• La plataforma de acceso abierto EM-DAT se quedará sin recursos a finales de año. Investigadores y agencias humanitarias advierten que se perderá una herramienta vital para medir pérdidas económicas y planificar la adaptación climática basada en evidencia.

En un momento donde la crisis climática multiplica la frecuencia y la gravedad de los eventos extremos, la infraestructura científica global que permite rastrear, cuantificar y comprender el impacto de estas catástrofes está a punto de apagarse.

EM-DAT, la base de datos abierta y gratuita sobre desastres más completa y longeva del planeta, corre el riesgo de cerrar de forma definitiva tras sufrir un drástico recorte en su financiamiento por parte de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

Científicos del Centro de Investigación sobre la Epidemiología de los Desastres (CRED), adscrito a la Universidad de Lovaina (UCLouvain) en Bélgica, advirtieron que los fondos actuales para sostener la plataforma solo cubren las operaciones hasta finales de este año.

Si no se asegura un salvavidas financiero de manera urgente, regiones especialmente vulnerables —como Centroamérica y el Caribe— perderán su principal brújula para la adaptación climática y la respuesta humanitaria.

“La ironía es flagrante. En un momento en que la comunidad internacional exige un mejor análisis de riesgo, un financiamiento humanitario anticipatorio y una planificación de la adaptación basada en la evidencia, corremos el riesgo de desmantelar una de las pocas fuentes de información verdaderamente globales, abiertas e independientes necesarias para lograr estos objetivos”, se lee en una carta abierta firmada por 3.912 personas entre científicos, académicos, funcionarios de organizaciones humanitarias y de respuesta a emergencias, representantes de Think Tanks, aseguradoras y organismos de financiamiento.

Un siglo de datos bajo amenaza

Desde su fundación en 1988, EM-DAT se ha consolidado como el estándar de oro de la ciencia de datos en gestión del riesgo. Albergando más de 27.000 registros históricos que datan desde 1900 hasta el presente, la plataforma compila información rigurosa sobre inundaciones, tormentas, sequías, terremotos y olas de calor.

Para ingresar a este repositorio, un desastre debe cumplir con criterios estrictos e internacionales: provocar la muerte de al menos 10 personas, afectar a un mínimo de 100 individuos, derivar en la declaración de un estado de emergencia o forzar un llamado de asistencia internacional.

Esta estandarización ha permitido a agencias de Naciones Unidas, organizaciones no gubernamentales, tomadores de decisión y académicos diseñar políticas de prevención, estructurar seguros agrícolas y justificar las demandas de financiamiento internacional para la adaptación en el Sur Global. Su desaparición dejaría un vacío de información imposible de llenar en plena escalada de los riesgos globales.

“En una era de extremos climáticos intensificados, riesgos en cascada y crisis compuestas, los datos confiables no son un lujo. Son la infraestructura básica para la toma de decisiones informadas”, destacan los firmantes de la carta.

Y agregan: “La situación actual expone una debilidad estructural en la forma en que financiamos los bienes de conocimiento globales. Dependemos demasiado del financiamiento de proyectos a corto plazo para sostener recursos que exigen una gestión a largo plazo”.

El impacto regional

Para América Latina y el Caribe, una región atrapada entre sequías y huracanes cada vez más destructivos, la pérdida de EM-DAT representa un retroceso crítico. La plataforma ha sido la herramienta clave para visibilizar y dimensionar el impacto de crisis locales que, a menudo, quedan fuera del radar de los grandes titulares internacionales, eliminando sesgos políticos o geográficos.

El reporte anual más reciente del CRED, 2025 Disasters in Numbers, publicado a principios de este año, evidencia la precisión con la que EM-DAT hace una radiografía de la realidad latinoamericana.

Por ejemplo, la base de datos permitió calcular en 4.800 millones de dólares las pérdidas económicas directas causadas por la histórica y grave sequía que azotó la cuenca del Amazonas durante la primera mitad de 2025. Este dato técnico fue un insumo fundamental para las negociaciones climáticas durante la COP30.

El paso del huracán Melissa, a finales de octubre de 2025, fue documentado al detalle, registrando una afectación acumulada de 7,6 millones de personas en Haití, Cuba, República Dominicana y Jamaica. En este último país, EM-DAT estimó los daños en 10.000 millones de dólares.

En Bolivia, el sistema arrojó que las inundaciones masivas afectaron de forma directa a cerca de 3 millones de ciudadanos, activando protocolos internacionales de atención.

“Si EM-DAT dejara de funcionar, el resultado probable no sería un reemplazo perfecto. En su lugar, veríamos una proliferación de bases de datos parciales, privadas e inconsistentes”, se detalla en la carta.

Aparte de la fragmentación, el otro agravante es el costo. Hoy, EM-DAT es un bien público global: es gratuita, abierta y transparente. Si cierra, el mercado de datos de desastres quedará en manos de corporaciones privadas, principalmente de las grandes firmas de reaseguros, las cuales rastrean estos eventos para calcular pólizas.

Las bases de datos privadas son comerciales y extremadamente caras. Un ministerio de ambiente centroamericano, una ONG local en el Caribe o una universidad pública en América Latina no tienen el presupuesto para pagar suscripciones de miles de dólares anuales. El Sur Global dependería de lo que las empresas decidan liberar o vender.

“Los países de bajos ingresos serían desproporcionadamente afectados. El Sur Global correría, una vez más, el riesgo de quedar subrepresentado en la evidencia que da forma a las políticas globales”, resaltaron los firmantes de la carta.

La misiva también destaca que EM-DAT permite dimensionar crisis locales “sin sesgos”. Al ser gestionada por una entidad académica e independiente (UCLouvain), aplica los mismos criterios técnicos en todo el mundo.

Sin este estándar unificado, se quedaría a merced de datos gubernamentales o de donantes que a menudo están sesgados. Por ejemplo, un gobierno podría inflar las cifras de afectados para pedir más ayuda internacional, o bien minimizarlas para no mostrar debilidad institucional o proteger el turismo. Sin una referencia científica externa, no hay forma de auditar la veracidad de esos números.

A esto se suma que, si proliferan bases de datos parciales, cada actor usará su propia metodología según sea su interés. Una base de datos de seguros, por ejemplo, podría medir el impacto económico basándose solo en infraestructura asegurada, mientras que una base de datos humanitaria contaría la pérdida de medios de vida informales. Al no hablar el mismo idioma técnico, se vuelve imposible comparar entre eventos y ver tendencias a nivel histórico.

Sin datos no hay justicia climática

El posible cierre de EM-DAT coincide con un periodo de intensa presión internacional para operativizar el Fondo de Pérdidas y Daños, un mecanismo diseñado para que los países ricos compensen a las naciones en desarrollo por los impactos del cambio climático.

Sin un registro independiente, histórico y unificado como EM-DAT, ¿cómo demostrarán científicamente los países en desarrollo las pérdidas económicas sufridas ante los tribunales y fondos internacionales?

Este es quizás el impacto político más inmediato que tendría el cierre de EM-DAT. Si la evidencia se fragmenta en reportes aislados e inconsistentes, los países desarrollados tendrán la excusa perfecta para cuestionar los reclamos financieros del Sur Global, argumentando que los datos no son metodológicamente sólidos o que están inflados.

Como dice la carta: “Sin una base de datos global compartida, las evaluaciones de riesgo perderán coherencia. (...) La capacidad de rendir cuentas por la reducción de las pérdidas por desastres disminuirá. En última instancia, se pondrán en mayor riesgo más vidas y medios de subsistencia”.

El informe de 2025 del CRED demuestra que, a nivel global, el año pasado cerró con 358 desastres que cobraron la vida de 16.607 personas, afectaron a más de 110 millones y provocaron pérdidas por 169.700 millones de dólares.

Aunque no hubo un único “megadesastre” que acaparara la atención mundial, la acumulación de eventos concurrentes generó una presión económica devastadora. América, como continente, asumió la mayor carga financiera del planeta en 2025, concentrando el 65,2% del impacto económico global (110.600 millones de dólares), impulsado por los incendios forestales en el norte (valorados en 53.000 millones de dólares) y los ciclones en el Caribe.

Frente a la factura que dejan los eventos extremos, “el costo de sostener a EM-DAT es modesto”, mientras que “el costo de perderlo sería profundo”.

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