• Esta semana, el presidente Donald Trump expresó sus intenciones de anexar Groenlandia (territorio que pertenece a Dinamarca) a Estados Unidos. Más allá del ángulo geopolítico, lo que pasa con esta isla -cubierta mayoritariamente por hielo- compete a todo el mundo debido a la relevancia que tiene para el clima.

Groenlandia tiene una importancia estratégica: es fundamental para el mantenimiento del clima terrestre y el funcionamiento de nuestras sociedades. Ni las fantasías sobre sus supuestos depósitos minerales o de petróleo pueden equiparar la función que ejerce su manto helado –el segundo cuerpo de agua más importante del planeta después de la Antártida– puede suplantar el valor de las funciones que cumple la isla en el mundo.

El aumento de la temperatura global –que en el Ártico es hasta dos o tres veces mayor que en el resto del mundo (aunque en algunas zonas el calentamiento es hasta siete veces superior que el promedio) pega de lleno sobre los glaciares de Groenlandia, que han venido perdiendo volúmenes extraordinarios de masa.

Con ello, no sólo se contribuye al aumento global del nivel del mar sino a la desaceleración de la Circulación Meridional  de Vuelco del Atlántico (AMOC, por sus siglas en inglés), esta corriente de gran escala es la que lleva las aguas calientes y llenas de nutrientes de los trópicos hacia el Atlántico Norte.

Desaceleración de la AMOC: lluvias y huracanes

La AMOC tiene una gran influencia en la regulación climática del planeta y en cómo se transporta el calor en la atmósfera, por lo que es vital para mantener el equilibrio al bajar la temperatura en el trópico y aumentarla en los países del norte. El ciclo se completa cuando las corrientes oceánicas devuelven el agua fría del Atlántico Norte a los trópicos por debajo de la superficie del mar. 

Por ser tan gigantescos, los volúmenes de hielo perdido son difíciles de pensar aunque tengamos los números. Desde principios de siglo, el deshielo además ha puesto el pie en el acelerador. Según la NASA, Groenlandia perdió aproximadamente 5 billones de toneladas de hielo desde principios de la década de 2000 hasta principios de la década de 2020, con un promedio de alrededor de 277 gigatoneladas anuales, y estudios recientes sugieren tasas aún más altas.

Producto de este deshielo y el aumento de la temperatura oceánica, lo que se está observando –y podría acrecentarse al explotar el territorio– es un cambio de densidad en las aguas. Entre más caliente sea el agua, su composición será menos densa. 

Eso por un lado y por otro, los glaciares están compuestos de agua dulce, la cual tiene una densidad diferente a la salada. Esta diferencia en la densidad implica que el agua de la superficie del océano no se mezcla con las aguas profundas. El problema para la AMOC radica en que esto afecta su ciclo de circulación, sobre todo podría interferir con la convección profunda, y ralentizar la circulación

Esta desaceleración provocaría no sólo un efecto sobre el clima de Europa, haciendo prácticamente imposible sostener el desarrollo de la sociedad actual, sino también del clima en otras regiones del planeta, por ejemplo, América Latina y el Caribe.

A medida que la AMOC se ralentiza y hace que el hemisferio norte sea más frío, la posición de la Zona de Convergencia Intertropical (ZCI) puede cambiar La ZCI es un cinturón de lluvia en el trópico que es responsable de las ondas y tormentas tropicales que afectan a los países centroamericanos y caribeños. También influye en las fases fría (La Niña) y cálida (El Niño) del Niño Oscilación del Sur (ENOS). 

Además, una alteración en la AMOC puede provocar un disturbio en la corriente del chorro de Norteamérica, lo cual podría variar la intensidad y frecuencia de los huracanes.

El “aire acondicionado” del mundo

Los glaciares de Groenlandia, junto al manto helado del Océano Glacial Ártico (que también ha disminuido considerablemente su superficie y grosor), cumplen una función vital para la tierra, como si fueran un enorme aire acondicionado. ¿Por qué? Su superficie blanca devuelve al espacio la radiación solar. Desde 1979, cuando comenzaron a hacerse las mediciones satelitales, se han perdido 2,20 millones de kilómetros cuadrados de hielo.

Esto trajo aparejada la apertura de rutas de navegación que antes habían sido intransitables, provocando tragedias legendarias entre los  exploradores del siglo XIX. Sin embargo, sigue siendo un mar impredecible y peligroso y sólo algunos barcos cargueros han logrado atravesar el mítico paso del Noroeste, que acortaría las distancias entre los continentes.

Un peligro latente

Una vez más: el clima del Ártico está cambiando más rápidamente que en cualquier otro lugar del planeta. Esto incrementa aún más el riesgo para quienes viven, trabajan y extraen recursos en Groenlandia, así como para el resto del planeta.

En su costa, Groenlandia es propensa a los desprendimientos de rocas. Las laderas inestables reflejan cómo la capa de hielo erosionó los profundos fiordos cuando esta era más grande. Ahora que el hielo se ha derretido, nada sostiene las paredes casi verticales del valle, por lo que se derrumban y esto pone en peligro a las personas.

Los desprendimientos podrían incrementarse porque algunas de estas rocas costeras contienen tierras raras y minerales críticos que son utilizados en tecnología (placas de circuitos y baterías de vehículos eléctricos, por ejemplo), convirtiéndolas en el principal objetivo de la explotación minera.

Groenlandia tampoco posee una red vial de carreteras pavimentadas. La única forma viable de transportar maquinaria pesada, minerales y combustibles fósiles sería por mar. Allí, los muelles, minas y edificios serían vulnerables a los tsunamis provocados precisamente por los desprendimientos de rocas.

A esto se suma que, a medida que el clima se calienta, el permafrost (roca y suelo congelados que yace debajo de la isla) se descongela. Esto debilita las pendientes pronunciadas y daña la infraestructura crítica.

De hecho, el deshielo del permafrost ya está amenazando la base militar estadounidense en Groenlandia. A medida que el hielo se derrite y el suelo se asienta bajo las pistas de aterrizaje, se forman grietas y cráteres, lo que supone un peligro para los aviones. Los edificios se inclinan a medida que sus cimientos se asientan en el suelo blando, incluidas las instalaciones de radar.

El derretimiento del permafrost también tiene implicaciones para la salud. Durante milenios, el radón –un gas radiactivo– ha permanecido atrapado bajo tierra. Existe el riesgo de que, conforme el planeta se caliente y se pierda esa barrera protectora, este gas se libere, exponiendo a millones de personas a padecer cáncer. Una explotación de los recursos en Groenlandia no haría más que acelerar la situación.

Nos importa a todos

Los científicos suelen hablar sobre el efecto de amplificación del Ártico, pues las transformaciones que se producen ahí caen como una pieza de dominó sobre la otra, provocando una cascada que finalmente redunda en el clima, la geografía y la vida de todo el mundo. Como suele decirse, lo que pasa en el Ártico no queda en el Ártico. No está lejos de nada, es cosa de todos.

Este explicativo fue elaborado por Periodistas por el Planeta.

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