- La iniciativa “Nutriendo la Naturaleza”, liderada por el Jardín Botánico de Nueva York, busca consolidar una red de aliados en América Latina que combine colecciones biológicas, saberes comunitarios y analítica de datos para restaurar ecosistemas que sean resilientes.
Durante décadas, la respuesta convencional frente a la deforestación y la degradación de los bosques ha sido la siembra masiva de árboles. Se trata de una fórmula intuitiva y visualmente atractiva que, sin embargo, no siempre se traduce en la recuperación real de las dinámicas ecológicas de un ecosistema.
Para Mauricio Díaz, director científico del Jardín Botánico de Nueva York (NYBG), la clave para superar este enfoque yace en rescatar el incalculable valor almacenado en las colecciones biológicas. Los herbarios y los museos de historia natural guardan la memoria genética de los territorios, convirtiéndose en la primera línea de defensa para garantizar que la reforestación u otras opciones de restauración ecológica no respondan a un impulso ciego, sino a una estrategia fundamentada en evidencia.
“Para que haya una restauración efectiva hay que saber qué especies de plantas sembrar, en dónde, en qué momento y cuáles son las condiciones necesarias para que esta siembra pueda ser exitosa a lo largo del tiempo”, explicó Díaz. “Para saber qué plantas hay que sembrar, hay que conocer cuáles son características de ese ambiente que se desea restaurar, y esa información existe muchas veces en las colecciones”.
Este cambio de paradigma exige mirar el territorio con una lupa. La restauración con base científica no contempla solo la masa arbórea visible, incluye de forma prioritaria a los microorganismos del suelo, las redes de hongos, los vectores de polinización y las complejas interacciones entre plantas y animales que sostienen la arquitectura de un bosque funcional.
Sin esta lectura integral, las intervenciones corren el riesgo de transformarse en monocultivos ornamentales incapaces de resistir las variaciones térmicas e hídricas extremas de un planeta impactado por el cambio climático.
Esfuerzo conjunto
Con el propósito de consolidar un frente estructurado ante el acelerado deterioro ambiental, el NYBG lidera la iniciativa internacional “Nutriendo la Naturaleza”. El proyecto plantea la creación de una amplia red de jardines botánicos enfocada en la intervención técnica de ecosistemas prioritarios, dotando a las instituciones participantes de capacidades financieras, equipamiento e información taxonómica especializada.
La meta es transformar a cada jardín botánico en un verdadero polo regional de conocimiento aplicado. A través del entrenamiento continuo bajo marcos internacionales —como el Estándar Global de Biodiversidad y las directrices de la Sociedad para la Restauración Ecológica (SER)—, la red promueve un modelo de aprendizaje colectivo.

“En algunos procesos de restauración, el enfoque es muy simplista o reduccionista: se usan solo unas pocas especies y se olvidan completamente otros factores”, señaló Díaz. “Se piensa solamente en plantar árboles y se olvida a todas aquellas especies, mucho más allá de los árboles, que hacen que el ecosistema natural sea diverso y resiliente”.
Esta aproximación colaborativa busca que los vacíos en la taxonomía (función de agrupar y asignar nombres a elementos dentro de un sistema) regional no frenen el impacto de las intervenciones. Al articular a las instituciones locales bajo métricas y protocolos homogéneos, la iniciativa acelera la transferencia de conocimientos prácticos, evitando que cada país deba reiniciar sus diagnósticos desde cero.
De hecho, y con apoyo del Banco Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), NYBG impulsa la consolidación y digitalización de datos taxonómicos y colecciones biológicas para que estén disponibles en toda la región.
Recurrir a la IA
Uno de los principales cuellos de botella es la escasez global de taxónomos (científicos especializados en clasificar seres vivos). Para sortear esta brecha, “Nutriendo la Naturaleza” integra un módulo de inteligencia artificial (IA) destinado a procesar macrodatos botánicos, perfilar los diseños iniciales de los proyectos y monitorear la evolución de la cobertura arbórea y la salud del suelo a lo largo del tiempo.
El proyecto ya cuenta con un piloto enfocado en este componente tecnológico en Colombia, trabajado en alianza con el Instituto Humboldt y la Universidad de Antioquia. En paralelo, el NYBG mantiene una convocatoria abierta para integrar a más instituciones globales a esta infraestructura digital, con un llamado especial para los jardines botánicos de América Latina.
La plataforma no solo agilizará el trabajo de campo, sino que resolverá el histórico distanciamiento entre la academia y la gestión pública. “Será un trabajo —gracias hoy en día a la IA— de síntesis y traducción para los diferentes tomadores de decisión, a través de reportes e identificación de prioridades y pasos a seguir”, apuntó Díaz respecto a la viabilidad de incidir en las políticas públicas.

Al procesar volúmenes complejos de datos y convertirlos en insumos ejecutivos, la tecnología actúa como un puente entre el rigor del laboratorio y los tiempos de la administración estatal. La meta es que las decisiones presupuestarias en materia ambiental dejen de sustentarse en intuiciones y pasen a guiarse por proyecciones analíticas verificables.
La comunidad como eje
El cambio climático y la degradación ambiental han transformado los ecosistemas a tal punto que la “condición cero” —entendida como el estado original del paisaje— resulta inalcanzable. Las fluctuaciones en los patrones de precipitación, la erosión de la capa más fértil del suelo y la alteración de las temperaturas exigen que la restauración no intente recrear una fotografía del pasado, sino diseñar paisajes funcionales y resilientes para el futuro.
En este escenario, el codiseño con las comunidades locales determina la supervivencia del proyecto a largo plazo. Si la estrategia de restauración no atiende las necesidades de seguridad alimentaria, provisión de materiales o protección hidrológica de las poblaciones colindantes, el impacto humano terminará por reaparecer una vez que concluya el financiamiento externo.
“Muchas veces, cuando se habla de restauración, es imposible retornar a la condición inicial porque el clima ha cambiado, el hábitat ha cambiado, el suelo no es el mismo”, advirtió Díaz. “Es un proceso en donde hay que involucrar a la comunidad porque, finalmente, esta es la que se debe encargar del mantenimiento y conservación de esos espacios a futuro. De lo contrario, las implementaciones no son exitosas”.
La sostenibilidad de la restauración radica en garantizar que el bosque recuperado ofrezca servicios ecosistémicos tangibles, según Díaz. Integrar la gestión del riesgo ante deslaves o inundaciones dentro de la planificación botánica permite que los habitantes perciban la cobertura vegetal como una infraestructura vital para su propia seguridad económica y física.

La bioeconomía como argumento
Lograr que la conservación de los ecosistemas escale hacia políticas públicas efectivas demanda replantear la narrativa ambiental en términos socioeconómicos. En América Latina, región que alberga cerca del 60% de la biodiversidad global, la protección de los ecosistemas debe articularse directamente con la superación de la pobreza y el desarrollo territorial sostenible.
Cuando la investigación botánica demuestra su capacidad para generar alternativas de vida que son viables para los pequeños productores —a través de sistemas agroforestales, restauración de suelos y conservación de germoplasma—, la biodiversidad deja de ser percibida como una restricción al desarrollo y pasa a consolidarse como una palanca estratégica.
“Cuando la biodiversidad se empieza a ver como un potencial para el desarrollo financiero, económico y para la solución de problemas de pobreza, seguridad alimentaria y desigualdad, se cambian las prioridades; se considera algo realmente relevante para el desarrollo de los países”, concluyó Díaz.
El trabajo desplegado por iniciativas como “Nutriendo la Naturaleza” evidencia que la restauración ecológica moderna no admite aislamientos. La convergencia entre las colecciones biológicas, el análisis predictivo de la IA y el saber empírico de las comunidades rurales marca la pauta hacia una gestión ambiental donde la ciencia se transforma en una herramienta de precisión para la vida cotidiana.
Biodiversidad y resiliencia en la mesa
La pérdida de biodiversidad también se combate en el sistema alimentario. La concentración de la dieta humana en un número reducido de monocultivos no solo ha empobrecido la variabilidad genética del planeta, sino que ha expuesto a la agricultura global a graves riesgos ante plagas y sequías.
Como respuesta, el Consorcio Global de Conservación para Plantas Comestibles —liderado por el Jardín Botánico de Nueva York (NYBG) junto a la FAO, la Alliance Bioversity-CIAT y Kew Gardens— promueve la preservación de especies amenazadas y el rescate del conocimiento ecológico tradicional.
El estudio de prácticas agrícolas ancestrales muestra cómo la agrobiodiversidad incrementa la estabilidad de las cosechas. El uso de mezclas de semillas de distintas especies para la elaboración de harinas compuestas demuestra que la heterogeneidad funcional en un mismo terreno actúa como un seguro biológico frente a la variabilidad climática extrema.
“Si hay, por ejemplo, un período de sequía inesperado, de pronto a alguna de las especies de la mezcla no le va tan bien, pero las otras dos ocupan ese espacio, por lo que siempre hay productividad”, explicó Mauricio Díaz, director científico del NYBG. “Es un cambio de paradigma porque estamos acostumbrados, lamentablemente, a los monocultivos y muchas veces desechamos la variabilidad de nuestros alimentos”.
Esta aproximación se extiende a sistemas productivos como los cafetales de sombra, donde la selección científica de los árboles que proveen el dosel permite diversificar los ingresos de las familias agricultoras mediante frutales, fijar nitrógeno orgánico en el suelo y sostener los corredores de polinización en zonas intervenidas.





