• Un informe de la Alianza Global para el Clima y la Salud advierte que el calentamiento global, los conflictos armados y el colapso de los sistemas sanitarios no ocurren de forma aislada, sino que se retroalimentan mutuamente afectando de forma desproporcionada a las poblaciones más vulnerables.

En el panorama mundial actual, los incendios forestales de escala sin precedentes, los eventos meteorológicos extremos y las guerras no constituyen hechos desconectados.

Un nuevo informe, elaborado por la Alianza Global para el Clima y la Salud (GCHA, por sus siglas en inglés), describe cómo estas crisis convergen en lo que los expertos denominan una policrisis. Este concepto se refiere a la interacción simultánea del cambio climático, los conflictos armados, la inestabilidad económica y la falta de recursos en la infraestructura de salud pública.

El reporte, titulado Cambio climático, conflicto armado y salud pública global: Un ciclo de daño que se retroalimenta, argumenta que abordar cada una de estas problemáticas por separado es una estrategia insuficiente y peligrosa.

De hecho, sus autores advierten que la inestabilidad creciente en el clima de la Tierra y en la biodiversidad funciona como un "multiplicador de amenazas" que degrada de forma acelerada la seguridad humana y la salud colectiva.

“Tratar de abordar cada uno de los elementos de la policrisis de forma aislada afectará la salud de todos, siendo las personas más vulnerables del mundo las más perjudicadas”, dijo Courtney Howard, presidenta de la junta directiva de la GCHA.

El choque directo sobre la supervivencia diaria

El impacto del cambio climático actúa alterando el acceso a elementos fundamentales para la vida: el agua potable, los alimentos, la energía limpia y los medios de subsistencia.

Cuando las sequías prolongadas, las olas de calor o las inundaciones destruyen cosechas y recursos de los que dependen comunidades enteras, se generan tensiones sociales y desplazamientos forzados que pueden derivar en enfrentamientos armados.

A su vez, los conflictos armados profundizan esta espiral de destrucción. La guerra desplaza masivamente a la población, interrumpe el suministro de bienes esenciales y provoca graves y duraderos daños ambientales en los ecosistemas localizados.

Al mismo tiempo, las ramificaciones de los conflictos traspasan las fronteras de los países en guerra, impactando el comercio internacional y generando olas inflacionarias en los precios de los combustibles y los alimentos a nivel global.

En este escenario, las poblaciones históricamente marginadas —como las comunidades indígenas, las mujeres, la niñez, los adultos mayores y las personas refugiadas— terminan soportando la mayor carga del deterioro de su bienestar.

La infraestructura de salud en el punto de mira

Uno de los aspectos más críticos expuestos por el informe es la vulnerabilidad de los sistemas de salud pública en medio de la policrisis. Los profesionales médicos y los centros hospitalarios no solo deben responder al aumento de enfermedades derivado del estrés climático y del conflicto, sino que con frecuencia quedan expuestos a la violencia y a la destrucción de infraestructura crítica.

“Los profesionales sanitarios prestan atención sobre el terreno en entornos humanitarios y de conflicto, donde su seguridad debería ser sagrada... Los médicos conocen de primera mano la presión que el cambio climático ejerce sobre las comunidades, cómo agrava otras amenazas y las múltiples formas directas e indirectas en que los conflictos armados devastan la salud y la seguridad de las poblaciones”, comentó Omnia El Omrani, vicepresidenta de la GCHA.

Frente a esta realidad, las organizaciones del sector salud hacen un llamado urgente a garantizar la protección del personal sanitario y de las instalaciones médicas en cualquier escenario de hostilidad.

Asimismo, instan a los gobiernos a rendir cuentas sobre las emisiones de gases de efecto invernadero generadas por las actividades militares, una fuente de contaminación históricamente excluida de las métricas climáticas internacionales a pesar de su elevado impacto ecológico.

“Los gobiernos deben ofrecer una mayor rendición de cuentas sobre las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de las actividades militares, para que sepamos hasta qué punto las acciones militares están poniendo en riesgo tanto nuestro presente como nuestro futuro”, recalcó Howard.

Invertir en la paz y la resiliencia como única salida

El informe concluye que redirigir presupuestos públicos hacia el gasto militar no garantiza una verdadera seguridad nacional ni global si se desatienden las causas de fondo.

“Redirigir las inversiones de la salud y el cambio climático hacia el sector militar no proporcionará seguridad por sí solo; es esencial realizar una mayor inversión sostenible en comunidades resistentes al clima y sistemas sanitarios, acceso universal a la energía limpia, una mayor cooperación multilateral y el cumplimiento del derecho internacional humanitario”, destacó Jeni Miller, directora ejecutiva de GCHA.

Para romper esta espiral descendente, los países deben canalizar inversiones sostenibles hacia la adaptación climática, la creación de sistemas de salud adaptables —impulsados por energías renovables— y el fortalecimiento del tejido social y comunitario.

Solo mediante un enfoque integrado que combine la acción climática rigurosa, el cumplimiento del derecho internacional humanitario y la construcción activa de la paz será posible construir una infraestructura global capaz de garantizar la seguridad, el bienestar y la salud pública para las presentes y futuras generaciones.

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