años consecutivos que fueron observados, al menos tres para ser considerados residentes. También se estimó el patrón de actividad diaria y se observó su comportamiento, esto a partir del marcaje que hacen al dejar excretas en un sitio, dejando así un mensaje olfativo para otros individuos.
De esta manera se identificaron 30 ocelotes adultos (12 hembras y 18 machos). Fueron fotografiados por 25 cámaras: dos ubicadas en el límite del pueblo de Tortuguero, cuatro en el interior del bosque, cinco cerca de canales y 14 en el hábitat costero.

De esa treintena de felinos, 23 eran transeúntes (nueve hembras y 14 machos) mientras que siete individuos se catalogaron como residentes (tres hembras y cuatro machos). Una de las hembras residentes es justamente F02, a la cual las cámaras la registraron durante los 12 años de monitoreo.
Esta hembra no sólo es el individuo de mayor edad identificado, sino que además es una de las hembras que mostró repetidamente signos de gestación o de haber parido recientemente a lo largo del estudio. También fue observada realizando marcaje olfativo mediante defecación. Otros métodos de marcaje que emplean los ocelotes son aspersión de orina, frotado de glándulas faciales y corporales, así como arañado de árboles y raspado con glándulas interdigitales (ubicadas entre las almohadillas de las patas).
Para Arroyo, desde una perspectiva ecológica, el hecho de que F02 se haya reproducido constantemente indica que el hábitat que le ofrece Tortuguero es potencialmente estable en términos de acceso a presas, refugio y machos para reproducirse. Su aparición continua en las cámaras es señal de que también hay bajos niveles de mortalidad en la zona.
“Sin embargo, eso no significa que no existan amenazas, ya que sí hay presiones de cacería y otros impactos causados por los humanos [como cambio de uso del suelo que conlleva a la fragmentación del hábitat y atropellos en carretera]”, aclara Arroyo.
Aparte de F02, otras tres hembras (una residente y dos transeúntes) mostraron signos de gestación o de haber dado a luz recientemente.

Una comunicación desde el olor
Los datos evidencian una tendencia estable de ocelotes residentes, señalan los investigadores en el artículo científico que fue publicado en la Revista de Biología Tropical, de la Universidad de Costa Rica.
En cuanto a hembras, aparte de F02, F16 apareció durante cinco años en las cámaras y mostró signos de gestación o parto reciente en los años 2019 y 2021. F23 también fue fotografiada durante cinco años. El macho M01 fue registrado en las cámaras durante cinco años, mientras que M15 lo hizo durante siete años, y M19 y M21 durante seis.
“Si los individuos que se detectan año tras año son los mismos o son diferentes, eso es un indicador de si puede haber amenazas o qué tan estable es el lugar”, señala Salom y agrega: “Así como los humanos estamos cómodos en un lugar y no nos movemos a menos que tengamos una necesidad, lo mismo pasa con los animales. Si tienen una amenaza —una fuerte presión de cacería, pocas presas o pocas parejas para reproducirse—, van a buscar un nuevo ambiente y se espera un recambio muy grande de individuos año tras año. Por el contrario, si es un ambiente bueno, donde tienen presas, agua, hábitat y parejas, se van a quedar más tiempo”.

Otro punto a destacar es que el marcaje olfativo fue realizado exclusivamente por los individuos residentes y se registró en siete ocasiones.
“El marcaje olfativo funciona como un mecanismo de comunicación intra e interespecífica, transmitiendo información sobre identidad del individuo, sexo, estado reproductivo, territorio y patrones de movimiento”, explica Arroyo.
F02 hizo el marcaje a través de la defecación, los machos M15 y M21 a través de la aspersión de orina y el macho M19 lo hizo en cuatro momentos, en la misma ubicación y a través de la expulsión de secreciones glandulares.
“El marcaje olfativo se usa para distribuir distintos mensajes. Es como una cabina telefónica de las de antes, los animales pueden dejar mensajes como ‘este es mi territorio, no se acerquen’, ‘estoy en celo’ o cualquier otra información como qué tan adultos son”, indica Salom, y agrega que lo interesante de este estudio es que el marcaje lo están haciendo los individuos residentes, “probablemente para avisar a los demás que el territorio ya está ocupado”.
Todo el comportamiento de marcaje olfativo ocurrió dentro del hábitat costero, sobre un sendero construido por humanos que corre paralelo a la playa.
“Una explicación puede ser que los senderos funcionan como puntos de comunicación, ya que son rutas utilizadas repetidamente por muchos mamíferos. Depositar señales químicas allí maximiza la probabilidad de que otros individuos las detecten”, comenta Arroyo.
Este sendero fue el sector con mayor número de registros de ocelotes en todo el rango de análisis del estudio, pero los científicos hacen una salvedad: “las cámaras estaban instaladas principalmente sobre senderos, donde la probabilidad de detectar ocelotes es alta, por lo que el número elevado de registros también refleja el diseño de muestreo. Como toda metodología, existen limitaciones ligadas a las mismas”, señala Arroyo.

Justamente en el hábitat costero se detectaron 19 ocelotes, algunos de los cuales fueron registrados en otros hábitats como bosques y humedales.
Lo curioso es que la playa es altamente utilizada por los jaguares, especialmente durante la temporada de anidación de tortugas marinas, y en Costa Rica hay reportes de depredación de ocelotes por parte de estos grandes felinos.
¿Por qué están utilizando el mismo sector de playa? “Creemos que los ocelotes mantienen un patrón de actividad predominantemente nocturno, probablemente sincronizado con la actividad de sus presas y, al mismo tiempo, como una estrategia para reducir la competencia y el riesgo de depredación por felinos de mayor tamaño como los jaguares”, explica Arroyo.
Para la investigadora, es muy probable que estén utilizando el mismo espacio en distintos momentos. También está el hecho de que los jaguares se alimentan de tortugas marinas y, al haber gran disponibilidad de estas, estos felinos tienden a ignorar a los ocelotes como presa.
“Los jaguares al tener un recurso ilimitado de presas durante la temporada de anidación de tortugas en un área relativamente pequeña, pueden adoptar un comportamiento social y territorial diferente a su norma, ya que no necesitan competir por las presas ni otros recursos, lo que los hace tolerantes a la presencia de otras especies [que podrían ser competidores, como los ocelotes]”, dice Arroyo.
Carolina Sáenz, investigadora del Instituto Internacional en Conservación y Manejo de Vida Silvestre (ICOMVIS) de la Universidad Nacional de Costa Rica, coincide con Arroyo en que “los jaguares pueden comer ocelotes, pero tal vez en Tortuguero no tengan la necesidad de hacerlo porque ya tienen suficientes tortugas para varios meses. El ocelote no es una prioridad”.

Por su parte, Salom recuerda que –gracias a la investigación a largo plazo que realizan Arroyo y Thomson en este parque nacional–, debido a la alta concentración de alimento (tortugas), los jaguares muestran un comportamiento diferente al descrito en la literatura. A pesar de tener una alta densidad de jaguares en un área pequeña, los felinos se toleran, incluso entre machos, y pueden llegar a compartir presas. Los ocelotes no representan mayor competencia.
La larga caminata de un ocelote
El estudio de Arroyo, Thomson, Cutler y Oakley está cargado de revelaciones. También lograron registrar la caminata de 41 kilómetros realizada por un ocelote macho adulto. M08 fue detectado por primera vez en el Parque Nacional Tortuguero en noviembre de 2012 y luego, en julio de 2015, apareció en las cámaras de la Reserva Natural Pacuare.
“Esta constituye la primera evidencia documentada de movimiento de fauna silvestre entre ambas áreas protegidas, subrayando el valor crucial de los corredores biológicos para la conservación a largo plazo de la especie”, se lee en el artículo científico.
Aunque se desconoce la ruta exacta que siguió, los investigadores consideran probable que haya transitado por el Corredor Biológico Colorado-Tortuguero y el Corredor Biológico Moín-Tortuguero, los cuales conectan el Parque Nacional Tortuguero con la Reserva Natural Pacuare mediante fragmentos con cobertura forestal.
La pérdida de hábitat, según Carolina Sáenz del ICOMVIS, es la mayor amenaza que enfrenta el ocelote y esta conlleva a su vez un proceso de fragmentación. Aunque estos felinos destacan por adaptarse y habitar en zonas transformadas, siempre dependen del bosque.

“Los encontramos tanto en bosque como en áreas un poco más alteradas, cerca de potreros e inclusive cerca de caminos. Pero siempre necesitan del bosque, porque es donde desarrollan sus actividades de búsqueda de alimento, refugio, búsqueda de pareja y demás”, explica Sáenz.
El Parque Nacional Tortuguero tiene una extensión terrestre de 45.755 hectáreas. Al oeste y al sur colinda con comunidades económicamente dependientes de cultivos como banano y piña, ganadería extensiva de carne y leche y, en menor medida, del turismo.
La pérdida y fragmentación de hábitat obliga a los ocelotes a incursionar en estas fincas en busca de animales de granja para alimentarse y esto genera conflictos con los productores quienes muchas veces terminan cazando a los felinos.
Esto demuestra que las áreas silvestres protegidas, por sí solas, no son suficientes en tamaño para proveer de presas a grandes carnívoros como los felinos.
“El tema de la conectividad es fundamental porque sabemos que muchos de nuestros parques no son suficientes en tamaño para mantener una población viable a largo plazo. Si las especies no se conectan, surgen problemas de pérdida de diversidad genética y endogamia que son más difíciles de resolver. Debemos tener una visión de paisaje y no de islas de conservación”, alerta Salom.
Para el director para América Latina de la organización Panthera es muy importante el cambio de enfoque que ha tenido el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC) en los últimos años, al pasar de hacer solo control y protección dentro de las áreas protegidas a crear programas de extensión, trabajo comunitario y educación ambiental en zonas de amortiguamiento y corredores biológicos. “Por ahí pasan las especies y esos individuos dispersores son clave para mantener la conexión genética de las poblaciones”, apunta Salom.
Según Sáenz, para garantizar la conservación del ocelote y otros felinos pequeños es fundamental unificar políticas públicas que involucren a los sectores productivos en las acciones de conservación.

Ni siquiera hay que empezar de cero. Los expertos consideran que se puede echar mano de programas y proyectos que ya se están ejecutando. Por ejemplo, muchas fincas ganaderas y agrícolas están recurriendo a sistemas agroforestales y silvopastoriles como medidas de adaptación al cambio climático. A estas medidas se les puede sumar el enfoque de biodiversidad para que estos territorios funcionen como corredores biológicos y el productor pueda también beneficiarse a través del Pago por Servicios Ambientales (PSA) o al complementarlo con una iniciativa turística.
En el país también hay organizaciones que están trabajando en prevenir el conflicto con felinos al proponer mejoras en el manejo de las fincas. Una de ellas, dirigida a evitar ataques de ocelotes, es fomentar el uso de gallineros y corrales cerrados, reduciendo así las pérdidas económicas de los productores y eliminando el incentivo de la cacería.
“Nosotros trabajamos durante algunos años en las afueras del parque, porque ahí había puntos calientes. En las fincas donde se implementaron medidas no volvió a haber depredación”, cuenta Salom.
Para Sáenz, a nivel de conectividad también urge trabajar en infraestructura vial. De los felinos, el ocelote es la especie más atropellada en las carreteras costarricenses. Por ello, la investigadora enfatiza en la importancia de diseñar y construir pasos de fauna como una medida que venga ya integrada en la planificación de carreteras.
Punto de partida
El estudio realizado en Tortuguero es apenas el punto de partida. “Nuestro estudio enfatiza la necesidad de estudiar mejor a los ocelotes, incluyendo estudios poblacionales, uso del hábitat, amenazas y su impacto en las poblaciones y conectividad del paisaje. Para eso es necesario el estudio a largo plazo y el uso de metodologías nuevas como genética y telemetría”, dice Arroyo.
También es importante que investigaciones futuras aborden las amenazas que enfrentan los ocelotes, tanto dentro como fuera del parque nacional, así como conflictos con comunidades debido a la depredación de animales domésticos, comercio ilegal, atropellos en carretera y fragmentación del hábitat. “Comprender estos factores es decisivo para tomar decisiones de manejo fundamentadas que aseguren la supervivencia de la especie”, destaca Arroyo.
Y si algo trajo consigo el hallazgo de la hembra de ocelote más longeva de Costa Rica es que vino a subrayar la relevancia que tienen los estudios a largo plazo para incrementar el conocimiento que se tiene sobre las especies, con el fin de sustentar medidas de manejo y conservación.
“Cuando uno hace un censo o un estudio en un lugar particular durante un año, lo que se tiene es una fotografía del momento. No sabés lo que pasó antes ni lo que va a pasar después. La posibilidad de inferir o sacar conclusiones del estado de una población con un solo dato es muy difícil. Por eso, los monitoreos de largo plazo son fundamentales para detectar tendencias en la población: si va bajando, subiendo o si está estable”, explica Salom.
Este artículo fue publicado originalmente en Mongabay Latam





